Eliot 108

Reducir la red a un mero escaparate consumista o a un vertedero de reels idénticos es ignorar la mayor revolución democratizadora del conocimiento y la belleza de la historia humana.

Frente a los argumentos tecnófobos, muy respetables, existe una perspectiva tecnofílica respaldada, no por un optimismo ingenuo, sino por la ley de los grandes números. Expliquémoslo. La ley de los grandes números nos dice que, al aumentar masivamente la muestra de cualquier fenómeno, la ocurrencia de eventos improbables deja de ser una excepción para convertirse en una certeza estadística. Si en la red interactúan miles de millones de personas diariamente, la probabilidad de que exista belleza genuina, talento desbordante o erudición profunda no es una casualidad: es una consecuencia matemática inevitable. Incluso si estimamos que el contenido con valor artístico, educativo o filosófico representa apenas un 0,1% o un 1% del total de Internet, multiplicado por la magnitud exponencial de datos de la red, nos da como resultado una cifra gigantesca de milagros cotidianos y conocimiento puro.

Internet ha abierto las puertas a tesoros de la humanidad que antes requerían credenciales académicas, viajes costosos o fortunas. Unos pocos ejemplos.

La Patrología de Migne en abierto. Las monumentales obras de los Padres de la Iglesia (cientos de volúmenes en latín y griego compilados en el siglo XIX) ya no están confinadas en los monasterios o en las bibliotecas de Oxford, sino al alcance de cualquier curioso a un solo clic. O las clases del MIT en YouTube: conferencias completas de Física, Cálculo o Física Cuántica impartidas por profesores eminentes (como las míticas lecciones de Walter Lewin) están accesibles para cualquier persona en cualquier rincón del mundo de forma totalmente gratuita. Y más de 40 millones de libros digitalizados que permiten explorar manuscritos raros, ediciones descatalogadas y el canon literario global sin pisar una biblioteca física. También, desde grabaciones piratas de conciertos de culto hasta archivos completos de música académica, grabados en directo en el Concertgebouw o en el Teatro Real disponibles en abierto. Sin olvidar, querida Jimena, y como bien indicas, el fenómeno de los jóvenes virtuosos, que ya no dependen de las discográficas.

Si hay basura, es porque la humanidad produce basura en grandes cantidades; pero si hay belleza, Internet la multiplica por millones hasta hacer posible que un fragmento de María Zambrano o un acorde de guitarra en Canterbury te salven el día.

P.S.: Te envío un saludo muy cariñoso, Jimena. Muy buen artículo.

Deja un comentario