Eliot 111

Tanto Sun Tzu como Carl von Clausewitz, desde tradiciones intelectuales muy distintas, coincidieron en una idea esencial: frente a una amenaza exterior, la dispersión del mando y la confusión de objetivos constituyen el primer paso hacia la derrota. La unidad de mando y la claridad estratégica son la primera línea de defensa de cualquier Estado.

Desde una perspectiva cercana a la de Sun Tzu, podría sostenerse que Marruecos —o el actor impulsor de la crisis— aplicó con notable eficacia esa lógica. No fue necesario recurrir a las fuerzas armadas convencionales; bastó con instrumentalizar la presión migratoria y amplificar la tensión mediante las redes sociales para desestabilizar al adversario. La respuesta española, en lugar de neutralizar la estratagema, proyectó una imagen de descoordinación institucional.

Clausewitz recordaba que la guerra es la continuación de la política por otros medios. En el siglo XXI esos «otros medios» pueden adoptar formas muy distintas de la confrontación militar clásica: presión migratoria, coerción económica, campañas de desinformación o ciberataques. Todas ellas persiguen el mismo objetivo: doblegar la voluntad del adversario. Si el Estado que sufre esa presión responde refugiándose en excusas burocráticas («falta de datos», «vacío de información») en lugar de ejercer una dirección política firme, cede la iniciativa estratégica y favorece los intereses de quien lo desafía.

Exhibir esa debilidad ante un vecino geopolítico astuto equivale a invitarle a repetir la jugada. Y en geopolítica, la debilidad exhibida suele acabar pagándose con influencia, capacidad de disuasión y, en última instancia, con soberanía.

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