Mi biblioteca (alrededor de 25.000 volúmenes ocupando todas las estancias, incluida la cocina y el baño) pertenece a una tradición muy antigua de la bibliofilia: la del coleccionista que no busca únicamente los «grandes libros» o libros canónicos (que siempre es un placer releer y estudiar), sino los libros excéntricos, aquellos donde la inteligencia humana, el error, la imaginación y el delirio han dejado su rastro. Hay bibliotecas que parecen construidas para demostrar una tesis, una cosmovisión compacta y racional; otras, para demostrar que el mundo ha sido mucho más extraño de lo que suele admitir la historia o las intuiciones precipitadas.
Manguel evoca a lectores cuya vida quedó absorbida por los libros: desde Richard de Bury, que sacrificaba recursos y comodidades para adquirir manuscritos, hasta coleccionistas modernos que organizaban su existencia alrededor de bibliotecas concebidas como un mapa (o su íntima biografía) del universo. Alberto Manguel insiste en que, para algunos, una biblioteca no es un depósito de volúmenes, sino una autobiografía obsesiva de celulosa: cada adquisición testimonia una curiosidad, una compulsión o un ineludible encuentro intelectual. También recuerda figuras como Aby Warburg, cuya biblioteca estaba ordenada por afinidades mentales antes que por disciplinas, y Thomas Phillipps, cuyo afán de reunir manuscritos llegó a ser enfermizo.
Supongo que ya sospechan que una de mis mayores alegrías no vendría de incorporar un incunable —que también lo celebraría, si fuera muy rico—, sino de hallar un opúsculo de cuarenta páginas impreso en una ciudad alemana en 1827 por un profesor desconocido que «demuestra» la imposibilidad del infinito, o una edición elzeviriana en doceavo sobre magnetismo animal con anotaciones manuscritas de un lector del siglo XVII. Son esos libros fronterizos, a medio camino entre la erudición y la extravagancia, los que convierten una biblioteca en un auténtico gabinete de curiosidades intelectuales.
En ese ámbito les puedo hablar de los «circle squarers». Toda una tradición editorial de folletos victorianos dedicados a trisecar el ángulo, duplicar el cubo o cuadrar el círculo. Muchos fueron impresos por sus propios autores en tiradas mínimas. Son una delicia para cualquier bibliófilo. El mentor de todos ellos es James Smith, quien durante décadas publicó libros demostrando haber resuelto definitivamente la cuadratura del círculo. Cada nuevo matemático que lo refutaba era, según él, víctima de un gigantesco complot académico. Grande y locuelo este James.
Me chiflan autores muy recónditos, olvidados por cualquier ojo lector y por cualquier centella de la memoria. Yo seré uno de esa estirpe. Así, Pierre Boutang, cuya prosa avanza mediante espirales y símbolos. O Gustave Thibon, campesino, místico y moralista, un híbrido o cruce de La Rochefoucauld y Simone Weil.
Me chiflan aquellos tratados que representan sistemas lógicos mediante estructuras algebraicas, cómo retículos, álgebras de Boole, álgebras de Heyting y estructuras relacionadas permiten estudiar lógicas clásicas y no clásicas con herramientas algebraicas. La idea central, expresada sin tecnicismos, es hermosa: en lugar de manipular fórmulas una por una, se estudian las «formas» abstractas que obedecen todas las inferencias posibles.
Uno de los tesoros de mi biblioteca es un facsímil de Magia naturalis de Giambattista della Porta. Vivió en una época de transición entre la alquimia y la ciencia experimental, una época de frontera, por lo que en su libro conviven experimentos ópticos auténticos con recetas para invisibilidad, filtros amorosos y observaciones botánicas muy modernas.
Y cómo no hablar de las enciclopedias. Las Etymologiae (Etimologías) de Isidoro de Sevilla (c. 630). El Speculum Maius (El Gran Espejo) de Vicente de Beauvais en el siglo XIII (reúne más de cuatro millones de palabras que sintetizan el saber de su siglo). Los 12 libros que cubren las artes liberales, la filosofía natural y la filosofía moral en el muy usado manual universitario Margarita Philosophica de Gregor Reisch (1503). Y la Britannica, la Espasa, la Wikipedia, la de Chambers o la de Gessner. Un festín orgiástico.
Libros, libros… desde semánticas de Lambek para lingüística formal, desnudos pneumáticos, biografías de estrellas del rugby, o Ken Follet, Georges Palante y Joyce, hasta Antonio Magliabechi, el legendario bibliotecario de los Médici. Vivía rodeado de montañas de volúmenes, dormía vestido entre ellos y poseía una memoria tan prodigiosa que podía indicar el lugar exacto de un pasaje en miles de obras sin necesidad de consultarlas. Su casa era descrita por los visitantes como una biblioteca habitada por un hombre más que como la vivienda de un erudito.
La única pasión de mi vida.
