En Ansiedad por el estatus —una obra tan lúcida como de ágil lectura—, Alain de Botton recuerda que en las sociedades feudales la pobreza no acarreaba culpa moral: el campesino nacía y moría como tal por estricta voluntad divina. Sin embargo, la irrupción del ideal meritocrático cambió las reglas del juego. Desde el momento en que se asume que todos tenemos las mismas oportunidades para triunfar, la pobreza deja de ser una desgracia inevitable para convertirse en un defecto de carácter.
Las élites ultra-ricas sufren hoy el reflejo inverso de esa misma ansiedad. Saben que la desigualdad salta a la vista y que su riqueza extrema resulta moralmente indefendible. Para desactivar esa culpa frente a la opinión pública, han recurrido a una receta simple: fabricar la ilusión de una cercanía emocional y purgar cualquier asomo de elitismo intelectual. Existe hoy el mandato imperativo de ser moralmente digerible; se asume que vestir la opulencia con el disfraz de la sencillez despierta la simpatía de las masas.
El gran burgués europeo del siglo XIX y de buena parte del XX —estirpe en la que se inscriben mis propios orígenes familiares— aspiraba a algo más que al mero enriquecimiento. Aquella alta burguesía hacendada pretendía ser culta y civilizada: compraba bibliotecas, financiaba museos, erigía teatros y buscaba con afán las editio princeps.
En Cataluña, la generación de Francesc Cambó encarna a la perfección este espíritu. Cambó financió la colección de clásicos griegos y latinos de la Fundació Bernat Metge porque entendía que la riqueza solo alcanzaba la verdadera dignidad cuando se convertía en cultura. Aquellos industriales y comerciantes de la Lliga Regionalista —con todas sus contradicciones políticas y sociales— consideraban que una biblioteca bien nutrida era un símbolo de respetabilidad tan decisivo como la propia fábrica. No era raro encontrar a empresarios suscritos a la Bernat Metge que alineaban esos volúmenes encuadernados en piel junto a los clásicos franceses o ingleses (lenguas que mis padres y abuelos dominaban con fluidez, especialmente un francés impecable). Entendían el privilegio desde la noción del noblesse oblige. El propio Cambó reunió una de las colecciones privadas de arte más importantes de Europa para terminar cediéndola a los museos públicos. En aquella época, el estatus no se legitimaba simulando ser «un tipo corriente», sino demostrando una superioridad moral y cultural a través del cultivo del espíritu.
Hoy asistimos, en cambio, a la era del rico hortera y analfabeto funcional. Nunca han existido tantos multimillonarios ni tan pocos mecenas de las humanidades. Han sustituido la biblioteca de los clásicos por el feed de Instagram y la alta cultura por un antiintelectualismo militante. Prefieren la camiseta de Loro Piana de ochocientos euros —diseñada paradójicamente para parecer de diez— a Tácito o Gibbon. El prestigio ya no emana de poseer una edición aldina de Virgilio o un manuscrito medieval, sino de exhibir el último modelo de Richard Mille o el yate más desmesurado del Mediterráneo.
El dinero sirve para muchas cosas; la principal, tal vez, comprar tiempo. Pero el tiempo comprado solo cobra sentido si se invierte en algo superior a seguir acumulando dinero. Josep Pla diagnosticó con precisión esta indigencia espiritual de la riqueza desprovista de cultura. Para el escritor ampurdanés, la obsesión monetaria sin un propósito elevado reducía a los ricos a figuras trágicas o directamente ridículas:
«L’avarícia dels rics és una de les coses més tristes d’aquest món, perquè és una avarícia sense cap mena de grandesa, una avarícia de comptable», Josep Pla, Notes per a un diari
Nuestras élites ya no compran la Bernat Metge; compran la simpatía de la plebe. Y de eso, lamentablemente, nos sobran los ejemplos.
