Eliot 121

Como aconseja Chateaubriand: “Hay ciertas épocas en que no debe uno derrochar el desprecio, dado el considerable número de necesitados”. España no es un bellísimo kimono de seda tintado con colores naturales, que alguien aprieta en una mano y lo lanza al aire hasta caer sobre una bruñida mesa de caoba sobre la que se desliza hasta el suelo en la oscuridad iluminada por la Luna. España es tosca y carece de esa elegancia. En España no tiran la basura, la convierten en gobierno. El demonio es optimista si cree que puede hacer peor el voto de los españoles. El gobierno degeneró en oclocracia.

¿Excesivo comparar Ceuta y Melilla con «Pánico en el Transiberiano»? En absoluto. Tienen exactamente la misma claustrofobia sobre raíles: un microclima aislado donde los pasajeros —ciudadanos y gobernantes por igual— se ajustan la corbata y mantienen la etiqueta del vagón restaurante mientras, al fondo del pasillo, la criatura va absorbiendo la soberanía sin meter ruido. Es la misma trampa de falsa hospitalidad que retrató Naschy en «El huerto del francés»: la sonrisa del anfitrión afable que te invita a cenar mientras calcula por dónde va a enterrar el cadáver.

Porque en la política exterior española con Marruecos no hay diplomacia, sino hermetismo esotérico. Al no explicarse nada, la ciudadanía se ve obligada a ejercer la Cábala renacentista: como en el De Arte Cabalistica de Johannes Reuchlin, hay que escudriñar los signos ocultos, las sombras y los silencios —un volcado de teléfono por aquí, un giro sobre el Sáhara por allá— para intentar descifrar las intenciones inefables de la alta política. Una danza macabra que Saint-Saëns o Stravinsky habrían orquestado con deleite.

¿Y en el centro del escenario? El gran ilusionista, el amado líder. A Polibio, cuando llegó a Corinto poco después de la derrota griega, le horrorizó ver a soldados romanos utilizar el reverso de valiosas y hermosas pinturas como tableros de juego. Yo siento lo mismo que Polibio al observar a nuestro gobierno. Porque ante semejante panorama, la figura de Pedro Sánchez no pide un réquiem, sino el ritmo contagioso de «Sarri, Sarri»: esa capacidad casi mística para meterse en el bafle justo cuando la policía rodea la plaza y salir por la puerta de atrás sonriendo a la cámara.

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