Eliot 120

Me parece ardua la causa eficiente entre la emisión de billetes con rostros de la cultura europea y un afloramiento del orgullo y la identidad continentales.

El capitalismo de libre mercado no es solo el sistema más eficiente para la generación de riqueza y la reducción de la pobreza, sino también el único orden económico compatible con la libertad individual, el pluralismo político y la limitación del poder coercitivo del Estado. La propiedad privada y el libre mercado funcionan como contrapesos indispensables frente a la tendencia natural del Estado hacia el autoritarismo. Ludwig Lachmann y Emil Kauder: honrémoslos. Lachmann aporta el subjetivismo radical (las expectativas humanas son cambiantes y el mercado se adapta a ellas de forma continua); Kauder narra cómo el pensamiento escolástico influyó en la teoría del valor, demostrando las raíces profundas del capitalismo en la libertad de elección. Léanlos, no tienen desperdicio.

La libertad de prensa, el pluralismo cultural, la democracia representativa y la tolerancia son inseparables del capitalismo y de la propia Europa. El mercado libre disuelve los nacionalismos colectivistas, el tribalismo y el caudillismo, permitiendo que el individuo sea dueño de su propio destino. En una sociedad de matriz capitalista se defiende el laicismo, la racionalidad e instituciones sólidas. Sostengo que el capitalismo moderno y el Estado de derecho requieren de ciudadanos autónomos, y deploro cómo el estatismo clientelar debilita la responsabilidad individual y carcome la democracia (algo que se percibe de modo acusado en la España de Sánchez).

Pero Europa no es solo un mercat de Calaf. Eso es condición necesaria, pero no suficiente. Escribió recientemente Jordi Llovet en el suplemento Quadern:

«Giuseppe Mazzini en sus Fragmentos antropológicos, y François Guizot en su Historia de la civilización en Europa, pisaron un terreno mucho más firme: la unidad de Europa como civilización fue una cierta realidad durante la romanización; lo fue mientras el cristianismo constituía la fuente del orden cultural y moral; lo fue mientras la caballería y el feudalismo operaban como instituciones globales de ordenación sociopolítica… y tal vez poco más. En el Renacimiento, salvo Maquiavelo, todos pecaron de idealistas, incluido Erasmo. Por eso las naciones estado nacidas en la Edad Moderna continúan siendo lo que eran hace cinco o seis siglos; y tanto Mazzini como Guizot, ejemplos paradigmáticos, ofrecieron el único camino hoy todavía viable: que cada nación aporte su legado a este constructo tan vago llamado Europa, que cada cual aproveche de los demás aquello que mejor se acompase con sus ideals, y un profundo respeto por las diferencias. De momento, no existe más unidad que la moneda, el libre comercio y la libertad de movimiento en los territorios de la Unión, ciertas garantías jurídicas universales, el uso generalizado de la lengua inglesa o, por caso, la decisiva difusión de las ideas que entraña la traducción. Más que eso —y no será casi nada— solo habrán de conseguirlo las redes sociales y la bolsa de Nueva York: un contubernio de estupidez y beneficios económicos. Pudo haber sido de otro modo, pero ha sido así».

Europa no es solo democracia y libre circulación de mercancías y capitales. Son también sus discusiones artísticas en los cafés, los debates en cenáculos literarios, los institutos de investigación científica, sus universidades. Europa es Rimbaud, Michelet, Addison, Cernuda, Ganivet, Eugeni d’Ors, Umberto Eco, Francis Bacon, Weber, Popper y Cantor.

Cuando uno piensa en Ernst Robert Curtius, aflora de forma inevitable su idea de Europa como una continuidad espiritual sostenida por la retórica y las letras latinas. En Literatura europea y Edad Media latina, Curtius no retrata una Europa política, sino una arquitectura de textos. De aquello, acaso, ya no queda ni el rastro. Europa sigue soñando con una identidad cultural unificada, pero sus símbolos han dejado de sostener semejante fábula.

El puente común ya no se tiende sobre Virgilio, Plutarco, Leibniz, la Biblia, Agustín, Newton, Carnap o Bohr, sino sobre los cotilleos acerca del hijo de Beckham, la familia real noruega, Eurovisión, el Real Madrid y demás bagatelas que difícilmente servirán para vertebrar una identidad cultural de verdadero fuste. No sé.

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