El nivel prosódico del texto es cuidado, atentísimo. Muy hermoso. Utiliza un ritmo pausado, señorial, que imita precisamente la «paciencia atenta» que defiende. Abundan las estructuras simétricas y los paralelismos. «…de percibir la estructura de un relato y de entender cómo funciona la psicología social…» (Dos sintagmas paralelos que dan equilibrio a la frase).
No es una prosa torrencial ni aforística. Tampoco tiene la tensión dialéctica de un ensayo filosófico. Está escrita en un tempo lento, respirado, con amplios arcos melódicos, donde cada párrafo prepara el siguiente sin brusquedades. Si tuviera que buscar equivalentes musicales, pensaría en obras donde predomina la continuidad del discurso sobre el contraste dramático. La melodía nunca pretende imponerse; simplemente parece elevarse con naturalidad. No hay violencia retórica. Todo avanza mediante pequeñas inflexiones, con una melancolía luminosa. Así escribe Capó. ¿Pero qué obra musical, insisto, reproduce más fielmente su escritura? Por la construcción de sus períodos me atrevería afirmar que la Sonata para violín n.º 1, Op. 78 (Adagio) de Brahms.
La objeción más sólida al artículo es su falacia de que «cualquier tiempo pasado fue mejor» o el mito de «los tiempos dorados». Toda comparación histórica exige establecer una línea de base. ¿Qué época concreta constituye el término de comparación? ¿La Atenas clásica, donde la inmensa mayoría no leía? ¿La Europa del Antiguo Régimen, mayoritariamente analfabeta? ¿La España de 1900, con tasas de analfabetismo superiores al 50 %? Sin precisar ese referente, la afirmación de que «antes se leía más y mejor» queda reducida a una intuición nostálgica, no a una tesis históricamente demostrada.
En su prosa, el tono es el mensaje. Al escribir de manera pausada, elegante y profunda, Capó ofrece al lector un oasis de la misma «textura intelectual» que afirma que se está perdiendo. Es un acto de resistencia desde el propio estilo. Ahora bien, a mi juicio es perfectible el rigor lógico y metodológico. En sustancia, el ciudadano medio del siglo XIX o principios del XX no pasaba las tardes debatiendo con Góngora o Milton o Sófocles; consumía prensa sensacionalista, folletines de baja calidad o, simplemente, no leía. Se idealiza un pasado donde el canon cultural era la norma, cuando en realidad era la excepción de una élite (como siempre fue; y afortunadamente)
Las imágenes de Daniel son sugerentes y memorables. A mi juicio, el problema reside menos en el volumen y calidad de los libros leídos, como en un prerrequisito para leer, a saber, la capacidad de atención, y de ello sí que existe una bibliografía científica que empieza a consensuar un problema grave para nuestro futuro y nuestra democracia.
Una bella y melancólica elegía cultural, acaso poco sustentada en argumentos robustos o buenas razones, y muy basada en una descollante retórica.
