Esa resistencia sorda que describe —la de los falsos pesimistas y las élites que prefieren un mercado cerrado antes que uno competitivo— a menudo disfraza su inmovilismo de «defensa de la tradición». Pero la verdadera conservación no consiste en momificar el presente para mantener privilegios, sino en dotar a la sociedad de las herramientas más potentes para que su legado sobreviva.
Me gustó mucho el artículo, excepto el verbo «transicionar», que, efectivamente, suena a calco innecesario del inglés cuando tenemos palabras tan ricas como evolucionar, transformar o dar el salto.
Estudiar paleografía latina o derecho canónico no es un ejercicio de nostalgia. Es el entrenamiento en análisis crítico, la contextualización y la estructuración lógica. Quien sabe interpretar un manuscrito del siglo XII entiende de reglas, herencia y arquitectura del pensamiento. Quizá por deformación profesional, nunca he entendido esa supuesta oposición entre estudiar un códice medieval y aprender LISP o las GAN; exigen exactamente el mismo tipo de mente estructurada.
Una sociedad puede editar a Isidoro de Sevilla y desarrollar modelos de inteligencia artificial. Puede estudiar códices medievales y formar excelentes ingenieros informáticos. Puede financiar departamentos de helenística y también centros punteros de computación cuántica. No existe contradicción alguna.
El Renacimiento recuperó el latín clásico mientras inventaba la imprenta; el siglo XVII produjo simultáneamente la crítica textual, la filología bíblica, el cálculo infinitesimal y la física moderna. Leibniz podía escribir sobre lógica, derecho romano, diplomacia, minería y máquinas calculadoras sin percibir ninguna quiebra entre esos mundos disímiles.
La excelencia educativa —como señala al final— no es un adorno: es la condición necesaria para que exista innovación verdadera.
Enhorabuena por el artículo.
NOTA BENE: El artículo atufa un poco a tecnocrático. A una nación próspera no solo la define la digitalización, sino también otros imponderables de gran relevancia. Para Michelet, la patria no es un trozo de tierra delimitado por tratados —o por el esplendor tecnológico, diríamos—, sino un ser vivo con alma propia; un acto de comunión espiritual. Un país, decía, es, ante todo, una gran «amistad»: el triunfo de la fraternidad humana sobre el aislamiento natural, el espacio donde los ciudadanos deciden amarse y colaborar voluntariamente en pos de un destino de libertad común.
Ese país es también el acumulado de la sabiduría colectiva a lo largo de los siglos, como creía Burke. O, para Scruton, se construye a través de la oikofilia: el amor al hogar, al territorio y a los vecinos. En fin, que existen muchas concepciones de lo que nos une, y no solo —o no únicamente— la tecnofílica.
