Eliot 36

Hoy el ciudadano prefiere la seguridad del dogma, adherirse a creencias rocallosas, en lugar de a la duda, preámbulo del razonamiento. Hemos sustituido la libre discusión, el intercambio civilizado sobre los asuntos de la res publica —aquello que los clásicos llamaban la deliberatio— por una adhesión a eslóganes. El ‘hooligan’ político, tan común en cualquier lado del espectro político, es aquel que ha renunciado a pensar por sí mismo para delegar su conciencia en la voz del líder; una renuncia que nos devuelve a los más primitivos estadios de la minoría de edad intelectual (Kant)

No hay nada más ramplón que el fanatismo. El empeño en dividir el mundo en puros (los nuestros) y réprobos (los otros) es una grosería del espíritu. El ciudadano debe aprender a guardar una distancia escéptica, una prudencia, ante quienes le prometen la salvación a cambio de su sumisión. Ser un ‘hooligan’ de un bando es renunciar a la propia dignidad de disidente.

La pasión desbocada en la plaza pública es la antesala de la tiranía. La prudencia política no es cobardía, sino el más alto grado de civilidad; consiste en comprender que el adversario no es un monstruo al que exterminar, sino un límite necesario para nuestra propia libertad.

El ciudadano consciente no puede gruñir, patalear y gritar. La cultura es, esencialmente, complejidad, sospecha ante el cliché y adiestramiento en la tolerancia del disconforme. Cuando la política se despoja de la deliberación templada, se convierte en mera bronca, en un teatro donde solo importa la adhesión sin reservas y donde la sensatez es motejada de tibieza o de traición.

P.S. Enhorabuena por el artículo, Sr. Granés. No he podido evitar asociarlo a la Antígona de Sófocles.

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