Casanova tiende a identificar la «gran renovación historiográfica» casi exclusivamente con las tesis que desmontan el relato franquista y dignifican la memoria republicana. Presenta la investigación histórica académica de las últimas décadas como un bloque monolítico y «fiel con las fuentes», obviando que dentro de la propia academia existen intensos debates y discrepancias sobre el peso de las responsabilidades en el colapso de la democracia en 1936.
El autor conecta de manera directa la investigación histórica con la agenda política actual en España (mencionando explícitamente a Vox y al Partido Popular). Al hacer esto, corre el riesgo de instrumentalizar la historia para el debate electoral del presente, cayendo en una dicotomía donde la defensa de ciertas tesis históricas se alinea automáticamente con un espectro político determinado.
Al analizar la violencia, sitúa el golpe de Estado de julio de 1936 como el «punto de ruptura absoluto» (un antes y un después). Aunque técnicamente es exacto que la guerra desató una violencia industrial inédita, este enfoque tiende a minimizar la erosión del Estado de derecho y la violencia política e institucional que se vivió durante el periodo republicano, presentándolos casi como «excusas» de los sublevados en lugar de factores causales profundos.
Casanova infiere que el resurgimiento de los relatos de corte franquista o la crítica a las leyes de memoria democrática se deben a la «propaganda», a los «bulos» o a la influencia de la extrema derecha. Esta inferencia es débil porque ignora que parte del rechazo a estas leyes no proviene de un deseo de defender a Franco, sino de sectores que consideran que el Estado no debe legislar sobre una «verdad oficial» histórica o que temen que se rompa el espíritu de reconciliación de la Transición (el cual, lejos de ser un simple «pacto de olvido» cobarde, fue una decisión pragmática muy compleja).
El autor aboga por «diferenciar entre historia y memoria, entre conocimiento documentado y subjetividad». Sin embargo, su propio texto está cargado de adjetivos valorativos y juicios morales sobre el presente político. La inferencia de que su postura representa la «historia científica» frente a la «subjetividad/memoria» de sus opositores es epistemológicamente débil: el propio Casanova escribe desde una memoria y una sensibilidad política específicas.
Al afirmar que «por mucho que se hable de la violencia que precedió a la Guerra Civil… el golpe de Estado de julio de 1936 es el detonante real de la barbarie», debilita la comprensión de la causalidad. Para muchos historiadores, la violencia de la retaguardia durante la guerra no se explica sin la polarización, la retórica de exterminio del adversario y la debilidad del Estado republicano para imponer el orden en los años previos.
Casanova acusa a los sectores conservadores y derechistas de utilizar «bulos», «propaganda» y de hacer un «uso político del pasado» para legitimar posiciones actuales. Sin embargo, su propio texto incurre en prácticas similares: combate el maniqueísmo con maniqueísmo, hace un uso político de la historia, cae en la falacia de la «pureza» de la República; en fin, que termina participando del mismo «campo de batalla cultural» que denuncia, utilizando la historia como un arma arrojadiza en lugar de un espacio de entendimiento de la compleja y trágica naturaleza del colapso democrático de 1936.
Un artículo decepcionante y sesgado.
