Estimado Sr. Peyró:
Su artículo me ha recordado al Falstaff de Verdi, pues parece escrito en un parlando continuo. En la última ópera del maestro no existen grandes arias donde el discurso se detenga para contemplarse a sí mismo; todo avanza mediante una conversación brillantísima en la que una ocurrencia conduce, de inmediato, a la siguiente. Es una comedia crepuscular escrita por un anciano sabio que ya lo ha visto todo. Peyró mira la historia de España y su relación con el deporte con esa misma distancia de quien sabe que «tutto nel mondo è burla», con una mezcla de entrañable cariño y escepticismo hacia nuestras glorias pasadas.
Su humor, finísimo, camina entre la retranca española y el understatement inglés. El artículo, por lo demás, está estructurado casi como un rondó.
Respecto a las influencias británicas, resulta imposible no advertir la sombra de Thomas Babington Macaulay. Cuando escribe: «Mussolini mostraba sus pectorales en las fotos; Franco solo mostraba sus atunes» o «amábamos más al fútbol de lo que él parecía amarnos», utiliza con precisión el mecanismo de contrastes paralelos y el balanceo de la frase característicos de sus ensayos históricos. Es la suya una prosa de orador que busca —y halla— el aforismo preciso.
Sea como fuere, el artículo invita también a reflexionar sobre el lugar desmesurado que el deporte ocupa hoy en la imaginación colectiva. Ante la marabunta vociferante y el desarreglo de la razón que la posible victoria en el Mundial despierta en los españoles, y frente al encumbramiento de los futbolistas como nuevos ídolos, conviene recordar a Eurípides:
«De todos los males que sufre Grecia, no hay ninguno más funesto que la tribu de los atletas. Para empezar, no han aprendido a administrar su casa según las normas; no sabrían cómo hacerlo […] Brillantes en su juventud e ídolos de su ciudad, de ello se envanecen; pero cuando cae sobre ellos la amarga vejez, se consumen como un trasto. Critico igualmente la costumbre de los griegos que organizan para ellos fiestecillas y convierten en honorables una serie de diversiones inútiles. ¿Quién, por haber ganado un torneo, por correr muy deprisa, o lanzar el disco, o golpear con fuerza una mandíbula, ha servido a la ciudad y a sus antepasados? ¿Acaso combatieron al enemigo con el disco en la mano? ¿Espantaron del suelo de la patria a los enemigos tan solo con sus puños? Son los sabios y la gente de bien a la que debemos coronar con una corona de oliva, y también al que gobierne la ciudad con racionalidad y justeza, y a aquellos que, con su elocuencia, eviten empresas desastrosas. Ellos sí son los buenos para la ciudad y para los griegos».
— Eurípides, Tragédies, vol. VIII, París, Les Belles Lettres, 2002.
P.S.: Un saludo muy cariñoso, Ignacio.
