De Maistre advirtió: «También la razón está dañada por el pecado original». Yo interpreto esa sentencia oracular como una advertencia: debemos desconfiar de nuestra lógica informal, pues es falible y en ella asoma una fauna numerosísima de falacias: a priori, ad baculum, ad hominem, ad ignorantiam, ad judicium, ad personam, ad verecundiam, non causa pro causa, petitio principii, post hoc ergo propter hoc y decenas más. La tertulia futbolística constituye el muestrario perfecto de ese catálogo de la impostura.
Desear una victoria por el mero capricho —o por el azar biográfico de haber nacido dentro de determinadas fronteras y de una comunidad política concreta— me parece un acto estrictamente irracional.
El resultado de un partido pertenece al orden de los imponderables; es una de esas cosas que no dependen de nosotros. El sabio no debe permitir que sus juicios queden determinados por afectos tribales que escapan por completo a su dominio. Epicteto lo dejó escrito en el Enquiridión: unas cosas dependen de nosotros y otras no; la libertad consiste en no confundir unas con otras.
Séneca observó que «vivimos según la imitación y no según la razón; de ahí proviene este amontonamiento de errores donde unos caen sobre otros». No existe fundamento racional para preferir la victoria de España antes que la de Argentina. Como recordaba Marco Aurelio: «Mi ciudad y mi patria, en cuanto Antonino, es Roma; pero en cuanto hombre, es el mundo. Lo que beneficia a esa ciudad universal es lo único que puede llamarse bueno para mí».
Si alguien afirma: «España debe ganar porque amo a España», esa frase no contiene información objetiva alguna; únicamente manifiesta un estado emocional, comparable a exclamar: «¡Viva España!».
Nos queda la España tabernaria y futbolera. La España currutaca, higona, miramelinda, plomífera. La España de los demasiados retrocesos, llena de cabreros hirsutos; la de la indolencia arábiga andaluza, la del inane saltataulells catalán, el feísmo rural gallego, la covacha quebrada cántabra, la tienducha provinciana madrileña y las costeras playas horteras. España, ufana como un gusano al que el arado parte en dos.
P. S. Creo rotundamente falso todo lo que acabo de escribir.
