El apego a mi patria —a esta España de paño de suave gamuza, pero celda sin claraboya; espiritual y platónica vieja España de matanzas—, el apego a mi patria, decía, no se fundamenta en la sangre, la Roja, la raza o los mitos ancestrales, sino en la adhesión a unas leyes democráticas, unos derechos civiles y unas instituciones que garantizan la libertad. Una idea que se nutre de Tocqueville.
En los proyectos ilustrados y humanistas, la verdadera patria del hombre no era el territorio donde nació, sino la comunidad internacional o mundial del conocimiento. Eso se percibe en la Bibliothèque choisie (1703-1713) de Jean Le Clerc. Como gran reseñador y crítico de la Europa ilustrada, encarna la mentalidad de la República de las Letras: su patria es el lugar del debate bibliográfico universal. El verdadero lugar de nacimiento es aquel donde por primera vez nos miramos con una mirada inteligente; mis primeras patrias fueron los libros. Aquí me siento cómodo.
Del mismo modo, en sus cartas, Aretino muestra que la patria es el refugio donde se le permite ser «un hombre libre» y creador de sí mismo, lejos de las garras de la corte romana.
Ahora escucho chapotear al tractor, bajo nubes que alimentan yacijas de retamas. Pequeña patria mía. Para Lorenzo Ghiberti, el orgullo patrio consistía en haber embellecido a Florencia con las puertas del Baptisterio; el mío, en este rincón.
P.S. Aquí me enterrarán. Acaso con este epitafio:
SERMONE LEPIDO, TVM AVTEM INCESSV COMMODO. /
DOMVM SERVAVIT. LANAM FECIT. DIXI. ABI.
