Con tres años, frente al espejo, pronuncié «Aleix» y nací al lenguaje y a la autoconciencia. Con trece, leyendo a Horacio, nací a la dimensión estética del lenguaje. No fue con un cromo de Arteche, ni con un gol de Maradona o un despeje de Moratalla: fue Horacio. Fue Horacio mi más memorable epifanía: usar las palabras con la elegancia incandescente y el desparpajo algebraico de un pase de Laudrup.
El lenguaje puso sus condiciones: solo bajo la bóveda de la Capilla Sixtina debía renacer. Las costumbres de antecámara y la domesticidad aristocrática serían mi destino; si no de vestidos y porte, sí, en cambio, de espíritu. La vajilla, ni de estaño ni de madera, sino de porcelana fina; los pasteles, como fantasías historiadas vienesas; proscritas las piscinas públicas; ni chándal, ni metro, ni autobús… y rendirse solo ante la grandeza.
La grandeza, desolada… ¿la imita la emoción futbolística? ¿Se acercan estos ideales al Brasil-Italia del Mundial de España? ¿Al gol de Iniesta? ¿Al trallazo de Koeman?
¿Acaso me precipito si lo descarto?
