La supervivencia del Estado y la protección de la libertad colectiva requieren a veces de mecanismos grises, invisibles o directamente turbios. La madurez ciudadana no consiste en escandalizarse desde una pretendida superioridad moral, sino en aceptar esa fealdad necesaria. Conozco esas cloacas.
Ya lo advirtió Maquiavelo en sus Discursos sobre la primera década de Tito Livio:
«Cuando se trata de la salud de la patria, no se debe deliberar si una medida es justa o injusta, piadosa o cruel, alabable o vergonzosa; antes bien, dejando de lado cualquier otra consideración, es preciso seguir el camino que la salve.»
En materia de Estado, lo que puede ser útil jamás debe despreciarse; el interés público ha de anteponerse casi siempre al privado. Por eso Fouché sentenció tras la ejecución del duque de Enghien: «Ha sido peor que un crimen; ha sido un error». En las cañerías del poder, la torpeza se paga más cara que la inmoralidad.
Metternich entendió con gran clarividencia que las estructuras profundas del poder y la diplomacia secreta son el verdadero freno contra las «tentaciones aventureras» y el caos. Y Talleyrand demostró que la continuidad del Estado está por encima de las figuras de turno: sobrevivió a todos los regímenes traicionando a los hombres, pero manteniéndose fiel a Francia. Supo mejor que nadie que la alta política se juega en dos planos simultáneos: el teatro visible para la masa y la trastienda invisible donde realmente se sostiene la arquitectura del poder. Como parafraseó Bastiat:
«En la política hay cosas que se ven y cosas que no se ven; el arte consiste en saber manejar las segundas sin que las primeras lo arruinen.»
Vale.
