Eliot 57

Molino afirma que Nolan elimina a los dioses porque nuestra época solo acepta interpretaciones psicológicas o alegóricas. Puede ser una hipótesis interesante, pero no aporta un solo argumento que la sostenga. ¿Por qué no pensar, sencillamente, que una narración cinematográfica contemporánea encuentra difícil representar a Atenea entrando y saliendo de escena sin caer en el ridículo o en la fantasía épica? Molino presenta una mera intuición como si fuera un diagnóstico cultural.

El resultado es un artículo ágil en la superficie, efectista en las analogías y peligrosamente perezoso en su armazón conceptual. Bajo una capa de sofisticación culturalista —que yuxtapone cine de masas, mitología clásica y fútbol de selección—, incurre en los mismos vicios que finge diagnosticar: la simplificación, el cliché intelectual y la búsqueda del aplauso fácil por la vía de la ocurrencia.

«He gozado […] como un Ulises empachado de flores de loto en brazos de Calipso»: así se empieza, sí señor, bordeando el ridículo, si no cayendo de pleno en él. Molino no cesa de sermonearnos con sus credenciales de letrado.

Además, la transición del análisis cinematográfico a la anécdota deportiva no responde a una necesidad orgánica del ensayo, sino a la tiranía de la prensa diaria: hay que pegar la perorata cultural a la actualidad de la semana. Un pegote sin ton ni son para salir del paso.

En definitiva, Molino demuestra soltura sintáctica y un sentido envidiable del ritmo periodístico, pero en el fondo todo es un fuego de artificio: impecable en el estilo, pero muy mediocre en rigor intelectual y coherencia argumental.

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