Eliot 80

A medida que se va acercando uno, la mole del edificio se va dibujando en la penumbra de la tarde. No tiene mi pazo de la Ribeira Sacra ourensana aspecto de residencia señorial, ni mucho menos, sino más bien de castillo feudal muy venido a menos o de caserío gigantesco y desmantelado, que se cae a pedazos. La fachada, de sillares de granito desgastados por la pátina de los siglos, muestra en su centro un amplio portalón sobre el cual campea el escudo de armas de la familia de mi rama gallega (la otra rama es catalana), tan carcomido por la humedad que apenas si se distinguen los cuarteles. En los patios crece la hierba a su antojo, y las galerías de madera, vencidas por los años, amenazan ruina. No hay aquí el orden ni la limpieza de las casas acomodadas, sino un desorden rústico donde los aperos de labranza y las patatas apiladas se mezclan con los restos de una antigua, lejana grandeza. Las ventanas, muchas de ellas desprovistas de cristales y tapadas con maderas, miran al valle con la ceguera de los edificios que han dejado de ser habitados por el alma de sus pasados dueños aristocráticos.

Aquí vivo (solitario) y aquí moriré. Dentro de una biblioteca de miles de volúmenes. Me siento casi como un melancólico gatopardo entre hienas. Paso bastante frío en invierno. Hay goteras. Un noble arruinado entre las ruinas de su inteligencia. Leo mucho. Abro un libro: al abrirlo, surge inmediatamente el olor seco y mineral del papel antiguo de tina: mezcla de lino envejecido, polvo frío y una leve acidez terrosa. El papel posee una densidad admirable; no cruje, sino que parece respirar lentamente bajo los dedos. En algunos ejemplares la filigrana apenas visible —una mano, un compás, un lirio— emerge al trasluz como un vestigio acuático de la Europa tipográfica.

De alguna manera indirecta, el fuego casi lo arrasó todo.

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