«Ven a la cama, no lo dejes para mañana. /
Sácate la ropa, apaga la vela. /
Déjame probar la dulzura de tus labios, /
déjame perder el juicio en el perfume de tu cuello», Rumi.
«Tu cuerpo joven y limpio como un mármol al sol, /
la dicha breve de poseer el mito antes de que el tiempo lo destruya. /
Verte desnudo en la penumbra del cuarto, /
saber que la belleza no pide perdón ni da explicaciones, /
sino que se entrega, ardiente y fugaz, a la noche», L.A. de Villena.
«Iré a lo lejos, muy lejos, como un gitano, /
por la Naturaleza, —feliz como con una mujer», Rimbaud.
Desde que existen registros literarios, existe la literatura erótica, e incluso pornográfica. La Unión Europea de Radiodifusión ha lanzado una guía para evitar la sexualización de las atletas en las retransmisiones televisivas. Ver a una atleta (o a un atleta) de cuerpo armónico y medido puede ser una experiencia estética sublime. Una jugadora de voley-playa es un arpa de luz en un cielo negro. Una pertiguista, rosas de oro rasgando el aire. En estos tiempos mojigatos y puritanos se quiere suprimir la sensualidad con excusas calvinistas. Con la imposición de la corrección política quieren tutelar y reglamentar la exhibición de los cuerpos en los eventos deportivos. Es un agresivo paternalismo contra la estética visual y el sutil erotismo. Se cede la gestión del cuerpo humano en la esfera pública a los nuevos ayatolás. A mí me gusta, simplemente, la belleza de los cuerpos.
