Eliot 92

Antes de que la medicina moderna convirtiera el cuerpo en una máquina sólida, mitad determinista, mitad cuántica, o en un circuito neuroquímico, electroquímico, el Renacimiento -recordémoslo-, con su tardogalenismo, concebía al ser humano como un pequeño cosmos permeable y frágil. La mente no residía en una res cogitans solipsista, sino que flotaba en una bañera de jugos: sangre, flema, bilis amarilla y bilis negra. Un exceso de humedades nacidas en el bazo o en la matriz y que subía por covachas y simas y cavidades y oquedades y hoyos y fosas del cuerpo hasta el cerebro, enturbiando la razón, desatando la ira (¿vendrá de ahí el desacuerdo?) o sumiendo a nuestro ánimo en la melancolía, tan atroz como abusar del alcohol.

Levinus Lemnius, en De habitu et constitutione corporis (1561), libro lamentablemente olvidado, exploró cómo la mezcla física de nuestros jugos condiciona no solo las enfermedades del cuerpo, sino la moral, el ingenio y las tendencias políticas de los hombres. Nos arrebatan afecciones impetuosas debido a una bilis atrabiliaria. Somos miedosos por nuestra sangre cálida y templada.

Cristóbal de Vega, médico del príncipe don Carlos, explicaba cómo la bilis amarilla elimina toda capacidad de diálogo y razonamiento sereno, encendiendo la agresividad y el tribalismo que a menudo observamos en la contienda pública.

Como bien intuye Millás en su parábola, nuestro juicio, nuestras pasiones políticas y nuestras certezas morales flotan sobre un equilibrio biológico frágil y precario. Eso lo atestiguaron tanto los antiguos humores como la psicología evolutiva.

Mercuriale (1586) argumentaba que cuando los vapores ascienden de las cavidades inferiores a la cabeza, «llenan los espacios vacíos del cráneo de tal modo que la imaginación se ve asaltada por espectros y falsos temores». ¿Acaso no es lo mismo que afirma Kahneman al hablarnos de los sesgos de disponibilidad?

Habitamos la ilusión de creer que no somos un leve exceso de bilis.

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