Para transformar el excelente análisis del profesor Galindo en soluciones reales es necesario trasladar la discusión al terreno del método científico aplicado a las políticas públicas. Pero es precisamente en ese trayecto donde tropezamos con el obstáculo definitivo: las fallas y sesgos de la naturaleza humana.
Lo que en análisis de políticas públicas se denomina Evidence-Based Policy Making o Políticas Basadas en la Evidencia, no es algo que consista en un gobierno de filósofos reyes tecnócratas, sino que consiste en tomar decisiones con el mismo RIGOR con que lo hace la ciencia. Creo que la política debería aproximarse al método científico; pero muy rara vez lo hace. No ser una ciencia exacta (eso es imposible), pero sí compartir sus características, disposiciones, formas y hábitos mentales. Los modos intelectuales de la ciencia no deberían quedar restringidos únicamente al ámbito científico.
Francis Bacon ya advirtió que el principal enemigo del conocimiento no era la ignorancia, sino los prejuicios. En el Novum Organum escribe:
«El entendimiento humano no es una luz seca, sino que recibe una infusión de la voluntad y de los afectos; de ahí que las ciencias que desea sean también las que cree. El hombre prefiere creer aquello que desea que sea verdadero. Rechaza las cosas difíciles por impaciencia en la investigación; las sobrias, porque limitan su esperanza; las profundas, por superstición; las que exigen experiencia, por soberbia o pereza».
Es difícil encontrar una descripción más inspirada respecto al debate político contemporáneo.
Kahneman nos dice: «Cuando nos enfrentamos a una pregunta difícil, solemos responder a otra más fácil sin advertir el cambio.» La pregunta difícil sería: ¿Cómo reducimos los incendios? La fácil: ¿Quién tiene la culpa? Y ya sabemos qué pregunta responde la política. Sobran ideólogos ciegos y faltan analistas rigurosos.
La capacidad de la mente humana para formular y resolver problemas complejos es muy pequeña comparada con el tamaño de los problemas cuya solución requiere el mundo real. Por eso triunfan explicaciones sesgadas y elementales. Explicaciones intelectualmente pobres, pero electoralmente eficaces.
Quien sólo conoce su propia versión del asunto conoce muy poco de ella. Esa máxima de Mill debiera grabarse a fuego en el debate público y en la cabeza de sus representantes. Pero soy fatalista como un turco. El cerebro humano no evolucionó para descubrir verdades científicas abstractas, sino para ganar discusiones dentro de la tribu y asegurar la pertenencia al grupo. Desolador.
