Resumo sus argumentos: En una época dominada por algoritmos, redes sociales, inmediatez y fragmentación de la atención, la lectura de ficción exige lentitud, concentración y la suspensión del juicio moral precipitado (citando a Milan Kundera). Leer se convierte así en un acto de soberanía sobre la propia atención y una forma de resistencia ciudadana contra la colonización de la vida interior por parte de plataformas y poderes autoritarios. También afirma que: la lectura de novelas responde a la frustración de tener una sola vida e identidad, expandiendo la noción de lo humano al permitirnos experimentar otras conciencias y reconocer nuestras propias ambigüedades y sombras.
De ahí los corolarios políticos son obvios.
Nussbaum (en Justicia poética y Sin fines de lucro) defiende que la literatura desarrolla la «imaginación narrativa»: la capacidad de ponernos en la piel de personas con vidas distintas a las nuestras. Coincide exactamente con el texto en que el «ensanchamiento de nuestra noción de lo humano» y la empatía desarrollada mediante la ficción son requisitos indispensables para el ejercicio de una ciudadanía democrática compasiva y justa.
En Adiós a la Universidad, Llovet lamenta el repliegue del estudio literario y humanístico en el sistema educativo y social. Esta idea conecta directamente con la preocupación del texto sobre cómo la expulsión de la literatura a los márgenes de nuestra conciencia debilita la capacidad crítica del ciudadano, dejándolo vulnerable al mercantilismo y al ruido tecnológico.
Al igual que el artículo, Steiner concebía la lectura exigente como un acto de trascendencia, memoria y rigor frente a la banalización del pensamiento y la pérdida del espacio interior de reflexión. Y Vargas Llosa sostiene que la ficción crea ciudadanos insatisfechos y críticos, imposibles de manipular por dogmas o dictaduras.
Todo, estimado señor, «flors i violes». Yo hace treinta años que no leo ficción y diez que no leo libros (me nutro con la televisión, la radio y las redes sociales) No por ello soy peor demócrata ni más memo. La historia de los intelectuales es una historia de servidumbre a las peores tiranías. El libro no es un instrumento inofensivo, sino un patógeno mental. El acto de leer y pensar intensamente moviliza y agota los espíritus animales, congestiona el cerebro y paraliza el sistema digestivo por falta de movimiento físico.
«El trabajo de la mente consume los espíritus animales con tanta mayor rapidez cuanto más intensa es la atención. Cuando el cerebro entra en tensión prolongada, la sangre afluye a él en abundancia, los vasos se dilatan, la circulación general se ralentiza en el resto del cuerpo y las vísceras del abdomen quedan sumidas en una atonía mortal», Tissot, De la santé des gens de lettres, Cap. I.
«Acometidos por una melancolía sombría, devorados por la hipocondría, aquejados de indigestiones continuas y de una extrema debilidad nerviosa, los sabios terminan por convertirse en las criaturas más desdichadas de la tierra. Su cerebro se reblandece, sus ideas se confunden y caen con frecuencia en la más lamentable imbecilidad o locura», Tissot, Cap. III.
El uso indiscreto de los libros, las lecturas nocturnas y el abuso de las obras de imaginación producen en el sistema nervioso una conmoción tal que no es raro ver a jóvenes de delicada constitución perder el juicio tras el atracón de novelerías sentimentales.
La lectura continua de novelas actúa sobre el cerebro como un intoxicante crónico. Produce una congestión cerebral artificial, debilita la capacidad de atención sostenida y deja la mente en un estado de parálisis intelectual, nos advirtió sensatamente el Dr. Thomas Laycock en su obra Mind and Brain (1860)
No pocos de nuestros jóvenes de estudio, llevado su ardor por una indiscreta pasión hacia los libros y las nocturnas vigilias, han perdido la salud de la cabeza antes de haber llegado a ser útiles a la Patria, quedando reducidos a una vida inútil, hipocondríaca y maniática.
En conclusión, considero su escrito Sr. Vásquez un peligro para la salud pública.
