Eliot 95

Cuando llueven cuatro gotas en catalán tenemos una serie de verbos: «brusquinejar», «gotellimar», «pluvisquejar», «roinar» y otros.

En el Diccionario crítico etimológico castellano e hispánico, Joan Corominas (junto a José Antonio Pascual) analiza el término bajo la entrada ORVALLO. Lo clasifica como una voz de origen incierto procedente del ámbito leonés y gallego-portugués. Sugiere que es un derivado romance del latín ORBUS (que significa «ciego» u «huérfano») Nos dice que el sentido etimológico primitivo debió de ser «niebla» (por la oscuridad o «ceguera» en la que la niebla densa deja sumido el campo). De ahí pasó a designar la lluvia menuda o la precipitación fina que se desprende de dicha niebla. Por Galicia, Asturias, Cantabria, País Vasco y Álava encontramos variantes como orbayu, orballo o urbachu.

Términos españoles clásicos, hoy desusados, y muy hermosos, para indicar el hecho de lloviznar, son molliznar (o molliznear, o mollinear), cernidillo, pintear, garuar y paramar.

Entiendo que las palabras también valen por el artificio sonoro con que el orador las viste, y por las resonancias que halagan al oído, además de por la verdad intrínseca del concepto. «Orvallo», con las oes de un rojo gomoso, el grupo fónico contiguo «rv» como una veta de mármol rosa, la doble l con la velocidad de un aspa de helicóptero arrancando, y la «a», vestida de blanco como un mariscal de campo, «orvallo», decía, es una palabra terminantemente hermosa.

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