Enkidu y Gilgamesh, Odiseo y Circe, Fausto y Mefistófeles (o Margarita), Leopold Bloom y Stephen Dedalus, Charles Swann con Odette de Crécy, Ada y Van, Heathcliff y Catherine, Abelardo y Eloísa, Fagin y Oliver Twist, Raskolnikov y Razumikhin, D’Artagnan y los mosqueteros, don Quijote y Sancho Panza, Heidi y Pedro. Y Teseo y Pirítoo, Aquiles y Patroclo, Orestes y Pílades, Marx y Engels, Hölderlin y Schelling, Salinas y Guillén, Russell y Wittgenstein, Gödel y Einstein, Astérix y Obelix. O Coleridge y Wordsworth. O Barral y Gil de Biedma. O Russell y Wittgenstein (o, mejor, Whitehead), Manet y Degas, Cézanne y Zola. Y la amistad íntima entre los hermanos Goncourt.
«Ningún hombre puede formarse solo. El entendimiento necesita oposición amistosa tanto como apoyo. El amigo no es quien siempre concede, sino quien se atreve a corregir. He encontrado en la amistad una escuela más eficaz que cualquier universidad: allí se aprende a pensar con exactitud, a desconfiar de la vanidad propia y a soportar la censura sin resentimiento. Un amigo honesto es un espejo que no halaga. La conversación sostenida durante años con un espíritu afín pule el estilo, refrena el exceso, y enseña a escribir no para el aplauso inmediato, sino para la aprobación duradera de una conciencia cultivada», Samuel Johnson.
«La amistad es la única relación humana que no exige que uno se explique sin cesar. Con algunos amigos se puede hablar del arte con la misma naturalidad con la que otros hablan del tiempo. He necesitado de la amistad para no odiar al mundo. Sin ella, la estupidez ambiente me habría vuelto cínico o cruel. Gracias a ciertos interlocutores fieles, pude seguir creyendo que la inteligencia no era una excentricidad inútil. Un amigo verdadero no acelera el trabajo, pero lo justifica. Escribir sabiendo que alguien comprenderá el esfuerzo invisible es una de las pocas razones nobles para perseverar.», Flaubert.
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La felicidad, en este universo, radica en jugar a una especie de enclaustramiento doméstico. La felicidad, más allá de este universo, consiste en persistir en él.
En casita puedes tomar cannelés, éclairs -mejor si rellenos de chocolate-, un buen tinto (Château La Lagune), gustar de los geranios y el trenzado musical de Bach, dormir la siesta de cuatro a cinco y media, buscar el adjetivo siguiendo ensimismado las formas helicoidales del humo de tu cigarrillo, fascinarte al recordar el cabello de las mujeres (ah los labios rojos de las nymphettes) y revivir las horas en las terrazas de los hoteles de la costa italiana, contemplar aquella foto de mamá (tan guapa) en Vespa, probarte un traje inglés, arrellanarte en un sofá Chesterton, y, al final, feliz y confortado de tu confinamiento hogareño, meterte en la cama sin esfuerzo, y, antes de dormirte, imaginar que dialogas con Fedro y Aristófanes, que eres un noble viviendo en un palacio frente a los jardines de Luxemburgo, o que vives en una ciudad con doscientos mil habitantes y ochenta mil prostitutas, compartidas por archiduques, obispos, burgueses, campesinos y menestrales.
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Aunque a veces defendí apasionadamente la soledad, haciendo de la necesidad virtud, ronronea el diablillo de la contradicción en mí. Por lo que no puedo menos que citar a la Ilíada y la Ética a Nicómaco. Sentencias y sabidurías de la amistad dirigidas a mis amigos:
En la guerra de Troya, Diomedes, el guerrero indomable y valeroso, se adentra en territorio enemigo, y le hace decir entonces Homero “Cuando van dos juntos, uno se anticipa a otro en advertir lo que le conviene; cuando se está solo, aunque se piense, la inteligencia es más tarda y la resolución más difícil”.
Y Aristóteles nos recuerda “¿Qué es pues la amistad? Es lo más necesario para la vida, porque sin amigos nadie querría vivir, aunque poseyera todos los demás bienes; es además algo hermoso y loable; en su forma perfecta cuando no se limita a perseguir egoístamente lo útil o lo agradable, consiste en querer y procurar el bien del amigo por el amigo mismo”.
Gracias, queridos. De veras.
