Eliot 164

«Si la energía de un siglo disminuye, ello se debe a que la energía de las células componentes ha decaído. Entendemos por sociedad decadente aquella en la cual se produce una cantidad excesiva de individuos incapaces para el trabajo colectivo. En un organismo sano, las células individuales se subordinan al funcionamiento del todo. En la sociedad moderna, bajo el influjo de una literatura analítica y enfermiza, el individuo se insubordina. Surge así el hombre de letras: un sujeto de sensibilidad hipertrofiada, de voluntad abolida, presa de una fatiga prematura de la inteligencia y los nervios. Este diletante se complace en su propia debilidad física, aborrece la familia, se niega al servicio de la patria y cultiva una melancolía esterilizante. La literatura de la decadencia enseña a la juventud a preferir la contemplación enfermiza de las propias sensaciones a la acción útil, transformando a varones potenciales en seres desvitalizados y eunucos morales», Paul Bourget, Essais de psychologie contemporaine (1883).

Se puede extender esta observación a cualquier artista u hombre de letras: degenerados biológicos cuya laxitud sexual destruye la polis; parásitos mantenidos por los contribuyentes; mentes enfermas entregadas a la locura, la corrupción moral y el deterioro racial; paganos sensuales y obscenos caracterizados por la vestimenta ostentosa, la sexualidad extramatrimonial, la embriaguez y la sodomía.

En su célebre (y acertado) tratado The Anatomie of Abuses (1583), el panfletista puritano Philip Stubbes denunció las manifestaciones artísticas y festivas de la época como focos de haraganería, afeminamiento, vanidad, libertinaje e inutilidad productiva que amenazaban con desencadenar el caos moral en la Inglaterra isabelina. Allí escribe (recordemos que, en esa época, los papeles femeninos en las obras de teatro eran interpretados por niños o jóvenes vestidos de mujer):

«Los teatros y los espectáculos cómicos son las verdaderas escuelas de Venus, los mercados de la lascivia y los templos de la idolatría. ¿Qué se aprende en ellos sino lecciones de amancebamiento, vanidad y rebelión? Allí los hombres se visten con ropajes de mujer —lo cual es una abominación a los ojos de Dios—, adoptando gestos amanerados, voces fingidas y actitudes afeminadas que destruyen la gravedad y la hombría del varón cristiano. Quien frecuenta las comedias regresa a su casa transformado: no como un hombre fuerte y dispuesto al trabajo, sino como un ser afeminado, sensual y lleno de pensamientos inmundos. Los comediantes son vagabundos por ley, parásitos que viven del sudor ajeno, enseñando a la juventud a despreciar la disciplina, a huir del trabajo honrado y a entregarse a la molicie y a los placeres prohibidos», Philip Stubbes, The Anatomie of Abuses (Sección: «Of Stage-plays and Interludes»).

«Entre las enfermedades de la voluntad que esterilizan los más brillantes talentos, ocupa un lugar de primer orden el diletantismo literario y bohemio. El culto exclusivo a la frase pulida, a la contemplación estética y a la charlatanería de café engendra una especie de atrofia para el trabajo sistemático y severo. El bohemio literario vive en un estado de pereza contemplativa; es un enamorado del esfuerzo ajeno que huye del taller y del laboratorio para entregarse al insustancial devaneo de las musas. Esta existencia errabunda y febril destruye la salud física, conduce con frecuencia a la neurastenia, a la tisis y al agotamiento temprano del organismo, produciendo individuos inútiles para la patria, incapaces de crear riqueza o ciencia real, y cuyo único legado es la melancolía y la impotencia productiva», Santiago Ramón y Cajal, Reglas y consejos sobre investigación científica (Capítulo III: «Enfermedades de la voluntad»).

En definitiva: una panda de egocentristas morbosos, revolcados en la inmundicia psicológica, incapaces de sostener la atención, con una extrema aversión al trabajo regular y productivo, dominados por un misticismo histérico y una debilidad mental que confunde el delirio con la genialidad.

Lolita (IA)

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