Los grandes enciclopedistas de los siglos XVI y XVII se enfrentaron, a su escala, al mismo problema epistemológico que hoy plantean Internet y la inteligencia artificial: la información había empezado a crecer más deprisa que la capacidad humana para asimilarla. La imprenta produjo una «confusa et noxia illa librorum multitudo», según la célebre expresión de Conrad Gessner. Ya no bastaba con leer: había que seleccionar, clasificar, indexar y construir procedimientos para recuperar lo relevante. Su Bibliotheca universalis y sus Pandectae pueden entenderse, salvando todo anacronismo técnico, como una respuesta temprana al problema de la sobrecarga informativa.
Theodor Zwinger llevó el proyecto un paso más allá. Su gigantesco Theatrum humanae vitae quiso convertir la experiencia escrita de la humanidad en un depósito organizado de casos: non praecepta, sed exempla persequimur («no buscamos preceptos, sino ejemplos»). Johann Heinrich Alsted aspiró después a que su Encyclopaedia fuese instar Bibliothecae instructissimae («a modo de biblioteca sumamente provista»). En ambos aparece una intuición sorprendentemente actual: cuando ningún individuo puede dominar el corpus, el problema fundamental deja de ser poseer conocimiento y pasa a ser organizarlo, relacionarlo y hacerlo recuperable.
«Non ignoramus confusam et noxiam illam librorum multitudinem, qua hodie premitur orbis, maiorem in modum litterarum studiosis impedimento esse», «No ignoramos que esa confusa y dañina multitud de libros que hoy abruma al mundo es un enorme impedimento para los dedicados a las letras», Conrad Gessner (1548, Pandectae – Prefacio)
Lo que se puede conectar con el origen de la informática: «The summation of human experience is being expanded at a prodigious rate, and the means we use for traversing the mountainous cache are the same as were used in the days of square-rigged ships», Vannevar Bush (1945, As We May Think).
