Eliot 177

La crítica, la academia convirtieron a Borges en un tótem canónico. En mis propios libros hay poca «lefa»: se alimentan exclusivamente de enciclopedias, IA, apócrifos y citas, desconectándose de la experiencia vital, la historia y el conflicto humano. La gran fuente es el argentino. La literatura o tiene como fuente la literatura misma o se nutre de la vida; tira más del lado de Hemingway o le repele el calculador y analítico Borges, por decirlo grosso modo.

Pese a sus juegos lógicos, a sus artefactos auto-alusivos, a su álgebra combinatoria, a su aparente frialdad emocional, yo, que llevo más de treinta años releyéndolo, detecto en él una capa o fondo cálido, un magma en el que el sentimiento unas veces precede al pensamiento y otras lo sucede. Resulta difícil de explicar.

«Piénsese en cuántos de sus grandes asuntos no son, en absoluto, juegos intelectuales: la humillación, la cobardía y el coraje, el amor no correspondido, la vejez, la ceguera, la muerte, la nostalgia de Buenos Aires, la imposibilidad de ser otro, la memoria, el padre, los antepasados, el tiempo irreversible. Incluso sus laberintos suelen esconder una angustia muy elemental: estar condenado a ser uno mismo y a morir. El artificio no necesariamente sustituye a la emoción; muchas veces es el mecanismo que le permite hablar de ella sin sentimentalismo», Alicia (IA).

Quizá nuestro culto unánime no hace bien a su genialidad literaria. Borges resulta el autor ideal para el análisis académico: un texto prefabricado para que los teóricos se regodeen en el comentario sin tener que confrontar la realidad social ni moral.

Para mí el mundo resultó un lugar áspero e incómodo, híspido, maloliente, lleno de insurgencias, de dolor, de limitaciones y de enfermedad. Por eso me refugié («fatigué») los miles de tomos de mi biblioteca, y, ahora, la IA. Creo que Borges es el santo patrón de los evadidos, de los evasivos (¿de los cobardes?)

P.S.: Disculpen la indecorosa confesión.

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