La corte de Elsinor está plagada de espionaje, traición y asesinatos dinásticos. Hamlet lamenta el estado de caos y anarquía moral en el que ha caído el reino tras la usurpación del trono: «El mundo entero se ha desquiciado… ¡Oh, maldita perversidad, que haya nacido yo para tener que enderezarlo!».
Y si, para mantener la tranquilidad pública, era necesario permitir que ciertas gentes se enriquecieran a la sombra del poder, se enriquecieran en buena hora, siempre que supieran permanecer en su sitio y no pretendieran disputarle el mando. Al fin y al cabo, el dinero que entraba en sus bolsillos volvía a circular, estimulaba los negocios y servía para mantener la paz social, que era el bien supremo de la República.
«¡Pobre patria, que casi tiene miedo de conocerse a sí misma! No se la puede llamar nuestra madre, sino nuestra tumba…». Macbeth, acto IV, escena III.
«Sangra, sangra, pobre patria. Gran tiranía, cimienta bien tus bases, que la bondad no se atreve a contenerte». Macbeth, acto IV, escena III.
En España no se movía una hoja de papel, no se firmaba un contrato de obras públicas, no se otorgaba una concesión de aduanas, no se importaba un kilo de arroz o una máquina de coser sin que El Benefactor o sus parientes inmediatos cobraran el porcentaje reglamentario. No era un secreto para nadie. El Estado era una inmensa hacienda administrada para el lucro exclusivo del Jefe y sus adláteres.
«He visto la corrupción hervir y burbujear en la ciudad, hasta que las leyes mismas parecen listas para pudrirse». Medida por medida.
«El orden está trastocado, la discordia gobierna, y el fin de todo se acerca». Ricardo III.
«Un perro es obedecido cuando ejerce el poder… Mira cómo el juez de paz insulta al pobre ladrón… Rompe la ley con oro y la fuerte lanza de la justicia se quiebra sin herir». El rey Lear.
