Me gusta el pío campesinado rural, las capillas silenciosas, las vieiras, los perfumes caros y el Châteauneuf-du-Pape. Deportes, comida y un poco de arte no me parecen un mal ideal para la gente común.
La simpatía y el amor son más importantes para mí que la desdeñosa y fría razón (en esto opino igual que Burke).
Hoy, el término que se utiliza para hablar de cultura es el antropológico que acuñó originariamente Tylor en su obra Primitive Culture: «La cultura o civilización, entendida en su amplio sentido etnográfico, es ese todo complejo que abarca el conocimiento, las creencias, el arte, la moral, el derecho, las costumbres y cualquier otra competencia o hábito que haya adquirido el hombre en tanto que miembro de una sociedad». Es decir, un conglomerado de procesamiento de información mediante el aprendizaje.
Discrepo solemnemente de esta dictadura definicional —hoy universal, generalísima y avasalladora, que engendra el contradiós de permitir hablar de «cultura nazi» o «cultura pedófila»—. Con el fin de evitar disputas terminológicas y centrarnos en la materia misma de las cosas, propongo una definición alternativa.
Para mí, cultura es la adquirida en las buenas universidades: aquella que forja la percepción y el juicio autónomos, que libera de la tiranía primigenia de lo mediocre, que provee de ingredientes subversivos y cuya gama de ideas y hábitos de pensamiento siempre eleva y jamás envilece (la verdadera cultura es un vector de avance, nunca de degradación). La cultura es búsqueda y anhelo de perfección, un temple de sentimientos y pensamientos de subido tenor, una pasión científica y moral cuya raíz se nutre del estudio y análisis de la perfección misma.
Aunque su impulso sea noblemente humano, su consumación es siempre patrimonio de una minoría selecta. Su retiro y soledad la defienden del contagio de las masas urbanas; el campesinado, en cambio, conserva —o conservaba al menos— una propensión espiritual más robusta y leal. La cultura, así entendida, puede concebirse como una suerte de religión secular.
A mi juicio, es preferible la televisión a un best-seller prefabricado o a una saga juvenil. La cultura pertenece a unos pocos. Los ideales ilustrados fracasaron. La Odisea, Middlemarch o los Elementos de Euclides no están hechos para todos los paladares. Y no me parece mal.
