Cabaleiro 131

La diatriba contra el adefesio Bad Bunny me recuerda a Sir Humphrey Quill (1679–1743), ensayista moral, polemista y “miembro periférico” del Scriblerus Club.

Nacido en Bath, hijo de un impresor disidente, Humphrey Quill estudió en Christ Church, Oxford, donde adquirió dos hábitos que conservaría toda su vida: el latín correctísimo y la irritación perpetua ante la mala prosa. Tras una breve carrera fallida como clérigo anglicano, se trasladó a Londres hacia 1706 y frecuentó los círculos literarios de St. James’s Coffee House.

Quill no fue miembro fundador del Scriblerus Club, pero aparece citado en una carta tardía atribuida a John Arbuthnot como “a severe gentleman of the margins, who hates dulness as physicians hate fevers.” La tradición sostiene que Pope lo apodó “the Rural Scalpel”, por su gusto en diseccionar a los autores mediocres con precisión quirúrgica.

Su adversario favorito fue Edmund Pounce, autor prolífico de novelas sentimentales, almanaques morales y biografías instantáneas de celebridades efímeras. La disputa culminó en el libelo: «A Modest Rebuke to the Grub-Street Muses» (1731)

En él leemos: «The Grub-Street writer trafficks not in thought but in noise; he coins applause from the basest metal of fashion. His page smells of the market and the tavern, and he mistakes clamour for immortality», «El escritor de Grub Street no comercia con ideas, sino con ruido; acuña aplausos con el metal más vil de la moda. Sus páginas huelen al mercado y a la taberna, y confunde el clamor con la inmortalidad».

Quizá Sir Humphrey sonreiría al comprobar que Grub Street no murió: simplemente cambió la pluma por el micrófono. Y sospecho que, tras escuchar a cierto trovador global de taberna y mercado, habría añadido una nota al margen: “the species thrives.”

Cabaleiro 130

Tenemos en pleno candelero a Melania, una mujer florero cuyo único motivo de ser y existir es masajear el ego de Trump.

Melania es muy guapa ¿Y la fealdad en la mujer? Una mujer cuya mente leyera los cuatrocientos ochenta y dos volúmenes griegos y doscientos sesenta y cuatro latinos (el legado de la importantísima biblioteca del cardenal Besarión), con encuadernaciones con decoración a candeliere y acotaciones en los márgenes al «Almagesto», o leyera los «Elementos» o el «Timeo» a pocos interesaría si no fuera agraciada. Sí, importa la inflación de los cuerpos, pero no la deflación de los cerebros.

Como molesta nota erudita, y disculpen por alargarme, indicar una cita de la matemática inglesa del siglo XX, Eva Crane (también fue investigadora de las abejas y apicultura) Escribió un tratadito de estética «The Geometry of Beauty and the Hive» (1968) donde dice: “Human societies confuse brightness with worth; bees never do”, «Las sociedades humanas confunden brillo con valor; las abejas nunca lo hacen». Palabras ejemplares.

Cabaleiro 129

Antoine-Léonard Thomas (1732-1785), académico francés, ensayista moral y orador ilustrado, que hoy casi nadie lee, fue famoso en los salones parisinos. En su opúculo «De la rencontre des précieuses dans les salons» (1764) explica, glosa y comenta muy felizmente aspectos de las relaciones sociales que debieran conocer los jóvenes que se interesan por alguien en la era de Instagram.

Veamos unos pocos ejemplos:

Sobre la curiosidad como motor del deseo nos dice: «Le premier charme d’une rencontre est l’ignorance réciproque», «El primer encanto de un encuentro es la ignorancia recíproca». Contra la información prematura señala: «On tue la curiosité lorsqu’on apprend trop tôt ce que l’on devrait découvrir lentement», «Se mata la curiosidad cuando se aprende demasiado pronto lo que debería descubrirse lentamente». Sobre recopilar información social advierte: «Dans les salons, on peut connaître en une heure ce qu’il faudrait aimer découvrir en une année», «En los salones puede conocerse en una hora lo que debería amarse descubrir en un año». También sabía que el retrato previo destruye el misterio: «Un portrait trop complet empêche l’imagination de travailler», «Un retrato demasiado completo impide trabajar a la imaginación».Y, acerca del equivalente al actual “perfil social”, leemos: «On sait quels cercles elle fréquente, quelles musiques elle écoute, quels voyages elle préfère — et l’on croit déjà la connaître», «Se sabe qué círculos frecuenta, qué músicas escucha, qué viajes prefiere — y se cree ya conocerla».

Et tam multa alia. En fin, una obrita deliciosa y asombrosamente contemporánea.

FUENTE BIBLIOGRÁFICA: Antoine-Léonard Thomas, «De la rencontre des précieuses dans les salons». Édition présentée et annotée par Claire Delorme, Préface de Jean-Paul Sermain, Paris, Gallimard, coll. Bibliothèque des Lumières, 1998.

Cabaleiro 128

La mayoría de las novelas modernas están escritas como si el lenguaje fuera un cristal; pero el lenguaje no es un cristal: es la sustancia del arte. Se olvida su dimensión estética: las frases como piedra tallada en el Machu Picchu, los giros como un chal frente a la intemperie, la tensión verbal como manos vivas de luz.

El mercado favorece y premia una prosa periodística, transparente y convencional; la recepción de ese idioma plano en estado de simple distracción caracteriza el arte de masas.

En efecto, la estructura del sistema editorial actual favorece la literatura legible, la mera legibilidad, frente a la literatura arriesgada. De las élites lectoras, el prestigio cultural de la literatura y el tiempo de ocio lento y profundo, se pasó insensiblemente a una caída del sistema general de la atención, a una competencia feroz con entretenimientos audiovisuales y a una industria editorial integrada en la industria cultural global. De ahí se infiere que un lector agotado cognitivamente busque solo una narrativa confortable.

¿Consecuencia? Libros con un 80 % cliché y un 20 % novedad. Si inviertes la proporción, llega el fracaso comercial.

Variaciones 127

EL SERENÍSIMO CARDENAL RICHELIEU CONTEMPLA SUS ÚLTIMAS HORAS UNA NOCHE DE LUNA LLENA

Arrastrando su peluca de cascabeles por el limo,
el cardenal Richelieu espera la muerte
en nuestro planeta destejido e insensible,
en medio de una noche de astros con nieve.
La vida escrita y sus catorce gatos,
la cellisca premonitaria del aire. No tiene miedo.
Ojos de estatua desnuda en el hielo,
campo granate al fondo de la memoria,
infancia lejana de tablillas de cera.
No tiene miedo. Le protege la Luna.
Cuatro de diciembre de mil
seiscientos cuarenta y dos. Luna llena.
El duro fulgor del plenilunio
contra la inerte floración de los labios.
El calor de las estrellas cerca de sus ojos enfermos.
El diorama de la política como una risotada.
“Dejad a mis gatos una casa y comida asegurada,
y que me suceda el sagaz Mazarino”.

En la capilla de la Sorbona queda el conjuro
de restos luz de una diosa blanca y eterna.

Cabaleiro 126

VARIACIONES A UN TEMA DE ELIOT

La luna ha perdido la cabeza,
la luna ha perdido la cabeza,
gira como una peonza en los salones.
Quizás la luna aprenda,
cansada de las túnicas cardenaliciamente rojas,
a bailar de nuevo el tango y el fox-trot.
Una cicatriz descolorida de viruela
le desfigura el rostro,
su mano hojea un álbum de papel
que huele a polvo y agua de colonia.
Está sola, el espíritu de la luna está solo,
magicos tonos verdes de cervatillos.
Exhala viejos perfumes nocturnos
que se cruzan y se entrecruzan en su cerebro.
Llega el recuerdo
de geranios áridos sin sol
y polvo en las grietas, en los hórreos.
Las cuerdas del arpa alaban a los amantes.
Nos reunimos en grupos en el jardín
para mirar la luna llena con telescopios,
mientras los burócratas construyen la gris historia.
Luna,
olores a castañas en las calles,
y perfumes femeninos en habitaciones
con ventanas cerradas,
y cigarrillos en los hospitales,
y el martín pescador, abatido por su luz,
y el sombrío febrero con pómulos de doncella
revoloteando por los pueblos gallegos.
La montaña y el valle se confunden,
el sabor de los cócteles en los bares se confunde:
la luna ha perdido la cabeza,
la luna ha perdido la cabeza.

Cabaleiro 125

PACTO PP-VOX

Talleyrand, que desconfiaba de las pasiones en política, recordaría que las coaliciones no nacen del afecto, sino del cálculo. Si el pacto dura, diría, será patriótico; si no, habrá sido simplemente imprudente.

Richelieu, más severo, no preguntaría por afinidades, sino por resultados. El Estado —insistía— no tiene amigos; tiene necesidades. Toda alianza es virtuosa si aumenta la potencia del poder central, y superflua si no la aumenta.

Fouché sonreiría. Para él, cada acuerdo es una tregua firmada por ambiciones que aún no han terminado de conocerse. La cuestión nunca fue quién gobierna en los papeles, sino quién gobierna en los pasillos.

El duque de Saint-Simon tomaría notas sobre la coreografía de los egos, el orden de las reverencias, la velocidad de las traiciones. Pepys, más doméstico, anotaría si la ciudad duerme tranquila y si los mercados abren a la hora.

Quizá el secreto de gobernar nunca fue la pureza, sino la suma. La aritmética, al fin y al cabo, es la forma más antigua de prudencia.

Cabaleiro 124

Cada vez necesitamos usar menos nuestras capacidades mentales básicas para vivir y pensar. La tecnología externaliza funciones cognitivas; así hemos externalizado la memoria, la atención, el cálculo, el espacio mental, el criterio, la escritura y el esfuerzo. Este fenómeno lo podemos compactar o comprimir en un axioma: A MAYORES MEDIOS TECNOLÓGICOS, MENORES MEDIOS INTELECTUALES.

El axioma presenta una ligera paradoja; pese a que el individuo de modo creciente requiere menos exigencia cognitiva en su vida cotidiana, la civilización en su conjunto presenta una potencia intelectual sin precedentes con un caudal exponencial de información y conocimiento. El individuo no es intelectualmente autosuficiente; la inteligencia se concentra en las máquinas y las infraestructuras.

No propongo que volvamos a escribir con pluma de oca en pergaminos de monasterios cluniacenses, ni que dejemos de lado los procesadores de textos y escribamos soñando con esa resistencia del lápiz contra el papel, ese rasguño, ese titilar del grafito casi como si oyésemos las frases antes de verlas. Solo pido consciencia de los efectos limitadores para la autonomía intelectual de las nuevas tecnologías.

Cabaleiro 123

El odio a Ayuso es el tributo que la mediocridad le rinde a la grandeza, impulsado por el miedo de la clase acomodada y dependiente del Estado a perder su seguridad y privilegios.

Enfocada en rescatar a un país que se va a las sentinas, y vive ya en un pozo apestoso y corrupto, el «establishment» resentido y las clases «charlatanas», ven amenazados sus privilegios por ella, lo que los enfurece y recrudecen así su agresividad mientras hozan en su servidumbre voluntaria.

«Creo que ser liberal, en el verdadero sentido de la palabra, es no ser doctrinario, no ser dogmático, no estar comprometido con una causa, sino examinar cada caso según sus méritos. Ser de izquierdas es otra cosa; es una posición política. Creo que la mayoría de los periodistas, por definición, tienen que ser liberales; si no lo son, según mi definición, difícilmente pueden ser buenos periodistas. Si son dogmáticos predestinados a una causa, entonces no pueden ser muy buenos periodistas; es decir, si lo trasladan a su periodismo», Walter Cronkite (y para quien se sienta aludido, a diestra y siniestra)

NOTA BENE: Decidí abordar retóricamente la defensa de Ayuso de modo contundente y sin matices. A veces me harta la hemiplejía sectarista de los progres. Disculpen mis inevitables errores.

Ayuso, y no es poco, además está requetebuena.

Cabaleiro 122

La respetabilísima cultura burguesa presenta el amor como instinto universal, eterno y espontáneo. Idea a mi juicio opinable (el mito amoroso convierte una institución histórica en una emoción perenne) El amor romántico aparece siempre como fatal, absoluto, inevitable, dramático y redentor.

Pero la crianza de un hijo dura más tiempo que la experiencia amorosa. Estamos mal diseñados, hay un claro desajuste evolutivo. Mejor nos fuera que volviéramos al matrimonio de conveniencia, a las alianzas familiares estratégicas.

Para Schopenhauer el amor no es más que el truco de la naturaleza para asegurar la reproducción. Dos fantasías que procrean y se olvidan. Contabilidad ancestral sin destino. Y, sin embargo, óperas como «Tristán e Isolda», «La Bohème», «Madame Butterfly» o «La Traviata» convierten el amor en sacrificio sagrado. Y la música pop en liturgia sentimental. El mito sigue vivo.

La teología sentimental promete demasiado (aunque, ahora que lo pienso mejor, acaso no sea mejor solución un contrato frío) Siempre he sido reacio a perder todavía más mi razón.

Porque el amor romántico no fracasa por ser imposible, sino por ser demasiado creíble.