Cyril 78

Marshall McLuhan

«El medio es el mensaje. Una enciclopedia electrónica no organiza el mundo como lo hacía el libro impreso: lo fragmenta. El conocimiento deja de ser lineal y se vuelve mosaico. Ganamos simultaneidad, pero perdemos profundidad».

George Steiner

«El acceso universal a la información no equivale al acceso universal a la inteligencia. Una enciclopedia infinita no garantiza lectores capaces de interpretarla. La cultura no se transmite por acumulación, sino por exigencia».

Nicholas Carr

«Cuanto más confiamos en la red como repositorio universal, menos ejercitamos la memoria profunda. La enciclopedia digital nos hace expertos en localizar información, no en poseerla. Sabemos dónde está todo, pero no sabemos nada».

Hannah Arendt

«El conocimiento no es la suma de datos, sino la capacidad de juzgar. Una enciclopedia sin juicio puede convertirse en una maquinaria de banalidad».

Umberto Eco

«Internet es una enciclopedia salvaje. Contiene todo, pero carece de jerarquía. La vieja enciclopedia enseñaba no solo qué saber, sino qué era importante saber. La red, en cambio, lo ofrece todo al mismo nivel: el tratado y la necedad, el dato verificado y la invención. El problema no es el exceso de información, sino la ausencia de filtros culturales».

Cyril 77

Rostros no de carne, sino de sueños. Cuerpos no de piel, sino de luz. Ideas platónicas que el foco ilumina con luz zodiacal y oxigenada convirtiéndolas en rubias tramoyas de niebla y carmín ¡Suavizad el mundo, estrellas de California! ¡Brillad contra mi miseria!

Redondez del pecho saliendo de conchas marinas, tafetán del óvalo de la cara como un huevo de Pascua. Tigres debajo de las sábanas.

El cine cuando no es documento es sueño.

(A Juan Pais)

Cyril 76

De noche escucho la radio no por interés, sino por defensa. La voz humana, incluso cuando dice banalidades, protege contra la sensación de aislamiento absoluto. No importa qué se diga: importa que alguien esté hablando. Es una barrera que tenemos los insomnes contra el vacío. Se agradece que haya alguien despierto, cálido, cuando todos duermen. Se agradece el ritual nocturno. Los desvelados formamos una comunidad íntima y extraña; los solitarios agradecemos al locutor que rompa, sin saberlo, el hielo de nuestra soledad.

Cyril 75

Si deliro sin brida me gustaría que se dijera de mí que, aunque no pertenecí al grupo de los grandes escritores, sí pertenecí al de los indispensables. No levanté catedrales: limpié una habitación, coloqué una silla, abrí una ventana. Mi obra no deslumbró, pero acompañó. No hizo ruido; dio compañía.

No escribo para ser reseñado en los manuales de literatura, sino para dos, tal vez tres, voces amigas. A un autor de best-sellers lo leen cientos de miles con distracción; yo quisiera una parte infinitesimal de ese monto de lectores, pero ser leído, en cambio, con atención. Los escritores secundarios a menudo decimos cosas que los grandes no pueden permitirse. No estamos vigilados por la ingrata posteridad. Escribimos con una libertad preciosa.

No soy ni héroe ni titán literario. La literatura avanza gracias a muchos escritores menores como nosotros. Los grandes abren caminos; los menores los recorremos con paciencia, los ensanchamos, los volvemos habitables. No es ese un mal destino.

Cyril 74

Mis fantasías sexuales son muy ingenuas y nada rocambolescas. Durante casi toda mi vida, y debido a problemas por mis nulas relaciones y capacidades sociales, debí solventar las pulsiones mediante el amor mercenario. Ahora, ya en edad madura, y muy medicado, y con insuficiente dinero, y con problemas de hidráulica, satisfago el deseo -veneno de oro en yates de lujo- mediante un eventual onanismo.

Pero, aunque el placer pasa, la inquietud permanece. El deseo. Ese instante aumentado de amarillas vestiduras de las playas, esos cuerpos de sangre y libres libélulas. Qué extraordinaria vulnerabilidad dejar de ser espíritu para convertirte en algo torpe, necesitado, tirante. La agitación del caos modelando otras formas.

Besar, acariciar: memorias de un galeote hundido en alta mar.

Cyril 73

Escribir para mí funciona como una regulación psíquica, no meramente como un acto expresivo. Cuando no escribo, la vida se vuelve demasiado inmediata, heridora, demasiado cercana, como una molesta cara pegada a la mía, demasiado cerca. Me equilibro escribiendo. Mis impresiones se equilibran escribiendo. Pongo orden, enhebro el grito y el aullido escribiendo. No confieso, organizo. No reflejo, opero a corazón abierto.

Y escribo de noche, durante la maravillosa noche. Bernhard: «La noche es el único momento en que el pensamiento no es interrumpido por la estupidez ajena. Durante el día, todo conspira contra la concentración; de noche, el mundo se retira. El escritor nocturno no busca inspiración, busca silencio. La noche no consuela, pero permite. Escribir de noche es aceptar una forma de soledad radical, sin testigos ni coartadas».

La noche es el tiempo natural de la escritura porque es el tiempo en que el mundo se vuelve parcialmente legible. Cuando el ruido cesa, el pensamiento recupera su densidad. El escritor nocturno trabaja entre el sueño y la vigilia, entre el sentido y su disolución.

La escritura regula la mente y la noche regula el mundo.

Cyril 72

La vaca piensa despacio, como Galicia. Su paciencia, senequista, es una forma de sabiduría rural. Mientras el hombre gallego duda, calcula o recuerda, la vaca ya acepta el rigor del mundo. No protesta contra los aguaceros, el barro, el viento, el sol, los tábanos o las moscas: los integra como vaivenes de su pequeño cosmos. En su mirada hay una serenidad anterior a Roma y Grecia, a imperios y guerreros.

***

El hórreo gallego parece una piedra heideggeriana. Apoyado en sus pies de piedra, mira el valle con una calma casi monástica. En la aldea donde vivo aún hay hórreos vivos. Cuando el hórreo se convierte en adorno turístico, algo esencial se ha perdido: ya no guarda grano, guarda barniz.

Cyril 71

Orense. En un metro cuadrado de prado puedes distinguir ocho o nueve tipos de verde. Los verdes de Galicia tienen algo de sacristía natural, de retablo húmedo. Verde que invita al recogimiento, a la melancolía. El verde gallego enseña a mirar hacia dentro.

Ese verde interminable produce a veces una extraña fatiga. No cansa como el desierto ni abruma como la montaña: te adormece. Uno acaba pensando de otro modo, con más lentitud y densidad, reconcentrado como dentro de una campana de vidrio.

Verde civilizado por la lluvia.

Cyril 70

Permítanme un puritanismo dogmático. Estas conclusiones se desprenden de mi vida meditativa y agraz.

El entusiasmo por la felicidad es una forma refinada de estupidez. Cuando se la eleva a ideal, se incurre en una mistificación peligrosa: se enseña a los hombres a huir de sí mismos, a distraerse de su condición. La felicidad como fetiche publicitario universal. No me fío de quien está alegre sin motivo, como no me fío de una habitación llena de empalagosas tartas de chocolate. La alegría moderna es una obligación social (y de ahí el tufo industrial de la autoayuda)

Siempre he desconfiado de la gente alegre. Su alegría es una estrategia, un sistema de defensa contra la verdad desnuda. Se ríen para no pensar y celebran para no observar. La alegría no es inocente; es un ácido que corroe la conciencia de nuestra desdicha planetaria. El pesimismo no es una tara.

El mundo está mal hecho. El hombre no es bueno ni noble. Donde todos se alegran a la vez, algo ha sido simplificado, amputado, reducido a cliché. La cultura contemporánea ha convertido la alegría en una obligación y desacredita a la tristeza. Hay que mostrarse satisfecho, ligero, «happy». Lo gratificante sacrifica la inteligencia.

Quien está demasiado alegre suele estar mal informado de sí mismo.

Cyril 69

Flaubert, obseso tiquismiquis perfeccionista: «Lo que me mata no es el trabajo, sino la exigencia. Busco una frase que sea inevitable, una frase que no admita alternativa. Paso días enteros persiguiéndola. Cuando no la encuentro, todo me parece falso. El perfeccionismo no es amor a la perfección, es horror a la imperfección. Y ese horror es inagotable».

Este perfeccionismo solo es una salvaje y contra-terapéutica tiranía interior. Saber que la perfección no existe no implica volcarse en la imperfección. Cualquier frase, debido a la naturaleza dúctil y recursiva del lenguaje, es una frase aproximada. No hay algo así como un conjunto de frases «finales», totalmente acabadas. La palabra no es el reino de lo absoluto, sino de lo impuro, del mestizaje.

La exactitud llevada al extremo deja de ser virtud y se convierte en patología. La búsqueda del párrafo perfecto es un delirio silencioso y devorador. Joubert: «La perfección es una idea divina mal adaptada al hombre. Cuando el artista quiere ser perfecto, olvida que su misión no es alcanzar lo absoluto, sino aproximarse a él sin destruirse».

La perfección no mata el arte por difícil: lo mata por imposible.