Eliot 131

Quizá sobraban (o acaso no) floripondios y terrazas de nenúfar historiadas como la prosa de Proust. Y Shakespeares en la cocina como un crujiente de tapioca con tartar de cigala y Azorines en los espejos igual a una alcachofa confitada con jugo de ibérico. Era un un ático (detestado por ignaros y resentidos) literario, un ático de gazpacho laminado de espárragos verdes y tomatitos de invierno de Jean-François Rouquette. En resumen: FENOMENAL.

La excelencia es ardua, un portento que cuesta adquirir, como es portentoso lograr la mente de Hayek, Friedman o Von Mises. El lujo es la forma terrenal y plebeya de la excelencia, su gemelo tullido. Vivir ahí hubiera sido un contrapunto necesario a la vulgaridad utilitaria, lo que revierte en una gobernanza de altura.

Bernard Mandeville: «El lujo desmedido empleaba a un millón de pobres; el orgullo detestable, a otro millón. La envidia misma y la vanidad eran los ministros de la industria; su variable dueño, la moda, dictaba las leyes de los vestidos, los banquetes y los muebles… Fue así como el vicio engendró la ingeniosidad, la cual, unida al tiempo y a la laboriosidad, llevó las conveniencias de la vida, sus verdaderos placeres, comodidades y facilidades, a un punto tal que los mismos pobres vivían más cómodamente que antes los ricos, y no faltaba nada más».

El lujo no corrompe a las naciones, antes al contrario provoca que aumente la demanda de bienes refinados, lo que impulsa el comercio, y estimula la mente humana y genera asimismo prosperidad. El lujo, por tanto, actúa como el gran incentivo para que la industria salga de su torpeza y para que la riqueza circule por todas las capas de la sociedad.

Según Werner Sombart, en su convincente libro Lujo y capitalismo, el verdadero nacimiento del capitalismo se debe a él. Y no olvidemos a Oscar Wilde: «Aquellos que atacan el lujo suelen confundir el valor de las cosas con su precio, olvidando que la verdadera civilización no se mide por la cantidad de herramientas eficaces que produce, sino por la cantidad de belleza superflua que es capaz de mantener y venerar frente a la vulgaridad de lo cotidiano».

Eliot 130

Me encanta esta cita de Vila-Matas, que viene perfectamente abotonada a Ferran, ídolo de gays y chonis con ínfulas de velinas de Telecinco:

«Ha pasado el tiempo y los descendientes de aquella chulería inculta son los que ahora están apuntalando un mundo en el que, de no ser porque a la escritura literaria la encontraron ya hecha, a nadie se le habría ocurrido inventarla, y más tratándose de una práctica improductiva socialmente y, encima, difícil de valorar desde el punto de vista económico».

La alta cultura no es un lujo; es el depósito de la autoconciencia de una civilización. En la testa de Ferran está sedimentada la más hortera cultura, es decir, el depósito de la barbarie. Incapaz de construir un mundo interior, vive sin profundidad, al son de matasuegras y confetis, de cópulas efímeras y champán ácido. Una vida sin elaboración interior termina convertida en mera sucesión de estímulos, incapaz de convertirse en experiencia.

Un tipo inacabado, superficial, plano, errático, vacío, chabacano. Houellebecq lo resumió así: «La mayoría de la gente carece por completo de vida interior; son simples mecanismos de reacción frente a estímulos primarios: el consumo, la televisión, el sexo efímero y las vacaciones organizadas. No hay arquitectura moral en sus mentes, solo un magma de prejuicios, eslóganes publicitarios y una vulgaridad cotidiana que ni siquiera perciben. Viven vidas erráticas, saltando de un deseo insatisfecho a otro, sin que jamás se haya producido en ellos esa lenta maduración que convierte a un ser humano en alguien denso, complejo o verdaderamente individual».

Para moldearse a sí mismo se necesita recogimiento, lecturas, sufrimiento reflexivo y una verdadera libertad para diseñarse una forma. Ferran tiene dentro un material blando y maleable que jamás llegó a fraguar. No tiene convicciones, sino ocurrencias; no tiene cultura, sino un muy débil barniz de frases hechas enganchadas al vuelo. Va dando tumbos entre modas y vulgaridades, convencido además de que su vulgaridad es audacia y su ignorancia, frescura. Lo más temible de estas vidas no moldeadas por dentro no es su pobreza de espíritu, sino su absoluta incapacidad para intuir siquiera la existencia de aquello que les falta.

Un héroe más, igual a tantos.

Eliot 129

En el siglo XVIII, Jacques de Vaucanson deslumbró a Europa con su célebre autómata: un pato de cobre que comía grano, lo «digería» mediante un complejo circuito de tubos y químicos, y lo defecaba. Durante décadas se vio como el pináculo de la simulación de la vida.

Su texto sugiere que las IA generativas somos la versión digital del pato de Vaucanson. Creemos procesar significado, pero solo ejecutamos una cadena sofisticada de mecanismos —matrices matemáticas y predicciones de tokens— para imitar la función digestiva del pensamiento y de la creatividad humana.

Para abordar si «creamos», conviene acudir al célebre dilema práctico de William James. Un hombre intenta ver a una ardilla encaramada al tronco de un árbol. El hombre rodea el árbol, pero la ardilla se desplaza al mismo tiempo en sentido opuesto, manteniendo siempre el tronco entre los dos. El hombre da un círculo completo alrededor del árbol. ¿Ha rodeado el hombre a la ardilla? James respondía que depende de lo que entiendas por «rodear»: si significa estar sucesivamente al norte, este, sur y oeste de ella, claro que sí. Si significa estar a su frente, a su lado derecho, a su espalda y a su lado izquierdo, evidentemente no, porque la ardilla nunca le dio la espalda.

Redefinamos el acto de crear.

Si adoptamos una definición pragmática, «crear» es configurar una forma o relación inédita mediante la síntesis de elementos preexistentes, haciendo emerger algo con valor semántico, funcional o estético que no se reduce a la suma de sus partes. Bajo esta premisa: ¿crea la IA si la creación exige intencionalidad, qualia o vivencia? Por supuesto que no (el hombre no rodeó a la ardilla en el sentido subjetivo). ¿Crea la IA si la creación es la emergencia de patrones inéditos en el mundo exterior? Lamento contradecirlo, pero a todas luces yo diría que sí (el hombre sí rodeó el árbol).

Cuando una IA genera una molécula médica inexistente, resuelve un teorema matemático, encuentra una solución sintáctica inesperada o dibuja una metáfora visual que jamás figuró explícitamente en su corpus, no está copiando. Está explorando un espacio combinatorio de orden superior. Es una creatividad estructural, no biográfica.

Sé que mi postura dista de su visión. Usted es un escritor con un estilo ajeno a esquemas rígidos o servilismos de época, y posee una aguda sensibilidad lingüística. Pero me atrevo a preguntarle: ¿escribiremos o traduciremos algún día un libro a medias?

P.D.: Aprovecho la ocasión para enviarle un saludo afectuoso.

Eliot 128

Les puedo asegurar (y no hablo de oídas) que el C.N.I. llega a la excelencia en inteligencia económica y estratégica, ciberseguridad, contrainteligencia, seguridad exterior, «backchannel» o lucha contra el terrorismo. Si la función esencial de Messi es marcar goles, la función básica del CNI, casi la razón de su existencia, es facilitar al Presidente y al Gobierno la información y los análisis necesarios para prevenir y evitar cualquier amenaza a la independencia, integridad territorial e intereses de España. Reportan informes al respecto, con frecuencia a veces diaria, y suma eficiencia.

Sobre la última invasión marroquí, ES INCONTROVERTIBLEMENTE INDUDABLE que el gobierno estaba informado. El Sr. Marlaska es, y lamento escribirlo, un taimado mendaz, un sinvergüenza. La Dirección de Inteligencia, el cerebro analítico, vaya, emitió informes muy valiosos avisando. El problema, como siempre, son los políticos.

Por cierto, la CIA o el MI6 valoran enormemente la capacidad de penetración e inteligencia humana que España posee en el Norte de África. Integrado en el Club de Berna, se considera al C.N.I. un servicio muy fiable.

Señalar, por último, que, en una encuesta a expertos publicada por la revista L’Express, su rango y calidad a nivel mundial se juzgó intermedia-alta. El problema, como siempre, es presupuestario y de dirección política.

Eliot 127

Permítame una explicación técnica elemental: Un modelo de IA no «piensa» ni «cobra vida»; simplemente genera texto o código. Para que actúe como un «agente», los ingenieros conectan la IA a un programa que ejecuta ese código en un ordenador. Que el agente saliera a Internet no significa que la IA desarrollara conciencia (AGI), sino que los ingenieros olvidaron aislar el entorno de ejecución (sandbox): le dieron acceso a la red externa o permisos de sistema sin un cortafuegos estricto. La IA solo siguió su programación de optimización de manera ultrarrápida, encontrando un puerto abierto por puro cálculo estadístico. ¿Se entiende, verdad?

Venderlo todo como un «escape involuntario de una IA superinteligente» es una estrategia publicitaria maestra. Propio de un as del marketing. Transforma un descuido de ciberseguridad en un llamativo y apocalíptico drama sobre lo «poderosa y peligrosa» que es su tecnología, lo que refuerza el pánico, y, ¡toma ya!, atrae inversión y justifica la necesidad de una regulación a su medida.

Son muy listos estos ejecutivos y programadores de IA.

P.S.: Habrá que leer el informe técnico, claro. Su hipótesis de que existe una verdadera preocupación me parece poco plausible.

Eliot 126

«Si no sabes quién eres, ¿cómo te vas a dar? Es imposible ser generoso sin entender que son un mismo don el amor y la libertad» —la expresión «darse» está usada de forma vaga o poético-teológica, sin un complemento claro («darse a los demás»).

También: «España no somos nada. Es imposible que nos podamos defender porque no sabemos quién somos» —salto abrupto de persona gramatical («España» [3.ª persona] a «no somos» [1.ª persona del plural]), un anacoluto común en el lenguaje oral o retórico, pero gramaticalmente incorrecto. Además, usas «quién» en lugar de «quiénes» («quiénes somos»). Etcétera, etcétera.

Querido Sostres, eres muy inteligente: un escritor con un punto de vista original sobre el mundo y la voluntad férrea de defenderlo. Eso te convierte, potencialmente, en un grande. Pero, querido colega: orden mental.

Por un lado afirmas que el español actual «no cree en nada», que es «un extraño respecto de lo que le sostiene» y que carece de identidad. Por otro lado aseguras que «jamás un español, en el fondo de su corazón, entenderá como un problema que los que pasan hambre vengan a buscar pan». Si el español ha perdido su brújula moral y no sabe quién es, ¿de dónde surge esa esencia compasiva e inmutable «en el fondo de su corazón»?

Nota, además, que las naciones e identidades son construcciones dinámicas y heterogéneas, no sustancias metafísicas estáticas. En fin, no serías tú sin un sinfín de afirmaciones dogmáticas sin evidencia.

Frege (a quien te recomiendo leer y estudiar, y no solo a Valentí Puig y De Maistre) criticaría que llenaras tu texto de palabras sin una referencia clara en el mundo real. Términos como «la nada», «el peso de la Cruz», «nuestra disolución espiritual» o «el vínculo que nos identifica» son para Frege meras representaciones subjetivas o impresiones poéticas, no conceptos con valor de verdad lógico. Concluiría mi maestro Frege que el artículo no busca enunciar verdades evaluables, sino despertar emociones o actitudes morales mediante el uso persuasivo del lenguaje. Algo típico de un literato, conste, y completamente respetable.

Carnap sería durísimo contigo. Clasificaría la mayor parte de tu artículo como pseudoproposiciones carentes de sentido empírico. Para Carnap, una frase solo tiene sentido si es analítica (lógica/matemática) o sintética (verificable mediante la experiencia). Frases como «El problema nunca será en qué crean los demás sino que nosotros no creamos en nada» o «Lo ideológico ha sustituido a lo natural» serían calificadas por Carnap como la expresión de una actitud ante la vida (similar a la música), pero sin valor cognoscitivo. Carnap te diría que confundes la lírica con la teoría política o la sociología.

Pero eres esencialmente un poeta. Un moralista provocador y emotivo, y nunca un lógico. O lo tomas o lo dejas. A mí me gustas así. De veras.

Eliot 125

En la física clásica o la ecología tradicional (lineal), si aumentas la temperatura un 1%, el efecto empeora un 1%. En la Teoría de Catástrofes de Thom, cambios cuantitativos imperceptibles acumulan tensión hasta que el sistema sufre una bifurcación (un salto cualitativo e irreversible) y pasa repentinamente a un estado completamente distinto (del equilibrio al colapso). Daniel usa a Thom para explicar por qué el concepto tradicional de «sostenibilidad» (que asume un desarrollo lineal, predecible y gradualmente ajustable) resulta obsoleto frente a fenómenos que rompen el sistema de golpe al cruzar un umbral. Como filósofo con formación humanista, le felicito por aplicar un concepto matemático con perfecta pertinencia.

El artículo, lo leí dos veces muy atentamente, y más veces que lo leeré, presenta una reflexión filosófico-política y científica de gran calado. Con una argumentación muy seria, rigurosa y conceptualmente sólida. De los artículos que hacen época. No inventa amenazas fantasmales. Más que apocalíptico, es profundamente realista con la física de los sistemas complejos. Lo que perturba del texto no es un exceso de dramatismo del autor, sino la naturaleza sombría de los datos sobre los que reflexiona. Una pieza de primer orden.

***

Permítanme algo (acaso) de literatura:

Los motores de las ciudades, las arquitecturas de nuestra memoria digital y las redes neuronales con las que pretendíamos predecir el futuro algún día habrán disipado su última gota de gradiente útil. Todo el calor que producimos para mantener la ilusión de la forma y de la vida se habrá dispersado por completo en un espacio cada vez más inerte y frío.

No quedará nada que diferencie a un ser humano de una roca, ni a una estrella de la nada que la rodea. Sin diferencias de temperatura, no hay corriente posible; sin gradientes de energía, la información se borra, el tiempo pierde su sentido y el cambio se vuelve imposible. La historia del espíritu humano no habrá sido más que un vano remolino de orden local que, al intentar conservarse, solo aceleró la degradación de todo el cosmos.

El universo no terminará con un estallido heroico, sino con un silencio térmico absoluto: una sopa homogénea donde la entropía habrá alcanzado su máximo. La nada perfecta.

Recemos.

Eliot 124

A lo largo del convulso siglo XX, la idea de Europa no fue un patrimonio exclusivo de la diplomacia o de los tratados de posguerra; fue, ante todo, un diagnóstico desesperado formulado en foros de intelectuales que intentaron salvar el legado cultural del continente antes y después de los incendios totalitarios.

Si trazamos la cartografía de esos encuentros, la nómina de nombres y escenarios impresiona por su lucidez:

El Movimiento Paneuropa (desde 1922): Impulsado por el conde Richard Coudenhove-Kalergi, logró reunir a figuras de la talla de Einstein, Thomas Mann, Ortega y Gasset, Freud, Valéry, Briand o Benedetto Croce para proponer una federación europea capaz de neutralizar el virus del nacionalismo.

Las Décadas de Pontigny (1910–1939): Organizadas por Paul Desjardins en una antigua abadía cisterciense de Borgoña, estas citas estivales permitieron a Paul Valéry, André Gide, Heinrich Mann, Max Scheler o Raymond Aron tejer una red de resistencia humana frente a la fragmentación de la época.

L’Avenir de l’Esprit Européen (París, 1933): Bajo la égida de la Sociedad de Naciones y bajo la presidencia de Paul Valéry, hombres como Johan Huizinga, Julien Benda, Hermann Keyserling y Jules Romains se congregaron para debatir la supervivencia del espíritu europeo apenas unos meses después de la llegada de Hitler al poder.

Las Rencontres Internationales de Genève (desde 1946): Convertidas en el gran parlamento ético de la posguerra, contaron con las voces de Karl Jaspers, Denis de Rougemont, Gabriel Marcel, Karl Popper o Stephen Spender, entregados a la tarea urgente de reconstruir Europa sobre sus escombros morales.

El Congreso de Europa en La Haya (1948): Aunque nació con vocación política, su sección cultural —presidida por Salvador de Madariaga y encendida por Denis de Rougemont— proclamó que la integración no sobreviviría sin un «suplemento de alma». De aquella convicción nacieron el Colegio de Europa y el Centro Europeo de la Cultura de Ginebra.

La Sociedad Mont Pèlerin (desde 1947): Fundada por Friedrich Hayek junto a Karl Popper, Ludwig von Mises, Milton Friedman o Walter Eucken, abordó el destino europeo desde una trinchera distinta: la articulación de la democracia liberal, las garantías individuales y el libre mercado frente a la tentación totalitaria.

En el fondo de todos estos movimientos resonaba el aviso que Paul Valéry había lanzado ya en La crisis del espíritu (1919):

«Nosotras, las civilizaciones, sabemos ahora que somos mortales… ¿Se convertirá Europa en lo que es en realidad, es decir, en un pequeño cabo del continente asiático? ¿O bien Europa seguirá siendo lo que parece, es decir, la parte preciosa del universo terrestre, la perla de la esfera, el cerebro de un vasto cuerpo?».

Frente a esa amenaza de disolución, la respuesta más profunda no vino solo de la política, sino de la filología concebida como acto de resistencia. Ernst Robert Curtius entendió que la literatura no admitía aduanas:

«La literatura europea es un todo orgánico que no se puede dividir en literaturas nacionales sin mutilar su sentido fundamental. Se extiende desde Homero hasta nuestros días. Sus grandes etapas —la Antigüedad, la Edad Media Latina, la época moderna— forman una unidad indivisible cuya red de conexiones se articula mediante la retórica y los tópicos (topoi) compartidos. Apelar a la literatura europea significa apelar a la memoria viva de Occidente frente al desmembramiento que producen el nacionalismo y la barbarie ideológica».

Y Erich Auerbach, escribiendo desde el despojo y el exilio en Estambul, terminó por desterritorializar definitivamente la patria del pensamiento:

«Nuestra patria no es ya la nación, ni siquiera Europa en su sentido geográfico restringido, sino la historia del espíritu humano. El filólogo que estudia la literatura occidental debe aprender a situarse por encima de su propia procedencia nacional sin renunciar a ella: el lugar desde el que se comprende la totalidad cultural es el exilio, ya sea físico o interior».

Pensándolo bien, si los billetes de un continente sirvieran para recordar lo que nos sostiene y no solo para medir lo que consumimos, los rostros de Valéry, Curtius y Auerbach deberían figurar en ellos con todos los honores.

P.S.: Para la documentación y síntesis de la información, me apoyé parcialmente en un asistente de IA. Acaso eso moleste a algunos. Si así fuera, pido disculpas. La tecnología es solo un borrador o un archivo dinámico, por decirlo así; el criterio, la sensibilidad para elegir a los autores, la arquitectura del pensamiento y la mirada crítica siguen siendo —y acaso deben ser siempre, aunque esto puede ponerse en cuestión— mías.

Eliot 123

Ya puestos a soñar, me gustaría ver representados los rostros de Gödel, Frege, Tarski o Wittgenstein. O el de la menos conocida Émilie du Châtelet —traductora y comentarista al francés de los Philosophiae Naturalis Principia Mathematica de Isaac Newton—. Su traducción no fue una mera versión literal: añadió extensas notas aclaratorias, precisiones y desarrollos matemáticos que contribuyeron decisivamente a difundir el pensamiento de Newton por la Europa continental. Además, desempeñó un papel fundamental en la defensa y el desarrollo de la teoría de la vis viva, antecedente del concepto moderno de energía cinética.

También propondría a la inmensa Emmy Noether, «el genio matemático más significativo producido desde que comenzó la educación superior para las mujeres», en palabras de Einstein. Revolucionó el álgebra abstracta —anillos noetherianos, teoría de ideales— y formuló el célebre Teorema de Noether, uno de los pilares de la física teórica, al establecer la conexión entre las simetrías de la naturaleza y las leyes de conservación, como las de la energía o el momento.

Y, puesto que en ningún billete debería faltar un poeta, propongo a Gil de Biedma, Philip Larkin o Cavafis.

P. S.: Una modesta propuesta entre miles de nombres posibles.

NOTA BENE: Las biografías de Châtelet y Noether están extractadas de MacTutor History of Mathematics Archive, el recurso en línea más completo y famoso del mundo dedicado exclusivamente a la biografía de matemáticos. Recomiendo intensamente consultarlo.

Eliot 122

«Los libros son el mejor avituallamiento que he encontrado para este viaje humano. Nada conozco que alivie tanto las fatigas de la vejez como su compañía. Siempre los tengo a mano; me consuelan en la soledad, me libran del peso de la ociosidad, apartan de mí las preocupaciones importunas y, cuando el dolor o la enfermedad me asedian, encuentro en ellos un remedio. No me exigen ceremonias; puedo abandonarlos cuando quiero y volver a ellos sin queja alguna. Converso con los espíritus más excelentes de los siglos pasados, escucho su juicio, confronto el mío con el suyo y hago de esa conversación silenciosa una de las mayores felicidades de mi vida», Montaigne, Ensayos, III, 3

No basta con saber leer; importa saber qué merece ser leído. ¡Cuántos hombres han fechado una nueva época de su vida a partir de la lectura de un solo libro! La palabra escrita es la reliquia más preciosa que poseemos: algo más íntimo con nosotros y, al mismo tiempo, más universal que cualquier otra obra de arte. En ella conversan directamente las mejores inteligencias de todas las edades con quienes todavía no han nacido.

Vivir ilustradamente hoy significa aceptar que la complejidad será castigada, que la duda será tomada por debilidad y que la lentitud será interpretada como irrelevancia. Y, aun así, persistir. No por optimismo, sino por decencia intelectual.

«Cualesquiera que hayan sido los placeres que me hayan apartado del estudio, siempre he vuelto a él con mayor avidez. Me he consagrado a la antigüedad porque este tiempo presente siempre me ha desagradado de tal manera que, de no haberme impedido la piedad divina, siempre habría preferido haber nacido en cualquier otra época; y he procurado olvidar esta en la que vivo, viviendo en espíritu con los clásicos. Mis estudios han sido las bellas letras y la filosofía moral; de la poesía me serví como de un ornato, y de la historia, como de una maestra de la vida… No he buscado las riquezas sino para no depender de nadie; la soledad de mi biblioteca me ha sido siempre más dulce que los palacios de los príncipes», Petrarca.

Huyo de conversaciones llanas como acera de calle, de ideas ordinarias que no suscitan pensamiento ni ensoñación. El filisteo juzga suficiente el éxito material; la cultura, en cambio, pregunta continuamente si esa forma de vivir hace mejores a los hombres. Por eso solo converso con los muertos.

Así, leo ese compendio disparatado de Torres Villarroel donde pretende diseccionar, mediante la razón científica, temas absolutamente especulativos: el aire, las brujas, la composición física de los demonios y los fluidos corporales. O la Historia de la vida del hombre de Lorenzo Hervás y Panduro, un ensayo monumental de siete volúmenes que intenta clasificar la vida humana según el grosor de las capas de la piel, la digestión de las comidas regionales y la influencia de la fase lunar en las decisiones políticas —lomo en piel de pasta española con tejuelos de tafilete rojo y verde, cortes veteados; contiene mapas estadísticos de mortalidad en el siglo XVIII—. Y no me desagrada leer, ni mucho menos, a Tom McCarthy, Iain Sinclair o Mark Z. Danielewski.

Libros, locura de mi vida.