Thomas Fink y Yong Mao publicaron The 85 Ways to Tie a Tie. El asunto emplea combinatoria, secuencias de movimientos y restricciones topológicas. El nudo Windsor acaba convertido en una palabra dentro de un lenguaje formal. También tengo en mi biblioteca una pequeña sección de geometría de la papiroflexia (aquí son muy importantes los axiomas de Huzita–Hatori, la resolución de cúbicas mediante pliegues y las teselaciones de origami). Acaso, Sr. Manrique, le gustaría poseer mi libro The Geometry of Musical Rhythm: What Makes a Good Rhythm Good?, de Godfried T. Toussaint. Toussaint (informático y matemático) analiza patrones rítmicos de todo el mundo (clave afrocubana, ritmos aksak de los Balcanes, patrones del flamenco, ritmos árabes y subsaharianos) utilizando geometría discreta, grafos y análisis de distancias. Es apasionante la demostración sobre cómo el algoritmo de Euclides para el máximo común divisor genera espontáneamente los ritmos tradicionales más populares del planeta.
En mi biblioteca hay libros sobre subestaciones eléctricas. Una biblioteca puede especializarse exclusivamente en esos lugares vallados y zumbantes que casi nadie mira. Algunos títulos representativos son: John D. McDonald (ed.), Electric Power Substations Engineering, un gran manual colectivo sobre diseño, barras, interruptores, puestas a tierra, subestaciones aisladas en gas y temas afines. También recomiendo K. Harker, Power System Commissioning and Maintenance Practice, y la guía de la American Society of Civil Engineers: Substation Structure Design Guide.
A cierta edad, el afán de acumular libros raros (o discos raros) no es más que la tentativa desesperada de construir una trinchera de papel (o de vinilo) contra la brevedad de la vida. ¡Cuánto placer ilimitado al tomar en mis manos el De Barbis Ecclesiasticorum (1528) de Pierio Valeriano, un alegato de cientos de páginas para justificar si los sacerdotes podían o no afeitarse sin pecar! O leyendo al poeta Ivar Arosenius (1878–1909): poeta —insisto— y dibujante sueco, místico, hemofílico y alucinatorio, que editó opúsculos de tiradas diminutas (30 ejemplares) sobre sus visiones febriles antes de desangrarse.
En la década de 1920-1930 la lógica explotó gracias a Hilbert, Russell y Gödel. Pero en el ámbito hispánico emergió una figura colosal: Juan David García Bacca. Su Introducción a la lógica moderna (Barcelona, 1936) es una monografía pionera. Publicada en vísperas de la Guerra Civil, es un incunable de la filosofía en español. García Bacca, con una mente prodigiosa y excéntrica, combinó la escolástica medieval con el cálculo proposicional de Whitehead y Russell. La tirada quedó dispersa o destruida por la contienda, haciendo de este volumen una pieza de caza mayor.
Y L’illusion des «sosies» (1923), de Capgras y Reboul-Lachaux: el folleto psiquiátrico original donde se describe la creencia de que tus seres queridos han sido reemplazados por dobles impostores. Y Cytogenetics and Hybridization of Nymphaeaceae (Kioto, 1958): monografía técnica con microfotografías en blanco y negro de los pares cromosómicos de la Victoria amazonica.
Todo esto me emociona solo al escribirlo; supongo que es lo mismo que siente alguien que se apodera del rock progresivo de Praga de los años 70 (cintas samizdat o discos grabados en la clandestinidad del régimen comunista, como los de Plastic People of the Universe) o bien «caza» calipso tanzano y taarab de Zanzíbar (discos de 78 rpm grabados en prensas de pizarra de los años 50).
Tengo algo de la locura (pero no el dinero, por supuesto) de Zero Freitas, ese empresario brasileño que ha comprado millones de vinilos acumulando álbumes que jamás escuchará en vida; o de Frank Zappa, gastando fortunas en partituras de música vanguardista inejecutable.
Acabemos con Freud: «El niño descubre en el control de sus esfínteres su primer acto de posesión y soberanía sobre el mundo exterior. El coleccionista adulto no hace más que sublimar ese impulso: el objeto guardado, clasificado, retenido y celosamente protegido es la transmutación simbólica de esa primera masa propia que se niega a entregar al mundo». ¡Madre mía!