Cornaro 88

La República romana nació como un sistema de virtudes austeras: gravitas, mos maiorum, servicio público y disciplina. Pero en el siglo I a. C., tras siglos de expansión, el sistema empezó a pudrirse desde dentro: las elecciones se compraban, los jueces eran sobornados, los gobernadores saqueaban provincias.

Las alianzas políticas eran redes clientelares disfrazadas de patriotismo. El pueblo seguía oyendo discursos sobre “la República”, mientras las élites utilizaban el Estado como su instrumento privado.

El mejor símbolo es quizá el Primer Triunvirato; la alianza informal entre Julio César, Pompeyo y Marco Licinio Craso. Oficialmente seguían existiendo el Senado, las magistraturas y la legalidad republicana; en la práctica, el sistema había sido capturado por intereses oligárquicos, corruptos y ambiciones personales.

Cornaro 87

ALS AFORES DE LA CIUTAT, SOTA ELS PLÀTANS SENYORIALS DEL PASSEIG DELS TRISTOS, TACITURN, UNA TARDA DE SOL, PASSA EL TEMPS

S’acaba la meva vida, veloçment.
S’enfosqueix, desitjo viure, però com.
La lluna i jo ja som estrangers.

Cornaro 86

LA CLARA FA SET ANYS!

Per molts anys, Clara
menja bé i dorm calent,
que el món ja és prou pudent.
Agafa la guitarra, fes una voltereta
a la colxoneta, o fes d’ anxaneta.
Qui fa anys i estima
té la sang maca i amiga.
No comptis el calendari,
només les joguines al rebostari.
Que Taison no es faci pipí
ni falti la mare ni amic pel camí.
Set anys vénen fent soroll,
riu-te’n fort i dóna’ m un petó.
Molts aniversaris més,
i un novio i güisqui al cafè:
valgue’ m Déu!
Qui compleix amb bon humor
fa curt qualsevol dolor.
Avui canten les campanes,
i ballen fins les persianes.
Amb pastís i cançó,
passa millor qualsevol tristor.
Anys petits, tú rius:
això val més que mil estius.
Si la vida et donés guerra,
un cop de puny i a la merda!

Cornaro 85

(Para Carlos)

El «homo festivus» es el producto terminal de la civilización occidental: un ser permanentemente entretenido, higienizado, moralizado y puerilizado. Cree rebelarse cuando obedece, cree emanciparse cuando consume, cree pensar cuando repite consignas. Jamás hubo una humanidad tan supervisada y tan convencida de ser libre.

Condicionados mediante la hipnopedia del consumo y el gregarismo, todos se aprestan a comprar el relojito fosforescente kitsch y juvenil de marras. Si alguien llega a sentir un destello de duda o individualidad (un «pinchazo» del puercoespín de Schopenhauer), consume simbólicamente «soma», una droga que disuelve la angustia y devuelve al individuo al estado de felicidad sumisa del grupo y la cola.

No se olvide: «Masa es todo aquel que no se valora a sí mismo —en bien o en mal— por razones especiales, sino que se siente «como todo el mundo» y, sin embargo, no se angustia, se siente a sabor al sentirse idéntico a los demás», José Ortega y Gasset, «La rebelión de las masas», Capítulo I: El hecho de la aglomeración, Austral, pág. 45.

Y también: «El común hijo de la tierra se siente completamente lleno y satisfecho con el presente común, se pierde en él y, hallando por todas partes a sus semejantes, disfruta en la vida diaria de esa placidez y comodidad especiales que le son negadas al genio», Arthur Schopenhauer, «El mundo como voluntad y representación», libro tercero, § 36

Como idea penúltima: «Cuando el pueblo reunido se sienta apiñado en las asambleas, tribunales, teatros o campamentos militares, y con gran estrépito unas cosas las censura y otras las alaba, exagerando en ambos sentidos, entonces el joven se deja arrastrar por la corriente. […] Llama hermoso a lo que ellos elogian y vergonzoso a lo que condenan. Y termina por hacerse semejante a ellos», Platón, «República», VI, 492 b-c

Y cita última, Jean de La Bruyère -una miniatura despiadada: «Todos los hombres, o casi todos, tienen necesidad de apoyarse en otro para pensar, decidir y obrar. La independencia les cansa. Quieren opiniones preparadas, admiraciones prefabricadas, indignaciones comunes. La multitud les ahorra el esfuerzo de ser personas».

Cornaro 84

(Del reloj «Swatch Royal Pop»)

Observar estas acampadas hasta llegar a las manos, con antidisturbios incluidos, por un trozo de plástico coloreado y pequeños engranajes dentro, puede resultarme fascinante a nivel sociológico (no deja de pasmarme la envidiable tranquilidad con que los necios se asientan en su propia torpeza), pero ajeno, patibulariamente lejano a mi naturaleza.

Todos estos que imitan a las colas soviéticas (actualizando los berridos de los becerros) me parecen seres de una vulgaridad colosal, símbolos de la majadera barbarie.

José López de la Huerta publicó su «Examen de la posibilidad de fixar la significación de los sinónimos de la lengua castellana» (Viena, 1789; también en Google Books) Allí leemos: «El ignorante yerra por falta de principios adquiridos; el tonto por falta de luces naturales; el necio por falta de luces o principios y sobra de amor propio […] Querer persuadir a un necio es cansarse en vano». En el mundo no sobran gedeones, primos, tardos, porros y botarates. En fin.

Mis lujos son los silencios tutti fruti hilados a la noche, y una príncipe de «Alicia en el país de las maravillas». La historia es curiosa. Carroll comprendió que necesitaba un ilustrador extraordinario. Eligió a John Tenniel, dibujante estrella de la revista satírica «Punch». La colaboración fue difícil: Tenniel consideraba a Carroll minucioso hasta la exasperación, mientras Carroll corregía detalles con escrúpulo neurótico. El libro fue impreso por la prestigiosa casa londinense Macmillan en 1865. La llamada first edition llevaba en portada:

Alice’s Adventures in Wonderland

by Lewis Carroll

with forty-two illustrations by John Tenniel

London: Macmillan and Co.

1865

Hoy esos ejemplares auténticos figuran entre las grandes joyas de la bibliografía victoriana. Pues aquí empieza la leyenda. Cuando los ejemplares ya estaban impresos, Tenniel quedó profundamente insatisfecho con la calidad de reproducción de las ilustraciones. Consideraba que el entintado y la impresión no hacían justicia a sus dibujos originales. Carroll, perfeccionista feroz, aceptó el juicio. La consecuencia fue que prácticamente toda la tirada fue retirada y destruida. Ésta es la razón por la que la auténtica princeps de 1865 es hoy rarísima, un verdero lujo.

Otro lujo, y no las colas por relojitos, sería estudiar y poseer «Formal Logic» (Oxford, 1955), de Arthur Prior. Fiel al diseño sobrio e institucional de la Oxford universitaria de mediados de siglo, el libro está encuadernado en tela de grano fino de color azul oscuro. El lomo presenta una estampación en oro (gilt lettering) con el apellido del autor, el título abreviado y el sello tipográfico de Oxford en la base. Las letras doradas lucen nítidas, sin desvanecimiento por oxidación. Impreso con tipos móviles tradicionales de plomo en los talleres de la universidad. El papel utilizado es de pasta de madera de alta calidad, libre de ácido, lo que significa que un ejemplar bien conservado no debe presentar manchas de boro o herrumbre por humedad ni un tono amarillento excesivo. Uno con una dedicatoria autógrafa de Prior se convierte en un verdadero incunable de la filosofía analítica del siglo xx. Un lujo.

Cornaro 83

Así me siento ( y lo padezco hace como un año y pico): «He perdido mis alegrías y abandonado toda costumbre de ejercicio; y, en verdad, me pesa tanto el ánimo que esta hermosa estructura, la tierra, me parece un promontorio estéril; este dosel magnífico, este techo majestuoso, esta braveza del aire tachonada de fuego de oro… no me parece sino una reunión fétida y pestilente de vapores». De «Hamlet», una de las mejores representaciones del dolor oculto tras la ironía y el aislamiento social.

Mi gran producción literaria esconde un demonio dentro de mí, un demonio todos los días y a todas horas. Incapaz de sentir y desear, mi cuerpo sigue vivo, pero el alma languidece hasta la anulación.

«La melancolía es como un laberinto en el que el viajero se pierde irremediablemente (…) Sus síntomas son tan numerosos que apenas pueden enumerarse, tomando la forma de miedos vanos, pasiones inexplicables, dolores físicos errantes y una tristeza que no conoce causa». Burton.

«Hoy en día la depresión enmascarada se viste de traje. Nos levantamos, rendimos en el trabajo, asistimos a reuniones sociales y sonreímos en las fotos. El dolor no se manifiesta con lágrimas, sino con un cansancio crónico, insomnio, contracturas y una sensación constante de vacío que intentamos llenar con actividad frenética. La máscara es nuestra coraza para no defraudar a los demás, pero el precio es la desconexión total con uno mismo», usuaria anónima en un blog de salud mental.

Atrapado en un edificio en llamas. El horror no es que te vayas a quemar, sino que te ves obligado a saltar. Algunos de ustedes me comprenderán.

No tengo ganas de ir mañana a Cataluña a pasar unos días con mi hermana y mi sobrina. Mi patria es el suplicio y una inexplicable infelicidad. Un peso secreto me inclina hacia abajo. «La noia è in qualche modo il più sublime dei sentimenti umani. […] Il non poter essere soddisfatto da alcuna cosa terrena, […] pare a me il maggior segno di grandezza e nobiltà, che si veggia nella natura umana», Giacomo Leopardi, Zibaldone di pensieri, pensamiento LXVIII (escrito hacia 1820-1821). Edición recomendada: Zibaldone, a cura di Giuseppe Pacella, Garzanti, Milano, 1991. La traducción sería: «El tedio es, en cierto modo, el más sublime de los sentimientos humanos. […] El no poder ser satisfecho por ninguna cosa terrenal […] me parece el mayor signo de grandeza y nobleza que puede verse en la naturaleza humana». No sé.

La tristeza es una condena convincente.

Cornaro 82

Filósofos políticos que nos alertan contra el capcioso mesianismo político. El socialismo -esa peste abominable- es una herejía «gnóstica» (Voegelin) que intenta traer el cielo a la tierra por la fuerza, con mazas, metralletas y a machetazos. El capitalismo, al ser pragmático y limitado, respeta la trascendencia y la imperfección humana; es el mecanismo -volátil, posiblemente efímero- más humanista que inventó el hombre.

De «An Inquiry into the Nature and Causes of the Wealth of Nations», una cita repetidísima y certera: “No es de la benevolencia del carnicero, del cervecero o del panadero de donde esperamos nuestra cena, sino de la consideración de su propio interés. No nos dirigimos a su humanidad, sino a su amor propio, y jamás les hablamos de nuestras necesidades, sino de sus ventajas”. La frase suele malinterpretarse como apología de la codicia. Smith quería mostrar algo más complejo y verificable: que el intercambio libre transforma el interés privado en cooperación social objetiva.

Otro pasaje fundamental: “El hombre tiene una inclinación natural a trocar, cambiar e intercambiar una cosa por otra. […] Esta disposición es común a todos los hombres y no se encuentra en ninguna otra raza de animales”. El comercio pacifica y ablanda la historia, la endulza como rumor de vino en los lagares. “El comercio y las manufacturas introdujeron gradualmente orden y buen gobierno, y con ellos la libertad y seguridad de los individuos”.

El capitalismo se puede defender con argumentos económicos, o moralmente, por su apología de la libertad individual, o por su resistencia histórica y épica a los totalitarismos, o por su apasionada crítica a la ingeniería social, por el desdén a las sangrientas, apocalípticas utopías revolucionarias, y por su estupendo ideario en pro de una sociedad abierta y plural.

El capitalismo de libre mercado no es solo el sistema más eficiente para la generación de riqueza y la reducción de la pobreza, sino que es el único orden económico compatible con la libertad individual, el pluralismo político y la limitación del poder coercitivo del Estado. La propiedad privada y el mercado libre funcionan como contrapesos necesarios frente a la tendencia natural del Estado hacia el autoritarismo. Ludwig Lachmann y Emil Kauder, honrémoslos. Lachmann aporta el subjetivismo radical (las expectativas humanas son cambiantes y el mercado se adapta a ellas constantemente); Kauder narra cómo el pensamiento escolástico influyó en la teoría del valor, demostrando las raíces profundas del capitalismo en la libertad de elección. Léanlos, no tienen desperdicio.

Milton Friedman, desde la Escuela de Chicago, une empíricamente la libertad económica y la libertad política (una idea alucinadamente más que plausible y feliz) Defiende el libre mercado, la desregulación y demuestra que la inflación es siempre un fenómeno monetario causado por los gobiernos. El mercado es un procesador de información descentralizado.

Los precios transmiten de forma instantánea escasez y preferencia, algo imposible de replicar por una oficina de planificación central. Por otro lado, si el Estado es el único empleador y propietario de los medios de producción, la disidencia política se vuelve imposible. La propiedad privada distribuye el poder en la sociedad. Por último, permite la constante evolución tecnológica y social mediante la competencia, premiando la innovación y descartando lo obsoleto.

Las utopías perfectas suelen desembocar en terror político porque requieren imponer coercitivamente un modelo ideal. Un modelo de hombre lobo para el hombre, pese a las apariencias. La propiedad privada y la justicia son interdependientes. Sin estabilidad en la posesión de bienes y sin comercio por consentimiento, no hay paz social ni civilización posible. El comercio, además, suaviza las costumbres y fomenta la tolerancia («gentle commerce»), la libertad económica y de expresión desatan la individualidad y el genio humano. El mercado de ideas copia la estructura del mercado de bienes.

Isaiah Berlin introduce la distinción entre libertad negativa (ausencia de interferencia) y libertad positiva. El capitalismo maximiza la libertad negativa, asegurando un espacio donde el individuo puede elegir sus propios fines sin que el Estado le imponga una noción única de «bienestar» o «felicidad».

Raymond Aron en el excepcional «El opio de los intelectuales», desenmascara los mitos de la izquierda radical de su tiempo. Defiende el capitalismo democrático occidental como un sistema imperfecto pero perfectible, frente a la tiranía real del bloque soviético. La libertad económica y las libertades políticas son indisolubles. A la siniestra le cuesra bastante entender esto.

La libertad de prensa, el pluralismo cultural, la democracia representativa, la tolerancia, son inseparables del capitalismo. Y el mercado libre disuelve los nacionalismos colectivistas, el tribalismo y el caudillismo, permitiendo que el individuo sea dueño de su propio destino. En una sociedad de tintes capitalistas se defiende el laicismo, la racionalidad e instituciones fuertes. Sostengo que el capitalismo moderno y el Estado de derecho requieren de ciudadanos autónomos, y deploro cómo el estatismo clientelar debilita la responsabilidad individual y debilita la democracia (se ve en la España de Sánchez de modo acusado)

Frank Chodorov, un intelectual del paleolibertarismo, arguyó que los impuestos son un robo y que la libre empresa es la única base moral para una sociedad digna, ya que el comercio une a las personas y la política las divide.

La propiedad privada limita la concentración absoluta de poder político. Cuando el Estado controla el empleo, la prensa, y la producción, y la vivienda, y el crédito, entonces el disidente queda indefenso.

Carl Menger: aporta la teoría del valor subjetivo. El valor de los bienes no viene del coste de producción (refutación a Marx), sino de la utilidad que cada individuo le asigna. El capitalismo respeta la soberanía del consumidor. Eugen von Böhm-Bawerk: destruye la teoría marxista de la plusvalía demostrando que el interés es el pago por la preferencia temporal (los trabajadores prefieren un salario seguro hoy que esperar a un beneficio incierto mañana). El capitalista asume el riesgo y el tiempo. Ludwig von Mises: demuestra científicamente la imposibilidad del cálculo económico en el socialismo. Sin propiedad privada no hay mercados; sin mercados no hay precios; y sin precios es imposible saber qué producir, generando caos y miseria. Friedrich Hayek: desarrolla el concepto de orden espontáneo (el mercado se regula solo, como el lenguaje)

El conocimiento está disperso en la sociedad y el socialismo comete la «arrogancia fatal» de creer que una mente central puede planificado.

El capitalismo —mejor: la economía de mercado inserta en un orden jurídico, moral y cultural— no es perfecto, pero es el único sistema conocido que combina prosperidad, libertad civil, pluralismo, descentralización del poder, innovación y corrección pacífica de los errores.

El capitalismo no debe defenderse como idolatría del dinero, sino como orden de libertad limitada por la ley. Su grandeza no está en producir millonarios, sino en permitir que millones de personas anónimas cooperen sin conocerse, comercien sin amarse, prosperen sin pedir permiso al Estado, creen empresas, acumulen ahorro, transmitan propiedad, funden instituciones, sostengan familias, publiquen libros, financien universidades, encarguen iglesias, abran cafés, sostengan periódicos y vivan sin estar enteramente sometidas al capricho del poder político.

El mercado es, en este sentido, una institución de modestia humana. Parte de una premisa humilde: nadie sabe bastante para dirigirlo todo. La sociedad no es una máquina. El mercado pertenece a esa esfera de prácticas no diseñadas del todo, surgidas históricamente, donde la libertad opera mediante reglas generales, no mediante fines impuestos.

El poder tiende siempre a crecer. Toda concentración política necesita justificaciones morales: igualdad, pueblo, nación, justicia, seguridad. Pero el resultado suele ser el mismo: más Estado, menos sociedad. El capitalismo dispersa al poder. La propiedad privada, la empresa, la familia, el municipio, la prensa libre, la universidad independiente, la asociación voluntaria: todo eso limita al necrosado Leviatán.

El capitalismo exige minorías excelentes: a los inventores, empresarios, los técnicos, científicos, editores, profesores, los artistas, los aventureros del riesgo. La sociedad de masas quiere beneficios sin disciplina, derechos sin deberes, abundancia sin esfuerzo. Julián Marías defendería la libertad concreta: biografía, proyecto vital, instalación, vocación. El capitalismo liberal permite trayectorias personales más abiertas que la sociedad estamental o la planificación burocrática. La propiedad privada permite distancia, ocio fecundo, biblioteca, independencia espiritual. El burgués puede ser vulgar; el burócrata redentor suele ser siniestro.

Brague recordaría que Europa no se funda en la autosuficiencia, sino en la recepción: Roma recibe de Grecia, el cristianismo recibe de Israel, la Edad Media recibe de los antiguos. El capitalismo europeo, cuando es civilizado, prolonga esa circulación: bienes, libros, técnicas, saberes, traducciones. Spaemann objetaría cualquier capitalismo que reduzca la persona a consumidor. Pero precisamente por eso defendería una economía de mercado subordinada a la dignidad humana, frente a sistemas que convierten al hombre en pieza de una totalidad histórica. Hadjadj diría que el mercado sólo es legítimo si sirve a la vida concreta: familia, fecundidad, casa, mesa, oficio, encarnación. Contra el tecnocapitalismo abstracto y contra el socialismo administrativo, propondría una economía al servicio de cuerpos reales. Reflexiónese sobre esas ideas.

El capitalismo es preferible porque reconoce la imperfección humana, dispersa el poder, permite el ensayo y error, premia la cooperación, hace posible el pluralismo, limita la omnipotencia política, crea riqueza sin exigir unanimidad moral y deja espacio para que la sociedad exista fuera del Estado. Si añadimos la cláusula conservadora; sin familia, religión, virtud, educación, ley, honor profesional, moneda sana, sentido del límite y cultura humanística, el capitalismo se convierte en una maquinaria vulgar de apetitos.

Siempre a favor del: MERCADO LIBRE, ESTADO LIMITADO, PROPIEDAD GARANTIZADA, MONEDA SERIA, CUERPOS INTERMEDIOS FUERTES, CULTURA ALTA, MORAL HEREDADA, CARIDAD PRIVADA, LEY IGUAL, CRÍTICA PÚBLICA Y RECHAZO FRONTAL DE TODA UTOPÍA REDENTORA.

VIVE LE CAPITALISME !

Cornaro 81

Sobre las bajas laborales hay mucha pillería, escaqueo, irresponsabilidad y no poca vagancia. No existen datos científicos ni registros oficiales que midan con exactitud cuántas bajas laborales son «falsas» o fraudulentas (adviértase que el acto de simular una enfermedad es, por definición, oculto) Las cifras disponibles provienen de estimaciones patronales, informes de mutuas colaboradoras y análisis de agencias de recursos humanos. Cifras que oscilan en una horquilla entre el 7% y el 13% de las bajas totales.

***

Al respecto vale la pena rememorar al Dr. Johnson:

«La indolencia es, por tanto, uno de los vicios de los cuales quienes una vez se infectan rara vez se reforman. Cualquier otra especie de lujo opera sobre algún apetito que rápidamente se sacia […] pero el deseo de facilidad actúa por igual a todas las horas, y cuanto más se complace, más se incrementa. No hacer nada está en el poder de todo hombre; nunca nos faltará una oportunidad de omitir nuestros deberes. El descenso a la indolencia es suave e imperceptible, porque es sólo una mera cesación de actividad; pero el regreso a la diligencia es difícil, porque implica un cambio del reposo al movimiento, de la privación a la realidad», The Rambler, No. 155

No está tampoco de más transcribir el célebre pasaje de «Oblómov» de Goncharov, donde se define el estado de letargo del protagonista:

«Estar acostado no era para Oblómov una necesidad, como para un enfermo o alguien que está muy cansado, ni tampoco un placer; era su estado normal. Cuando estaba en casa —y lo estaba casi siempre— permanecía acostado y siempre en la misma habitación, donde lo encontramos, que le servía de alcoba, despacho y sala. Tenía tres habitaciones más, pero raras veces entraba en ellas, quizá alguna mañana…».

Por último una cita académica sobre la «picaresca» hispánica, concretamente de: Rico, Francisco. La novela picaresca y el punto de vista. Barcelona: Editorial Seix Barral, 1970 (con varias reediciones posteriores ampliadas, como la de Editorial Planeta en 2000):

«El pícaro va aquí desde la necesidad a la libertad de la voluntad. Obra así en esta etapa porque quiere. Queda, sin embargo, el problema de si, al obrar picarescamente por gusto, no está eludiendo la verdadera decisión libre, y sí, en el fondo, no se trata de que obra determinado por sus propias inclinaciones, sujeto a su natural perverso».

Cornaro 80

(Mariano Fortuny y Marsal)

Toques de pincel rápidos, yuxtapuestos y empastados. Visto de cerca, el cuadro parece un mosaico de manchas abstractas; de lejos, las formas cobran una nitidez y un brillo asombrosos. El brillo de la seda, el peso del terciopelo, el destello del metal, el polvo del desierto o la rugosidad de las paredes de adobe como gasas de filigrana doradas, como sombras muy levemente azulosas en el cuello. La luz es una blusa de mahón, una desembocadura del Alfeo.

Théophile Gautier llegó a decir que, gracias a Fortuny, la acuarela podía igualarse técnicamente a la pintura al óleo. Posibles fuentes e influencias: los maestros antiguos, Goya, Meissonier, la luz norteafricana, el orientalismo, la pintura de género del Segundo Imperio y una sensibilidad española para el claroscuro. Fortuny es a la pintura lo que Gautier o Flaubert son a la prosa ornamental: una pasión por la exactitud, por el esmalte, por la palabra que no solo nombra, sino que relumbra espejeante. Pero no tiene la severidad marmórea Flaubert, sino más bien la gracia nerviosa de un prosista que alternara Góngora, Merimée y un cronista del Segundo Imperio. En literatura española, Fortuny se acerca acaso a zonas de nuestro Valle-Inclán preciosista.

Mozart de cámara, Scarlatti con brocados, Ravel en miniatura, Chabrier con luz española. Gamuza y cabellos teñidos de negro como el cuervo. Verja y enrejado y salpicadura de luz. Tafetán y dragoneras tapizadas de damasco. Espejismo vaporoso y brillante verde cantárida.

Cornaro 79

(Hammershøi)

Paleta extremadamente restringida: grises perlados, blancos cenicientos, ocres agotados, negros mates, marrones desaturados. El color parece filtrado a través de una capa de ceniza o niebla nórdica. Luz indirecta y lateral: rara vez utiliza una iluminación frontal. La luz entra oblicuamente por ventanas altas y se deposita sobre puertas, molduras, mesas o suelos encerados. La luminosidad no dramatiza, sino que revela lentamente. No usaba un gris comercial directo del tubo. Sus grises son complejos; los creaba mezclando siena, umbra (tierra de sombra), azul cobalto y blanco de plomo. Esto dota a sus superficies de una vibración interna: un gris puede sentirse cálido o extrañamente frío según la luz. El pintor logra una atmósfera casi tangible, como si pudiéramos ver las motas de polvo flotando en el aire. Las transiciones entre la luz y la sombra son extremadamente sutiles.

Hay cuadros de Hammershøi que producen el mismo efecto que ciertos adagios tardíos: una emoción tan contenida que parece casi extinguida, y precisamente por ello más profunda. Las cosas, cuando son verdaderamente vistas, poseen una vida silenciosa infinitamente más honda que la agitación humana. Es la luz de invierno cayendo lentamente sobre la madera encerada. Hace falta, en verdad, una mente de invierno para contemplar la escarcha y las ramas de los pinos cubiertas de nieve; saber que en lo más hondo de las cosas vive la más querida frescura, mientras a medianoche las lágrimas corren hacia tus oídos.