Cyril 52

C.N.I.

Rateros fracasados, delincuentes venidos a menos. Valentones de fachada, fanfarrones que presumen de hombría y son unas malas maricas. Zamarros. Herodientos. Míseros pelagatos. Cabezas de ajo.

Españoles

El español se consuela pensando que es mejor que los demás, no que debe serlo. Pueblo de sapos y babosas y moscas. Hay en España una alergia profunda a la inteligencia. Se sospecha del que piensa, se ridiculiza al que reflexiona, se desprecia al que duda. El drama no es la ignorancia, sino el orgullo de ignorar.

Este país tiene un talento especial para convertir lo grave en chisme y lo importante en sainete. El español gusta de la intriga pequeña, del rumor malicioso, del comentario inútil. Se apasiona por nimiedades y se cansa pronto de lo esencial.

El español es cruel por aburrimiento, intolerante por pereza mental y agresivo por inseguridad. Aquí se odia al que destaca, se sospecha del que sabe y se persigue al que no se parece a los demás. En España se confunde la energía con la brutalidad y la firmeza con la mala educación.

En síntesis: orgullo, pereza, desprecio por la inteligencia, miedo al cambio, hostilidad a la excelencia.

«El español presume de valor, pero huye del trabajo; se gloría de su honor, pero vive de apariencias; se jacta de su fe, pero aborrece la razón. No hay nación que se admire tanto a sí misma con tan poco fundamento. La ignorancia se defiende aquí como un privilegio, y el atraso como una seña de identidad. España no está dormida: está satisfecha de su sueño», José Cadalso.

Cyril 51

Tristeza de los libros. Certeza que produce angustia: saber que los libros que no leeré son infinitamente más numerosos que aquellos que llegaré a abrir.

Tristeza de los libros. Los libros no nos salvan del dolor; lo vuelven más inteligible. Y hay una tristeza particular en esa inteligencia: al comprender mejor nuestras emociones, ya no podemos refugiarnos en la confusión. Leer es perder ciertas defensas. Por eso, tras una gran lectura, el mundo cotidiano parece más pobre, más ruidoso, más tosco.

Tristeza de los libros. Tú amas a los libros, pero ellos no te aman a ti. «Los lectores apasionados suelen descubrir demasiado tarde que han sustituido ciertas relaciones humanas por una intimidad silenciosa con los libros. No es un error moral, pero sí una fuente de melancolía: los libros nos comprenden mejor que las personas, pero no nos aman. Esa asimetría deja una huella», Stefan Zweig.

Tristeza de los libros. Releer a veces significa constatar un distanciamiento. La tristeza no proviene del libro, sino del lector que ya no es el mismo.

Cyril 50

Franz Kafka

«La verdadera desgracia no es estar solo, sino no poder estar con los otros aunque se los desee. Hay una forma de aislamiento que no ennoblece, que no purifica ni vuelve más lúcido: simplemente desgasta. En ese estado, el pensamiento no se eleva, se repite; no crea, se muerde la cola. El mundo exterior se vuelve inaccesible y el interior se vuelve inhabitable».

Emil Cioran

«La soledad puede ser un privilegio, pero el aislamiento es una condena. La soledad elegida afila el espíritu; el aislamiento prolongado lo embota. Cuando no hay a quién dirigirse, ni siquiera para decir tonterías, la conciencia se vuelve una sala sin ventanas donde el aire se enrarece. Entonces no se piensa: se rumia».

Simone Weil

«La necesidad más profunda del alma humana es el contacto. No el contacto elevado, ni el espiritual, sino el simple hecho de estar entre otros. Cuando esta necesidad se frustra durante demasiado tiempo, el alma no se vuelve más fuerte, sino más frágil, más rígida, menos capaz de atención. El aislamiento no ennoblece: deseca».

Hannah Arendt

«El aislamiento no es lo mismo que la soledad. En la soledad uno está consigo mismo; en el aislamiento, uno está abandonado incluso por sí. El aislamiento destruye la capacidad de pensar porque el pensamiento necesita, aunque sea implícitamente, la presencia de otros».

Albert Camus

«No es la ausencia de sentido lo que más hiere al hombre, sino la ausencia de rostros. Un mundo sin interlocutores no es un mundo absurdo: es un mundo inhabitable».

Cyril 49

La melancolía, hoy es mi hábito, pero también es una disposición crónica, un trastorno asentado del ánimo; no una pasión pasajera ni una tristeza transitoria. La alimenta la soledad y el aislamiento, el miedo y la meditación obsesiva sobre los mismos pensamientos. Me altera el juicio, ennegrece mi imaginación y hace que el mundo parezca más pesado, más frío y más hostil de lo que es.

Existen formas de tristeza que no se anuncian con lágrimas ni con desesperación, sino con una especie de sequedad del alma. Ya no se sufre con intensidad; se sufre de manera difusa. El mundo pierde su sabor, no bruscamente, sino como un perfume que, dejado demasiado tiempo al aire, pierde su olor. Esta tristeza se instala insidiosamente y uno se adapta a ella como a un inevitable clima crónico.

Existo en una tonalidad menor. Se paraliza mi voluntad. Se ausenta el deseo, el vigor, la energía. Estás como congelado por dentro. No vibras ni resuenas con el mundo. Una tristeza igual a un fardo pesado, más que una sacudida violenta o dramática. Respiras las horas a través de una gasa llena de polvo de barro. La vida ocurre detrás de un cristal grueso, y tú te ahogas dentro de una escafandra cerrada.

Falto de interés por todo. Tristeza plana, uniforme. Vacío de fuerzas.

Esta nota es ya lo último que puedo escribir.

Cyril 48

Y así se produce una juventud ruidosa, satisfecha de sí misma, incapaz de silencio interior. No es que los jóvenes sean peores: es que se les ha robado la posibilidad de ser mejores, porque nadie les exige grandeza. Ideas anteriores surgidas a propósito del programa «La isla de las tentaciones», que vi cinco minutos haciendo zapping. Muestra y prueba del total fracaso educativo español. Jóvenes profundamente vulnerables a la banalidad. Una juventud que queda así expuesta a la tiranía de lo inmediato y al deshonor, expuestos a la irrisión por unas migajas o calderilla (Tele 5 es quien hace el negocio gracias a estos pobres chicos)

Sobre la obscenidad informativa en el tratamiento de la tragedia de los trenes, mejor no insistir. Me duele mucho.

NOTA BENE: Hoy, pese al alegrón de recibir tres cajas de libros de Barcelona, tuve un día extraordinariamente depresivo. Me lo pasé casi todo durmiendo. Dormir no es huir: es una forma elemental de resistencia. Y apagar la televisión no es indiferencia: es decencia.

Estoy agotado, y cuando el cansancio es profundo todo pierde relieve, incluso aquello que constituye el centro de una vida —en mi caso, los libros. Eso no significa que hayan dejado de importarme; significa que la sensibilidad está temporalmente anestesiada.

Que no haya podido gozar de los libros es precisamente la señal de lo grave. Cuando incluso el núcleo vocacional queda mudo, no estamos ante una tristeza cualquiera, sino ante un empobrecimiento momentáneo de la energía vital. Lo que describo —dormir mucho, irritabilidad ante la televisión, saturación corporal— encaja con un estado depresivo reactivo, mezclado con ansiedad y sobreestimulación mediática.

Sobre la televisión creí ver algo muy importante: no hay información, sino explotación emocional. No hay pedagogía, sino circo. No hay duelo, sino mercancía. Mi rechazo no es soberbia; es higiene moral.

Cyril 47

Uno se acostumbra a la infelicidad como a un clima. No se la combate; se la gestiona. Aprendes a no esperar demasiado, a no desear con entusiasmo, a caminar con cautela por tus propios pensamientos. La infelicidad duradera no es violenta: es metódica.

He luchado, he creído, he escrito, y aun así el mundo me resulta inhabitable. No por injusto, sino por opaco. No hay sitio para mí en esta época. Hay momentos en que continuar no es una virtud.

Cyril 46

Pena por la tragedia nacional ferroviaria y alegría íntima por acabar de recibir tres grandes cajas de libros que compré en Barcelona en librerías de ocasión. Creo que no hay contradicción moral, sino estratificación de la vida psíquica.

La empatía por una tragedia nacional es una respuesta ética: reconozco el dolor ajeno, me afecta, y me indigna la obscenidad mediática (recién hice un barrido por los canales televisivos) La alegría por la llegada de libros es una respuesta vital: una afirmación íntima de continuidad, de sentido, de mundo habitable. No se anulan; coexisten porque pertenecen a registros distintos.

La televisión falsea el duelo: convierte el dolor en espectáculo repetido, en mercancía emocional. Ese tipo de “empatía” es ruidosa, compulsiva, parasitaria. Mi reacción de rechazo no es frialdad, sino higiene moral. Intuyo que hay dolores que no se deben mancillar con la cámara.

La alegría de abrir cajas de libros, en cambio, no es evasión culpable. Es una alegría silenciosa, una forma de resistencia íntima. Mientras el sistema exige atención continua al espanto, yo celebro algo que no humilla a nadie y no capitaliza la desgracia.

Si hubiera disonancia, sería sentir placer por la tragedia ajena (que bajo ningún punto de vista es el caso) o anestesiarme ante el dolor real para refugiarme en el goce.

El dolor ajeno pide respeto. La alegría propia, cuando no daña, no necesita disculpa.

***

Jorge Luis Borges

«Siempre imaginé que el paraíso sería algún tipo de biblioteca. Cuando llegaban libros nuevos a casa, sentía que algo se ordenaba en el mundo. No importaba lo que ocurriera afuera: mientras hubiera libros por leer, la realidad seguía siendo tolerable».

Stefan Zweig

«Comprar libros era para mí una forma de felicidad inmediata. No necesitaba leerlos enseguida: bastaba con saberlos allí, aguardando. En tiempos oscuros, esa espera silenciosa era una forma de esperanza».

Virginia Woolf

«Nada me ha dado nunca una felicidad tan serena como traer libros a casa. Al colocarlos en los estantes, siento que he añadido algo estable a un mundo inestable. Son refugios portátiles».

Pier Paolo Pasolini

«La televisión no informa: invade. No narra el dolor, lo profana. Penetra en la intimidad de las víctimas y la exhibe como prueba de autenticidad. Es una nueva forma de obscenidad: no sexual, sino moral».

David Foster Wallace

«La cultura mediática se alimenta de emociones extremas porque son fáciles de captar y difíciles de pensar. El sufrimiento ajeno, cuando se presenta sin contexto ni silencio, se vuelve una droga emocional más. El espectador cree sentir, pero en realidad solo reacciona».

Cyril 45

Quien escribe presupone —aunque lo niegue— que su conciencia merece tiempo ajeno de atención. Eso exige una dosis de megalomanía funcional. Sin ella, el escritor no podría empezar; con exceso, se vuelve risible. También hay no poca coartada narcisista; si no me leen, el mundo es estúpido; si me leen poco, no me han entendido; si me leen mal, me vulgarizan.

El escritor, por haber leído mucho, tiende a creerse competente en todo. No superior moralmente (eso sería grosero), sino epistemológicamente: opina con desparpajo sobre ciencia, medicina, matemáticas, economía… sin aceptar los límites del oficio. Aquí hay una confusión grave entre sensibilidad verbal y conocimiento especializado. Muchos escritores no la distinguen.

Flaubert lo sabía: el deseo de ser admirado es la ruina del estilo. La vanidad es el enemigo secreto de la frase justa.

El escritor mediocre cree que escribe para los demás; el escritor vanidoso cree que los demás existen para leerlo. Muy pocos escriben por necesidad interior. La mayoría escribe para verse reflejado en la atención ajena. La literatura es una forma elegante de narcisismo.

George Orwell: «Todo escritor serio es vanidoso, egoísta y perezoso. La escritura nace de un deseo de ser recordado, de parecer inteligente y de imponer una visión del mundo. La honestidad consiste en reconocer estas motivaciones, no en negarlas». Y Thomas Bernhard: «Los escritores son personas que no soportan el mundo tal como es y tampoco soportan a los demás escritores. Se creen excepcionales por defecto y víctimas por vocación. La literatura está llena de egos que se devoran entre sí con cortesía».

Hay algo muy pueril en que un adulto se sienta indispensable.

Cyril 44

Yo mismo tuve muchas polémicas literarias. Con Marina Perezagua (un ser beatífico), Javier Divisa, Alexei Raskolnikov, Camilo de Ory etcétera. Todos fueron exquisitos conmigo, probablemente debido a mis facultades mentales perturbadas (que diría un mal escritor)

Baudelaire impugnaba al escritor que quería probar una tesis; decía que dejaba de escribir novelas para redactar alegatos o panfletos disfrazados de libros. Wilde creía que el realismo es la confesión de una falta de imaginación y que cuando un escritor se vanagloria de ser fiel a la vida, suele significar que carece del talento necesario para inventarla. Orwell se enfrentó al esteticismo puro («El escritor que se refugia en el estilo para no mirar la realidad acaba escribiendo bellamente sobre nada») Nabokov tuvo siempre la convicción que un gran libro no tiene mensaje, sino magia. La política y la sociología son huéspedes ruidosos en la casa de la ficción: una vez dentro, lo rompen todo, añadió. De todos ellos aprendí lo mismo: que la literatura se corrompe cuando quiere justificarse.

Demasiadas veces la literatura es una cloaca decorada con premios. Los escritores se odian con precisión quirúrgica y se felicitan por conveniencia. Todo el mundo habla de genio, pero nadie soporta al genio vivo. El éxito literario es la forma más refinada de la mediocridad organizada. Eso es lo que yo creo. Pero ya no me peleo con nadie por argumentarlo. Para mí los premios literarios han introducido en la literatura una lógica de feria agrícola: se juzga el tamaño, el rendimiento, la visibilidad. El libro ya no se escribe para durar, sino para circular. Otra creencia que no me molesto en razonar.

Creo que hay escritores que no escriben libros, sino que se diseñan carreras. Mucho premio, mucho suplemento, mucha foto; y luego, al abrir el libro, nada. También, debido a las prisas, encontramos gran cantidad de libros perfectamente prescindibles. Ese tipo de escritor que publica demasiado y suele pensar poco. Alboroto, grito, retórica ramplona, prosa sin sangre ni salida de la entraña viva.

Las polémicas literarias verdaderas no tratan de egos heridos, sino de qué es escribir, para qué sirve el lenguaje, qué debe o no debe exigirle el mundo a la literatura. Cuando la polémica desaparece, la literatura se vuelve decorativa; cuando la polémica se vuelve personal, deja de ser fecunda.

A mí ahora ya casi nada me irrita profundamente. Sigo mi camino y no pido vaporosas justicias poéticas.

Cyril 43

Escribir cansa. Uno se vacía cada día y vuelve a empezar sabiendo que no quedará nada. No escribo porque tenga algo que decir, sino porque no sé estar en silencio conmigo mismo. A veces estoy exhausto de escribir, de tanta inutilidad, como si cada libro me hubiese quitado un trozo de carne. Pero cuando no escribo, la vida se vuelve opaca. El cansancio de escribir es preferible al cansancio de vivir sin palabras. Vivir sin escribir es morir.

No sé qué otra cosa hacer con mi silencio.