Eliot 81

Una tragedia. Tengo recuerdos de ver arder la retama con un restallado cruento, como si se complaciese en su propia destrucción; ardía el pino con un gemido resinoso, soltando lágrimas de pez ardiente que caían sobre la hierba seca para multiplicar el desastre. El humo, denso, empapado del olor a pino quemado y a eucalipto, subiendo en columnas verdosas que se doblaban bajo el peso del viento. Recuerdos de ver arder la sierra con un furor satánico. De ver saltar el fuego, más que de verlo avanzar o caminar. De peñasco en peñasco, devorando el tojo y la carqueja, convirtiendo los arroyos de agua fresca en canales de ceniza y lodo negro. Y nosotros insignificantes con unas xestas a modo de batefuegos en la mano. Robledales seculares borrados del mapa en unas pocas horas. Una tragedia.

Te deseo Raquel unas felices vacaciones. Lee y escribe mucho. Ama mucho. Tienes un enorme talento.

Eliot 80

A medida que se va acercando uno, la mole del edificio se va dibujando en la penumbra de la tarde. No tiene mi pazo de la Ribeira Sacra ourensana aspecto de residencia señorial, ni mucho menos, sino más bien de castillo feudal muy venido a menos o de caserío gigantesco y desmantelado, que se cae a pedazos. La fachada, de sillares de granito desgastados por la pátina de los siglos, muestra en su centro un amplio portalón sobre el cual campea el escudo de armas de la familia de mi rama gallega (la otra rama es catalana), tan carcomido por la humedad que apenas si se distinguen los cuarteles. En los patios crece la hierba a su antojo, y las galerías de madera, vencidas por los años, amenazan ruina. No hay aquí el orden ni la limpieza de las casas acomodadas, sino un desorden rústico donde los aperos de labranza y las patatas apiladas se mezclan con los restos de una antigua, lejana grandeza. Las ventanas, muchas de ellas desprovistas de cristales y tapadas con maderas, miran al valle con la ceguera de los edificios que han dejado de ser habitados por el alma de sus pasados dueños aristocráticos.

Aquí vivo (solitario) y aquí moriré. Dentro de una biblioteca de miles de volúmenes. Me siento casi como un melancólico gatopardo entre hienas. Paso bastante frío en invierno. Hay goteras. Un noble arruinado entre las ruinas de su inteligencia. Leo mucho. Abro un libro: al abrirlo, surge inmediatamente el olor seco y mineral del papel antiguo de tina: mezcla de lino envejecido, polvo frío y una leve acidez terrosa. El papel posee una densidad admirable; no cruje, sino que parece respirar lentamente bajo los dedos. En algunos ejemplares la filigrana apenas visible —una mano, un compás, un lirio— emerge al trasluz como un vestigio acuático de la Europa tipográfica.

De alguna manera indirecta, el fuego casi lo arrasó todo.

Eliot 79

A veces pienso qué diría mi adorado Milton Friedman ante las medidas del errático Trump. Rechazaría ROTUNDAMENTE el proteccionismo arancelario (muchos sostenemos que el libre comercio internacional es un pilar fundamental de la libertad económica y la prosperidad) O haría mucho hincapié en la defensa de la independencia de la Reserva Federal y en una lúcida crítica a la distorsión del sistema de precios.

La seguridad jurídica, como muy bien señala la editorial, es la certeza de que las reglas del juego, el marco vaya (leyes, contratos, impuestos, reglamentos) son claras, estables y se aplican de forma predecible sin interferencias arbitrarias del poder político. El mercado tolera la complejidad (es un sistema de procesamiento de la información muy sabio), pero aborrece la incertidumbre caprichosa.

Trump es como un elefante en una cacharrería. Una multinacional no construye una planta química o bien una fábrica de componentes (proyectos que tardan 10 o 20 años en rentabilizarse) si teme que en seis meses un decreto presidencial le imponga un arancel del 12% o invalide sus contratos de importación. Una empresa debe dedicarse a competir y no a defenderse de veleidades irracionales políticas.

Este Trump es un peligro público.

Eliot 78

Lo que estamos presenciando durante la cobertura de estos incendios no es periodismo de información ni de servicio público: es la explotación mercantil del dolor ajeno organizada bajo las reglas de la televisión o los media comerciales.

Esa «vocecilla impostada» de los locutores, el encuadre repetitivo de la destrucción de las llamas y la búsqueda del testimonio afligido de los afectados responde a una fórmula clara: la dramatización estética de la tragedia para secuestrar la atención del espectador y traducirla en share comercializable (a mayor atención, a mayores puntos de audiencia, más se pagan los anuncios). El dolor ajeno pasa de ser una realidad traumática a convertirse en contenido, en un insumo más para la parrilla de programación. La bronca política o el dolor de un evacuado no son más que recursos escénicos para alimentar la maquinaria. Detestable.

En su ensayo Ante el dolor de los demás (2003), Susan Sontag reflexiona sobre cómo la reproducción constante de imágenes de dolor e infortunio en los medios masivos no genera empatía real, sino una fascinación morbosa y, en última instancia, insensibilidad.

«La exhibición de las crueldades infligidas a los individuos atiende a la demanda de un público que consume las catástrofes como si fueran espectáculos. Mirar —contemplar el dolor y la barbarie— nos perturba, nos horroriza tanto como nos fascina. La destrucción tiene su propio halo de belleza. Lo que vemos nos persigue, pero lo que vemos se convierte pronto en alimento para el olvido».

Citemos por último al añorado Vargas Llosa:

«En la civilización del espectáculo, el periodismo amarillista no es una excepción deplorable, sino una tendencia generalizada que afecta a casi toda la prensa. La información ha pasado a ser primordialmente entretenimiento. Buscar la noticia que conmueva, escandalice o divierta, prescindiendo del pudor y de la verdad, es la regla. El sufrimiento humano, las catástrofes naturales y los conflictos políticos son procesados como un melodrama masivo para satisfacer el voyeurismo de una audiencia acostumbrada a consumir la realidad como si fuera un melodrama televisivo».

Es la obscenidad de un modelo de negocio que se lucra con las cenizas.

Eliot 77

Nabokov, en las entrevistas de «Opiniones contundentes», Anagrama, se sienta en su trono de gran escritor lanzando bolas de fuego y relámpagos y, muy de vez en cuando, algún destello de elogio. El lector encuentra encantadora la arrogancia y desdén olímpico -y su aristocrático desprecio- hacia algunos de los nombres más grandes de la literatura, muchos de ellos contemporáneos suyos, pero también escritores del pasado firmemente asentados en el canon. La extrema elegancia verbal no logra ocultar una crueldad implícita. Nabokov rara vez desmonta lo que critica: simplemente arroja barro -reluciente e ingenioso- hasta manchar.

Este acémila Xokas hace algo similar, pero en lugar de pensar con una mente genial como la de Nabokov, lo hace con una mente pueril, de C.I. justito, y cultura yerma, si no inexistente. Sus seguidores son como personas hipnotizadas enamoradas de un hooligan mastuerzo, absolutamente incapaz de la delicadeza de gusto o opinión, o de unos mínimos civilizatorios. Basurilla sentimental, clichés vulgares, filisteísmo en todas sus fases, imitaciones de imitaciones, falsas profundidades, pseudofilosofía grosera, estúpida y deshonesta: estas son sus actuaciones más eminentes. Oyéndolo, automáticamente a uno le entran ganas de caminar a cuatro patas. Treintañero con la edad mental de un niño de cinco.

En el mundo de la basura, no es el Xokas lo que proporciona el éxito, sino sus seguidores.

***

Ayer vi un poquitín de la velada de Ibai. Jovenzanos que gritan: «¡Reguetón! ¡Perreo! ¡Boxeo!» El ritmo se encabrita, cocea, se quiebra. Tembloteo, cacareo, carcajeo, parpeo. Trotan, saltan, se estremecen. Se exaltan ante un uppercut lleno de faltas de ortografía. Mi mundo es otro, alude más bien a la voluminosa y concienzuda «Historia de la Literatura en Italia» del abate Tiraboschi.

De las encuadernaciones Grolier llegamos ahora al Xokas, de la biblioteca de los agustinos de St. Victor acabamos en Roro con cuerpo musculado de Iggy Pop. El kitsch facilón. El cutrerío como monarquía estética.

No entiendo este mundo.

Eliot 76

Soberbio artículo, como en ti es costumbre Irene. Muy bien engarzado, culto, «lliscant» hasta las conclusiones finales con una prosodia de acordes de arpa.

Me voy a atrever, demostrando un exhibicionismo inútil, vano, a colgar un poema que escribí (reinterpretación del famoso soneto del Renacimiento francés «Les Sonnets du Sonnet» o «Le Bonheur de ce monde» (1578) de Christophe Plantin, así como de la tradición clásica del Beatus Ille y la Epístola a Arias Montano de Francisco de Aldana) a propósito de lo que expones en la primera parte de tu escrito.

UN NOBLE MEDITA PAUSADAMENTE

Tener casa propia, limpia y agradable, afable,

un jardín tapissé de flores y abejas en verano,

pocos o ningún hijo, acaso mujer fiel, ningún tumulto;

que vague la vida en Adagio non tropo, ma divoto,

estudiar los severos astros, mucho leer a la luz de la vela,

acallar la lengua (que abunde mucha conversación

con el cielo y así no obtener dócil habladuría),

convertir en rechifla la farsa y sátira de la época,

sin deuda y poca hacienda, ni avaricia ni deseo.

Contentarse con poco, nada querer de los Poderosos,

domar las pasiones, cultivar el juicio esclarecido,

no conocer la tormenta y meditar en silencio,

y, solitario como un sabio, escribir con letra clara

y pausada igual al corazón, un libro modesto y veraz

que ampare pálida memoria de tus días o iguales afanes.

Y ya que arden los conventos, o nadie cultiva la tierra,

y se pueblan de salvajes las ciudades, pasar los granos

del Rosario sin devoción: attendre doucement la mort.

P.D. Muchas gracias, Irene.

Eliot 75

Usamos el idioma como unos pelagatos comiendo gofres en un barucho yanqui. Nuestro panteón son las redes sociales. Nos dicen que vender es muy importante; comprar es más importante aún. El kitsch facilón se predica en los púlpitos (nos gusta más un David de Miguel Ángel de azófar que contemplarlo en la Galería de la Accademia). ¿Fue un coup de foudre esos cuadros donde representan ligueros y medias negras al más puro modo Pornhub? Ibai. Su velada. Jovenzanos que gritan: «¡Reguetón! ¡Perreo! ¡Boxeo!» El ritmo se encabrita, cocea, se quiebra. Tembloteo, cacareo, carcajeo, parpeo. Trotan, saltan, se estremecen, gritan a cada uppercut. La bajura más atroz para estos tiempos de grisalla atroz. El monarca de la basura en su trono. Roro con cuerpo de Iggy Pop. Óscar Wilde: En esta estúpida y tediosa época lo más excéntrico que uno puede hacer es tener cerebro.

Eliot 74

Era el verano de los senderos de arena, en que la luz, filtrada por las copas de los «alzinars», dibujaba un mosaico tembloroso sobre el suelo. Se mezclaban el olor de las agujas de pino recalentadas por el sol, el del jazmín abrasado por el bochorno y el rojo esmaltado de la sandía abierta sobre la mesa de mármol del hotel. Trenes diminutos de carcasa metálica, Airgam Boys, una nave espacial luminosa, tebeos desperdigados por la habitación, Stevenson, Salgari y el balón Mikasa.

Ya en Ourense, los carballos parecían repintados por un hada; en las pozas profundas oíamos la voz de las meigas. Raquel, como una «donna angelicata». El atardecer anaranjado anunciaba otra jornada de calor; por la mañana, la niebla se deslizaba entre los prados, y el calor traía consigo el aroma de la fruta madura, de los heniles recién segados y de la frescura que exhalaban los viejos muros de piedra. Por la noche, el placer de abrigarse con una manta. El hueco de un «penedo», convertido en una barca navegable; los juegos con los primos, que parecían no tener fin; y el tiempo suspendido.

Eliot 73

A mi juicio, la ociosidad presenta dos caras: un polo positivo y uno negativo.

Me digo a mí mismo a menudo que la soledad es caldo de cultivo de la melancolía; cuando no hay fricción con el mundo, la mente se vuelve tribunal, verdugo y testigo, todo a la vez. La ociosidad es combustible para esa acedía: «No hay mayor causa de melancolía que la ociosidad; no hay mayor remedio que el estar ocupado» (formulación asociada a Burton).

El eco interior se agrava por la rumiación; la mente sin tareas se convierte en una máquina de fabricar fantasmas. La ocupación —aunque sea modesta— sirve de asidero, saca el foco de la autoobservación mórbida. Y la compañía corrige el espejo deformante: el otro te devuelve proporción (no «solución», sino justa proporción).

Como contraargumento a esto —pues existe un ocio fértil—, me gustaría citar un pasaje de la obra de Stevenson, An Apology for Idlers (1877):

«La actividad extrema, ya sea en la escuela o en la universidad, en la iglesia o en el mercado, es síntoma de una vitalidad deficiente; y la capacidad para la ociosidad implica un apetito amplio y un fuerte sentido de la identidad personal. Hay una especie de gente medio muerta, rutinaria, que apenas es consciente de vivir salvo cuando ejerce alguna ocupación convencional».

Entre la retirada noble y la haraganería sin forma hay apenas un matiz: el propósito. El ocio sin estudio es muerte y sepultura del hombre vivo. No llamo buen ocio a la inercia, sino al uso noble del espíritu; es lícito retirarse de los deberes si nos volvemos hacia estudios mejores. La ociosidad innoble derriba la salud, embota el espíritu y engendra mil imaginaciones vanas. «No seas solitario, no seas ocioso…», nos advirtió Burton, pues la ociosidad es la ruina del cuerpo y del ánimo, nodriza de desórdenes.

Sabias palabras, y difíciles de obedecer.

Eliot 72

Vivo en los cañones del Sil, entre frondas y un entrelazado abismo fluvial. El Sil nace en los montes de León y, tras un largo recorrido, se abisma en las aguas del Miño. Es el río más singular de Galicia, pues recibe en su corto recorrido aportaciones de gran magnitud. En otoño los desfiladeros se vuelven de oro y púrpura. En los bancales de piedra se cultiva la vid en pendientes vertiginosas. Los «socalcos», o terrazas vitícolas, esculpen y decoran las rudas pendientes del Sil, del Miño en algunos tramos, del Bibei, del Navea y del Cabe, rectificando la labor destructora de los torrentes y ofreciendo un ejemplo de la perseverancia de las generaciones labriegas. Más allá de los viñedos orientados al mediodía, las umbrías de la Ribeira Sacra resguardan robles (carballeiras), castaños milenarios (soutos), abedules. Hay tojos y brezos en gran número. En estas riberas encajonadas el clima cambia a cada vuelta del río. En las cumbres reina la brecina y el viento frío de la sierra; pero abajo, al abrigo de las peñas, crecen los madroños, los olivos viejos y los laureles como en un pequeño mediterráneo secreto. Águilas anidan en repisas graníticas, las nutrias en las aguas del río, y hay jabalíes y corzos en la espesura del sotobosque.

Mi casa, muy grande, vieja y destartalada, se cae a trozos. Vivo solo, dentro de una biblioteca con miles de libros. Leo, medito y escribo. Paseo por el bosque con mi perrilla. Cuido el jardín. Pretendo una vida muy modesta defendida de infortunios.

Espero dulcemente la muerte.

P.D. Gran y lírico artículo, maestro.