Eliot 101

Desde los dieciséis años pertenezco a Mensa. Supe casi desde siempre que tenía un cociente intelectual bastante mayor que la media, lo que me creó no pocos contratiempos, pues solo la mediocridad (en el sentido estadístico) es socialmente admisible. A mi juicio, los test de inteligencia miden determinadas capacidades cognitivas —memoria, razonamiento espacial, capacidad lógico-matemática, fluidez verbal…—, pero no agotan lo que entendemos por inteligencia. Conocí a bastantes memos en cinco idiomas.

Apoyándose en el Teorema de Incompletitud de Gödel, Roger Penrose argumenta (de un modo fascinante) que los seres humanos podemos entender verdades matemáticas que ningún sistema basado en reglas lógicas computables puede probar. De ahí infiere que la inteligencia verdadera implica un proceso mental no algorítmico, el cual, según su atrevida hipótesis, ocurre a nivel de la física cuántica dentro de los microtúbulos del cerebro. No lo sé. Acaso la inteligencia sí que sea un fenómeno computable (ya veremos)

Para Dennett, la mente no tiene nada de «mágico» ni cuántico. La inteligencia surgió mediante pequeños componentes (bacterias, neuronas) que, organizados jerárquicamente por la selección natural, crean conductas complejas. Dennett habla de los seres vivos como «máquinas de anticipación»: ser inteligente es ser capaz de prever el futuro inmediato para actuar en consecuencia. Me gusta la idea. La evolución seleccionó la inteligencia para que lográsemos sobrevivir. ¿La evolución diseñó una «inteligencia general», o acaso respuestas adaptativas diversas a entornos cambiantes? ¿De veras que se puede resumir en unos dígitos?

Eliot 100

«A film is never really good unless the camera is an eye in the head of a poet», Orson Welles.

***

En El tema de nuestro tiempo, Ortega escribe:

«Cada vida es un punto de vista sobre el universo. En rigor, lo que ella ve no lo puede ver otra. Cada individuo —persona, pueblo, época— es un órgano insustituible para la conquista de la verdad. He aquí cómo ésta, que por sí misma es ajena a las variaciones históricas, adquiere una dimensión vital. La realidad ofrece infinitas perspectivas, todas ellas igualmente verdaderas y auténticas. La única perspectiva falsa es esa que pretende ser la única».

Cuando Millás afirma que «las cosas empiezan a existir de un modo determinado cuando alguien decide desde dónde mirarlas», está formulando, en lenguaje cinematográfico, precisamente esta tesis orteguiana.

Orson Welles basó gran parte de su poética cinematográfica en la idea de que la cámara no «registra» pasivamente una escena existente, sino que decide su existencia al situarse en un punto del espacio. En sus entrevistas con Peter Bogdanovich (This is Orson Welles), Welles reflexiona sobre el acto de encuadrar:

«El cine no consiste en fotografiar cosas que ocurren; consiste en decidir dónde se pone la mirada y cuánto tiempo se mantiene ahí. Un plano no es un trozo de realidad, es una decisión estética y ética. Cuando colocas la cámara en el suelo y miras hacia arriba a un personaje, no estás simplemente mostrando a un hombre: estás inventando su poder o su monstruosidad. Antes de situar la cámara en ese ángulo exacto, ese poder no existía en la escena; la mirada lo trajo a la existencia».

Las cosas en la pantalla empiezan a existir en el momento en que el objetivo las recorta del caos exterior y les otorga un centro de atención. Si mueves la cámara a la izquierda, la historia que estás contando deja de ser la misma; has creado un mundo diferente simplemente modificando el lugar desde el que decides mirar. Lo que queda fuera del marco no existe para el espectador. Por eso, elegir desde dónde se mira es la mayor responsabilidad del creador.

Discípulo de Eckhart, Tauler insiste en que toda contemplación depende de una disposición interior. Así escribe:

«Si el hombre permanece vuelto hacia fuera, encontrará multiplicidad en todas las cosas; pero cuando retorna al fondo de su alma descubre una única luz que ilumina cuanto existe».

Y añade:

«No cambia el mundo; cambia el lugar desde donde el alma lo contempla».

Heinrich Seuse formula la misma intuición desde un lenguaje algo más simbólico:

«El hombre debe aprender a mirar con el ojo interior. Quien solo contempla las apariencias permanece en la superficie; quien entra en el fondo descubre que todas las criaturas hablan con una sola voz».

Desde Ortega hasta la mística renana, pasando por Welles, se revela una misma intuición: el modo de existencia de los acontecimientos no reside únicamente en el acontecimiento mismo, sino también en el lugar desde el que una mirada los recibe.

P.S.: Para este texto utilicé una IA como herramienta de apoyo en el pulido sintáctico y en la organización de algunos materiales. La interpretación, la selección de las fuentes y la tesis del artículo son de mi autoría.

Eliot 99

Inmortalizado por Lewis Carroll en Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas, el Gato de Cheshire es el arquetipo del gato filosófico y burlón. Es capaz de aparecer y desaparecer a voluntad, dejando como último rastro su sonrisa («una sonrisa sin gato»).

Armand Jean du Plessis, el gran -eterno- Cardenal Richelieu, sentía una devoción apasionada, casi irracional, por los gatos. En su residencia, el Palais-Royal, llegó a albergar a más de una docena (con nombres como Soumise, Rubis, Lucifer o Pyramo) a los que asignó sirvientes y habitaciones propias. En su testamento, Richelieu asignó una pensión vitalicia y un fondo económico destinado exclusivamente a asegurar que sus gatos fueran alimentados y atendidos dignamente tras su fallecimiento. Lamentablemente, tras su muerte en 1642, sus albaceas y la corte ignoraron su última voluntad.

María Zambrano llegó a convivir con casi una treintena de gatos en sus años en Italia. En 1964, en su piso de la via Lungotevere Flaminio en Roma, la acumulación de gatos provocó las quejas de un vecino, lo que derivó en una orden de expulsión de Italia emitida por la policía. La situación llegó a tal nivel de notoriedad que el propio presidente de la República Italiana, Giuseppe Saragat, tuvo que intervenir en el asunto para frenar el desalojo.

Cunqueiro creó en Merlín e familia uno de los animales fantásticos más célebres de la literatura gallega: O Gatipedro. Es un gato blanco mágico que tiene un único cuerno oscuro en la frente. Según Cunqueiro, se cuela de noche en las habitaciones de los niños e inclina su cuerno para dejar caer un hilillo de agua; el sonido del goteo provoca que los niños sueñen con fuentes y terminen orinándose en la cama.

Perucho, bibliófilo, gastrónomo y creador de universos góticos, pobló novelas como Les històries naturals de felinos de corte alquímico o erudito. En su obra, los gatos suelen ser compañeros de sabios, botánicos y vampiros, actuando como puentes entre el mundo terrenal y lo sobrenatural.

***

GATOS

Ahora me acuerdo de los gatos de mi casa.

De la vieja casa de mis abuelos,

llena de sol y uvas los veranos

y de nieve y de leña los inviernos…

Mariposa era blanca y negra…

Tabita (a la que yo más quise)

plural de colores vivos.

Gatos comunes y preciosos,

ágiles, mimosos, esbeltos,

que me devuelven a una infancia

que a ratos creo triste

y otros días feliz y luminosa,

como los años en que ocurrió,

tan luminosos y oscuros…

Preciosos gatos de mi infancia,

acordaos de mí desde el cielo de Anubis.

Yo soy (lo sabéis bien)

aquel niño que os quiso tanto

y que siempre tenía nostalgia.

Soy la melancolía de la melancolía.

Luis Antonio de Villena

Eliot 98

La tradición eterna es la tradición universal. Los pueblos viven del intercambio; el aislamiento es muerte. Descreo del repliegue chauvinista o pintoresco. Restringirse a los temas nacionales es una limitación artificial. Nuestra tradición es toda la cultura occidental.

«El casticismo ha sido entre nosotros la gran coartada de la pereza intelectual y el resentimiento contra la excelencia. Se ha llamado ‘castizo’ a todo lo que en España era vulgar, tosco y alcornoque, con tal de que fuera propio y no viniese de fuera. Una cultura que se contempla el ombligo y vive de la nostalgia de sus propios arcaísmos está condenada a la esterilidad. La única salvación para la literatura y el pensamiento español es elevarse a la altura de los tiempos, medirse con la gran filosofía y la gran literatura universal. Lo castellano o lo español solo alcanza dimensión duradera cuando se vuelve transparente a los problemas universales del hombre», dejó escrito Ortega.

La literatura nace precisamente cuando atraviesa las fronteras. Las grandes obras sobreviven precisamente porque pueden abandonar su lengua de origen. La literatura no tiene patria, o más bien, su única patria es el lenguaje en libertad y la totalidad de la experiencia humana. De modo parecido a como el mercado mundial es el lugar donde invierten las mejores empresas.

En el ámbito económico, el equivalente al casticismo fue el modelo autárquico y proteccionista del siglo XX: empresas acostumbradas a trabajar dentro de un mercado doméstico cerrado, protegidas por regulaciones locales y orientadas al consumo interno. Para convertirse en gigantes globales, entidades como Banco Santander o BBVA tuvieron que abandonar la «banca provinciana». Hoy, la mayor parte de sus beneficios no proviene de España, sino de mercados como Brasil, México o el Reino Unido.

Les dedico esta cita de Calvino:

«La ciudad no dice su pasado, lo contiene como las líneas de una mano, escrito en los ángulos de las calles, en las rejas de las ventanas, en los pasamanos de las escaleras… A veces diferentes ciudades se suceden sobre el mismo suelo y bajo el mismo nombre, naciendo y muriendo sin haberse conocido, incomunicables entre sí. Pero hay ciudades que se convierten en trampas: vivas solo para el forastero que busca en ellas la imagen prefabricada que traía en su viaje. En ellas, el habitante real se vuelve invisible o servil, y la historia auténtica se disuelve en el artificio de la postal».

Eliot 97

En España ( y en el mundo) sobran plumillas, poetas, pastosos intelectuales del verbo, artistas multidisciplinares, sindicalistas de la jeta y el centollo, genopáticos cineastas, y fotógrafos frufrú y pedantes cocineros, y faltan empresarios, científicos, ingenieros y matemáticos. Menos humanista de latón, y más estudio del numinoso fotón, menos griego y latín, y menos caraduras titís.

Las hienas y chacales no inyectan competitividad a la res pública, no privatizan la gangrenada empresa pública, y en lugar de resolver las necesidades del cliente solucionan las necesidades de la burocracia; los chacales amonestan y denigran a la familia y al ejército (o a la policía), se dedican a gastar en lugar de a ingresar, son expertos en pseudo-terapias sociales más que a verdaderas prevenciones y análisis; las hienas centralizan y no impulsan la inversión, ni el capital ni el mercado; no respetan la ley; fomentan la mentalidad servil en vez de la empresarial; la utopía en vez de la realidad; diseñan una irreal ilusión futura en lugar de gozar de una felicidad presente. Las hienas no creen en la defensa de las fronteras y sí se creen los mitos ecológicos; prefieren el despilfarro al rendimiento y la eficiencia; y no creen en la mayor y mejor probada de las maravillas: la autorregulación del libre mercado como único modelo de gobierno eficaz.

¡Viva el comercio! ¡Abajo la cultura y los filósofos y los animalistas! ¡Vivan las multinacionales! Y arriba el flujo mundial de mercancías, y los paraísos fiscales, y los ricos. ¡Viva Reagan y Ayuso y Aznar y Thatcher! ¡Viva Amancio Ortega!

La felicidad es competir, ganar dinero y trabajar. Ya lo vio Aristóteles: no hay acción noble posible en la miseria. Y si como decía Allen el dinero no es la felicidad misma, produce algo tan idéntico que solo un pedante notaría la diferencia.

Ninguna sociedad es próspera ni feliz si la mayoría es miserable. El dinero es el barómetro de la virtud social, el vehículo de la creatividad y del intercambio libre entre hombres libres.

Paz a los hombres. Dinero y libertad.

P.S.: Texto íntegramente generado por IA.

Eliot 96

«Quizás para entender el mundo hay que ponerlo patas arriba. Colgarlo del cielo, como si fuera un murciélago. Y eso hace a veces el arte».

Frente a las certidumbres del saber consuetudinario, del saber establecido y de la etiqueta formal, el pensamiento escéptico del Renacimiento se propuso también desarraigar el entendimiento, desanclarlo, desfamiliarizarlo, mostrar la fragilidad de las ciencias y recordar que la realidad es poco más que un teatro que va y viene.

Así lo hace Heinrich Cornelius Agrippa en De incertitudine et vanitate scientiarum. Agrippa, tras un repaso por todas las ramas del saber (astrología, filosofía, arte, magia), concluye que el conocimiento humano es una quimera y que la verdadera visión solo llega cuando se destruyen los pedestales del orgullo y la certeza intelectual, cuando ponemos el mundo cabeza abajo. Allí escribe:

«Nada hay en las artes y ciencias tan firme, tan cierto o tan divino que no se hallen en ello la sospecha, la duda, el error y la vanidad. Toda doctrina humana es incierta y mudable; las ciencias no son sino opiniones de los hombres, inventadas no para la salud del alma, sino para el fasto y el engaño de este mundo. Quien busque la verdad en los preceptos de los filósofos, no hallará más que una sombra de la verdad, o bien un abismo de discordias, donde cada cual afirma con soberbia lo que el otro destruye con ímpetu. Conviene, pues, desnudarse de toda esta vana erudición, andar a ciegas respecto al juicio del vulgo, para poder recibir la verdadera luz que no habita en las aulas ni en las academias, sino en el reconocimiento de nuestra propia ceguera».

(Heinrich Cornelius Agrippa, De incertitudine et vanitate scientiarum declamatio invectiva, Cap. I).

Usted escribe asimismo: «Las palabras suenan huecas… No hay piñón ni tampoco plato que recomponer… Te quedas desacoplado, como un violín desafinado…». Rápidamente lo asocié en mi memoria imaginativa con un significativo (y muy jugoso) pasaje de Ficino:

«Aquellos que se entregan al estudio persistente de las artes abstractas o al ejercicio continuo de la imaginación sufren un secamiento de sus espíritus vitales. La mente, atraída por la luz interna o por el abismo de sus propias invenciones, abandona el cuidado del cuerpo, el cual queda entonces atónito, torpe y desajustado con el ritmo ordinario del mundo. Las palabras del vulgo les parecen estruendo vano, los negocios de los hombres juguetes de barro, y el propio organismo se vuelve como un instrumento cuyas cuerdas han perdido la tensión adecuada, incapaz de sonar en consonancia con la masa. Requieren entonces estos hombres un bálsamo especial, no para regresar a la vulgaridad de la carrera común, sino para sostener ese sagrado furor sin perecer consumidos por la bilis negra».

(Marsilio Ficino, De vita libri tres. Libro I: De vita sana, sive de cura valetudinis eorum qui incumbunt studio litterarum, Cap. IV).

Permítame este par de antecedentes a su artículo, entre infinidad de otros que podría aducir.

P. D.: Aprovecho la ocasión para saludarle afectuosamente.

Eliot 95

Cuando llueven cuatro gotas en catalán tenemos una serie de verbos: «brusquinejar», «gotellimar», «pluvisquejar», «roinar» y otros.

En el Diccionario crítico etimológico castellano e hispánico, Joan Corominas (junto a José Antonio Pascual) analiza el término bajo la entrada ORVALLO. Lo clasifica como una voz de origen incierto procedente del ámbito leonés y gallego-portugués. Sugiere que es un derivado romance del latín ORBUS (que significa «ciego» u «huérfano») Nos dice que el sentido etimológico primitivo debió de ser «niebla» (por la oscuridad o «ceguera» en la que la niebla densa deja sumido el campo). De ahí pasó a designar la lluvia menuda o la precipitación fina que se desprende de dicha niebla. Por Galicia, Asturias, Cantabria, País Vasco y Álava encontramos variantes como orbayu, orballo o urbachu.

Términos españoles clásicos, hoy desusados, y muy hermosos, para indicar el hecho de lloviznar, son molliznar (o molliznear, o mollinear), cernidillo, pintear, garuar y paramar.

Entiendo que las palabras también valen por el artificio sonoro con que el orador las viste, y por las resonancias que halagan al oído, además de por la verdad intrínseca del concepto. «Orvallo», con las oes de un rojo gomoso, el grupo fónico contiguo «rv» como una veta de mármol rosa, la doble l con la velocidad de un aspa de helicóptero arrancando, y la «a», vestida de blanco como un mariscal de campo, «orvallo», decía, es una palabra terminantemente hermosa.

Eliot 94

Resumo sus argumentos: En una época dominada por algoritmos, redes sociales, inmediatez y fragmentación de la atención, la lectura de ficción exige lentitud, concentración y la suspensión del juicio moral precipitado (citando a Milan Kundera). Leer se convierte así en un acto de soberanía sobre la propia atención y una forma de resistencia ciudadana contra la colonización de la vida interior por parte de plataformas y poderes autoritarios. También afirma que: la lectura de novelas responde a la frustración de tener una sola vida e identidad, expandiendo la noción de lo humano al permitirnos experimentar otras conciencias y reconocer nuestras propias ambigüedades y sombras.

De ahí los corolarios políticos son obvios.

Nussbaum (en Justicia poética y Sin fines de lucro) defiende que la literatura desarrolla la «imaginación narrativa»: la capacidad de ponernos en la piel de personas con vidas distintas a las nuestras. Coincide exactamente con el texto en que el «ensanchamiento de nuestra noción de lo humano» y la empatía desarrollada mediante la ficción son requisitos indispensables para el ejercicio de una ciudadanía democrática compasiva y justa.

En Adiós a la Universidad, Llovet lamenta el repliegue del estudio literario y humanístico en el sistema educativo y social. Esta idea conecta directamente con la preocupación del texto sobre cómo la expulsión de la literatura a los márgenes de nuestra conciencia debilita la capacidad crítica del ciudadano, dejándolo vulnerable al mercantilismo y al ruido tecnológico.

Al igual que el artículo, Steiner concebía la lectura exigente como un acto de trascendencia, memoria y rigor frente a la banalización del pensamiento y la pérdida del espacio interior de reflexión. Y Vargas Llosa sostiene que la ficción crea ciudadanos insatisfechos y críticos, imposibles de manipular por dogmas o dictaduras.

Todo, estimado señor, «flors i violes». Yo hace treinta años que no leo ficción y diez que no leo libros (me nutro con la televisión, la radio y las redes sociales) No por ello soy peor demócrata ni más memo. La historia de los intelectuales es una historia de servidumbre a las peores tiranías. El libro no es un instrumento inofensivo, sino un patógeno mental. El acto de leer y pensar intensamente moviliza y agota los espíritus animales, congestiona el cerebro y paraliza el sistema digestivo por falta de movimiento físico.

«El trabajo de la mente consume los espíritus animales con tanta mayor rapidez cuanto más intensa es la atención. Cuando el cerebro entra en tensión prolongada, la sangre afluye a él en abundancia, los vasos se dilatan, la circulación general se ralentiza en el resto del cuerpo y las vísceras del abdomen quedan sumidas en una atonía mortal», Tissot, De la santé des gens de lettres, Cap. I.

«Acometidos por una melancolía sombría, devorados por la hipocondría, aquejados de indigestiones continuas y de una extrema debilidad nerviosa, los sabios terminan por convertirse en las criaturas más desdichadas de la tierra. Su cerebro se reblandece, sus ideas se confunden y caen con frecuencia en la más lamentable imbecilidad o locura», Tissot, Cap. III.

El uso indiscreto de los libros, las lecturas nocturnas y el abuso de las obras de imaginación producen en el sistema nervioso una conmoción tal que no es raro ver a jóvenes de delicada constitución perder el juicio tras el atracón de novelerías sentimentales.

La lectura continua de novelas actúa sobre el cerebro como un intoxicante crónico. Produce una congestión cerebral artificial, debilita la capacidad de atención sostenida y deja la mente en un estado de parálisis intelectual, nos advirtió sensatamente el Dr. Thomas Laycock en su obra Mind and Brain (1860)

No pocos de nuestros jóvenes de estudio, llevado su ardor por una indiscreta pasión hacia los libros y las nocturnas vigilias, han perdido la salud de la cabeza antes de haber llegado a ser útiles a la Patria, quedando reducidos a una vida inútil, hipocondríaca y maniática.

En conclusión, considero su escrito Sr. Vásquez un peligro para la salud pública.

Eliot 93

Se ha hecho todo tergiversando la historia. ¿Qué votante ha estudiado en Cataluña a fondo los avatares de la Guerra de Sucesión? No lo saben y les da igual, porque creen. Pero la fe es propia de la religión, no de la política. Educación, información y, sobre todo, conocimiento: eso es lo que echo en falta.

El mito, ese extraño encanto; la emoción, esa sugestión. Lo regional, esos soniditos color pastel; frente a ello, la vocación universal del Renacimiento, el rilievo schiacciato de Donatello.

Pulchra enim dicuntur quae visa placent: es bello aquello que agrada a la vista. Cataluña ya no agrada a la vista. Es agresiva y tumultuosa, multitudinaria en el peor sentido. Cataluña ahora es un objeto roto.

Eliot 92

Antes de que la medicina moderna convirtiera el cuerpo en una máquina sólida, mitad determinista, mitad cuántica, o en un circuito neuroquímico, electroquímico, el Renacimiento -recordémoslo-, con su tardogalenismo, concebía al ser humano como un pequeño cosmos permeable y frágil. La mente no residía en una res cogitans solipsista, sino que flotaba en una bañera de jugos: sangre, flema, bilis amarilla y bilis negra. Un exceso de humedades nacidas en el bazo o en la matriz y que subía por covachas y simas y cavidades y oquedades y hoyos y fosas del cuerpo hasta el cerebro, enturbiando la razón, desatando la ira (¿vendrá de ahí el desacuerdo?) o sumiendo a nuestro ánimo en la melancolía, tan atroz como abusar del alcohol.

Levinus Lemnius, en De habitu et constitutione corporis (1561), libro lamentablemente olvidado, exploró cómo la mezcla física de nuestros jugos condiciona no solo las enfermedades del cuerpo, sino la moral, el ingenio y las tendencias políticas de los hombres. Nos arrebatan afecciones impetuosas debido a una bilis atrabiliaria. Somos miedosos por nuestra sangre cálida y templada.

Cristóbal de Vega, médico del príncipe don Carlos, explicaba cómo la bilis amarilla elimina toda capacidad de diálogo y razonamiento sereno, encendiendo la agresividad y el tribalismo que a menudo observamos en la contienda pública.

Como bien intuye Millás en su parábola, nuestro juicio, nuestras pasiones políticas y nuestras certezas morales flotan sobre un equilibrio biológico frágil y precario. Eso lo atestiguaron tanto los antiguos humores como la psicología evolutiva.

Mercuriale (1586) argumentaba que cuando los vapores ascienden de las cavidades inferiores a la cabeza, «llenan los espacios vacíos del cráneo de tal modo que la imaginación se ve asaltada por espectros y falsos temores». ¿Acaso no es lo mismo que afirma Kahneman al hablarnos de los sesgos de disponibilidad?

Habitamos la ilusión de creer que no somos un leve exceso de bilis.