Cyril 44

Yo mismo tuve muchas polémicas literarias. Con Marina Perezagua (un ser beatífico), Javier Divisa, Alexei Raskolnikov, Camilo de Ory etcétera. Todos fueron exquisitos conmigo, probablemente debido a mis facultades mentales perturbadas (que diría un mal escritor)

Baudelaire impugnaba al escritor que quería probar una tesis; decía que dejaba de escribir novelas para redactar alegatos o panfletos disfrazados de libros. Wilde creía que el realismo es la confesión de una falta de imaginación y que cuando un escritor se vanagloria de ser fiel a la vida, suele significar que carece del talento necesario para inventarla. Orwell se enfrentó al esteticismo puro («El escritor que se refugia en el estilo para no mirar la realidad acaba escribiendo bellamente sobre nada») Nabokov tuvo siempre la convicción que un gran libro no tiene mensaje, sino magia. La política y la sociología son huéspedes ruidosos en la casa de la ficción: una vez dentro, lo rompen todo, añadió. De todos ellos aprendí lo mismo: que la literatura se corrompe cuando quiere justificarse.

Demasiadas veces la literatura es una cloaca decorada con premios. Los escritores se odian con precisión quirúrgica y se felicitan por conveniencia. Todo el mundo habla de genio, pero nadie soporta al genio vivo. El éxito literario es la forma más refinada de la mediocridad organizada. Eso es lo que yo creo. Pero ya no me peleo con nadie por argumentarlo. Para mí los premios literarios han introducido en la literatura una lógica de feria agrícola: se juzga el tamaño, el rendimiento, la visibilidad. El libro ya no se escribe para durar, sino para circular. Otra creencia que no me molesto en razonar.

Creo que hay escritores que no escriben libros, sino que se diseñan carreras. Mucho premio, mucho suplemento, mucha foto; y luego, al abrir el libro, nada. También, debido a las prisas, encontramos gran cantidad de libros perfectamente prescindibles. Ese tipo de escritor que publica demasiado y suele pensar poco. Alboroto, grito, retórica ramplona, prosa sin sangre ni salida de la entraña viva.

Las polémicas literarias verdaderas no tratan de egos heridos, sino de qué es escribir, para qué sirve el lenguaje, qué debe o no debe exigirle el mundo a la literatura. Cuando la polémica desaparece, la literatura se vuelve decorativa; cuando la polémica se vuelve personal, deja de ser fecunda.

A mí ahora ya casi nada me irrita profundamente. Sigo mi camino y no pido vaporosas justicias poéticas.

Cyril 43

Escribir cansa. Uno se vacía cada día y vuelve a empezar sabiendo que no quedará nada. No escribo porque tenga algo que decir, sino porque no sé estar en silencio conmigo mismo. A veces estoy exhausto de escribir, de tanta inutilidad, como si cada libro me hubiese quitado un trozo de carne. Pero cuando no escribo, la vida se vuelve opaca. El cansancio de escribir es preferible al cansancio de vivir sin palabras. Vivir sin escribir es morir.

No sé qué otra cosa hacer con mi silencio.

Cyril 42

Los títulos me salen de golpe, luego paso cinco, a veces diez minutos, de buril. Deben tener pringue, olor, evocación estilística, y, sobre todo, sinestesia. De ahí su poca correspondencia con el contenido. Me gustan los títulos que desorientan al lector, nunca los descriptivos.

Sobre ‘Diario de un esquizofrénico’, basta decir esto: no es solo un diario y yo no soy —en absoluto— el esquizofrénico típico. Quería impactar con mordiente literaria, como «Diario de vulva carmelita»(‘Esquizofrenia’ tiene algo de palabra tabú)

Los títulos me salen de golpe, insisto. «Pertinencias e impertinencias» se iluminó en mi mente debido a un bufido de sol repentino en mi cara. «Diario del falso aristócrata» me gustaba porque en voz alta me sonaba ridículo, a mancha de pintura de Pollock en las paredes. «Diario del zalapastrán», surgió de «zal» y «tran» que me deja en la lengua un blanco de huevo apenas pasado por agua. «Diario de Aquitania» se debió a un azar: «Antioquía», la palabra original prevista, la asociaba a un familiar político muy insoportable, y «Aquitania», al amarillo de patata frita de mi hermana Noemí que comió en el borde de una piscina cuando tenía cuatro años.

Me gustan títulos inteligentes desde dentro y falsos desde fuera. Por eso «Geomancia del tedio» y «Ecce homo». Engañan con elegancia y saben a helado de grosella chorreando de la boca.

De mis dos últimos títulos de libros no publicados, «Ad hominem» y «Cyril», solo decir que son rótulos irónicos y agresiones controladas. Y deliberadamente extranjeros, porque provienen del color verde mate de los pistachos turcos.

Cyril 41

Propendo a la chifladura: la vida ordinaria y yo no nos entendemos bien. Mi sensibilidad percibe como un desajuste chirriante la normalidad, un alarido de ambulancia lo común. Soy excéntrico porque el mundo lo quiso así. Jamás he comprendido por qué se me reprocha haber llevado dos lechones atados con una cinta de seda azul paseando por los jardines de la Plaza San Lázaro. Veo pagodas y Daibutsus en lugar McDonald´s, serpientes de bronce hechas por vestales, gatitos dorados sobre las nubes del cielo nevado. Oigo voces, cada una con su timbre y sistema nervioso propio, veo figuras geométricas vestidas de fosforescencias blandas y rosas. Soy histriónico sin público y exagerado solo en la intimidad de mi cabeza.

¿Loco? La verdadera locura es la de quienes aceptan este mundo sin rechistar.

Cyril 40

La imprecisión deliberada, la oscuridad gnóstica (uso agramatical y embarullado; condición de irrefutable), es una forma de deshonestidad. El escritor no debe deslumbrar con sombras ininteligibles, sino iluminar con palabras exactas. Todo puede expresarse con palabras sencillas, aunque no simples. Todo lo que se puede decir se puede decir claramente o en un sistema adecuado de símbolos. La vaguedad puede ser útil en poesía; en prosa suele ser un defecto. Pensar claro es un primer paso para casi cualquier tipo de regeneración.

Una prosa clásica es una prosa ordenada. La jerga innecesaria y la oscuridad no son síntomas de profundidad, sino signos de deshonestidad intelectual. Schopenhauer: «La primera regla del buen estilo es tener algo que decir; la segunda, decirlo claramente. La oscuridad deliberada es siempre un indicio de pensamiento confuso o de intención engañosa. Quien piensa con claridad escribe con claridad; quien escribe de manera oscura demuestra que no sabe exactamente lo que piensa, o que no desea que se le entienda». Todo pensamiento que pretenda criticar el mundo debe aceptar ser entendido. Y todo lo que puede pensarse, puede decirse con claridad suficiente para ser discutido.

De ahí que entre los escritores hay no poca niebla y mistificación. Demasiada charlatanería estupidizante y desvergonzada perversión del lenguaje. Muchas afirmaciones no dicen nada, aunque aparenten decir algo. El estilo inflado, exuberante, carente de juicio y de contención, es un error estético y moral. Contra el embaucamiento o encantamiento de las palabras, solo recomiendo la lima lógica y el ejemplo. La dejadez de nuestra lengua hace que sea más fácil tener pensamientos necios.

Lo difícil debe ser clarificable; lo oscuro se amuralla contra toda clarificación.

Cyril 39

Conviene recordar a Neil Postman cuando advertía que el problema no era que la televisión mintiera, sino que todo lo que tocaba lo transformaba en espectáculo. El medio no es neutral: convierte la tragedia en secuencia repetible, la muerte en primer plano, el duelo en testimonio crudo, la intimidad en mercancía emocional.

La intimidad no es un residuo del pasado ni una manía burguesa; es una condición de posibilidad de la vida interior. Sin intimidad no hay pensamiento lento, ni duelo verdadero, ni deseo no colonizado. Cuando el dolor, el sexo o la humillación se exhiben no se liberan, se expropian. No es la persona quien decide narrarse; es el sistema quien extrae valor de su exposición. Empresas privadas se benefician de aquello que debería permanecer inviolable.

***

«Cuando una tragedia se transmite como imagen repetida, cuando el dolor se convierte en contenido visual, ya no se nos pide comprender ni juzgar, sino consumir emociones. La televisión no está equipada para la reflexión moral; está diseñada para retener la atención. Así, el sufrimiento ajeno deja de ser una llamada a la responsabilidad y se convierte en un episodio más, intercambiable, olvidable», Neil Postman.

«Las imágenes del dolor no nos hacen necesariamente más sensibles. La repetición del horror produce familiaridad, y la familiaridad produce indiferencia. Hay algo profundamente problemático en la exhibición reiterada del sufrimiento ajeno: el espectador no puede ayudar, no puede reparar, no puede intervenir. Solo puede mirar. Esa mirada, cuando se institucionaliza, corre el riesgo de convertir el dolor en un espectáculo moralmente neutralizado. Ver demasiado es una forma de dejar de ver», Susan Sontag.

NOTA BENE: Ideas inspiradas en el tratamiento mediático del accidente ferroviario de esta noche.

Cyril 38

Jorge Luis Borges

«Yo siempre he creído que el paraíso sería algún tipo de biblioteca. Pero si tuviera que elegir un solo libro, ese libro sería la Divina Comedia. No porque la entienda del todo —nadie la entiende del todo—, sino porque es un libro que se relee siempre como si fuera nuevo. Dante no escribió un libro: escribió un universo moral. Todo lo que vino después, en mayor o menor medida, está contenido allí».

Vladimir Nabokov

«Si me preguntaran cuál ha sido el libro que más ha influido en mi manera de escribir, diría sin dudarlo Madame Bovary. No por su historia, sino por su precisión. Flaubert me enseñó que la prosa no es un vehículo para ideas, sino un arte en sí misma. Leerlo es aprender a mirar con exactitud quirúrgica. Después de Flaubert, escribir descuidadamente se vuelve un pecado».

Marcel Proust

«Montaigne fue el primer hombre que me habló como si yo existiera. No como lector abstracto, sino como conciencia singular. Sus Ensayos me enseñaron que pensar no es concluir, sino explorar. Que un libro puede ser el registro de una mente viva, no un monumento. Todo lo que he escrito nace de esa lección».

Albert Camus

«La Odisea fue el libro de mi juventud. En él aprendí que el mundo es duro, pero habitable; que el hombre puede errar durante años sin perder del todo su dignidad. Ulises me enseñó más sobre la perseverancia que muchos tratados morales. Ese libro me acompañó siempre, incluso cuando escribía sobre el absurdo».

Susan Sontag

«Leer a Proust fue una iniciación. No solo a una obra, sino a una manera de estar en el mundo. Después de Proust, la experiencia deja de ser algo que se vive y se olvida: se convierte en materia reflexiva. Es un libro que no se termina; se habita».

Thomas Mann

«Fausto fue para mí una escuela espiritual. Goethe comprendió que el alma moderna es contradictoria, insaciable, trágica. Ese libro me enseñó que la grandeza literaria no está en la pureza, sino en la tensión. Todo mi trabajo posterior dialoga con esa obra».

Emil Cioran

«El Eclesiastés es el único libro que nunca me ha decepcionado. Todo lo demás promete demasiado. En esas páginas está dicho lo esencial: la vanidad de los esfuerzos humanos, la lucidez sin consuelo, la ironía divina. Es un libro escrito para quienes no esperan salvación».

George Steiner

«La Ilíada es el libro central de nuestra civilización. En él se encuentran el honor, la violencia, la compasión, la muerte. No hay psicología moderna que no esté ya allí. Leerla es enfrentarse al núcleo trágico de lo humano».

Virginia Woolf

«Si tuviera que elegir una novela que lo contenga todo, sería Middlemarch. Es una obra que respira inteligencia moral. George Eliot comprendió que la vida no se compone de gestos heroicos, sino de decisiones pequeñas y consecuencias lentas. Es un libro que ensancha el alma».

NOTA BENE: Libros canónicos de extraordinaria altura —nada que objetar; antes al contrario. Pero nadie hurtará de mi corazón a Stevenson, leído con una felicidad física, casi hormonal, sanguínea. Ni las historias de piratas, de mares lejanos, de tesoros: sol de azabache, cálido maquillaje. Ni los tebeos, la ciencia ficción, los folletines: escollera de porcelana, agua de luz. El placer precede siempre al análisis. Antes del canon estuvo el rapto. Antes del juicio, la alegría.

Cyril 37

Hay algo como una auto-reducción patológica (“yo soy mi enfermedad”) que queda desmentida por mi infancia, reino afortunado, paraíso sellado. Es como recordar una abundancia de deseo, de energía y salud, de sol e imaginación, un paraíso que recuerdo perfecto (ninguna infancia lo es) debido a que no tuvo continuidad. Lo que torció la vida fue la irrupción de lo psicótico.

Todo era absoluto: el juego, el Scalextric, la playa, los libros, el deseo, los amigos. Por eso, cuando los rememoro, no echo de menos solo lo que ocurrió, sino la forma en que mi corazón era capaz de hacerlo todo con ello. Una alegría sin que la saquease ningún infortunio.

De las sombras que necesariamente hubieron, juro que no recuerdo ni una. Fui un niño inmensamente feliz. Soy un adulto abrumadoramente vulnerable. Puebla mi memoria aquel regaliz dorado.

La nostalgia no es un burdo pasatiempo.

Cyril 36

Siempre hablo de mí. Yo, yo, yo, y dale cuerda, dale que dale, al yoyó.

No hablar de viajes, mujeres, ciudades o juergas, ¿me empobrece literariamente? Acaso esa es una superstición contemporánea. Montaigne no viajó apenas; Kafka no vivió aventuras; Pessoa apenas salió de Lisboa; Cioran repitió durante décadas los mismos cafés y las mismas ideas. La experiencia exterior no garantiza nada.

Me gustan aquellos de mis escritos en que el yo es una lente para ver el mundo, pero me hastían los que son un espejo que no devuelve nada. El yo no aburre cuando es profundo; aburre cuando se vuelve previsible incluso para quien lo escribe.

Me fatigo de mí, me contradigo, me desdigo, huyo de mi retrato en el mismo momento en que lo trazo. Yoyó. Me analizo porque no tengo otra cosa que hacer, y cuanto más me analizo menos me intereso. Si hablo tanto de mí es porque no consigo salir de mí, no porque me importe demasiado. El narcisismo verdadero sería estar satisfecho; yo no lo estoy. Me aburre ser Christian Sanz. Me observo porque no tengo escapatoria, no porque me admire. El yo es una prisión; escribir es golpear sus muros sabiendo que no caerán, que permaneceré entre ellos siempre. Me cansa mi vacía autobiografía sin hechos.

Me cansa hasta el mareo ser Christian Sanz.

Cyril 35

Gustave Flaubert

«El lenguaje castiga al escritor descuidado. Una palabra mal elegida no es un fallo menor: es una traición. La frase puede estar bien construida, pero si una sola palabra no es la exacta, todo se hunde. El error más común consiste en creer que el sentido general basta. No basta nunca. La exactitud es una moral».

«El mayor error del escritor es creerse inspirado cuando en realidad está inflado. La frase sonora, el efecto brillante, la palabra rara: todo eso seduce al principiante y pierde al mediocre. La verdadera dificultad no consiste en decir cosas sublimes, sino en decir con exactitud cosas simples. La literatura muere cuando el estilo quiere sustituir a la verdad».

Franz Kafka

«Mucho de lo que se escribe no nace de una necesidad real, sino del deseo de ser escritor. Ese es un error irreparable. Si uno no escribe porque no puede hacer otra cosa, lo que escribe será superfluo. La literatura no admite suplentes del impulso verdadero».

Virginia Woolf

«Nada resulta más estéril que escribir bajo la sombra de otros. Muchos escritores fracasan porque intentan parecerse a alguien a quien admiran. Olvidan que la tarea no es repetir una voz, sino descubrir la propia. La imitación prolongada es una forma elegante de silencio».

«Nada es más dañino que un tono impostado. Cuando la frase no corresponde al estado interior, el lector lo percibe de inmediato. El error no es equivocarse, sino escribir desde un lugar que no es el propio».

Jorge Luis Borges

«Un escritor puede arruinar un texto mostrando demasiado su inteligencia. La ostentación intelectual fatiga y aleja. La inteligencia debe operar en secreto, como el mecanismo de un reloj: si se ve demasiado, deja de funcionar como literatura».

«Un error frecuente es confundir abundancia con riqueza. El escritor cree que añadir palabras añade profundidad, cuando a menudo sucede lo contrario. El lenguaje debe ser invisible. Cuando se nota demasiado, el texto se vuelve sospechoso».

George Orwell

«Cuando el lenguaje se vuelve vago, el pensamiento se vuelve perezoso. El escritor comete un error grave cuando permite que las palabras piensen por él. Las frases hechas, los giros automáticos, las metáforas gastadas son síntomas de una renuncia: se escribe sin haber pensado».

Italo Calvino

«La palabra innecesaria es una carga. Muchos textos fracasan porque cada frase pesa demasiado. El error no está en la complejidad, sino en la falta de ligereza. El lenguaje debe sostener la idea, no aplastarla».

Samuel Beckett

«Cada palabra de más aleja el texto de su verdad. El escritor habla porque teme el silencio. Pero es en el silencio donde el lenguaje adquiere su tensión. El error consiste en no saber cuándo callar».

Miguel de Unamuno

«El lenguaje que no sangra es retórica. Muchos escritores se refugian en palabras bellas para no decir nada verdadero. El error no está en el estilo, sino en usarlo como escudo».

Natalia Ginzburg

«Cuando el lenguaje se vuelve enfático, la emoción se debilita. El escritor que subraya demasiado desconfía de su experiencia. Las palabras sobrias son más fieles que las exaltadas».

Susan Sontag

«El lenguaje puede convertirse en una coartada elegante para no enfrentarse a la experiencia. El escritor incurre en error cuando analiza antes de haber vivido, cuando teoriza para no sentir».

Emil Cioran

«El lenguaje puede falsear incluso el sufrimiento. Hay escritores que embellecen su desesperación hasta volverla aceptable. Ese es el peor error: traicionar la verdad por una buena frase».