Eliot 91

Para transformar el excelente análisis del profesor Galindo en soluciones reales es necesario trasladar la discusión al terreno del método científico aplicado a las políticas públicas. Pero es precisamente en ese trayecto donde tropezamos con el obstáculo definitivo: las fallas y sesgos de la naturaleza humana.

Lo que en análisis de políticas públicas se denomina Evidence-Based Policy Making o Políticas Basadas en la Evidencia, no es algo que consista en un gobierno de filósofos reyes tecnócratas, sino que consiste en tomar decisiones con el mismo RIGOR con que lo hace la ciencia. Creo que la política debería aproximarse al método científico; pero muy rara vez lo hace. No ser una ciencia exacta (eso es imposible), pero sí compartir sus características, disposiciones, formas y hábitos mentales. Los modos intelectuales de la ciencia no deberían quedar restringidos únicamente al ámbito científico.

Francis Bacon ya advirtió que el principal enemigo del conocimiento no era la ignorancia, sino los prejuicios. En el Novum Organum escribe:

«El entendimiento humano no es una luz seca, sino que recibe una infusión de la voluntad y de los afectos; de ahí que las ciencias que desea sean también las que cree. El hombre prefiere creer aquello que desea que sea verdadero. Rechaza las cosas difíciles por impaciencia en la investigación; las sobrias, porque limitan su esperanza; las profundas, por superstición; las que exigen experiencia, por soberbia o pereza».

Es difícil encontrar una descripción más inspirada respecto al debate político contemporáneo.

Kahneman nos dice: «Cuando nos enfrentamos a una pregunta difícil, solemos responder a otra más fácil sin advertir el cambio.» La pregunta difícil sería: ¿Cómo reducimos los incendios? La fácil: ¿Quién tiene la culpa? Y ya sabemos qué pregunta responde la política. Sobran ideólogos ciegos y faltan analistas rigurosos.

La capacidad de la mente humana para formular y resolver problemas complejos es muy pequeña comparada con el tamaño de los problemas cuya solución requiere el mundo real. Por eso triunfan explicaciones sesgadas y elementales. Explicaciones intelectualmente pobres, pero electoralmente eficaces.

Quien sólo conoce su propia versión del asunto conoce muy poco de ella. Esa máxima de Mill debiera grabarse a fuego en el debate público y en la cabeza de sus representantes. Pero soy fatalista como un turco. El cerebro humano no evolucionó para descubrir verdades científicas abstractas, sino para ganar discusiones dentro de la tribu y asegurar la pertenencia al grupo. Desolador.

Eliot 90

En las redes sociales (esa fue mi experiencia) abundan las palabras malignas, las egoístas y las memas. La mente se llena de una Sodoma de fruslerías, de una Babel de distracciones inanes, y todos farfullan sus írritas miserias incapaces de acallar la verborrea seborreica. Yo ahora las usaré muy ocasionalmente.

No veré sus vídeos de posesión sentimental donde triunfa la emoción kitsch, no participaré en sus dramas de corrala donde la única catarsis consiste en experimentar una ineludible vergüenza ajena, me alejaré de sus ritmos coribánticos y —duele decirlo— manifiestamente analfabetos.

Como liberal-conservador creo en la comunidad (aunque las nuevas costumbres sean una calamidad); como escritor creo en un mandato, una exigencia: destribalizarme. Vuestras redes sociales son una fuente de irrelevancia y necedad, el Gran Océano Gris de la Nada, la Gran Sucia Pelambre de Rata; hay excepciones (escasas). Me equivoqué al seguir a la multitud.

Eliot 89

[Begoña Gómez]

Adaptación libre de un pasaje de la escena V de Los cuernos de don Friolera, de Ramón del Valle-Inclán.

***

Plazuela de la población. Farol de cristal en una esquina. DOÑA TADEA, envuelta en su manto de soplona, aguarda al teniente don Pascual Astray, que viene por la calleja.

DOÑA TADEA.— ¡Caminante!

DON FRIOLERA.— ¡Señora Doña Tadea!

DOÑA TADEA.— ¡Teniente! ¡Dichosos los ojos!

DON FRIOLERA.— ¿Qué milagro por las calles a estas horas, Doña Tadea?

DOÑA TADEA.— Vengo del Rosario. ¡Por usted he rezado un padrenuestro!

DON FRIOLERA.— ¡Y se lo agradezco en el alma!

DOÑA TADEA.— ¡Bien lo necesita usted, don Pascual!

DON FRIOLERA.— Como todos, Doña Tadea.

DOÑA TADEA.— ¡Usted más que ninguno! ¡Pobre don Pascual! ¡Le tienen a usted vendida la honra!

DON FRIOLERA.— ¡Señora Doña Tadea!

DOÑA TADEA.— ¡No me mire usted con esos ojos de basilisco! Cumplo con mi conciencia de cristiana en avisarle. ¡En este pueblo es usted la comidilla de chicos y grandes! ¡El rey de los cabrones!

DON FRIOLERA.— ¡Usted desvaría, Doña Tadea!

DOÑA TADEA.— ¡Yo digo lo que todo el mundo sabe! ¡Que el barbero le pasea a usted la mujer y le deshace la casa! ¡Que entra y sale como si tal cosa mientras usted está en el cuartel!

Eliot 88

Como me cuesta leer, escribo y recuerdo. Recuerdos bien ordenaditos en los estantes, recuerdos como un agradable cosquilleo en los pies. En estos momentos, el aire de mi habitación se llena de música (la Música para los reales fuegos de artificio, de Händel). Deseo que se transfiera esa belleza a mis dedos mientras tecleo esta nota.

Recuerdo aquel cuco, familiar y modernista hotel de Sitges donde pasábamos muchos fines de semana: el laberinto de pasillos, de habitaciones secretas, salones, vestuarios, alacenas y galerías. Las mujeres huéspedes, en especial inglesas y francesas; las primeras, rápidas y nerviosas; las otras, blandas y lentas.

No es sencillo fijar las vivencias de un hijo; supongo que la angustia llegó tarde, muy tarde, en este ocaso de mi vida, pero primero reinaron el placer, la cultura, el juego y la imaginación. Recuerdo el florecer de margaritas de tallos muy largos. Y rosas con sus hojas verdes deshojadas por la brisa. El atisbar resplandores en un valle de mirtos. Las visitas a museos y a librerías, los viajes a Europa y a Galicia.

Los primeros pasos de la vida son algodonosos. Recuerdo los armarios de luna del cuarto de mis padres, donde se reflejaba la perrita Nikita. Y aquella nebulosa originaria de palabras enhebradas a la conversación, la sensación de conversar y oír conversar sobre todo, que tanto contrasta con este silencio actual que trepana mi cerebro en mi solitario pazo gallego.

La rutilante felicidad con que me criaron. Aprender a sostenerme en la arquitectura de mi propia conciencia. El sustentarme más con la mente que con el vago corazón. El Orden como una forma de Sabiduría. La Compañía como una forma de Pedagogía.

Soy un hijo sin hijos. Con mis papás ya muertos. La bilis negra que vierte al castellano el cultismo «melancolía». Espero dulcemente la muerte.

Eliot 87

En Japón se dice que al clavo que sobresale le cae el martillazo. En China, que los árboles altos atraen mucho viento. En Holanda, que no asomes la cabeza por encima del suelo. En Chile lo llaman chaquetear: tirar de la chaqueta del que sube. En Escandinavia tienen la janteloven: no creas que eres mejor que nadie. En Filipinas, la mentalidad de cangrejo. España, claro, también tiene su tradición, sobre todo literaria. Miguel de Unamuno la bautizó como «la íntima gangrena del alma española» en su ensayo La envidia hispánica, y le dedicó una novela entera, Abel Sánchez. Ya en el siglo XI, el pensador cordobés Ibn Hazm, una de las grandes figuras de la cultura andalusí, escribió en su Epístola sobre la virtud de Al-Ándalus que, «con doble animosidad que en ningún otro país, los españoles sienten envidia del sabio que nace entre ellos, minusvaloran cuanto hace, critican sus aciertos y se ensañan con sus errores». Rafael Sánchez Ferlosio le dio la vuelta y lo tachó de tópico cargante: sostuvo que más que envidiosos lo que abundan son envidiados, gente que se queja de ser envidiada para sentirse importante, algo que llamó «paranoia de envidia».

Soy un escritor fracasado, pero no resentido (conozco mis límites y potencias). Cerca de mi casa hay un eucaliptal. Se barraganean contiguos a la cuneta, sus troncos como ancas florlisadas de elefante. Olor de flamboyanes y armonía, erizada luz restregada que reflejan.

Así siento las palabras, la literatura. Lo que pertenece a las musas, a la misma música, a diversos estilos de música; un espejo de láminas superpuestas.

Cuando empiezas a escribir sueles usar una lengua de palabrejas, un argot cultista; te ocultas en la retórica vacía. Después pules y buscas una trabajada sencillez. Yo soy un escritor con funciones y alma de esponja. Puedo usar formas periodísticas, o líricas, o conceptistas, o lumpen. Mi prosa es dúctil. Escribo como si declamara arias fantasmales. Una colección de ejercicios de estilo heterónimos. Mi punto de vista es numeroso, mis personalidades lingüísticas múltiples. Voz de palimpsesto, de ventrílocuo. Así no me aburro.

No envidio a los escritores que se vendieron por una piscina.

Voltaire: «La terre est couverte de gens qui ne méritent pas qu’on leur parle» («La tierra está llena de gente a la que no merece la pena dirigirle la palabra»).

«Por desgracia, la expresión «coquin méprisable», granuja despreciable, resulta aplicable a un número terrible de personas de este mundo», Schopenhauer.

«Nec vixit male qui natus moriensque fefellit», Horacio («No se da mala vida quien, de nacimiento a muerte, pasa desapercibido»).

Mejor no podría ser dicho. O bien igual Ovidio: «Bene qui latuit, bene vixit» («Quien bien se esconde, bien vive»). Solo y oculto es como se está mejor en esta hodierna e híspida civilización, donde la publicidad está por encima del logro, la revelación por encima del comedimiento, la sinceridad por encima de la decencia, el victimismo por encima de la responsabilidad, la confrontación en lugar de la cortesía, la psicología sustituyendo a la moralidad.

Para concluir, y como divisa o lema: «Litterae solae sunt quae hominem vere esse demonstrant» («Las letras son la única prueba de que se es verdaderamente hombre»). Me basta con mantenerme al margen.

Eliot 86

Dentro de los Coloquios de Erasmo, el diálogo dedicado específicamente al análisis de la naturaleza de las simpatías, las diferencias y la amistad es Amicitia (publicado por primera vez en la edición ampliada de 1523).

Allí leemos:

«Forbas: Por consiguiente, así como quienes navegan entre arrecifes no dejan nunca de estar atentos para evitar el naufragio, así, al entablar amistad, nada debe guardarse más que el no ser engañados por las costumbres fingidas de los hombres. Y es que, siendo la amistad la cosa más grata, también es la más rara si se la juzga desde su cima más alta. Tener ciertos hombres benévolos —en parte por naturaleza, en parte por estudios comunes, en parte por el trato— ni es raro ni reprobable; pero aquella amistad justa y verdadera, que hace de dos uno solo, dicen que apenas acontece entre tres o cuatro en todo un siglo. Pues si se ha de tener por amigo a cualquiera que no sea enemigo, la cosa es fácil. Pero amigo es solo aquel a quien confías todos tus bienes, tus empeños, tus consejos, tus secretos y, finalmente, tu propia alma, y que se halla afectado hacia ti de la misma manera que hacia sí mismo».

Por su parte, Juan Luis Vives, en Introductio ad sapientiam (Introducción a la sabiduría, 1524), dedica una sección específica a las normas de conducta social y al cultivo de la amistad («De amicitia»). Edición de referencia: Joannis Ludovici Vivis Valentini Opera Omnia, Tomus VI, ed. Gregorio Mayáns y Siscar, Valencia: In Officina Benedicti Monfort.

Resulta imprescindible mencionar in extenso a Francis Bacon, concretamente en su ensayo n.º 27 («Of Friendship»), una absoluta delicia. Allí escribe:

«El primer fruto principal de la amistad es el alivio y desahogo de la plenitud y sofoco del corazón, que las pasiones de toda índole causan e inducen. Sabemos que las enfermedades por obstrucción y sofocación son las más peligrosas para el cuerpo, y no ocurre de otro modo en la mente; podéis tomar zarzaparrilla para abrir el hígado, acero para el bazo, flor de azufre para los pulmones o castóreo para el cerebro, pero ninguna medicina abre el corazón sino el amigo verdadero, a quien podéis impartir penas, alegrías, temores, esperanzas, sospechas, consejos y cuanto pese sobre el corazón para oprimirlo, en una suerte de confesión civil.

El segundo fruto de la amistad es saludable y soberano para el entendimiento, así como el primero lo es para los afectos. Porque la amistad trae en verdad un día sereno a los afectos, librándolos de tormentas y tempestades; pero trae la luz del día al entendimiento, sacándolo de la oscuridad y la confusión de los pensamientos. Y esto no debe entenderse solo por el consejo fiel que el hombre recibe de su amigo, sino que cualquiera que tenga la mente cargada de pensamientos ve sus luces y entendimiento aclararse y desplegarse al comunicarse y conversar con otro; sopesa sus pensamientos con más facilidad, los ordena con mayor método, ve qué aspecto tienen cuando se convierten en palabras y, finalmente, se vuelve más sabio que sí mismo, y esto más por una hora de conversación que por un día entero de meditación».

Ahora lean este pasaje de Paulo Coelho:

«Uno siempre acaba haciendo amigos nuevos y no es necesario olvidar a los antiguos. Pero cuando vemos siempre a las mismas personas, terminamos haciendo que pasen a formar parte de nuestras vidas. Y como ellas forman parte de nuestras vidas, pasan también a querer modificar nuestras vidas. Y si no somos como ellas esperan que seamos, se molestan. No te expliques: tus verdaderos amigos no lo necesitan y tus enemigos no lo creerán».

El estilo popular conspira contra Eliot, Shakespeare, Virgilio, Dante, Newton y Gauss para sustituirlos por María Teresa Campos, David Bisbal, Kiko Matamoros o Yola Berrocal. Cuando Churchill estuvo de joven en Egipto se imbuyó de lecturas clásicas y de Gibbon. Tácito y Gibbon —a través de Churchill— nos ayudaron a ganar la Segunda Guerra Mundial.

Lionel Trilling arguye que la diferencia entre Dreiser y James «es la sempiterna creencia americana de que existe una oposición entre la realidad y la mente, y de que se debe tomar partido por la realidad». El realismo empírico y mostrenco, los hechos pelados, la apología de la taberna, suelen prevalecer en las literaturas (y en el gusto lector) sobre aquella literatura como análisis de las capacidades mentales abstractas, de la interiorización, de la constante distinción de tipos humanos y la elucidación de sus propósitos, sensibilidades, valores e intenciones.

James escribía libros que remitían a un lenguaje literario, a unas densas resonancias retóricas y a unas fuentes o influencias librescas tan ricas como clásicas. Eran libros ahormados en la tradición literaria, que se montaban a lomos de esa fértil tradición. En esa época los libros eran esquejes de un tronco literario anchísimo. En el nuevo paradigma de los estudiantes derrotados por James, los libros de los que se nutren son mónadas sin ventanas a la tradición ni a la anatomía literaria, y el idioma es poco más que un sucedáneo (como arenque reseco) del lenguaje periodístico, un lenguaje de teletipo o de crónica de sucesos.

En sus cuevas, como héroes del Ancien Régime, mantendremos esas islas de arcaica conservación llamadas Henry James y sus iguales. Gracias a esos héroes monásticos, a esos eremitas solitarios, veremos un renacimiento intelectual en —pongamos— dos o tres siglos. Yo no permitiré que Madame Récamier enseñe un piercing en un after-hours. Si millones de seres espirituales vagan invisibles de un lado a otro de la tierra, me vestiré con galanas ropas curiales cada vez que entre en mi voluminosa biblioteca. No permitiré que Madame de Staël quede narcotizada y estupidizada frente al televisor. O que Cromwell se compre una barbacoa, un chándal y escriba post-its de autoayuda en la puerta de su nevera. Juro que evitaré que Mozart desayune Coca-Cola en un McDonald’s. JE VEUX LA VIE SOLITAIRE.

Eliot 85

No desearía aguar la fiesta a la massa damnata o massa perditionis que se dedica estos días, al empezar sus vacaciones, a viajar a lo ancho y largo del planeta. Viajar es cosa buena —se sabe—, de mucho lustre, un placer inigualable hasta los treinta o cuarenta años, pues te provee de experiencias insólitas y ricas (descubres hermosa arquitectura, gentes de mentes curiosas, gastronomía peculiar, paisajes no poco exuberantes, aprendes lenguas que dan acceso a culturas de lo más jugosas, tienes amores de una noche con chicas de una noche, oyes música con disímiles armonías); viajar te provee de experiencias ricas, decía, en una etapa de tu carácter en plena formación. Después, a mi juicio, viajar es ya «sobrer». Lo mejor es no moverte del pueblo y pasear modestamente por la ciudad y, como lujo desmedido y extravagante, algún garbeo por la comarca. Nunca más allá.

Quedarse en casa es lo más sensato. Todos nuestros problemas empiezan por no saber estarnos bien quietos en la habitación. En casa puedes ver películas (Ser o no ser, Dos en la carretera, Blade Runner), escuchar a Mahler, Berlioz y Puccini, leer De commodis litterarum atque incommodis de Leon Battista Alberti o el De rerum natura iuxta propria principia de Bernardino Telesio (filosofía natural antiescolástica); en casa puedes estudiar lógica algebraica, derecho procesal, programación LISP, latín, arqueología, botánica, paleografía. Una gozada. En casa puedes hacer el amor, conversar socráticamente con selectos amigos sobre lo divino y lo humano, inspeccionar las tímidas nubes de la atardecida.

San Agustín hacia el año 400: «Los hombres viajan para maravillarse con las gigantescas olas del mar, la altura de las montañas, el curso de los ríos y el movimiento circular de las estrellas, pero nunca viajan a su propio interior para conocerse a sí mismos». Viajemos alrededor de nuestra habitación (Xavier de Maistre), alrededor de nuestro cráneo (Frigyes Karinthy). Han sido legión los pensadores que han recordado aquel dicho de Horacio en la Epístola I, XI, 27: «Caelum non animum mutant qui trans mare currunt», es decir: «Cambian de cielo los que cruzan los mares, pero no les cambia el alma».

Felices vacaciones, queridos amigos. Pero si hemos de hacer caso a Spinoza, solo nos salvaremos si nos pasamos la vida estudiando y procurando comprender a fondo —no por encima, como hacen los turistas— todo aquello que es susceptible de ser conocido. No sé.

Eliot 84

Era el verano de los senderos de arena en que la luz, filtrada por las copas de los alzinars, dibujaba un mosaico tembloroso sobre el suelo. Se mezclaban el olor de las agujas de pino recalentadas por el sol, el del jazmín abrasado por el bochorno y el rojo esmaltado de la sandía abierta sobre la mesa de mármol del hotel.

Trenes diminutos de carcasa metálica, Airgam Boys, una nave espacial luminosa, tebeos desperdigados por la habitación, Stevenson, Salgari y el balón Mikasa. Agosto: la claridad socarrimada de lomo de plata de una sardina en la parrilla; la piel morena de una hermosa mujer cuajada; la ninfa de la frescura del mar de Sitges. Sentarse en la hierba con un libro, rodeado de la calidez del aire; contemplar el paso de las nubes o el temblor del aire sobre los caminos. Nada más. No hay que pensar.

Ya en Ourense, los carballos parecían repintados por un hada; en las pozas profundas oíamos la voz de las meigas. Raquel, como una donna angelicata. El atardecer anaranjado anunciaba otra jornada de calor; por la mañana, la niebla se deslizaba entre los prados y el mediodía traía consigo el aroma de la fruta madura, de los heniles recién segados y de la frescura que exhalaban los viejos muros de piedra. Por la noche, el placer de abrigarse con una manta. El hueco de un penedo convertido en una barca navegable, los juegos con los primos que parecían no tener fin… y el tiempo suspendido.

Eliot 83

Me gusta la belleza; un indicador de que el portento es arduo, la excelencia, difícil. Cuando estoy en la playa y veo a barrigones, mujeres con las tetas caídas, pliegues adiposos y otras lindezas, creo menos en la civilización occidental.

Tengo la certeza de que el desnudo de un cuerpo bellísimo es algo de un atractivo fugaz si no media en él la intención artística o la emoción del observador. ¿Todo nuestro cuerpo es interpretable en pintura, escultura o fotografía, o acaso solo nos parece realmente bello aquello que el arte ha sabido resolver previamente? Me gusta la belleza transmutada en obra de arte.

«La belleza debe ser como el agua más pura extraída del manantial: cuanto menos sabor tiene, cuanto más carece de cualquier elemento extraño, más sana y sublime se considera. En las estatuas divinas de los griegos, el rostro no muestra la agitación de las emociones humanas cotidianas, sino una paz inalterable que eleva la mente hacia la contemplación pura de la forma eterna», Winckelmann.

Dejarse arrebatar por la perfección de un poema, por el matiz de un lienzo o por la presencia física de un rostro bello es la única manera de expandir nuestro efímero paso por el mundo. No me gusta la gente fea.

Eliot 82

«Ven a la cama, no lo dejes para mañana. /

Sácate la ropa, apaga la vela. /

Déjame probar la dulzura de tus labios, /

déjame perder el juicio en el perfume de tu cuello», Rumi.

«Tu cuerpo joven y limpio como un mármol al sol, /

la dicha breve de poseer el mito antes de que el tiempo lo destruya. /

Verte desnudo en la penumbra del cuarto, /

saber que la belleza no pide perdón ni da explicaciones, /

sino que se entrega, ardiente y fugaz, a la noche», L.A. de Villena.

«Iré a lo lejos, muy lejos, como un gitano, /

por la Naturaleza, —feliz como con una mujer», Rimbaud.

Desde que existen registros literarios, existe la literatura erótica, e incluso pornográfica. La Unión Europea de Radiodifusión ha lanzado una guía para evitar la sexualización de las atletas en las retransmisiones televisivas. Ver a una atleta (o a un atleta) de cuerpo armónico y medido puede ser una experiencia estética sublime. Una jugadora de voley-playa es un arpa de luz en un cielo negro. Una pertiguista, rosas de oro rasgando el aire. En estos tiempos mojigatos y puritanos se quiere suprimir la sensualidad con excusas calvinistas. Con la imposición de la corrección política quieren tutelar y reglamentar la exhibición de los cuerpos en los eventos deportivos. Es un agresivo paternalismo contra la estética visual y el sutil erotismo. Se cede la gestión del cuerpo humano en la esfera pública a los nuevos ayatolás. A mí me gusta, simplemente, la belleza de los cuerpos.