«Debes saber que el mundo ya ha envejecido y no se mantiene con el vigor de antes. Ya no tiene la fuerza ni el poder que solía tener. Esto lo dice el mundo mismo; lo proclama el declive de todas las cosas. Ya no hay tanta lluvia en invierno para alimentar las semillas, ni tanto calor en verano para madurar las cosechas. Las minas están agotadas y dan menos plata y oro; los campos están cansados y dan menos frutos. La justicia desaparece, la benevolencia se pierde, la disciplina se relaja. Todo lo que nace tiende al ocaso, y lo que ha crecido debe envejecer. No culpes a los cristianos de que las fuerzas del mundo fallen; culpa a la propia naturaleza del siglo, que se consume a sí misma, y a la impiedad de los hombres, que atrae el juicio de Dios sobre una creación que ya no tiene fuerzas para sostenerse», San Cipriano de Cartago, Patrologia Latina, Vol. 4, Col. 544-545
«Nosotros, los romanos, nos maravillamos de nuestra caída, cuando somos nosotros quienes la hemos provocado. Somos más viciosos que los bárbaros. Ellos son impuros, pero nosotros lo somos más bajo el nombre de la santidad. La civilización romana se muere, y sin embargo ríe. En las ciudades donde el enemigo acecha a las puertas, el pueblo sigue corriendo a los teatros ¿Dónde está la antigua virtud de Roma? Ha perecido la probidad, ha muerto la fe. El nombre de romano, que antes era tan respetado, es ahora algo despreciable. Nos desmoronamos bajo el peso de nuestras propias iniquidades. El Imperio se consume porque ha preferido sus placeres a su salvación; estamos muriendo y todavía pedimos pan y juegos, mientras el fuego ya consume nuestras casas», Saviano de Marsella, Patrologia Latina, Vol. 53, Col. 91-95.
«¿Dónde está el Senado? ¿Dónde está el pueblo? Los huesos se han secado, las dignidades se han desvanecido. Toda la pompa de las dignidades seculares se ha extinguido. Ya no vemos sino edificios derruidos y muros caídos. Y lo que vemos en las piedras, sucede en las almas. Ya no hay hombres que aspiren a lo grande; solo queda el rastro de una grandeza pasada. El mundo está lleno de espinas porque ya no hay quien cultive el jardín del espíritu. Roma, que antes era la señora de las naciones, es ahora como una viuda abandonada. Esta es la ley de la historia cuando se olvida lo eterno: la ciudad se convierte en un desierto, y el desierto entra en los corazones de los que quedan», San Gregorio Magno, Patrologia Latina, Vol. 76, Col. 1010.
«Llegará un tiempo en que el nombre romano, por el cual el mundo es ahora gobernado (horroriza decirlo, pero lo diré porque ha de suceder), será borrado de la tierra, y el poder volverá a Asia, y el Oriente volverá a dominar y el Occidente será reducido a servidumbre. La causa de esta desolación será que la justicia será odiada y la inocencia será perseguida. Los malvados dominarán a los buenos; no habrá ley, ni orden, ni disciplina militar. Nadie respetará las canas del anciano, ni el deber del hijo, ni la piedad del padre. Todo será confusión y guerra perpetua. Entonces el mundo estará verdaderamente exhausto, y los hombres buscarán la muerte y no la hallarán, pues la decadencia habrá llegado a su madurez amarga», Lactancio, Patrologia Latina, Vol. 6, Col. 788-789.
P.S. Mutatis mutandis, acaso valga el símil con la actualidad. Refugio en el placer ante la carencia de un propósito futuro, olvido de la tradición, manierismo (el estilo pesa más que la sustancia), reino de la cantidad frente a delicadeza de la calidad. Muere la memoria y la cultura se transforma en consumo y estéril burocracia. El lenguaje es un instrumento técnico, de mera mercadotecnia, no la «casa del ser». Vivimos en un presente amnésico: los jóvenes ya no sienten que lo que escribió Hesíodo, Tibulo, Petronio o Milton les concierna. La civilización que amo -que huele a cuero de biblioteca y a libertad- ha muerto. Como en las ruinas que pintaba Piranesi, somos enanos habitando palacios cuyas proporciones ya no comprendemos. Se lee poco y se lee mal. Perdimos la brújula de nuestra propia razón. La decadencia es el triunfo de la ignorancia satisfecha de sí misma.
No tengo talento para la escritura. Es una fatiga mental… Siento que lo que escribo es ilegible, plúmbeo, deslavazado, numeroso, sin valor. Me pregunto por qué sigo torturándome con este deseo de expresar algo que, claramente -sin asomo de duda- no sé cómo decir. Paso de la euforia al vacío más absoluto, convencido de que soy un fracaso o fraude o impostor total como artista.
Algunos de ustedes me halagan dada su generosidad, pero yo no soy un escritor. Me he estado engañando a mí mismo y a ustedes. Ojalá fuera bueno; no, no lo soy, estoy a años de luz de ser siquiera la sombra de la sombra de uno bueno. A veces, debido a esas fugas irreales de la mente y a la propia dramaturgia de la creación en crudo, creo que tengo un poquito de talento, pero luego, más reposado, apaciguado y enfriado el juicio, leo lo escrito y me doy cuenta de que es mediocre (soy una pulga en la espalda de los gigantes) Pero no sé callar, aunque el resultado, como es obvio, nunca está a la altura de lo que soñé.
Un escritor es alguien que tiene que ser muchas personas, lo que equivale a decir que no es nadie. Existe ese vacío en el centro, esa sensación de que uno es un impostor que simplemente ha aprendido a imitar las voces de los demás (o de los demás escritores) que el mundo ha terminado por creer que tiene una voz propia. A veces me siento frente al ordenador y siento que no tengo nada que decir, que todo lo anterior fue un truco de magia que ya no sé cómo hacer.
«La dialéctica de la otredad no es sino una deconstrucción fenomenológica de la praxis hiperespacial, donde el sujeto se disuelve en una amalgama de significantes vacíos que desafían la hegemonía del logos cartesiano en una danza de inmanencia pura», es decir, y traduciendo esta farfolla de nada adornada y sibilante y reptante como babosa, «»No estoy diciendo nada, pero suena a que leí mucho a Foucault (o al menos sus resúmenes)».
«Al sintonizar tu frecuencia vibratoria con la matriz energética del multiverso, colapsas la función de onda de la carencia, permitiendo que la entrelazación cuántica de tus pensamientos manifieste una realidad holística donde el observador y lo observado son una singularidad de abundancia», es decir, «Si piensas positivo, te irán bien las cosas, pero quiero que pienses que entiendo la física de partículas».
Yo, cuando escribo, no uso una jerga de chiflados bellacos, aclaro y aclaro para que ustedes perciban, como ánfora iluminada por un foco de luz, el imperativo recalibrado de los paradigmas socio-cognitivos mediante una reevaluación ontológica de las estructuras lingüísticas subyacentes.
El estilo académico no es solo una cuestión de mal gusto; es una forma de ocultar el hecho de que no se tiene nada que decir. Cuando el autor no tiene nada claro en la mente, utiliza un lenguaje pomposo, hermético y embarullado para crear una ilusión de profundidad, como una nube de tinta que lanza un calamar para evitar ser capturado.
Se cree que si un hombre es fácil de entender, es porque es superficial; y que si es difícil de entender, es porque es profundo. La verdad es casi siempre lo contrario. Los hombres que escriben de manera oscura lo hacen porque no son lo suficientemente inteligentes como para hacerse entender. La oscuridad no solo es penosa, sino que es la fuente principal de la incertidumbre y el error que han infectado a la metafísica durante siglos.
No todo lenguaje complejo, empero, es una «estafa». Existe una diferencia fundamental entre la oscuridad gratuita (usada para inflar el ego) y la dificultad estética (usada para expandir los límites del pensamiento o del arte) En Lezama Lima o en el «Ulises», entre muchos otros, encontramos un «trobar clus» plenamente justificado. A veces la investigación estética debe transgredir la planicie lógica y adentrarse en selvas oscuras.
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Marqués de Santillana:
Si mi baxo estilo aún non es tan plano bien commo querrían los que non leyeron, culpen sus ingenios que jamás se dieron a ver las ystorias que non les explano.
«Demás que honra me ha causado hacerme escuro a los ignorantes, que esa es la distinción de los hombres doctos, hablar de manera que a ellos les parezca griego; pues no se han de dar las piedras preciosas a animales de cerda», Góngora.
«… en su mayor parte los escritos de los teólogos escolásticos no son más que sartas de extrañas palabras y barbarismos sin significado, o palabras que se usan de un modo diferente del que tienen en el uso común de la lengua latina, y que confundirían a Cicerón, a Varrón y a todos los gramáticos de la antigua Roma. Si alguno quisiera tener la prueba de esto, dejadle (como ya dije una vez anterior-mente) que intente traducir a algún teólogo escolástico a algunas de las lenguas modernas, como el francés, el inglés o cualquier otro idioma abundante de recursos; pues lo que no pueda hacerse inteligible en la mayoría de estas lenguas, es que no será tampoco inteligible en latín. Este lenguaje sin significado, aunque no puedo clasificarlo como falsa filosofía tiene, sin embargo, la cualidad, no solo de encubrir la verdad, sino también la de hacer que los hombres crean que la poseen, y que desistan de seguir buscándola», Hobbes.
«Hace poco tuve una experiencia extraña sobre la que quisiera decir unas palabras. Un inspector de policía vino a visitarme para hablar de un proyecto. Durante nuestra conversación le di algo que yo había escrito. Le echó un vistazo y me dijo: “Pero esto es fácil: puedo entenderlo. ¡Supongo que cuando habla usted con sus estudiantes dice cosas mucho más profundas!”. Muy a menudo se imagina —y quizá algunos de ustedes compartan también ese sentimiento— que una aproximación científica a los problemas de la psicología debe ser oscura y bastante complicada. Pero no es así, ¿ven ustedes? En realidad nos enfrentamos a algo muy simple en sí mismo», Norbert Elias (Le Monde, 23 de septiembre de 2010, p. 6)
«Ya sé que «pregressa sussistenza» es una expresión horrible. Muchas de las que usamos los abogados lo son. Yo intento limitarme, pero a menudo es inevitable. Hay jueces —o colegas— con los que no puedes evitar hablar de un modo horrible. Si en un alegato o en un escrito de acusación hablas un italiano correcto, no te reconocen como alguien del oficio. Eres alguien al que no hay que conceder crédito. La jerga de los juristas es la lengua extranjera que aprenden —que aprendemos— desde la universidad para ser admitidos en la corporación. Una lengua tanto más apreciada cuanto más capaz es de excluir a los no iniciados de la comprensión de lo que sucede en las salas de justicia y de lo que se escribe en los documentos judiciales. Una lengua sacerdotal y harapienta al mismo tiempo, en la que fórmulas misteriosas y ridículas se acompañan de violaciones sistemáticas de la gramática y de la sintaxis», Gianrico Carofiglio.
Solo se nos concede un número contado de pulsaciones en una vida de marisma abigarrada y teatral. La noche es siempre un gigante de hielo, mineral y litúrgico. Hay algo inquietantemente tranquilo en el avance natural y cotidiano, tras horas de belleza y melancolía, del alba. No tratamos con el tiempo, sino con alguna otra cosa completamente distinta: sombras chinescas que crecen y decrecen según leyes pitagóricas.
La noche viene lentamente desde los bosques, y el aire huele a manzana húmeda, a humo de leña y a hierba pisada. Las luces de las aldeas tiemblan entre la niebla como si estuviesen sumergidas bajo agua oscura. Reflejos verdosos. Campanas: sonido espeso de terciopelo azul oscuro. Las estrellas respiran una ondulante lentitud.
No creo que una civilización extraterrestre se distinguiera principalmente por la fuerza bruta o la hidráulica. La vulgaridad técnica es un rasgo de especies adolescentes. Imagino criaturas ovoides que poseerían máquinas prodigiosas y aleaciones inconcebibles de metales, capaces de percibir cien o mil matices de verde allí donde nosotros apenas vemos uno; seres que en sus planetas remotos logran que en sus mentes habitan infinitas geometrías, que tienen una memoria absoluta, y para quienes la conciencia es una forma suprema de bondad. Sus ciudades serían tal vez translúcidas y fractales; sus idiomas, estarían compuestos de fulgores cromáticos y pausas musicales de una bellísima modulación imperceptibles para nosotros.
Nos considerarían criaturas rudimentarias y venales, primates sentimentales fascinados por herramientas pueriles. Quizá nos estudiarían del mismo modo en que un botánico estudia la nervadura de una planta: con atención minuciosa, moderado afecto estético y una absoluta distancia moral.
Bajo estrellas eternas alcanzarían una sublime sabiduría, serían inmortales de alma, espejos purísimos de la luz divina; constituirían por sí mismos una especie completa, no había problema personal o mundial cuya elocuente solución no existiera en algún hexágono. El universo estaba justificado. Criaturas con formas puras subsistentes, de inteligencia tan veloz y vasta como serena.
Pero sospecho que los extraterrestres verdaderamente avanzados evitarían cuidadosamente el contacto con nosotros, del mismo modo que un hombre razonable evita discutir de matemáticas con alguien bebido en un bar.
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«El gran astrónomo Johannes Kepler fue también el inventor de la ciencia-ficción, aunque sólo publicó una novela, y sólo después de muerto. Se llamaba Somnium, o El sueño, y la mandó imprimir su hijo Ludwig en 1634 para intentar sacarse unas perras. Qué tontería. No se sabe qué cifra de ventas alcanzó aquella primera edición, pero el hecho de que la segunda tardara en salir dos siglos (se publicó en 1870) no parece un indicador muy optimista.
En 1609, cuando Kepler era el matemático imperial, el emperador Rodolfo le preguntó qué significaban las zonas oscuras que podían verse en la superficie de la Luna, y Kepler le respondió que, seguramente, eran las sombras que proyectaban las montañas lunares. Wackher von Wackenfels, el asesor religioso del emperador, se quedó perplejo. Nunca había imaginado que la Luna pudiera ser un mundo, con sus montañas iluminadas al atardecer, sus tenues brisas nocturnas y sus parejas besándose a la luz de la Tierra. Von Wackenfels bombardeó a Kepler a preguntas y, tras largas conversaciones que se prolongaron durante semanas, logró convencerle de que escribiera un relato ficticio sobre el nuevo mundo. Kepler le hizo caso y produjo el manuscrito de Somnium que acabaría publicando su hijo un cuarto de siglo después.
El protagonista de Somnium es el joven islandés Duracotus. Su madre, Fiolxhide, se gana la vida recogiendo hierbas, envolviéndolas en piel de cabra y vendiéndolas a los marinos a precio de filtro de amor, elixir de vigor o pócima de venganza. Cuando Duracotus vuelve a casa tras haber estudiado con Tycho Brahe -el gran astrónomo de la juventud de Kepler-, su madre le dice que vale, que ese Tycho le habrá enseñado mucho sobre la Luna, pero que ella conoce a unos demonios y le puede llevar allí.
Madre e hijo acuerdan despegar «cuando la Luna empiece a eclipsarse por el Este». O sea, que viajan durante un eclipse de Luna, cuando el trayecto de la nave queda protegido del bombardeo solar por la sombra de la Tierra (una idea digna de Kepler). El despegue es tremebundo, como alimentado por toneladas de pólvora, pero, una vez liberada del influjo terrestre, la nave viaja en una trayectoria curva sin necesidad de motor (una idea digna no ya de Kepler, sino de Newton, que aún tardaría 33 años en nacer). Al llegar les comunican que la Luna tiene dos hemisferios: Subvolva, desde el que siempre se ve la Tierra, y Privolva, desde el que no se ve nunca (los terrícolas llamamos a Privolva la cara oculta de la Luna). Los habitantes lunares crecen muy deprisa y viven muy poco. Sólo asoman un rato, al atardecer, y luego vuelven a sumergirse en la noche impenetrable. Guardan el agua en cuevas para protegerla de las insoportables temperaturas diurnas. Tiene un toque muy Arthur Clarke.
Kepler perdió una copia de Somnium en 1611, y algunos lectores no solicitados repararon en sus curiosos ecos autobiográficos. Parecía obvio que Duracotus era el propio Kepler, y por tanto Fiolxhide no podía ser otra que Katherine Kepler, la madre del autor. Pero entonces, ¿qué pensar de todas esas hierbas, pócimas y pieles de cabra, por no hablar de su amistad con los demonios? Katherine Kepler fue acusada de brujería en 1615 y juzgada en 1620. Eludió la hoguera de milagro, pero murió de todos modos a los seis meses de salir de prisión. Los viajes a la Luna salían caros en la época.
Durante toda su vida, Kepler dedicó parte de su tiempo a hacerles el horóscopo a los poderosos, que eran lo bastante «imbéciles» -el adjetivo es de Kepler- como para pagarle por ello. En 1594 le encargaron adivinar lo que iba a pasar en 1595, y predijo correctamente las rebeliones campesinas en Estiria y las incursiones turcas por tierras austriacas. Tal vez Kepler, después de todo, había heredado el único talento oculto de su madre: el de abrir los ojos a la realidad», Javier Sampedro.
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El viajero estelar atraviesa durante décadas o siglos regiones donde las constelaciones se deshacen lentamente como archipiélagos de sal, y donde los soles mueren por catástrofe atómica. Atrás quedaban las nebulosas azul verdosas semejantes a medusas fosforescentes, los anillos de polvo cobrizo, y aquel intolerable silencio de las largas travesías interestelares: un silencio como si la nave avanzase a través de una inmensa, durísima piedra nocturna.
Hacía siglos, acaso milenios, que no lograba pensar ni sentir. Pero entonces, como un foco iluminando el mar, en medio de nada, tras siglos de nada, recordé una pequeña caja de caoba de mi infancia, cuidadosamente encerada y envejecida por el tiempo, donde la madera brillaba con un resplandor oscuro. El barniz oscuro retenía una profundidad líquida y cálida semejante al vino viejo. Sus pequeñas cerraduras de latón gastadas por los dedos de mamá, desaparecida hacía demasiado tiempo. Dentro había carretes de hilo, botones de nácar, viejas cartas atadas con cintas desteñidas.
Consistentes y completas ideas de Guillermo Carnero: «Pero lo que no era esperable es que la cultura iletrada creciera como un tumor hasta ser dominante, lo cual ha sido posible porque la cultura letrada ha perdido la batalla de la comunicación. Y mientras la degradación de la educación impedía la formación de anticuerpos defensivos, la cultura iletrada ha dispuesto a su antojo de los medios de comunicación de masas, la televisión y las llamadas redes sociales. El analfabetismo de ese mundo paralelo ha evolucionado hasta convertirse en la cultura de quienes carecen de otra. Sus víctimas son millones: un referéndum cotidiano en el que la calidad es sustituida por la popularidad descerebrada, y descubren subproductos que pueden digerir sin esfuerzo, con cuya mediocridad se solidarizan porque reafirma y ennoblece la suya». De ahí podría inferirse la creciente irrelevancia pública del intelectual clásico.
Creo, y disculpe la caricatura, que existe una tradición del intelectual como conciencia moral pública (Zola, Orwell, Sartre, Chomsky… ) y otra que la considera guardiana o custodia de la complejidad frente a la simplifación ideológica (Trilling, Orwell, Wilson, Oakeshott, Steiner… )
Yo soy un mero diletante, pero creo que, las ideas políticas, cuando son abrazadas con fervor religioso por intelectuales encerrados en construcciones doctrinales autosuficientes, tienden a convertirse en sistemas abstractos capaces de justificar cualquier violencia. El «clerc engagé» a menudo «cree que existe una solución final para todos los problemas humanos; entonces inevitablemente llegará un momento en que habrá que obligar a los hombres a ser felices a la fuerza” (I. Berlin) Y perdone la sobregeneralización.
P.S. Disculpe por abusar con mis zonzas ideas. Usted aviva mi vulgar entendimiento.
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Percibo ecos o sutiles resonancias en su excepcional artículo con Max Weber, Hannah Arendt, George Steiner, e incluso Guy Debord. En «Intellectuals and Society» (escrito en un inglés tan «passador» que ni te das cuenta de que estás leyendo en un idioma extranjero) escribe Sowell: «Los intelectuales constituyen una clase peculiar de personas cuya ocupación principal consiste en tratar con ideas. Pero el hecho de trabajar con ideas no implica necesariamente poseer sabiduría práctica, prudencia o conocimiento superior sobre el funcionamiento de la sociedad». Esto conecta directamente con el final de su artículo: el prestigio ya no depende del saber profundo, sino del control retórico y mediático. Sowell añade algo todavía más duro: «A diferencia de ingenieros, médicos o empresarios, los intelectuales rara vez sufren consecuencias directas por sus errores. Sus ideas pueden fracasar repetidamente y, sin embargo, su prestigio permanecer intacto.» Aquí aparece el núcleo del problema moderno: la sustitución de la autoridad moral clásica por la celebridad ideológica. En muchas sociedades modernas, el intelectual no desafía al poder cultural predominante; forma parte de él.
Nada tienen que ver estos nuevos intelectuales con las peregrinaciones cortesanas del humanismo europeo, donde si algo nunca faltaba era grandeza. Nada que ver Diderot asesorando a Catalina la grande, o Vives a la princesa de Inglaterra, con periodistas (no citaré nombres) asesorando al Sr. Sánchez; nada se parecen Descartes dando clases a Cristina de Suecia con el Sr. Miguel Ángel Rodríguez aleccionando a la Sra. Ayuso; nada comparable Erasmo consejero áulico de Carlos V con Pablo Iglesias cabeza pensante de Podemos (y disculpe si bajé algo al barro cotidiano)
Monsieur Homais, de una medianía intelectual tan patente y aguda, retórica banal, autosuficiencia, mediocridad satisfecha, es el emblema o símbolo de la nueva y chispeante clase intelectual, tan autocomplaciente y celebrada por los medios. Vamos a menos.
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«The Dunciad», de Pope, presintió de forma satírica y casi profética en el siglo XVIII la sustitución progresiva de la autoridad intelectual por la vulgaridad mediática y el prestigio vacío. Su gran intuición consiste en comprender que la necedad no actúa sola, sino aliada con el espectáculo, la moda, el resentimiento y la protoindustria editorial.
El artículo del profesor Llovet sostiene que el intelectual ha perdido el ascendiente casi sacerdotal que poseía desde Voltaire hasta Sartre. En Pope ya aparece esa crisis en estado embrionario. En lugar de sabios o humanistas, la sociedad comienza a llenarse de figuras cuya notoriedad deriva del escándalo, la banalidad o la pura visibilidad.
El texto lamenta que la opinión pública haya pasado de escuchar a figuras como Sacristán, Russell o Sartre a obedecer la lógica de los medios de masas y la fama trivial. Pope describe exactamente el nacimiento de esa degradación: periodistas mediocres, editores oportunistas, autores triviales, cultura transformada en mercado.
El intelectual estaba investido de una autoridad derivada de la sacralización propia del eclesiástico. Eso encaja perfectamente con la dimensión casi teológica de «The Dunciad». Pope imagina la estupidez como una falsa religión. Dulness no gobierna solo literariamente: establece una anti-civilización. El poema está lleno de imágenes de oscuridad espiritual, inversión jerárquica y corrupción del juicio.
«The Dunciad» sigue siendo minuciosamente vigente profetizando desde las insulsas universidades actuales, la locura cultural que nos asola, o los medios de comunicación infames e incluso la oclocracia. Parece que el horror cultural se solaza en su destrucción. La Dunciada o Asnada de 1742 habla de lo que hay ahora en 2026.
“Al pie de su escabel, la Ciencia gime encadenada y el Ingenio teme al Exilio, las Penas y el Dolor. Allí, la Lógica rebelde espumajea, la bella Retórica languidece por los suelos; nacen de la sofistería sus armas romas, desvergonzadas Procacidades adornan sus ropajes. La Moralidad, atraída por sus falsos guardianes, el Embrollo cubierto de pieles, la Casuística con sus vestiduras, se queda sin aliento mientras ellas halan la cuerda a uno y otro lado y muere, cuando la Insulsez da la orden a su paje. Solo la insana Instrucción permanece libre, demasiado loca para las cadenas, ora erigiendo su mirada extática hacia el espacio, ora corriendo alrededor del círculo, donde encuentra su cuadrado. Las Musas yacen atadas por diez lazos bajo la mira vigilante de la Envidia y del Halago. […] En vano, en vano –la Hora que todo lo compone cae sin resistencia: la Musa obedece al Poder. ¡Ya viene!¡Ya viene! El trono oscuro sostenido por la noche primitiva, por el antiguo Caos. Ante ella, las doradas nubes de la Imaginación se desvanecen y todos sus variados arco iris mueren. Los fuegos momentáneos del Ingenio estallan en vano, cae el meteoro y expira en un instante. Así como las estrellas enfermas, temblando de miedo, desaparecen una a una del valle etéreo, como los ojos de Argos, tocados por la vara de Hermes, se cierran uno a uno para descansar eternamente, Así, al sentir su cercanía y poder secreto, Arte tras Arte se apagan y todo se vuelve Noche. ¡Mirad cómo huye a hurtadillas la Verdad a su vieja caverna, mientras se apilan sobre su cabeza las montañas de la Casuística! La Filosofía, que antaño se apoyara en el Cielo, se encoge hasta su segunda causa y desaparece. ¡La Física y la Metafísica ruegan que se las defienda, y la Metafísica pide su ayuda al Sentido! ¡Ved cómo vuela el Misterio hacia las Matemáticas! ¡En vano! Miran fijamente, se marean, desvarían y mueren. La Religión abochornada cubre con un velo sus fuegos sagrados y la Moralidad fallece en la Inconsciencia. No hay Llama pública o privada que se atreva a brillar Ni queda ni una chispa humana ni una fugaz mirada divina. Tu temible imperio, oh Caos, se ha restablecido; la luz muere ante tu palabra estéril; tu mano, gran Anarquía, deja que caiga la corina y que la Oscuridad Universal lo entierre Todo”
Llovet apunta una idea muy de Tocqueville y muy de Pope: “la conciencia pública ya no cree que cualquier manifestación de una de esas personas deba ser considerada más verdadera…”. Pope temía justamente la nivelación indiscriminada del juicio: la idea de que toda opinión vale lo mismo aunque no toda inteligencia sea equivalente. Pope comprendió antes que casi nadie que una civilización empieza a desmoronarse cuando deja de distinguir entre notoriedad y mérito.
P.S. Naturalmente, Pope escribe en un contexto histórico muy distinto de la época digital contemporánea. Acaso mis símiles o simetrías acusan excesiva rigidez.
Las personas inteligentes toleran significados incompatibles sin necesidad de reducirlos inmediatamente a una doctrina. La estupidez moderna consiste menos en ignorar que en sentirse moralmente superior mientras se ignora. La verdadera educación no consiste en saber muchas cosas, sino en adquirir ciertos hábitos de atención. Repitámoslo por enésima vez: la sociedad moderna adora la novedad porque ha perdido la capacidad de reconocer la grandeza.
Mi maestro Auden escribió que un hombre civilizado debería poder conversar sobre poesía, religión y política sin convertirse inmediatamente en un fanático (W. H. Auden, «The Dyer’s Hand and Other Essays». New York: Random House, 1962) Ser culto hoy tiene algo de exilio, incluso de signo de Caín. La sociedad tolera la cultura como entretenimiento ligero, pero desconfía profundamente de quien organiza su vida alrededor de los libros. Cuando acudo a la biblioteca universitaria de Orense, los estudiantes están embebidos en la fosforescencia luciferina de los ordenadores y tablets, y casi nadie explora ya la sabiduría del papel.
Europa fue durante siglos una conversación entre muertos ilustres. Hoy apenas queda el ruido maquinal del turismo. Advirtamos la paradoja: jamás hubo tanta educación y jamás hubo tan poca veneración por el saber.
José María Álvarez escribió muchas veces —en poemas, diarios y entrevistas— desde la conciencia aristocrática y melancólica de pertenecer a una tradición cultural en retirada. En «Museo de cera» aparece constantemente esa idea del hombre culto como último depositario de un mundo refinado que la vulgaridad contemporánea ya no comprende: “Somos ya muy pocos los que todavía sabemos emocionarnos con ciertas cosas: una edición veneciana, un cuarteto de Haydn, el olor de una biblioteca al anochecer, la conversación inteligente. El mundo moderno ha sustituido la pasión por la cultura por la información y el estilo por la opinión”. Vale.
P.S. Perdonen la densidad marmórea de esta nota. Me aflige una melancolía poco coloquial e irónica.
El aire (de mimbre azul y mármol) estaba impregnado de una dulzura mórbida y caediza; el viajero sentía cómo sus sentidos se abandonaban lentamente a una languidez voluptuosa como una magnolia húmeda en julio. Todo parecía inclinarse hacia una disolución silente y definitiva: las fachadas descoloridas reflejadas en las aguas verdosas, el olor mezclado de marisma y perfume, el moroso deslizarse de las góndolas negras, semejantes a ataúdes flotantes.
Yo fui feliz en Venecia: el ojo vivía continuamente ante la presencia de reflejos, duplicaciones, ondulaciones. Vuelan ángeles plenos de índigo. Las aguas oscuras, los mármoles fatigados, los palacios que parsimoniosamente se hunden como memorias aristocráticas, enseñan mejor que ningún tratado la elegancia de la decadencia. La luz profunda enriquece a los ojos oscuros. Ninguna ciudad ha sabido agonizar con tanta magnificencia. Anochecía.
El mármol que se descompone lentamente bajo una luz teatral. La ciudad se deshacía lentamente en la bruma vespertina. Las aguas golpeaban los cimientos con una paciencia milenaria. Desgrana el violín: aquí no habitan escorpiones. Caminábamos como dentro de un sueño fatigado de belleza. Venecia enseña quizá mejor que ninguna otra ciudad que toda hermosura verdadera contiene ya una semilla de desaparición.
El alabastro, los pórfidos y las tracerías góticas reciben continuamente reflejos líquidos que modifican su color a cada hora del día. Ninguna línea permanece enteramente fija. Nadie habla. Una adolescente rubia, reclinada en el banco, pasa el dedo por la espalda a su compañero. La arquitectura participa del movimiento del mar y adquiere así una especie de respiración melancólica. Los balcones abiertos sobre el canal, las ventanas ojivales repetidas con ritmo musical -¡delicia, delicia!- y las escaleras que descienden directamente al agua producen la impresión de una civilización que hubiera querido transformar la vida entera en ceremonia.
Las fachadas, doradas por la tarde, se reflejaban en el canal con una suavidad acuosa que las hacía vacilar entre la realidad y el recuerdo. Nada allí poseía la dureza seca de la arquitectura terrestre: todo parecía dispuesto para una existencia flotante, musical, soñadora.
Los cafés venecianos conservan todavía una cortesía decadente que Europa ha olvidado. Dos ancianos elegantes salen del Flore cogidos de la mano. Uno se sienta frente a una copa, escucha un cuarteto bajo las arcadas y contempla desfilar lentamente a turistas, viejos aristócratas arruinados, mujeres elegantísimas y camareros de impecable chaqueta blanca. Todo parece ocurrir con una lentitud dorada, como si el siglo XVIII se negara todavía a morir.
Yo fui feliz en Venecia. Tenía catorce años la primera vez que la visité. Nada allí parece enteramente sólido: ni los palacios, ni la memoria, ni el tiempo. La ciudad flota entre el lujo y la ruina como una gran ópera fatigada. En ninguna otra ciudad se habla tanto, se comercia tanto, se conspira tanto, se ama tanto y se ríe tanto como en Venecia. El espíritu veneciano consiste en mezclar placer y astucia con una naturalidad perfecta.
El silencio parecía habitado por los fantasmas de los imperios.
Viajamos para distraernos, imaginando que acumulamos un gran caudal de saber. No siempre es el caso, o nunca.
Ibn Battuta, acaso el mayor viajero de la historia, al viajar sentía una continua mezcla de curiosidad jurídica, religiosa, etnográfica y sensual. Describe ciudades, costumbres, tejidos, ceremonias, escuelas coránicas, frutas, perfumes, puertos y palacios con la minuciosidad de quien siente que el mundo es demasiado vasto para una sola vida. Richard Chandler, en «Travels in Asia Minor and Greece», expresa que el viaje corrige la fantasía del estudioso sedentario. Ambos viajaban por saber.
Desde el siglo XIX estamos cautivados con esa palabra con sabor gelatinoso y verduzco llamada «turismo». Un turismo de masas que se distrae y embelesa con la golosina de Grecia, sin saber nada ni aprender nada de Grecia, con Italia o Inglaterra, ignorando -antes y después- rasgos gigantescos y esenciales de sus culturas. Hoy viajar es una veleidosa moda como el polisón y la crinolina en la época victoriana y la Belle Époque temprana.
Propongo sustituir el viaje exterior por el viaje intelectual, sensorial y estilístico de la lectura. No quiero abolir el viaje, sino ennoblecerlo con la cultura. Hay atardeceres descritos por Tolstói que recuerdo con más nitidez que muchos lugares verdaderamente visitados. El nombre de «Parma», una de las ciudades donde más deseaba ir desde que había leído «La Cartuja», me aparecía compacto, liso, malva y dulce. Los viajes más intensos de mi infancia fueron realizados tumbado en un sofá, mientras seguía con el dedo un mapa y las frases de Julio Verne. Al leer he sentido el tedio húmedo de Londres, el olor de los «docks», la melancolía de las tabernas: ¿qué podía añadir la realidad? Yo conocí el mejor París por las páginas de Hugo y de Baudelaire. Llegué a Alejandría buscando a Durrell y a Cavafis, y encontré una ciudad deshecha; pero aun así seguía viendo por encima de los tranvías oxidados la sombra dorada de la literatura. Venecias ruskinianas, Constantinoplas de Pierre Loti, Dublines joyceanas. Solo deseo la geografía de la literatura. Todo verdadero viaje empieza en una biblioteca.
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Antes se viajaba para reafirmar una educación sentimental e intelectual; ahora se viaja para disparar fotografías como un mandril poseso. El Grand Tour europeo tenía algo de peregrinación estética: se iba a Italia, a Grecia o a París con siglos de literatura en la cabeza. Hoy las masas desembarcan en las ciudades históricas como consumidores apresurados de imágenes tópicas. Apenas miran. Registran y constatan de un modo mecánico. La cultura ha dejado de ser una experiencia interna para convertirse insensiblemente en postureo. Venecia ya no corre el riesgo de hundirse físicamente, sino espiritualmente. Hay demasiada gente mirándola y demasiado poca viéndola. Demasiada gente como un bulbo apache de ratas.
El turismo moderno representa la victoria urbi et orbi de la vulgaridad. Taras de carnes acémilas dentro de un espejo vacío. Fofas y torpes nalgas en movimiento. Las ciudades históricas se transforman en parques temáticos para gente incapaz de comprenderlas y degustarlas. En las plazas donde conversaron diplomáticos venecianos o donde un poeta decadente imaginó el fin de Europa, hoy solo quedan riadas de zapatillas deportivas, flashes y helados chuparreteados. Venecia debería visitarse como se entra en una iglesia o en una biblioteca: lentamente, en silencio, con reverencia litúrgica. Pero el turismo ha destruido incluso el silencio.
Viajar era antes una forma de educación del gusto, una lenta adquisición de matices, proporción e integridad. Se viajaba para reconocer en la realidad aquello que antes había sido leído en libros. El turista contemporáneo, en cambio, llega sin memoria y sin cultura, y abandona los lugares exactamente igual que llegó: sin haber entendido ni papa. Otros países tienen monos; nosotros turistas.
La civilización turística ha abolido en gran medida el azar del viaje. Todo está previsto, recomendado, planificado y anticipado. El viajero moderno rara vez se pierde, y precisamente por eso rara vez descubre algo esencial. Viajar significaba exponerse a la incertidumbre; hoy significa buscar una incorregible comodidad. Las ciudades excesivamente frecuentadas terminan pareciéndose a sí mismas de manera caricaturesca. Coagulación y petrificación de cabezas apepinadas, cebollonas, llenando la colmena planetaria.
El turismo llegó a España como una bendición económica y acabó produciendo una extraña mutación del paisaje. Donde había calas silenciosas aparecieron urbanizaciones; donde había tabernas marineras surgieron bares clónicos. El Mediterráneo empezó a parecerse peligrosamente a una inmensa y ácida piscina mundial.
El encuentro tuvo lugar en un café absurda y trivialmente moderno: lámparas de luz y sesgo industrial, hormigón desnudo, camareros con tatuajes y una música ambiental diseñada, según todas las apariencias, por un algoritmo depresivo. Erasmo llegó con doce minutos de retraso, un abrigo elegante color ceniza y una expresión entre irónica y hastiada. Depositó sobre la mesa una edición anotada de «Hypnerotomachia Poliphili» llena de papeles sueltos y miró el local con el mismo desprecio con que un Torquemada examinaba un tratado herético.
Entrevistador:
Maestro, muchos lo consideran el último humanista europeo.
Erasmo:
“Último humanista europeo” es una expresión publicitaria. Algo que podría imprimirse en la faja de un libro comprado por proxenetas cultos en un aeropuerto. No, joven. El humanismo murió hace mucho. Fue aniquilado lentamente por las molonas pedagogías terapéuticas, la democratización indiscriminada de la opinión y esa obscena sustitución de la memoria por el acceso instantáneo a los datos. Hoy la gente no sabe nada, nada de nada, pero posee información. Es muchísimo peor. Antes un ignorante al menos tenía el pudor o vergüenza torera de callarse.
Entrevistador:
Sin embargo, usted sigue defendiendo las Humanidades con un fervor casi religioso.
Erasmo:
No confunda amor con necrofilia. Yo no “defiendo” las Humanidades. Las visito como quien lleva flores a un cementerio de pueblo donde están enterrados remotos antepasados. Mire, durante siglos Europa creyó que leer a Virgilio, estudiar a Tácito o comprender a Dante refinaba el alma. Hoy consideran refinamiento moral poner un emoticón llorica bajo la noticia de una catástrofe.
Entrevistador:
Se le acusa de elitismo.
Erasmo:
Naturalmente. El mundo moderno llama “elitismo” a cualquier forma de exigencia. Te meterán dentro de poco en un campo de reeducación si te significas como elitista. Si usted afirma que quizá no todo juicio vale exactamente lo mismo, inmediatamente lo comparan con un terrateniente ruso golpeando la tibia de niños esclavos desnudos. Escuche: yo no creo que todos los hombres sean igualmente inteligentes en cuestiones culturales. Del mismo modo que no todos saben construir un puente, pilotar un avión ni operar un cerebro. La diferencia es que nadie se siente humillado porque un neurocirujano sepa más neurocirugía que él. Pero basta sugerir que comprender a Petrarca requiere algo más que autoestima a raudales y café ecológico para que empiece el motín democrático a dar la vara.
Entrevistador:
¿De dónde proviene su obsesión con las notas al pie?
Erasmo:
Ah, las notas…
(Se inclina ligeramente hacia delante)
Las notas al pie son el último refugio de la inteligencia europea. El texto principal pertenece al comercio; las notas pertenecen a la conspiración. Toda verdad importante, y fíjese bien en lo que le digo, aparece siempre en los márgenes: escolios medievales de copistas muertos de frío, comentarios talmúdicos, glosas bizantinas, aparatos críticos asombrosos de alemanes del XIX. La civilización occidental fue construida por hombres que escribían en letra minúscula alrededor de un texto sagrado que ya nadie entendía del todo. Internet destruyó eso, qué duda cabe. Todo debe ser inmediato, visible, horizontal, obscenamente transparente. La transparencia es el ideal de las sociedades policiales y de los rematadamente imbéciles.
Entrevistador:
En sus textos aparece constantemente la idea de que la realidad es una red de signos cifrados.
Erasmo:
Porque lo es. Usted cree vivir en una democracia tecnológica. En realidad vive dentro de un manuscrito palimpséstico redactado por banqueros de bulto abdominal, ingenieros de datos y pedagogos papanatas. La modernidad no eliminó la teología: la sustituyó por la burocracia digital, esa tierra baldía, esos ángeles plastificados. Los algoritmos son simplemente la escolástica del siglo XXI, pero sin latín y con inversores, matemáticos, abogados y psicólogos cognitivos mafiosos.
Entrevistador:
¿Y qué papel juega la paranoia en todo esto?
Erasmo:
La paranoia es filología en su punto de máxima ebullición. El paranoico y el gran lector comparten una convicción fundamental: nada es casual, todo es alusivo como el sube-baja del yoyó. La diferencia es apenas metodológica. Uno interpreta erróneamente anuncios luminosos (que no numinosos) y movimientos de torcaces; el otro interpreta hexámetros, archivos diplomáticos en las galerías ensangrentadas del Vaticano y correspondencias barrocas. Ambos viven atrapados en un exceso o inflación de significado.
Entrevistador:
Sus detractores dicen que usted romantiza el aislamiento intelectual.
Erasmo:
Porque jamás han experimentado la voluptuosidad del silencio atareado. La mayoría de las conversaciones contemporáneas producen en mí la misma sensación que deglutir una cucharada de arena. Yo necesito habitaciones cerradas, lámparas bajas, ediciones anotadas, música de Johann Sebastian Bach y una distancia prudencial respecto al entusiasmo colectivo. La multitud siempre termina oliendo a linchamiento o a publicidad.
Entrevistador:
¿Es feliz?
Erasmo:
(Se produce una pausa larga)
Qué pregunta tan americana. La felicidad es una obsesión de sociedades profundamente infelices. Europa aspiraba antes a cosas más altas: lucidez, forma, disciplina interior, estilo ante la catástrofe. Yo no soy feliz. Soy legible para mí mismo. Que ya es muchísimo.
Entrevistador:
Ha dicho en alguna ocasión que “la erudición es una enfermedad autoinmune” ¿Qué quiso decir?
Erasmo:
Que llega un momento en que el saber deja de protegerte y empieza a devorarte. El verdadero erudito termina viendo demasiadas conexiones, demasiadas ruinas históricas, demasiadas repeticiones grotescas de la estupidez humana. Ya no puede participar inocentemente del mundo. Imagínese intentar disfrutar de un debate televisivo después de haber leído las polémicas teológicas del siglo XVII o los discursos de Edmund Burke. Es como pedirle a alguien habituado al vino de Borgoña que celebre una bebida isotónica fluorescente. La cultura superior produce una forma particular de soledad: convierte la realidad cotidiana en algo ligeramente irreal y ofensivo.
Entrevistador:
Entonces, ¿para qué seguir leyendo?
Erasmo:
Porque la inteligencia también posee su dignidad trágica. Porque algunos preferimos hundirnos entre libros antes que prosperar entre slogans y realities. Y porque, de vez en cuando —muy raramente— uno encuentra una frase de Marcel Proust, de Borges o de Juan Benet (de él menos) que justifica retrospectivamente años enteros de aislamiento. Eso basta.
Entrevistador:
¿Última pregunta? ¿Qué será de usted dentro de veinte años?
Erasmo:
Dentro de veinte años probablemente estaré muerto o catalogado incorrectamente en alguna biblioteca universitaria subvencionada por idiotas. Que es, pensándolo bien, el destino natural de casi todos los humanistas.
(Pide la cuenta. Observa el datáfono como si fuese un artefacto salido de una secta gnóstica)
Por cierto: este café es execrable. Tiene sabor a resentimiento comunista o a prosa de Hegel.
Se levanta, deja unas monedas y desaparece hacia los baños. El camarero informa minutos después de que no hay salida alguna por allí.
Sobre la mesa queda un esquema de criptografía diplomática veneciana del siglo XVI, dos citas de Aby Warburg escritas en una servilleta y un comentario en griego antiguo cuya traducción aproximada sería: “La democracia cultural es el triunfo escatológico del filisteísmo”.