Tu quoque 69

Un vaso con un dedillo de vodka y zumo de naranja natural, tomado sin prisa, desata la escritura sin enloquecer el juicio. He observado que, lejos de turbarme, me vuelve más atento a mis propias ideas, como si estas, menos escrutadas, se ordenasen mejor. Sé de la estupidez de la fuga romántica autodestructiva. Sé que un hombre no escribe NUNCA bien borracho, pero puede pensar con algo de mayor soltura tras una bebida leve, muy leve.

El exceso embrutece; la escasez lubrica. Una copa no es mala, dos, ya demasiadas. La dosis mínima de alcohol favorece esa suavidad mental en que las frases parecen menos encrespadas. En el levísimo aflojamiento de la mente vive la literatura.

Tu quoque 68

«El público se ha convertido en juez supremo, pero un juez sin formación, impaciente, fácilmente impresionable. Se le ofrecen detalles, anécdotas, efectos; y cuanto más pequeño es el pensamiento, más fácilmente se le hace pasar por profundo», Diderot.

«Veo una multitud innumerable de hombres semejantes y iguales que giran sin descanso sobre sí mismos para procurarse pequeños y vulgares placeres. Cada uno vive apartado de los demás, como si fuera extraño al destino de todos. El poder no los oprime: los infantiliza», Tocqueville.

«La estupidez consiste en querer concluir. El mundo está lleno de gentes que opinan sobre todo y no piensan sobre nada. Lo mediocre tiene una fuerza infinita porque se parece a la mayoría. Y la mayoría se reconoce en ello», Flaubert.

«Se acerca el tiempo del hombre más despreciable, el que ya no es capaz de despreciarse a sí mismo. “Hemos inventado la felicidad”, dicen los últimos hombres, y parpadean», Nietzsche.

«El hombre-masa se siente perfecto. Carece de respeto por cualquier instancia superior a él mismo. No escucha, no aprende, no agradece. Cree que vivir es exigir derechos sin aceptar deberes. Es el triunfo del vulgar satisfecho», Ortega y Gasset.

«El mundo moderno se caracteriza por una creciente incapacidad para distinguir entre lo importante y lo trivial. Todo se vuelve igualmente relevante, y por tanto igualmente insignificante», Hanna Arendt.

«Cuando una cultura se convierte en espectáculo, la verdad deja de importar. No es que se oculte, es que se vuelve irrelevante», Neil Postman.

«Sabemos más que nunca y comprendemos menos que nunca. La abundancia de información ha creado un desierto de sentido», Steiner.

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Autores premonitorios, radicalmente lúcidos, que vieron venir la vulgarización, el dominio de la minucia, el triunfo de lo mediocre, lo kitsch, lo mecánico, lo estúpido, y también el empobrecimiento espiritual bajo la máscara del progreso.

Percibieron la sustitución de lo verdadero por lo brillante, la dictadura de lo trivial, el hedonismo moderno, la necedad satisfecha, el ciudadano acémila, el entretenimiento continuo, el caos, en resumen, la mediocridad como patrón estadístico.

Tu quoque 67

El primero de enero es una fecha novelesca; sirve para que los hombres se mientan mejor. Nadie empieza nada de verdad ese día; apenas se acomoda en la mentira amable de que ahora sí, se cree mágicamente, ahora todo será distinto. Las doce campanadas son doce pueriles coartadas. El paso de un año a otro es como cruzar una habitación oscura; creemos avanzar, pero apenas tanteamos los muebles de siempre. Sin embargo, algo en ese tránsito nos conmueve, como si la vida nos concediera un instante de ilusión antes de seguir con su indiferencia y brutalidad habitual.

«La Nochevieja es una orgía de optimismo obligatorio. Se grita para no pensar, se brinda para no recordar, se ríe para no admitir que el año siguiente será, con toda probabilidad, igual o peor. El hombre moderno necesita fechas simbólicas para aplazar su desesperación», Thomas Bernhard, «Extinción». La misma estupidez, la misma esperanza (ese vicio incorregible) «Nunca he entendido la alegría del Año Nuevo. Me recuerda a esos hombres que aplauden antes de que empiece una obra mediocre, solo para convencerse de que no será tan mala», Larkin.

La vida es una sola y larga fatiga. Mientras otros celebran, yo siento que el tiempo ha avanzado un intervalo más en su trabajo de derrumbe y demolición.

Tu quoque 66

Deseo, y permítanme formularlo con precisión patética, dejar algo, aunque ínfimo, en el espacio-tiempo del futuro; un verso feliz, acaso dos, o un párrafo breve o bien un fragmento emotivo que alguien subraye dentro de cincuenta años y piense: “Aquí hubo alguien afín a mí».

La fama è una puttana che si dà a chi più la chiama.

Francesco Guicciardini, «Ricordi», c. 1528: «La gloria es una cortesana anciana que se maquilla con los colores de cada siglo. A quien la sirve joven lo abandona viejo; a quien la desprecia, a veces le concede una noche tardía y sin testigos».

Tu quoque 65

Televisión y redes: agujeros negros que succionan atención, sensibilidad y juicio. La televisión y las redes no buscan comprensión, sino absorción. El espectador ideal no es el que entiende, sino el que permanece. Permanecer, estar abobado ante la pantalla, es la única virtud. Pensar es un defecto.

Ahí radica el verdadero escándalo: no en la estupidez del contenido, sino en su arquitectura. Todo está construido para impedir la distancia crítica: la emoción constante, la indignación dosificada, el sentimentalismo obsceno, el escándalo prefabricado.

Entretenimientos hasta la inanición intelectual. No es que la televisión y las redes nos presenten temas triviales, sino que solo pueden presentar los temas como triviales.

«La televisión es el mayor instrumento de embrutecimiento que la humanidad haya inventado. No porque mienta siempre, sino porque no permite pensar. Enciende la televisión quien quiere dejar de estar consigo mismo. Se la mira para no pensar, para no recordar, para no sentir. Es una anestesia cotidiana, aceptada con gratitud por quienes temen el silencio», Thomas Bernhard.

«Las democracias temen menos la tiranía que el tedio. Cuando los ciudadanos se habitúan a una vida cómoda y distraída, renuncian sin notarlo al uso activo de su razón. No es necesario oprimirlos: basta con entretenerlos. La servidumbre suave es la más perfecta», Tocqueville.

NOTA BENE: Ideas rumiadas ante la visión del vomitivo programa, «Espejo público», de Antena 3.

Tu quoque 64

Hay naturalezas que no toleramos la baja tensión intelectual. Necesito razones, estructura, sentido. No me basta con existir: preciso entender. Y entender exige lentitud, jerarquía, distinción.

En este punto resuena Ortega y Gasset, cuando advertía que el verdadero drama no es que haya masas, sino que las masas no quieran dejar de serlo. El “hombre-masa” no es el pobre ni el ignorante, sino el que renuncia a exigirse. Algunos, en cambio, nos exigimos. Y eso —en ciertos ecosistemas— es una forma de soledad.

Soy un español que razona. No digo “un español que sabe”, ni “un español culto”, ni “un español superior”. Digo un español que razona. Es decir, que somete los elementos a examen, que no se deja arrastrar por la corriente emocional dominante, que busca causas, consecuencias, inferencias. Voy en pos del argumento.

Eso me emparenta con una tradición minoritaria, pero noble: la de Michel de Montaigne, la de Blaise Pascal, la de tantos espíritus para los que pensar no era un lujo, sino una necesidad fisiológica. “El silencio eterno de esos espacios infinitos me aterra”, decía Pascal; la mediocridad hace lo mismo conmigo.

Razonar ya se convirtió en una forma de resistencia.

«El buen sentido es la cosa mejor repartida del mundo; pues aún los que son más difíciles de contentar en cualquier otra cosa no suelen desear más del que ya tienen. Pero no basta tener buen ingenio; lo principal es aplicarlo bien. Las mayores almas son capaces de los mayores vicios como de las mayores virtudes; y quienes caminan muy lentamente pueden avanzar mucho más, si siguen siempre el camino recto, que quienes corren y se apartan de él. No acepté jamás cosa alguna como verdadera sin conocer evidentemente que lo era; evité cuidadosamente la precipitación y la prevención, y no comprendí en mis juicios nada más que lo que se presentaba tan clara y distintamente a mi espíritu que no tuviese ocasión alguna de ponerlo en duda», Descartes.

«La peculiaridad del mal de nuestro tiempo consiste en que los hombres han dejado de formar opiniones propias. Adoptan como verdades las creencias que encuentran ya hechas, sin someterlas al examen de su entendimiento. Quien solo conoce su propio lado del asunto conoce poco de él. Las opiniones que no han sido contrastadas, discutidas y defendidas racionalmente degeneran en prejuicios muertos, aun cuando sean verdaderas», Stuart Mill.

«El mayor peligro que hoy amenaza a la civilización no es la ignorancia, sino la suficiencia. El hombre-masa no se reconoce obligado a justificar sus opiniones; las cree naturales como la respiración. Pensar es incomodar, es obligarse a dar razones, es aceptar la posibilidad de errar. Donde nadie exige razones, no hay pensamiento: hay mera opinión, que es la forma más refinada de la barbarie», Ortega y Gasset.

«La cultura comienza allí donde el hombre se obliga a justificar lo que dice. Donde no hay razones, solo hay ruido. Leer, pensar y razonar son actos de resistencia frente a la vulgaridad organizada del mundo moderno», Steiner.

Tu quoque 63

Regalo, hermoso regalo, de mi amiga la poeta Marisa Lozano Fuego, por el día de mi cumpleaños. GRACIAS.

LATIR

Latiendo como lágrima y delito,
naciendo como sangre desgarrada
en una deliciosa madrugada,
pariendo las palabras despacito,
rasgando la sacralidad del rito,
temblando como tierna llamarada,
rompiendo los mordiscos de la nada,
salvando el corazón del infinito,
tejiendo cada nube, cada éter
con dedos sensitivos, enredados
en letras que se mojan con aurora,
brotando como flores de Deméter,
así nos versas, todos derramados
en una catarata encantadora.
En una catarata encantadora,
flamígera, irredenta, dulce y fiera
tus verbos de satén y enredadera
nos hacen de sustancia pecadora
que ruge, que presencia, que enamora
los párpados besando la quimera,
pues somos una dulce calavera
que busca germinar entre la flora.
Valiente, brillantísimo y eterno,
buceas en los libros, tu tesoro
que narran una gesta palpitante
de espíritu prolífico y tan tierno
que tiñe nuestro pelo con el oro
que emana de tu pluma impresionante.
Que emana de tu pluma impresionante,
que bulle y luego fluye como río,
tus mente es un precioso escalofrío
que tiene las paredes de diamante
y alumbra como fuego alucinante
salvándonos del tedio y del estío,
llenando nuestro pálpito vacío
con una incandescencia rutilante.
No cejes, no te pares. Continúa,
homérico es vibrar en el sendero,
tu estela te acompaña si caminas.
Eres del instrumento aquella púa
que tañe sinfonías de lucero,
catárticas, indómitas, divinas.

Tu quoque 62

El canon, idealmente, no se forma por aplausos, sino por relecturas. Pretender gobernar el criterio literario de hombres que aún no han nacido es una forma refinada de vanidad.El escritor que sueña con ser leído después de muerto confiesa que su época le resulta insoportable. El olvido no es una injusticia, sino la ley natural, la ley de hierro de la cultura.

Temo caer, alimentar la nada, volver al útero baldío y yermo insobornable. La verdad final —y dura— es esta: ​no se escribe para ser recordado, sino porque no escribir sería algo peor. Nunca quise ser escritor. Me vi obligado a escribir porque el mundo me resultaba repugnante. La escritura no me salvó, pero hizo la vida mínimamente soportable. Escribo contra mí mismo, contra los demás, contra el aire que respiro. No escribir habría sido una forma de suicidio. Escribir no es un proyecto de posteridad, sino la salvaguardia a mi ahogo interior.

«He escrito sin pensar en la posteridad. ​Pensar en ella es una forma de distracción. ​El escritor trabaja para un lector hipotético que no existe, y ese lector puede estar en el futuro o no estar nunca. La idea de ser recordado me parece irrelevante comparada con la felicidad de una página bien hecha», Borges.

Tu quoque 61

Según el criterio mercantil, no literario, de Manuel Vilas, que sirve para editoriales, balances y distribuidoras, soy un escritor rotundamente fracasado.

Escribí urgido por una irrefrenable necesidad interior, y pretendí hacerlo con rigor, voz propia​​, riesgo y desde un mundo reconocible.

Pero la historia literaria es despiadada. No depende de un cálculo de méritos, sino de un capricho de azares. La posteridad es una institución grotesca.

Tu quoque 60

La filología es el arte de leer lentamente. Hoy se escribe rápido y se lee todavía más rápido. Pero leer bien significa leer con paciencia, con precaución, con malicia incluso, para permitir poder someterse durante horas a una lógica ajena. El libro no debe masticarse con voracidad, sino paladear​se con morosidad.