Tu quoque 19

La escuela y la universidad no forman, en sentido estricto, escritores; adiestran mentes obedientes para soportar horarios, memorizar, responder a exámenes, ajustarse a modelos previsibles.

Esto choca con la vocación literaria, sin duda, pero, si bien se mira, también la ejercita en resistencia, paciencia y trabajo a largo plazo. Y ayuda a conocer estructuras (lógicas, históricas, científicas), a tener un lenguaje no literario en la cabeza, a pasar por saberes ajenos. Este «espesor» es un buen metal para el futuro escritor.

Acuerdo, una a una, con las palabras (que parafraseo) de Borges: «Mi educación fue, en apariencia, bastante tradicional: estudios secundarios, lenguas clásicas, lecturas canónicas. Sin embargo, lo esencial ocurrió fuera del programa. La escuela me enseñó disciplina; la biblioteca de mi padre, libertad. Años después comprendí que incluso aquello que me había aburrido -la gramática, la lógica, el latín- había dejado en mí una estructura invisible que seguía operando cuando escribía».

Mi educación fue alto-burguesa, ordenada, rigurosa (instituto, universidad, viajes al extranjero) e idiomas, clases de dibujo para señoritas, clases de música para aficionados y principiantes. Durante años me pareció ajena a mi vocación poética. Solo más tarde entendí que esa formación histórica, musical -y también científica-, esa cultura general, daba a mis libros una densidad que un mundo puramente verbal no habría podido producir.

En mi caso, por ejemplo, mi influencia lógica-matemática me dejó, además, una ética: desconfiar de las palabras que no pueden definirse; sospechar del suflé explicatodo; tolerar la charlatanería solo como máscara consciente; preferir la exactitud a la grandilocuencia. Las ideas deben sostenerse, no apenas insinuarse como «obiter dicta» sin prueba.

La educación, cuando es verdadera, no transmite opiniones, sino hábitos mentales. Sin estos hábitos, ni la escritura ni el juicio son posibles.

El poeta ignorante se abandona al azar; el formado, gobierna su imaginación.

Tu quoque 18

«Quien no conoce más que la literatura no conoce ni siquiera la literatura. El poeta que ignora la naturaleza, la ciencia, las formas concretas del mundo, escribe con palabras vacías. Todo gran escritor ha sido, en algún grado, un observador del mundo físico, un aprendiz de científico. La poesía no nace del lenguaje solo, sino del contacto prolongado con la realidad», Goethe.

«Hay que saberlo todo para escribir una sola línea. No basta con tener sensibilidad literaria: hay que haber leído tratados, haber estudiado ciencias, haber entendido cómo funcionan las cosas. La estupidez moderna consiste en creer que la literatura se alimenta solo de literatura. El estilo verdadero es el resultado de una inteligencia que ha trabajado en muchos dominios», Flaubert.

«Siempre he desconfiado del escritor que solo lee literatura. La literatura es un sistema de citas infinitas, y si no se la alimenta con otros saberes —la filosofía, la teología, las matemáticas, la ciencia— acaba girando en vacío. Mis mejores ideas literarias no me vinieron de novelas, sino de libros de metafísica, de lógica o de historia natural», Borges.

«La separación entre cultura científica y cultura literaria ha empobrecido a ambas. El escritor que desprecia la ciencia se priva de una comprensión esencial del mundo contemporáneo. No se trata de que los novelistas se conviertan en científicos, sino de que comprendan el lenguaje intelectual de su tiempo», C.P. Snow.

«La literatura que se desconecta del conocimiento del mundo -científico, filosófico, histórico- degenera en ornamento. El escritor no es un decorador del lenguaje, sino alguien que asume la totalidad de la experiencia humana. Y esa totalidad incluye necesariamente la ciencia», Hermann Broch.

«La literatura que no ha pasado por la experiencia del pensamiento exacto corre el riesgo de convertirse en nebulosa. La ciencia no empobrece la imaginación; la obliga a justificarse. Yo no concibo la escritura sin el hábito de la demostración, sin la conciencia de que toda afirmación es provisional y revisable. El escritor debería pensar como un científico y escribir como un poeta», Luis Sanz Leví.

«La literatura que solo se alimenta de literatura se vuelve endogámica. Necesita la fricción con otros saberes para no caer en la complacencia. La ciencia introduce límite, corrección, humildad; la literatura, sentido y forma. Cuando ambas dialogan, el pensamiento humano alcanza su mayor densidad», Noemí Chaudarcas.

Tu quoque 17

Una calle se atraviesa con prisa. Un gran libro (extensiva e intensivamente) requiere de un abandono semejante al de un aventurado y largo viaje; con días de cansancio, de distracción, y otros de hastío incluso; pero también hay momentos en que el libro se abre como un paisaje recién llovido y sentimos que estamos felizmente dentro de aquella amplitud de ánimo que Aristóteles llamó «magnanimidad». Antes de leer «Guerra y paz» no eres el mismo que después de leer «Guerra y paz».

Los grandes libros -y casi siempre fueron grandes también en extensión- no admiten una lectura rápida ni utilitaria, sino demorada y paciente (no viene mal una convalecencia por enfermedad, un retiro o un año sabático solo para lecturas canónicas) Leerlos es una forma de disciplina; aprender lentitud, no arredrarse ante la dificultad, convivir con aquello que no se comprende del todo. Quien no ha vivido con un libro durante meses, quien no ha regresado a él cansado, pero pese a todo fiel, no ha conocido, a mi juicio, plenamente la experiencia lectora.

Ortega reflexionó al respecto en sus «Meditaciones del Quijote», Cátedra, pág. 213-214: «La lectura de una obra larga es un ejercicio de perspectiva. No se trata de entender cada página aisladamente, sino de mantener vivo el sentido del conjunto, cosa que exige paciencia, memoria y una forma de atención poco frecuente en nuestro tiempo. Un libro voluminoso educa al lector en la lentitud; le obliga a suspender la prisa, a demorarse en una arquitectura intelectual que solo se revela al final del recorrido».

O Rafael Sánchez Ferlosio, en «Vendrán más años malos y nos harán más ciegos», Destino, pág. 80: «La extensión de un libro no es un defecto, sino una forma de resistencia. Leerlo exige una disposición que hoy se ha vuelto rara: aceptar que no todo puede ser comprendido de inmediato, que hay zonas opacas, reiteraciones, desvíos. El lector de libros largos aprende a soportar la complejidad sin exigirle rendimiento inmediato».

No es fácil dominar un libro gordo. En estos tiempos de ligereza y desatención la tarea se vuelve especialmente complicada. Frente al avance mecánico reivindico la elaboración morosa de la mente. El libro debe depositarse en nosotros, por sutil decantación. Es hermoso lograr algo sin recompensa inmediata. La lectura de una obra extensa se opone a las ideas implícitas de Internet y el mercado.

El Profesor Lorenzo Battisti, del Dipartimento di Filologia Classica e Italianistica de la Università di Bologna, especialista en didáctica avanzada de la lectura, teoría de la lectura lenta, historia cultural del libro y prácticas de alfabetización profunda en la era digital, escribió hace poco un muy importante «paper» al respecto. La referencia bibliográfica exacta es: Battisti, Lorenzo (2024), “Against Fragmentation: The Cognitive and Ethical Value of Long-Form Reading”, New Literary History, vol. 55, n.º 3 (Summer 2024)

Recomiendo también los estudios recientes sobre «deep reading» de Maryanne Wolf, consultables en línea.

Uno de los temas de nuestro tiempo.

Tu quoque 16

La literatura no es un adorno cultural -un capricho burgués- ni un entretenimiento refinado, sino uno de los instrumentos más complejos de elucidación, el gran mecanismo que posee el ser humano para organizar su experiencia interior. Vivimos rodeados de impulsos contradictorios -emociones, deseos, ideas, impulsos morales- que tienden al caos. La obra literaria actúa como un dispositivo regulativo, un espacio donde esas fuerzas se ordenan provisionalmente sin ser anuladas.

Además la literatura existe porque la experiencia humana no puede decirse limpiamente, de un tajo. Allí donde el discurso lógico fracasa -porque simplifica, reduce o empobrece-, la forma literaria logra contener contradicciones sin resolverlas ni precipitada ni falsamente.

Para F.R. Leavis, la literatura es uno de los pocos lugares donde una cultura puede examinar seriamente su vida moral. No transmite valores abstractos ni doctrinas; los encarna en el uso vivo del lenguaje, en el tono, en el ritmo de la frase, en la presión exacta de cada palabra.

Trilling entiende la literatura como el lugar donde las ideas son sometidas a la prueba de la vida. Frente a los sistemas políticos o morales que prometen claridad y pureza, la literatura introduce complejidad, ambivalencia, ironía.

Para Connolly, la literatura nace del choque entre ambición interior y disciplina formal. El deseo de grandeza es indispensable, pero también es peligroso; sin forma, degenera en inflación retórica o autoindulgencia.

René Wellek defiende la literatura como un objeto estético verbal específico, irreductible a documento sociológico, confesión psicológica o panfleto ideológico. La obra literaria posee una organización interna que debe ser atendida si se quiere comprender su valor.

Edmund Wilson ve la literatura como el registro más sensible de la vida interior de una época. Las grandes obras revelan las tensiones, heridas y conflictos que una sociedad no sabe formular directamente.

Borges concibe la literatura como un sistema de relaciones, no como expresión individual. Cada texto es una reescritura, una variación, una corrección de otros textos anteriores. La originalidad no consiste en inventar de la nada, sino en modificar inteligentemente una tradición.

Roth insiste en que la novela existe para mostrar lo que la moral pública no quiere ver. La literatura no consuela ni mejora: desvela.

El novelista no es un educador, sino un explorador de contradicciones

Tu quoque 15

Recuerdo con una claridad casi dolorosa la mantequilla fresca extendida sobre pan caliente cuando en la cocina mamá me preparaba las tostadas, el leve crujido inicial, la dulzura tibia que se abría como una vocal larga de catalán de la plana de Vic en la boca.

Un buen manjar es un documento histórico, casi filológico, una prueba fehaciente de civilización. En una salsa bien hecha hay más cultura que en muchos discursos pseudo-ciceronianos. El refinamiento culinario no consiste en el lujo hortera, sino en la exactitud: saber cuándo detenerse, cuándo añadir, cuándo callar.

Un capón bien cebado, una lamprea en su tinta, un vino viejo bebido a la hora exacta, abren puertas secretas de la imaginación. Comer puede ser una forma de soñar despierto. El paladar es un «orgue du conteur».

Pescados barnizados por el aceite, quesos, frutas brillantes como si acabasen de ser pulidas, la carne de argumento filosófico convincente de un conejo, unos arroces correctos, equilibrados, ni pasados ni duros, ni cargados ni pobres. El grano debe conservar su personalidad, y el caldo, su discreción. Las exageraciones son siempre innecesarias. En la cocina, como en la prosa de Tácito y la pincelada de Velázquez, lo que importa es «ne gâchez pas l’essentiel».

Y el champán, bebido al igual en boca y en fantasía, y que estimula sin agitar, alegra sin embriagar, y deja al espíritu una lucidez risueña. Dorado y jubiloso. Al beberlo parece que la noche y los sinsabores de la vida se vuelven menos pesarosos. Las burbujas -ligeras, aladas, cernudianas- suben como si tuvieran prisa por desaparecer, y esa prisa es parte del encantamiento. Bebemos sabiendo que ese instante no se repetirá jamás del mismo modo.

Siempre hay que beber champán despacio. Es una bebida que castiga la impaciencia. Tiene algo de magia merlinesca. Parece salido de una bodega invisible donde duermen los vinos que han aprendido el canto lírico y la ópera italiana. En la boca es fiesta breve, pero en la memoria es tema crucial, palabra indeleble y símbolo definitivo. Un sorbo de champán puede hacer creer al bebedor que la vida, después de todo, está razonablemente bien hecha.

El champán bien servido -ni demasiado frío ni entregado a la tibieza aniquiladora- posee una cualidad táctil que siempre me fascinó. La lengua percibe primero una punzada, luego una suavidad engañosa que se despliega como una frase subordinada proustiana, y al final queda un eco seco, de luz burguesa, un arcoíris que no implora repetición, sino perenne rememoración.

Burbujeante y efímera felicidad: la gastronomía. Y el champán -luz aguamarina-, su forma más consciente.

Tu quoque 14

«No he sido nunca un lector superficial. Un libro serio exige una disposición moral: paciencia, humildad y una atención prolongada. Leer es una forma de conversación con espíritus superiores, y no se debe entrar en ella con ligereza. Muchos creen que el genio nace del cálculo rápido; se equivocan. El verdadero progreso intelectual se alimenta de lecturas profundas, meditadas, repetidas. Un libro leído con atención puede cambiar el curso entero de una vida intelectual», Carl Fiedrich Gauss, carta a Farkas Bolyai.

«Una disciplina científica no vive de resultados aislados, sino de la continuidad de su tradición escrita. Los libros son la memoria viva de las matemáticas; sin ellos, cada generación debería empezar desde la ignorancia. Quien no lee a los grandes maestros termina por redescubrir torpemente lo que otros ya habían pensado mejor. Leer es, para el matemático, una forma de respeto hacia el pasado y una condición de posibilidad del futuro», David Hilbert, conferencia en Göttingen.

«Mi amor por los libros ha sido uno de los grandes sostenes de mi vida. En ellos encontré un refugio contra la brutalidad del mundo, una ampliación de mi conciencia y una conversación permanente con las mentes más lúcidas de todos los tiempos. Leer no es una evasión, sino una intensificación de la vida mental. Las matemáticas mismas serían estériles sin esa vasta cultura literaria que enseña a pensar con claridad, a escribir con precisión y a desconfiar de la charlatanería», Bertrand Russell.

«Siempre he considerado la lectura como una parte esencial de la vida matemática. Las matemáticas no son una sucesión de trucos ingeniosos, sino una literatura seria, con sus clásicos, sus estilos y sus exigencias. Un joven matemático que no lee está condenado a la trivialidad. Los libros enseñan no solo resultados, sino actitudes: rigor, elegancia, economía del pensamiento. En ese sentido, una buena biblioteca vale más que un laboratorio entero», G. H. Hardy , «A Mathematician’s Apology».

«He pasado buena parte de mi vida entre libros, y no lo lamento. Una biblioteca no es un almacén de papel, sino una arquitectura del espíritu. Leer a los matemáticos del pasado es una experiencia profundamente formativa: uno aprende tanto de sus errores como de sus aciertos. Los libros nos enseñan que el pensamiento verdadero es lento, arduo y, por eso mismo, durable», André Weil, «Souvenirs d’apprentissage»,

«Los libros fueron para mí mucho más que herramientas de trabajo: fueron compañeros de soledad, espacios de libertad y de resistencia interior. Leer es un acto creador. Un texto matemático verdaderamente profundo no se consume; se habita. Uno vuelve a él como se vuelve a un paisaje interior que nunca se agota», Alexander Grothendieck, «Récoltes et Semailles».

***

Ægidius Librarius de Campania nació hacia 1187 en las cercanías de Capua. Estudió en Salerno y más tarde en Toledo, donde entró en contacto con traducciones árabes de Euclides, Al-Juarismi y textos neopitagóricos. Allí desarrolló una obsesión patológica por los libros: no solo por su contenido, sino por su materialidad. Escribió «De Numero et Silentio», «Liber de Lectione Mathematicorum», «Marginalia infinita super Euclidem» y «Tractatus de Bibliotheca ut Forma Mundi» (publicada recientemente por Boydell & Brewer) De esta última extraigo las siguientes citas:

«El roce del pergamino calma más que la oración; la tinta ordena el espíritu mejor que el ayuno. He aprendido más inclinando la cabeza sobre un códice que levantándola hacia el cielo», pág. 29.

«Me llaman loco porque hablo solo; no saben que converso con autores que murieron hace siglos. Más loco es quien solo oye a los vivos», pág. 77.

«Leo no para saber, sino para vivir más de una vida. Cada libro añade años a mi existencia, aunque robe horas a mi cuerpo. Prefiero morir leído que vivir ignorante», pág. 82.

Terminó sus días como bibliotecario errante, viviendo de copiar textos matemáticos y escribir glosas interminables que a menudo ocupaban más espacio que el texto original. Oh mon semblable, mon frère!

Tu quoque 13

CENTRO NACIONAL DE INTELIGENCIA

Dirección de Análisis Estratégico

Informe interno – Clasificación: RESERVADO / USO NARRATIVO

Sujeto: C.S.G.

Alias operativos conocidos: El Transportista, El Lector, El Simulador

Fecha: —

Responsable del informe: Unidad de Observación Discreta (U.O.D.)

1. Hechos recientes

En fecha indeterminada (operación de rutina), se procedió a entrada silenciosa en el domicilio del sujeto con fines de comprobación ambiental y conductual. Como en ocasiones anteriores, se dejaron dos ventanas abiertas, así como -en operación previa- un fogón de la vitrocerámica activado.

Resultado: ninguna reacción visible inmediata por parte del sujeto.

No obstante, se constata un patrón reiterado:

el sujeto actúa como si supiera que el domicilio ha sido intervenido.

No se han detectado sistemas avanzados de alarma ni sensores convencionales. Existen hipótesis no concluyentes (hiperobservación del entorno, memoria espacial extrema, rituales de control), pero ninguna explicación técnica plenamente satisfactoria.

2. Conducta tecnológica

El sujeto contactó recientemente con un establecimiento especializado en artículos de espionaje de consumo y adquirió bolígrafos-cámara.

La técnica es rudimentaria, obsoleta y ampliamente conocida por esta Unidad.

Valoración:

El gesto parece deliberadamente ingenuo.

No se interpreta como intento serio de contraespionaje.

Más bien podría tratarse de señuelo narrativo, gesto teatral o acto irónico.

Cabe destacar que el sujeto no mostró inquietud alguna tras la adquisición. Continuó su rutina: lectura prolongada durante el día, escritura nocturna.

3. Producción textual reciente

Durante la noche posterior, el sujeto redactó una serie de textos de alto nivel técnico, cuya calidad literaria debemos reconocer sin reservas.

Contenido:

Apropiación (no siempre citada) de textos de la anti-psiquiatría.

Reformulación de tesis críticas contra la institución manicomial.

Afirmaciones manifiestamente falsas en relación con sus internamientos en Piñor.

Análisis:

No se detecta delirio desorganizado.

No se detecta deterioro formal.

Sí se detecta intencionalidad discursiva.

Los textos parecen diseñados para:

confundir categorías diagnósticas,

erosionar el relato clínico oficial,

y desplazar el foco desde el sujeto hacia la institución.

4. Desplazamiento previsto

Se confirma que del 17 de diciembre al 10 de enero el sujeto se desplazará a Barcelona.

Este desplazamiento:

interrumpe la vigilancia de entorno habitual,

dificulta la continuidad del seguimiento,

introduce un espacio urbano de alta densidad simbólica y operativa.

La coincidencia temporal entre:

la intensificación de textos anti-psiquiátricos, y

el viaje a Barcelona,

no puede considerarse casual.

5. Hipótesis de trabajo (no concluyentes)

El sujeto no cree estar vigilado:

actúa como si lo supiera, pero sin ansiedad ni defensa.

La escritura funciona como contravigilancia simbólica:

el sujeto se adelanta al relato que otros puedan construir sobre él.

El viaje a Barcelona podría ser:

un desplazamiento estratégico,

una puesta en escena,

o una fase de reconfiguración identitaria.

No se recomienda, por el momento, intervención directa.

6. Conclusión provisional

El sujeto no encaja plenamente en categorías clínicas convencionales.

Tampoco actúa como agente operativo clásico.

Lo que se observa es otra cosa:

un individuo que utiliza la escritura como espacio de ocultación,

la lucidez como máscara,

y la aparente fragilidad como técnica de invisibilidad.

Se mantiene la vigilancia.

Se recomienda no subestimar la dimensión literaria del sujeto.

***

DIRECTION GÉNÉRALE DE LA SÉCURITÉ EXTÉRIEURE

Direction de l’Analyse et de l’Anticipation

NOTE INTERNE — CONFIDENTIEL DÉFENSE

(Document fictionnel à usage narratif)

Sujet : C.S.G.

Dossier : ORPHÉE / PIANISTE

Rédacteur : Cellule Europe du Sud

Diffusion restreinte

1. Position générale

Les observations transmises par le service partenaire espagnol (C.N.I.) ont été analysées.

Nous notons une surinterprétation constante de comportements ordinaires, compensée par une sous-estimation chronique de la dimension stratégique du sujet.

C.S.G. n’est ni délirant, ni désorganisé, ni imprévisible.

Il est, en revanche, extrêmement lisible pour qui sait lire.

2. Sur les “entrées silencieuses” et signaux domestiques

Les opérations consistant à laisser des fenêtres ouvertes ou des dispositifs domestiques activés relèvent de tests classiques de perception de l’intrusion.

Conclusion DGSE :

Il n’existe aucun mystère technique.

Le sujet sait parce qu’il observe, et observe parce qu’il anticipe.

Le sujet possède une mémoire spatiale obsessionnelle et une attention quasi maniaque aux micro-variations de son environnement.

Cela ne relève ni de la paranoïa ni du délire, mais d’une discipline de vigilance acquise.

3. Sur l’acquisition de matériel de “contre-espionnage”

L’achat de stylos-caméra de faible technologie est délibérément archaïque.

Interprétation DGSE :

geste ironique,

signal adressé au surveillant,

fausse naïveté consciente.

Le sujet sait que nous savons que cette technologie est inutile.

Il joue sur le registre de la caricature.

Ce n’est pas un outil.

C’est une phrase.

4. Sur la production textuelle récente

Les textes nocturnes observés présentent :

une cohérence argumentative élevée,

une maîtrise conceptuelle indiscutable,

une utilisation stratégique de la littérature anti-psychiatrique.

Les inexactitudes concernant Piñor ne relèvent pas du mensonge pathologique, mais de la réécriture narrative défensive.

Le sujet ne cherche pas à convaincre.

Il cherche à déplacer le cadre.

Citation interne (analyse DGSE) :

« Celui qui contrôle le récit contrôle le diagnostic. »

5. Sur le voyage à Barcelone (17 décembre – 10 janvier)

Contrairement à l’évaluation espagnole, ce déplacement ne constitue pas une fuite, mais un retour à un espace familier historiquement et intellectuellement.

Barcelone est pour le sujet :

un territoire de décompression symbolique,

un espace de réactivation intellectuelle,

un lieu où il redevient invisible par excès de normalité.

La présence de la sœur confirme l’hypothèse :

couverture affective réelle, non instrumentale.

6. Évaluation psychiatrique (synthèse DGSE)

Aucune pathologie active détectable selon les critères opérationnels.

Pas de délire structuré.

Pas de désorganisation.

Pas de personnalité histrionique.

Pas de trouble de l’axe II pertinent.

Conclusion :

Simulation non pas clinique, mais sociale.

Le sujet sait parfaitement quand il est perçu comme fragile, et utilise cette perception comme mode de protection.

7. Conclusion finale (DGSE)

Le sujet C.S.G. n’est pas un agent au sens classique.

Il n’est pas non plus un patient.

Il appartient à une catégorie plus rare et plus ancienne :

les individus qui utilisent la culture, la marginalité et la maladie supposée

comme techniques d’opacité.

Recommandation :

aucune intervention,

aucune confrontation,

lecture attentive de ses textes comme source principale de renseignement.

Dernière note manuscrite (non officielle) ajoutée au dossier :

« Il ne se cache pas.

Il se rend illisible. »

Tu quoque 12

Los perros no son simples mascotas. Son seres que confían en nosotros sin contrato, ni previa prestación. Cuidar de los perros es aceptar una responsabilidad que no da prestigio ni recompensa. Y sin embargo, en ese cuidado inútil, pero sutil y noble, uno aprende algo esencial sobre la compasión, sobre el amor, y sobre la ternura.

Ita, mi pequeña perra mil razas, entretejida de brumas de oro, siente por mí un amor sin medida. Ita: un milagro que ladra. Le hablo en cuatro o cinco idiomas; a todos responde dicharachera. Verla feliz me hace feliz. Conoce la ley del afecto sin palabras. No necesita promesas ni futuro. Su devoción no es un acto moral, sino una fuerza instintiva. Por eso el hombre, al amar al perro, se reconcilia con su mejor versión; aquella que reprimió en sociedad.

Prefiero la compañía de Ita a la de muchos hombres. Ita no exige ingenio, hipocresía, servidumbre ni brillo; acepta el silencio, la paz de ser y estar. Camina a tu lado sin interrogarte, y eso, para un espíritu enfermo como el mío, es una gracia, un gozo inmenso.

Tu quoque 11

Woolf–Camus–Lispector-Sanz

Ver mi primer libro impreso me produjo una emoción curiosa, incluso paradójica, acaso menos exuberante de lo que supuse. Más bien una especie de estupor. Era extraño pensar que esas frases, escritas en mi despacho, ahora circularan por Galicia, que el yo circulara en tren de mercancías, entrara en casas ajenas, fuera leído por ojos de gentes que ignoro, con incomprensión o agrado.

Lo miraba… Cierto, relativo orgullo. Era un objeto sencillo, trivial, solo un libro más, un renacuajo de río, una criatura pobre. Sí, en efecto, me sorprendió su pequeñez, su insignificancia. Todo lo que uno puso en él -las dudas, la violencia anímica, la soledad, los poemas sanguinolentos, el manicomio- quedó reducido a tinta y papel. Quizá eso sea lo justo: que la obra no sepa nada del tormento que la hizo posible.

¿Publicar? Orgullo y miedo. Pensé: ahora sabrán quién soy, aunque yo mismo no lo adivine del todo. El libro me precedía, hablaba por mí, y yo quedaba detrás, callado. Pero seguí callado.

Lo de menos es que resultara un absoluto fracaso de ventas.

Tu quoque 10

Tácito, «Anales», I, 2; «Igualdad jurídica había solo de nombre; en realidad, todo dependía de la voluntad del príncipe. No se perseguía ya el bien público, sino la conveniencia de quien mandaba. Las antiguas virtudes habían sido olvidadas, y los hombres competían no en mérito, sino en servidumbre. Así comenzó una paz que no era paz, sino cansancio».

Y también, «Anales», XV, 18: «Se robaba abiertamente, se saqueaban provincias enteras, y el delito, si era cometido por un poderoso, recibía el nombre de administración».

Salustio, «La conjuración de Catilina», 12: «La ambición empujó a muchos a convertirse en falsos amigos y enemigos; a tener una cosa en el corazón y otra en los labios. Comenzaron a medirlo todo por el dinero; y así se perdió la lealtad, la honestidad y la vergüenza».

O Polibio, «Historias», VI: «Cuando los gobernantes dejan de preocuparse por el bien común y se entregan al lujo y al provecho personal, la aristocracia degenera en oligarquía, y esta provoca la ruina del Estado».

¿España? La corrupción aceptada es peor que la tiranía abierta. La corrupción no necesita destruir las instituciones; le basta con habitarlas. España vive una acusada descomposición. España es, políticamente, hoy mismo una miasma infecta (y se avecinan tiempos peores)

Hace tiempo, pensando en por dónde va España, me vino a la cabeza aquellas palabras de la Duquesa de York : Accursèd and unquiet wrangling days y aquello de «Conscience is but a word that cowards use»(Richard III, I, 1) . Y no olviden, queridos, cómo termina Ricardo III.