Cyril 36

Siempre hablo de mí. Yo, yo, yo, y dale cuerda, dale que dale, al yoyó.

No hablar de viajes, mujeres, ciudades o juergas, ¿me empobrece literariamente? Acaso esa es una superstición contemporánea. Montaigne no viajó apenas; Kafka no vivió aventuras; Pessoa apenas salió de Lisboa; Cioran repitió durante décadas los mismos cafés y las mismas ideas. La experiencia exterior no garantiza nada.

Me gustan aquellos de mis escritos en que el yo es una lente para ver el mundo, pero me hastían los que son un espejo que no devuelve nada. El yo no aburre cuando es profundo; aburre cuando se vuelve previsible incluso para quien lo escribe.

Me fatigo de mí, me contradigo, me desdigo, huyo de mi retrato en el mismo momento en que lo trazo. Yoyó. Me analizo porque no tengo otra cosa que hacer, y cuanto más me analizo menos me intereso. Si hablo tanto de mí es porque no consigo salir de mí, no porque me importe demasiado. El narcisismo verdadero sería estar satisfecho; yo no lo estoy. Me aburre ser Christian Sanz. Me observo porque no tengo escapatoria, no porque me admire. El yo es una prisión; escribir es golpear sus muros sabiendo que no caerán, que permaneceré entre ellos siempre. Me cansa mi vacía autobiografía sin hechos.

Me cansa hasta el mareo ser Christian Sanz.

Cyril 35

Gustave Flaubert

«El lenguaje castiga al escritor descuidado. Una palabra mal elegida no es un fallo menor: es una traición. La frase puede estar bien construida, pero si una sola palabra no es la exacta, todo se hunde. El error más común consiste en creer que el sentido general basta. No basta nunca. La exactitud es una moral».

«El mayor error del escritor es creerse inspirado cuando en realidad está inflado. La frase sonora, el efecto brillante, la palabra rara: todo eso seduce al principiante y pierde al mediocre. La verdadera dificultad no consiste en decir cosas sublimes, sino en decir con exactitud cosas simples. La literatura muere cuando el estilo quiere sustituir a la verdad».

Franz Kafka

«Mucho de lo que se escribe no nace de una necesidad real, sino del deseo de ser escritor. Ese es un error irreparable. Si uno no escribe porque no puede hacer otra cosa, lo que escribe será superfluo. La literatura no admite suplentes del impulso verdadero».

Virginia Woolf

«Nada resulta más estéril que escribir bajo la sombra de otros. Muchos escritores fracasan porque intentan parecerse a alguien a quien admiran. Olvidan que la tarea no es repetir una voz, sino descubrir la propia. La imitación prolongada es una forma elegante de silencio».

«Nada es más dañino que un tono impostado. Cuando la frase no corresponde al estado interior, el lector lo percibe de inmediato. El error no es equivocarse, sino escribir desde un lugar que no es el propio».

Jorge Luis Borges

«Un escritor puede arruinar un texto mostrando demasiado su inteligencia. La ostentación intelectual fatiga y aleja. La inteligencia debe operar en secreto, como el mecanismo de un reloj: si se ve demasiado, deja de funcionar como literatura».

«Un error frecuente es confundir abundancia con riqueza. El escritor cree que añadir palabras añade profundidad, cuando a menudo sucede lo contrario. El lenguaje debe ser invisible. Cuando se nota demasiado, el texto se vuelve sospechoso».

George Orwell

«Cuando el lenguaje se vuelve vago, el pensamiento se vuelve perezoso. El escritor comete un error grave cuando permite que las palabras piensen por él. Las frases hechas, los giros automáticos, las metáforas gastadas son síntomas de una renuncia: se escribe sin haber pensado».

Italo Calvino

«La palabra innecesaria es una carga. Muchos textos fracasan porque cada frase pesa demasiado. El error no está en la complejidad, sino en la falta de ligereza. El lenguaje debe sostener la idea, no aplastarla».

Samuel Beckett

«Cada palabra de más aleja el texto de su verdad. El escritor habla porque teme el silencio. Pero es en el silencio donde el lenguaje adquiere su tensión. El error consiste en no saber cuándo callar».

Miguel de Unamuno

«El lenguaje que no sangra es retórica. Muchos escritores se refugian en palabras bellas para no decir nada verdadero. El error no está en el estilo, sino en usarlo como escudo».

Natalia Ginzburg

«Cuando el lenguaje se vuelve enfático, la emoción se debilita. El escritor que subraya demasiado desconfía de su experiencia. Las palabras sobrias son más fieles que las exaltadas».

Susan Sontag

«El lenguaje puede convertirse en una coartada elegante para no enfrentarse a la experiencia. El escritor incurre en error cuando analiza antes de haber vivido, cuando teoriza para no sentir».

Emil Cioran

«El lenguaje puede falsear incluso el sufrimiento. Hay escritores que embellecen su desesperación hasta volverla aceptable. Ese es el peor error: traicionar la verdad por una buena frase».

Cyril 34

Me apenan los desprecios y los motes. Me duele la humillación repetida. Me entristecen las burlas, los comentarios de befa, recibidos desde mi joven adolescencia. Pero me enorgullezco de no haberme convertido en alguien cruel, duro, sarcástico, mordaz o vengativo. Me honra (disculpen la vanidad) haberme convertido en alguien incluso bondadoso. No respondí al odio con odio, a la agresión con agresión, a la sevicia con la sevicia.

He sido ridiculizado por mi torpeza, por mi habla pastosa, por mi modo de babear, por mi incapacidad para participar en la vida común. Nunca respondí con odio. No porque no lo sintiera, sino porque comprendí que odiar habría significado aceptar el lenguaje de quienes me herían inhumanamente.

Nunca permitiré que el odio eche raíces en mí.

Cyril 33

He pasado por la vida sin conocer el amor humano en su forma plena. No por desprecio, sino por incapacidad. El amor me parecía una región a la que no tenía acceso. A veces siento que he sido fiel a algo más alto, o bien que permanecí fijado a algo muy bajo, otras que he sido simplemente un hombre incompleto. No amar deja una huella más profunda de lo que se cree. El amor me parecía un privilegio ajeno. He vivido con el sentimiento de que no estaba hecho para la felicidad compartida. No es que no deseara amar; es que siempre llegaba tarde, cansado, muy herido. Hay hombres que nacen para el amor y otros que solo lo observan desde fuera.

Desde joven sufrí psicosis. Por lo que no tuve suelo, ni tiempo, ni calma interior para que brotara. Eso no dice nada malo de mi capacidad de amar. Acaso sí, y fui -soy- un monstruo moral. He tenido simpatías, ternuras vagas, curiosidades del alma, pero no ese abandono total que otros llaman amor. Y hoy, al mirar atrás, no siento orgullo por mi independencia estéril, sino una especie de cansancio triste. Me ahorré sufrimientos, pero me negué esa sublime forma de plenitud que significa vivir acompañado, enamorado. Perdónenme.

Cyril 32

Me quedé traspuesto y soñé. En mi sueño, el lenguaje adquiría una solemnidad intolerable. Cada palabra parecía cargada de siglos, como si fuese pronunciada por la historia misma. Desperté exhausto, no por las imágenes, sino por el peso del significado. Las palabras que oía no eran las del habla común. Cada vocablo tenía una resonancia infinita, como si contuviera todas las acepciones posibles a la vez.

Noto opacas y usadas, grises y sin magia, ya despierto, las palabras del día a día.

Cyril 31

El escritor ridículo escribe para que lo miren. Escritores que se exhiben en vitrinas: hablan de sí mismos, se citan, se celebran, se vigilan.

Photocall de Zenda. No lo olviden. Los escritores que frecuentan recepciones, suplementos culturales y cócteles literarios son, por lo general, individuos que han sustituido el trabajo por la representación. No escriben libros: interpretan el papel de escritor. Todo en ellos es impostura, incluso su desprecio. La literatura es su pretexto; el escaparate, su hábitat natural.

«La celebridad literaria es, a menudo, inversamente proporcional a la densidad intelectual. Vivimos rodeados de autores que hablan más de lo que leen, que se promocionan más de lo que escriben. El ruido social sustituye al silencio creador. El escritor que no soporta desaparecer entre libro y libro suele tener muy poco que decir en ellos», Steiner. Y Ortega y Gasset: «La figura del intelectual convertido en espectáculo es una de las más tristes invenciones de la modernidad. El escritor que busca constantemente el aplauso termina escribiendo para el eco, no para la verdad. La cultura, cuando se vuelve exhibición, deja de ser exigencia y se transforma en ornamento social. El literato que se ofrece como producto acaba pensando como producto».

Se me llamará resentido, pero, honestamente, no puedo reprimir el asco que me producen este género de papagayos.

Cyril 30

La idea de morir me acompaña como una canción de cuna. No porque quiera desaparecer, sino porque quiero que el dolor termine. Morir sería como cerrar un libro demasiado leído, demasiado aburrido.

Solo. Con intensas ganas de buscarme el corazón con el cuchillo de mango de madera. Pedí una señal para vivir: algo como interferencias en la radio. Debido a una alucinación, las oí.

Hoy he sentido de nuevo esa antigua amenaza; no una tristeza concreta, sino una presión difusa, ganas (enérgicas, definitivas) de matarse. Escribir es resistir el vacío. Voy a llamar al 112 o al 024.

NOTA BENE: Fue un pico de descompensanción. Me ajustaron la medicación. Ya me encuentro de fábula.

Cyril 29

El amor entre hermanos tiene una cualidad particular que lo distingue de todos los demás: no aspira a poseer ni a ser exclusivo. Es un amor que habita el tiempo, que se forma en la convivencia silenciosa, en los recuerdos compartidos, en una infancia común que ninguna pasión posterior puede borrar. Cuando amo a mi hermana, amo también la versión de mí mismo que existió a su lado. Nos conocemos en nuestras mezquindades y en nuestras torpezas, y aun así permanecemos. Quizá por eso el amor entre hermanos es el menos espectacular y el más verdadero.

Mi hermana es el único ser ante el cual no necesito justificarme. Me conoce en mis disposiciones más antiguas, en mis manías infantiles, en mis silencios molestos, en mis tics aniñados. No espera de mí grandeza ni éxito; espera simplemente que siga existiendo. Ese tipo de espera, tan humilde y tan constante, es quizá la forma más pura del amor.

Gracias Noemí por atenuar mi angustia, por soportar mi conversación obsesiva, por el cariño sin tasa y sin condiciones. Contigo puedo ser sin máscaras, y no acusas mis rarezas ni mis taras. Y no me infantilizas, me tratas como un adulto, incluso me emociona la admiración que te advierto por mí. No te importan mis logros, fracasos o enfermedad. Gracias Noe por ser un permanente e irrompible refugio de amor.

Cyril 28

Mi padre fue siempre una figura problemática, borrosa, apenas accesible. Me molestaba su energía violenta, pero admiraba su rigor, su nobleza, su frugalidad: un burgués superior, más razonador que bueno, de sentido moral inflexible. No estuvo realmente ahí —sobre todo a partir de mi adolescencia—, pero su ausencia pesaba más que muchas presencias.

Aprendí pronto que de ciertos padres no se hereda una voz, sino un obstáculo; no una enseñanza, sino una dificultad añadida para respirar. El padre puede convertirse —y es la primera vez que lo confieso en público— en un hecho patológico de la biografía: algo que no se supera, sino que se gestiona con mayor o menor lucidez.

Su autoridad no estaba templada por la ternura y su presencia resultaba opresiva. Ruidoso, algo impulsivo, lleno de vida, había en él, sin embargo, algo destructivo, como una fuerza que se desbordaba sin medida. Bastaba su mirada para que mi alegría se volviera cauta. Aprendí muy pronto que el amor filial puede coexistir con una obediencia llena de inquietud. Ni tirano ni refugio.

Era culto, industrioso, valiente. Pero con él se vivía encogido, atento, vigilante. Le tuve miedo durante muchos años. Mi locura lo destrozó. Nunca habló de sentimientos; su ética era seca, sin retórica, sin consuelo. Admirarlo no implicó nunca desear parecerme a él.

Solo cuando se volvió dependiente pude dejar de tenerle miedo. Recuerdo sus manos, ya torpes, buscando apoyo en el brazo de la silla; el silencio, más frágil que antes. Entonces comprendí que la autoridad también envejece, y que incluso el temor, con el tiempo, puede agotarse.

Cyril 27

Alda Merini

«La ternura no es debilidad, aunque así la confundan los violentos. La ternura es una fuerza que no hace ruido. En el manicomio aprendí que los más rotos eran a menudo los más capaces de ternura, porque no tenían ya nada que defender. La ternura nace cuando el yo deja de blindarse. No consuela siempre, pero acompaña, y acompañar es a veces más difícil que amar. Amar puede ser posesivo; la ternura, no».

Albert Camus

«Hay una ternura secreta en los hombres que han conocido el absurdo. No es optimismo ni indulgencia, sino una lealtad silenciosa hacia los vivos. Después de haber visto demasiado, uno ya no juzga con facilidad. La ternura nace entonces como una forma de justicia mínima: no añadir sufrimiento al sufrimiento del mundo».

Cesare Pavese

«La ternura es peligrosa porque exige tiempo. No estalla, no deslumbra, no promete salvación. Quien es tierno acepta la lentitud del otro, su torpeza, su cansancio. Por eso la ternura fatiga: obliga a quedarse, cuando todo invita a huir».

Natalia Ginzburg

«La ternura no tiene nada que ver con el sentimentalismo. Es una forma de respeto silencioso. Se puede vivir sin grandes pasiones, pero no sin esa atención discreta que impide tratar al otro como un objeto o un estorbo. La ternura es, en el fondo, una ética doméstica».

Hannah Arendt

«En tiempos de brutalidad organizada, la ternura parece inútil. Y sin embargo, es una de las pocas experiencias que resisten la banalidad del mal. Allí donde alguien se detiene a considerar al otro como irreemplazable, aunque no pueda salvarlo, ocurre algo que el poder no puede administrar».

Thomas Bernhard

«La ternura es rara porque no sirve para nada. No produce prestigio, no funda sistemas, no mejora la reputación. Por eso aparece a menudo entre los derrotados. Los exitosos no la necesitan. Los que han perdido, sí.»