Eliot 61

Heinrich Kramer y Jacob Sprenger escriben en el Malleus Maleficarum:

«El Demonio actúa principalmente mediante la fascinación y la ilusión óptica (praestigium). Posee la facultad de alterar los sentidos de los hombres de tal manera que ven lo que no es, o interpretan como benevolencia lo que en realidad es la simiente de su propia perdición».

Ciertamente, el árbitro de la final era un ser diabólico, con una enorme habilidad para fingir, disimular y actuar con perfidia. Yo también lo advertí, Millás.

Martín del Río, uno de los demonólogos más leídos del siglo XVII, teorizó sobre cómo el Demonio engaña incluso a sus propios acólitos:

«Es propio de la naturaleza demoníaca prometer el favor a una parte mientras prepara secretamente su ruina. Nada hay más peligroso que la paciencia del Diablo cuando parece conceder una ventaja temporal» (Disquisitiones Magicae, 1599).

P. S.: En serio, muy inteligente la denuncia, a partir de la sátira, de la lógica conspirativa y el victimismo llevado al extremo. Enhorabuena, Juan José.

Eliot 60

El calor es deletéreo. Le entran a uno ganas de follar —lo que reblandece la glándula pineal, según el paper de Wiel (Oxford, 2018)—, de matar a un moro sin ton ni son (El extranjero) o de exhibir las propias adiposidades antiestéticas en una playa con restos de sandía sobre el arenal. El frío, en cambio, atempera los ánimos: lees la Saturnalia de Lilio Gregorio Giraldi y estudias el cálculo de secuentes para probar las propiedades metalógicas de un sistema.

Eliot 59

Tomo en mis manos «Einführung in die mathematische Logik» (colecciono libros de lógica). El volumen —particularmente en las antiguas ediciones de Springer— presenta desde el primer contacto una dignidad sobria y académica. El cartoné amarillo pálido, tan característico de la editorial, tiene algo inmediatamente reconocible para quien ha frecuentado bibliotecas universitarias europeas: ese tono entre pergamino envejecido y marfil técnico que parece anunciar de antemano un mundo de definiciones exactas, símbolos y demostraciones inexorables. La tipografía, limpia y geométrica, sin concesiones ornamentales, produce una impresión de disciplina intelectual casi monástica.

Ni en sueños lo sustituiría por un libro digital.

Eliot 58

La supervivencia del Estado y la protección de la libertad colectiva requieren a veces de mecanismos grises, invisibles o directamente turbios. La madurez ciudadana no consiste en escandalizarse desde una pretendida superioridad moral, sino en aceptar esa fealdad necesaria. Conozco esas cloacas.

Ya lo advirtió Maquiavelo en sus Discursos sobre la primera década de Tito Livio:

«Cuando se trata de la salud de la patria, no se debe deliberar si una medida es justa o injusta, piadosa o cruel, alabable o vergonzosa; antes bien, dejando de lado cualquier otra consideración, es preciso seguir el camino que la salve.»

En materia de Estado, lo que puede ser útil jamás debe despreciarse; el interés público ha de anteponerse casi siempre al privado. Por eso Fouché sentenció tras la ejecución del duque de Enghien: «Ha sido peor que un crimen; ha sido un error». En las cañerías del poder, la torpeza se paga más cara que la inmoralidad.

Metternich entendió con gran clarividencia que las estructuras profundas del poder y la diplomacia secreta son el verdadero freno contra las «tentaciones aventureras» y el caos. Y Talleyrand demostró que la continuidad del Estado está por encima de las figuras de turno: sobrevivió a todos los regímenes traicionando a los hombres, pero manteniéndose fiel a Francia. Supo mejor que nadie que la alta política se juega en dos planos simultáneos: el teatro visible para la masa y la trastienda invisible donde realmente se sostiene la arquitectura del poder. Como parafraseó Bastiat:

«En la política hay cosas que se ven y cosas que no se ven; el arte consiste en saber manejar las segundas sin que las primeras lo arruinen.»

Vale.

Eliot 57

Molino afirma que Nolan elimina a los dioses porque nuestra época solo acepta interpretaciones psicológicas o alegóricas. Puede ser una hipótesis interesante, pero no aporta un solo argumento que la sostenga. ¿Por qué no pensar, sencillamente, que una narración cinematográfica contemporánea encuentra difícil representar a Atenea entrando y saliendo de escena sin caer en el ridículo o en la fantasía épica? Molino presenta una mera intuición como si fuera un diagnóstico cultural.

El resultado es un artículo ágil en la superficie, efectista en las analogías y peligrosamente perezoso en su armazón conceptual. Bajo una capa de sofisticación culturalista —que yuxtapone cine de masas, mitología clásica y fútbol de selección—, incurre en los mismos vicios que finge diagnosticar: la simplificación, el cliché intelectual y la búsqueda del aplauso fácil por la vía de la ocurrencia.

«He gozado […] como un Ulises empachado de flores de loto en brazos de Calipso»: así se empieza, sí señor, bordeando el ridículo, si no cayendo de pleno en él. Molino no cesa de sermonearnos con sus credenciales de letrado.

Además, la transición del análisis cinematográfico a la anécdota deportiva no responde a una necesidad orgánica del ensayo, sino a la tiranía de la prensa diaria: hay que pegar la perorata cultural a la actualidad de la semana. Un pegote sin ton ni son para salir del paso.

En definitiva, Molino demuestra soltura sintáctica y un sentido envidiable del ritmo periodístico, pero en el fondo todo es un fuego de artificio: impecable en el estilo, pero muy mediocre en rigor intelectual y coherencia argumental.

Eliot 56

Artículo muy flojito. Prosa recargada, barroca, enfática, poco «passadora». Prioriza el «recargolament» verbal antes que la concisión narrativa. Entrelaza incisos, subordinadas y metáforas complejas en oraciones excesivamente largas. Al intentar matizarlo todo dentro del mismo período sintáctico (por ejemplo, el párrafo sobre los logros del Gobierno o el de la enumeración de posibles candidatos), el hilo argumental principal se pierde entre paréntesis y aclaraciones. Estilo autoindulgente, condescendiente, vaporoso. Los juicios se apoyan más en sensaciones que en pruebas.

Desde el punto de vista lógico, es una hecatombe impropia de un catedrático. El eje del artículo es la idea de que la izquierda puede perder precisamente porque cree que va a perder. Es una versión política de la «profecía autocumplida», concepto introducido por Robert K. Merton. Pero la aplicación que hace Gracia es muy problemática: que exista pesimismo no demuestra que este sea la causa de la derrota. Podría ocurrir exactamente al revés. La expectativa de derrota podría ser consecuencia de la pérdida de apoyo electoral, el desgaste gubernamental, los errores estratégicos o los escándalos de corrupción. Es la derrota esperada la que implica pesimismo, no el pesimismo el que implica la derrota; el artículo nunca distingue ambas direcciones causales.

Incurre Gracia en un razonamiento circular: hay derrotismo porque creen que perderán. ¿Por qué creen que perderán? Porque existe derrotismo. La explicación vuelve continuamente sobre sí misma.

Gracia suelta una consigna política que difícilmente puede considerarse una explicación sólida desde la lógica o la ciencia política.

Eliot 55

A mi juicio, y permítame el neologismo, vivimos en un régimen «doxamaníaco», donde erigimos endebles catedrales con simples palillos para los dientes. Nunca fue tan sencillo emitir un juicio sobre cualquier materia; nunca resultó tan difícil distinguir entre el conocimiento adquirido y la mera ocurrencia. La vehemencia no otorga autoridad, ni la popularidad, la verdad.

Umberto Eco advirtió este fenómeno con una contundencia que el tiempo no ha hecho sino confirmar. En una célebre entrevista concedida a La Stampa afirmó:

«Las redes sociales le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas que primero hablaban solo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad. […] Ahora tienen el mismo derecho a hablar que un premio Nobel. Es la invasión de los idiotas».

En otra ocasión resumió el problema con una imagen todavía más certera:

«La televisión ha promovido al tonto del pueblo, con respecto al cual el espectador se siente superior. El drama de Internet es que ha promocionado al tonto del pueblo al nivel de portador de la verdad».

Quizá el problema no consista en que hoy opine demasiada gente —la libertad de expresión siempre comporta ese riesgo—, sino en que hemos dejado de distinguir entre la opinión y el juicio. Una opinión es inmediata y gratuita; un juicio exige estudio y responsabilidad. La democracia necesita la primera; una civilización solo puede sostenerse sobre el segundo.

Eliot 54

La prosa del artículo recuerda una pieza de cámara de Eduard Toldrà —pienso en los Sis sonets para violín y piano— o la contención lírica de Frederic Mompou, la de Suburbis o Música callada. Evoca directamente el estilo de Josep Carner (a quien el propio texto menciona traduciendo a Vico en 1941). Al igual que Carner, la mirada de Llovet abarca la alta cultura europea (Goethe, Dante, la tradición grecolatina) desde una profunda radicación en la lengua catalana; utiliza una ironía fina y culta muy propia de Carner (por ejemplo, al referirse con guante blanco a los críticos que «ni tan solo llegan a los treinta» o al calificar su curso en Nueva York como «el único gran fracaso de mi vida docente»).

Me devané los sesos con el escrito. A mi juicio, las nuevas categorías de pensamiento ya no distinguen lo alto y lo bajo, lo refinado frente a lo romo y vulgar, la calidad en oposición a la popularidad, la highcult frente a la midcult y la masscult.

Las anteriores son categorías victorianas, y quienes las defendemos, unos dinosaurios pasados de moda. Hoy todo gira (se explica y se legitima) en función de lo cool ante lo square, o de lo muy hot frente a lo demodé.

El arte, la política, la moda, los productos, las estrellas de Hollywood, del reguetón o de las redes sociales, las películas, el comercio, la literatura, las nuevas tecnologías, los nuevos líderes de opinión, el periodismo… todo se ordena en un campo que imita al de las celebrities, donde estás o bien in o bien out. Si estás in, se sanciona lo que haces, crees, vives y vendes como bueno o valioso; si estás out, se enjuiciará como malo y sin valor (y, además, carecerá de toda visibilidad).

La sofisticación intelectual (Auerbach, Curtius) nada tiene que ver con estos nuevos modos de ambición moderna. La figura del crítico o intelectual clásico se parece ya a la de alguien con polainas y peluca empolvada —levemente, o claramente, ridículo—, sustituido por el dinámico agente del entertainment y por la dramaturgia del mero rodar irreflexivo, inconsciente y sin pausa del mundo.

En el siglo XIX, y todavía durante buena parte del XX, se intentó cambiar el mundo, pero también comprenderlo. Entrado el siglo XXI, el mundo parece no exigir ya ni transformación ni inteligencia: basta con exhibirlo en la interminable pasarela de Internet o convertirlo en un entretenimiento perpetuamente divertido.

Vivimos embutidos en un capitalismo hip, en una vida divertissement, donde reina la velocidad, la notoriedad, el buzz y lo cool. La jerarquía y la clasificación, la prelación y el criterio, son figuras arrumbadas, tal como lo fue la economía feudal, y como lo fueron los zuecos, el techado de paja o los sombreros hongo en la cabeza de los caballeros.

El futuro (ya un evidente presente) pertenece a Shakira y Piqué, mientras que la decadencia y la irrelevancia definitiva quedan simbolizadas en Henry James, Michelet, Lionel Trilling, Auerbach, Curtius y sus pares.

Jeff Koons alcanza en las subastas cotizaciones que rivalizan con las de Miguel Ángel o Velázquez. Un futbolista o un caballo de carreras se adjetivan como «geniales».

Sobra el criterio moral; sobran políticos en la estela de un Saint-Simon, un cardenal de Retz, un Talleyrand o un Metternich, pues ¿no persuaden más los astronautas, la aritmética identitaria de los ministerios y el lenguaje oratorio de la abaratada píldora en formato tuit?

Quizá no asistimos a la decadencia de la cultura, sino a la desaparición misma de las categorías con las que durante siglos aprendimos a reconocerla.

Eliot 53

Cuando estudiaba matemáticas, a menudo, para demostrar un teorema, debías encontrar subterfugios felices en ideas no mecánicas. Como un chispazo que electrificaba la neuroquímica neuronal. El fútbol, si no abuso del símil, es un sistema con reglas similares a la prueba matemática.

Decía el matemático Terence Tao que resolver un problema complejo requiere primero probar todas las herramientas estándar hasta llegar a un muro, y solo entonces dar un salto lateral de imaginación. En el fútbol ocurre igual: el esquema táctico te lleva hasta el área, pero el regate o el pase filtrado que rompe la defensa es ese subterfugio feliz.

Concluyamos con Poincaré: «La invención matemática no consiste en hacer combinaciones nuevas con seres ya conocidos. Eso lo podría hacer cualquiera; las combinaciones que se obtendrían serían infinitas en número y la mayor parte carecerían de interés. Inventar consiste precisamente en no construir combinaciones inútiles y en construir solo las útiles. La invención es discernimiento, es selección… Y esta selección se hace a menudo tras un destello de intuición inconsciente».

Eliot 52

Ferran Torres es un pibón. Un óvalo de la cara sagrado como un huevo de Pascua, unas facciones de simetría griega, ojos dulcísimos, vivo, grácil, musical, columna de ceniza su voz, armonía en el lugar de las perfumerías, sol radiante a mediodía.

Acepto que belleza es la fulguración

natural de las cosas naturales.

Me digo que tus dientes mostrados en sonrisa

son eso. Que tus ojos me dan tanta dulzura

porque cumplen remotas instrucciones gen éticas.

Que tu cuerpo de hombre con mi cuerpo de hombre

construyen un lugar necesario en el mundo.

Que nada extraordinario hay en dos que se aman.

Pero, cuando te abrazo una noche tras otra

y me encuentro tu pulso a oscuras en cualquiera

de los puntos que laten en tu cuerpo dormido,

cruza por mi cerebro la palabra milagro.

Juan Antonio González Iglesias

Soy heterosexual. Pero prefiero follarme antes a Ferran, Piqué o Casillas que a adefesios como las mujeres X e Y.