Entender es un acto frío: ordena, clasifica, distingue, separa. La alegría es un acto cálido: cohesiona, funde, reconcilia. La claridad intelectual -como la claridad de mediodía que tanto me gusta- hace visibles las formas, pero no las vuelve amables. Al contrario: muchas veces, cuanto más vemos, menos queremos ver. «La verdad no es para todos: debilita», afirmó ese filólogo agresivo llamado Nietzsche.
La lucidez es la herida más cercana al sol. La claridad no trae alegría porque exige retirarse, observar, pensar, distanciarse. Y al distanciarte, inevitablemente pierdes ciertas fuentes de alegría mundana. Por eso decía Leopardi: «Cuanto más profunda es la razón, más profunda es la desdicha».
Schopenhauer, «El mundo como voluntad y representación», libro IV: «El saber aumenta el dolor. Cuanto más claramente vemos la esencia del mundo, más profundamente sentimos su miseria. El hombre corriente vive en el velo de la ilusión; el sabio vive en la verdad desnuda. Pero la verdad es desoladora: ver la esencia del mundo es ver un esfuerzo ciego, sin propósito, repetido sin sentido. La claridad no trae alegría, porque la alegría es hija del engaño, y el engaño es incompatible con la filosofía».
No me considero un lúcido entre ciegos. Pero ocurre que me elevé uno sobre diez y, solo eso, ya me apartó de la inmensa mayoría de mis congéneres y de sus fiestas perpetuas. Podemos conocer la verdad sin amar la vida. La inteligencia ilumina, pero no salva. La claridad desnuda no da alegría: abre un espacio donde solo la desnudez permanece. Para alegrarse es necesario un calor que la inteligencia no puede producir. Cuanto más se piensa, más se sufre.
La conciencia es un arma de doble filo: ilumina, pero hiere. Duele ver los pliegues ocultos, los matices, las falsedades involuntarias, las servidumbres de tantos, o su miseria cognitiva, o sus rutinas mecánicas y embrutecedoras. Mi (relativa, modesta) riqueza interior me separó de un mundo que, en el fondo, acaso ni amé y jamás me perteneció.
Mi parcial lucidez me obligó a mirar de frente el sinsentido, probablemente menos resignado de lo que creo, pero sin engañarme. No hay alegría en este conocimiento: solo una dignidad amarga, un raro mantenerse en pie.
Un mantenerse en pie que no envilece, lo que no es nada baladí.
Insisto: proliferación y espesura son caminos legítimos. La literatura es plural; no existe un único modelo estético superior al resto. Un logrado artificio en la expresión vale tanto como un epígrafe claro y sencillo, azoriniano. Hay ingenios que se complacen en juntar lo distante, en complacer a lo difícil (si no recuerdo mal así caracterizaba Quintiliano el estilo asianista frente al estilo aticista)
Por acumulación y superposición se pueden crear claridades ignífugas. Es algo así a la expresión desbordada delante de un mundo desbordado (selvas, ciudades imposibles, rococó arquitectónico, museos atiborrados de espectadores) Casi un exceso de grandeza. Probablemente (no sé) en todo signo late otro signo, en cada forma hay otra forma haciéndose, deformándose. El barroco celebra el cuerpo (el lenguaje) maquillado y teatralizado. Lo barroco no es una ornamentación, sino una estrategia del conocimiento. Probablemente en lo barroco no se trata de adornar, sino de producir un exceso que nos obliga a mirar de otra manera.
Los conozco bien. Conozco bien a los barrocos. Fui uno de ellos.
Murió el poeta, pero nació el prosista. Antes mi prosa era traqueteante y barroca, como cruzar una carretera llena de baches. Abusaba de miriñaques y floripondios. Como me advertía mi maestro Lamas en la tertulia de El Cercano: «Christian, escribes bien, pero tienes que ser menos expansivo». Empiezo a dejar de lado las incrustaciones y poses churriguerescas. Busco cierto tono clásico, cierta diafanidad de trigal y cereales.
Expliquémoslo mejor. No murió estrictamente el poeta; aprendió a encarnarse en correcto prosista, en un prosista no exhibicionista, que eluda el carnaval y mida, pode, ordene, dé aire. La prosa no es solo intensidad; también es proporción, diafragma, respiración.
¿Qué es el tono clásico? Decir cosas altas con palabras claras. El barroco deliberadamente agota y corre el frecuente peligro de lindar con su propia caricatura.
Góngora defendió un estilo tortuoso y sublime:
«No es mi poesía para todos, pues no a todos es dado entender la niebla y el rayo. La oscuridad que me atribuyen no es tiniebla, sino resplandor demasiado elevado para quien no ha subido las cumbres del arte. No escribo para quien busca leche, sino para quien busca ambrosía. Mis versos no han de ir al vulgo; que él tome lo llano, lo trillado; yo sigo el camino oculto, donde la dificultad es deleite y el artificio hermosura».
Permítanme un cambio de marcha y apostar por la luz del mediodía:
«Detesto la pompa literaria; todo artificio me parece una mentira. Quiero que el lector vea las cosas como son, sin velos, sin adornos superfluos. La belleza está en la rapidez, en la franqueza, en la claridad. Lo demás es ornamento que distrae. La prosa ha de ser como un cristal: transparente, y sin embargo indispensable», Stendhal.
El dinero y la literatura. Tema eterno y polémico. A mí, y permítanme la descarada fatuidad, una presunción cuya confesión es absolutamente innecesaria, a mí, y perdonen, me sobra el dinero (o, al menos, no me falta para vivir frugalmente sin trabajar el resto de mi vida) Nunca hablo de él. Me parece rebajarse a unos niveles subalternos propios de una oficina de extrarradio. Leí un libro de Ana María Moix donde, algo escandalizada, explicaba que en las reuniones de intelectuales, además de plata, el otro tema estrella era la telebasura. En el fondo, poco me extraña.
Al tener resueltos los apremios materiales, de plata, guita y parné, eso me permite un otium creador que la mayoría de escritores jamás pueden disfrutar. Mi libertad económica implica mi libertad de estilo. Ah la miseria cotidiana del mundillo cultural. En los salones literarios se habla tanto de dinero como en una gestoría. Eso, que debería ser secundario, o simplemente inexistente, acaba siendo la conversación dominante. Seguramente (y reitero mis disculpas por si parecí altivo) seguramente porque la precariedad es algo real.
Siempre creí (y ahora vuelve a brotar mi vena aristocrática) que el escritor que trabaja para el mercado está perdido para la causa. El que busca agradar, desciende, se corrompe, se rebaja. El arte es lo contrario de la prisa, del interés y del cálculo. A mí me repugna -con intensidad visceral- la idea misma de escribir por dinero: es prostituir aquello que debe ser un acto inefable y sagrado. Prefiero vivir pobre antes que escribir una sola línea dictada por la necesidad. La desgracia económica es dura, pero más duro es abaratarse con la facilidad del éxito.
George Orwell sabía de la indigencia y precariedad del escritor. En «Why I Write» (1946) afirmó:
«Durante años viví en la pobreza más extrema, trabajando en empleos miserables para poder seguir escribiendo. La mayor parte de los escritores que conozco pasan la vida entera malviviendo, entre el hambre literal y la hambre de sentido. La literatura es un oficio que exige fe: no es un camino para ganarse la vida. Para la mayoría, es una ruina económica».
Detesto con intensidad de símbolo la tiranía del público o rebajar mi dignidad para vender mi genio a un precio vil. La independencia económica es la única libertad verdadera del hombre de letras. Detesto a los payasos del mercado, a los esclavos de sus ventas y su éxito. El dinero solo dicta un estilo mediocre.
André Schiffrin (mítico editor), en el temprano «La edición sin editores»: «La industria editorial se ha convertido en un campo de batalla entre lo que es rentable y lo que es necesario. La mayor parte de los grandes libros que publiqué no generaron beneficios. Los mejores escritores rara vez producen dinero, pero enriquecen la cultura. La crisis de nuestra época es que ahora se exigen ventas incluso al genio».
La pobreza hace daño y no ennoblece. Admito, claro, que soy un irreal y principesco privilegiado.
Hace alrededor de dos semanas que escribo -lo advierto claramente- con precisión quirúrgica, elevación y entusiasmo y fulgor visionario. Apenas como o duermo. Es como una racha dorada, una febril clarividencia, un estado de gracia y flujo en que el pensamiento tiene exacto trasunto en la expresión. Un pensamiento más veloz que el tiempo requerido para teclearlo. Mi mente arde inflamada, con una urgencia que desgarra. Soy un médium feliz de mi propia alborotada inteligencia. Tiemblo. La escritura me atraviesa. Igual a un río desbordado anegando un arrozal una noche de luna luminosa.
García Márquez, y cámbiese lo mucho que debe ser cambiado, explica en «Vivir para contarla», el trance, la posesión alada, en que escribió «Cien años de soledad»:
«Fueron dieciocho meses de encierro absoluto, sin salir una sola vez, sin ver el sol ni el mar. Me levantaba y me sentaba a escribir de una vez, con el café recién hecho y un cigarrillo humeante. Escribía doce, catorce, a veces dieciocho horas seguidas, en un estado de exaltación continua. Sentía que la novela estaba ya escrita en alguna parte y que yo sólo tenía que copiarla al dictado. No pensaba: recordaba. Nunca he vuelto a escribir con esa velocidad, esa nitidez y esa alegría sobrenatural».
Al escribir estos post las teclas zumban como empujadas por un viento de altura. Duermo poco, apenas pruebo alimento; los textos exigen todo de mí. Estoy poseído de un fuego frío que no arde, sino que ilumina. Las ideas se presentan completas, terminadas, listas para caer sobre la pantalla.
Escribo como afiebrado, con una rara violencia o tensión que no controlo del todo. Siento (su colores, sus aromas, sus relieves) las frases antes de pensarlas, como si me fueran empujadas desde algún cubículo o sótano secreto interior. Apenas duermo, insisto, apenas vivo. Escribir me extenúa, pero me mantiene en un estado de lucidez abrasiva.
No sé cuánto durará esto, pero debo seguir hasta el final.
El «otium cum dignitate» u «otium divinis» se cultiva, se fermenta, en la afortunada soledad fértil. Aquí se halla la típica atmósfera del escritor; una soledad que no es ascetismo depresivo, sino artesanía espiritual. Retirémonos a nosotros mismos, no busquemos la burda y trivial sociedad; procuremos hacernos compañía digna. Aquel que se prepara una habitación en su interior, libre, clara, limpia y ordenada, no estará jamás solo. La mayor parte de nuestras agitaciones provienen de que somos extraños a nosotros mismos y entonces nos tememos y rehuimos; nadie habita su propia mansión. Una soledad bien gobernada, fértil, insisto, nos ofrece más compañía, nos nutre más, que la ciudad más populosa.
Pascal: «El hombre no soporta estar solo porque entonces se ve. Y sin embargo, solo en ese silencio descubre la verdad de sí mismo. Quien no puede permanecer en una habitación sin distracciones está condenado a no conocerse jamás. (…) El silencio no es vacío; es presencia pura».
O Rilke (párrafo que debiera estar grabago en las vigas de cualquier biblioteca de escritor): «Amar la soledad es difícil; pero casi todo lo que sucede es difícil. Una sola cosa es necesaria: la soledad. La gran soledad interior. Ir hacia dentro y no encontrar a nadie durante horas: eso es lo que hay que lograr. Estar solo como cuando se está enfermo, y sin embargo soportarlo y amarlo, para que llegue un día en que la soledad se vuelva fértil».
Sin olvidar al gran Pessoa: «No tengo compañía mejor que mi propia ausencia. Soy la sombra que me acompaña. Todo cuanto pienso nace de esas horas interminables en que no sucede nada, en que soy solo una conciencia flotando. De esa soledad vienen mis únicas riquezas. Si estuviera rodeado de gente, ¿qué podría escribir? La multitud ahoga las raíces; solo en el desierto crece cierto tipo de árbol».
Yo debo estar solo para trabajar. La soledad absoluta es la condición suficiente de toda obra seria. No puedo escribir si alguien respira cerca de mí; cada presencia humana es una distracción. Necesito oír únicamente el rumor de mis palabras, martilleando, ovillándose y desperezándose. He pasado siglos enteros en un cuarto vacío, solo para escuchar la típica oración con final de cola de pez.
Todo lo que he escrito ha sido engendrado por largas horas mudas, por ese aislamiento donde el yo se vuelve un amigo y un enemigo necesario. Sin esa frontera que me separa del mundo no podría pensar; sin ella no podría siquiera esbozar una línea.
No hay multitud que permita el crecimiento de la mente. El mundo nos empequeñece, la soledad nos expande.
El melancólico que escribe transforma su enfermedad en arte. Lo que para otro sería peso, para él es impulso. Ese, exactamente, es mi caso. Para un temperamento como el mío, escribir no cura ni enferma por separado; es la única manera de no morir por asfixia interior. Sin escribir, me hundiría en el magma y las miasmas de mi propia densidad. Con la escritura, esa seclusa densidad se convierte en forma, en música, en pensamiento. Gracias a ese aliviadero no enfermo del todo (yo no escribo para estar sano) La escritura me mantiene en el punto medio entre la vida y la caída.
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(i) Escritura como cura
«Escribir sana porque obliga a fijar el malestar, a darle forma, a convertirlo en un objeto. Mientras el dolor permanece dentro de uno, es invencible; cuando se lo escribe, se vuelve externo, se hace soportable. No se trata de consolarse, sino de comprenderse. La literatura no cura la enfermedad, pero cura el espanto: ya no temes lo inexpresado», Cesare Pavese.
«El trabajo me curó. Si no hubiera escrito, me habría perdido. La escritura, con su disciplina, con su exigencia, aparta los pensamientos negros y permite al espíritu caminar por un sendero firme. No conozco medicina mejor para el alma que el trabajo literario», Chéjov.
(ii) Escritura como enfermedad
«La escritura es para mí una forma de enfermedad. Me consume, me devora, me impide vivir. Me quita la tranquilidad, me mantiene despierto cuando debería dormir, me obliga a mirar dentro de mí hasta que me duele. Cuando no escribo estoy peor: todo se acumula en mí como un veneno. Pero escribir no es alivio: es simplemente otra forma de sufrir, más ordenada y más lúcida. Escribir es abrir llagas con precisión», Kafka.
«Escribir es una peste que uno alimenta. A cada página, uno cae más hondo en sí mismo, y allí dentro no hay consuelo, solo repetición del malestar. El escritor es un enfermo que se autodiagnostica sin piedad. Y, sin embargo, la enfermedad es su única forma de vida», Thomas Bernhard.
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Para otros es, a la vez, salud y mal. Una enfermedad luminosa. Aquí ustedes pueden encontrarme.
Soy saturnino. Mi melancolía escarba, formula, convoca. Con un total acomodo a la realidad, con un perfecto ajuste a ella, moriría mi impulso para escribir. Desacuerdo con el mundo, lo acuso y abronco como un niño enrabietado y herido. La bilis negra que vierte al castellano el cultismo «melancolía», no me permite asentir con el estado de cosas tal cual es; siempre hay una fricción, un decalaje, una pérdida, un duelo, un sufrimiento, un ideal incumplido.
Mi maestro Burton escribió como nadie sobre la génesis melancólica del escritor: «La melancolía es una enfermedad literaria: nace en aquellos que leen demasiado, en los que piensan demasiado, en los que se entregan a la contemplación. Quien se ejercita en las letras corre siempre el riesgo de hundirse en cierta oscuridad del alma, porque los estudios solitarios, los pensamientos profundos, la imaginación que se extiende más allá de lo que los ojos ven, todo eso alimenta una tristeza especulativa. El melancólico es, por lo general, un hombre de gran fantasía, de espíritu agudo, de imaginación poderosa. Y de ahí que tantos poetas, filósofos y eruditos hayan sido melancólicos: porque su mente, al elevarse, pierde también la firmeza; porque, al ver más lejos, ven también más abismos».
Si el pensamiento intenta elevarse por encima del universo, un viento de cola arroja a su vez una poco comedida angustia. Si te acomete la alegría, al instante sobrevienen pesarosos escrúpulos, y se abren rendijas de desasosiego en el hondón del alma. Si eres consciente de un atisbo de infinito, se refleja nítido en el espejo lo finito, el terrible límite. Si registras la transparencia, automáticamente el foco también apunta a lo opaco. Virginia Woolf: «La escritura nace siempre de un estremecimiento interior, de una sombra que se cierne sobre la conciencia. Cuando estoy demasiado adaptada a la vida cotidiana, demasiado cómoda, no puedo escribir; me falta tensión, me falta ese ligero temblor que abre el alma. La melancolía me hace permeable. La alegría me vuelve banal. Necesito, para escribir, una especie de fragilidad iluminada».
Soy saturnino. No me adapto nada bien a un mundo tan superficial. A veces no sé qué, pero siempre me falta algo. Busco la lentitud, la soledad fértil, cierta gravedad que rehúye el mundo. El hombre superficial no es nunca melancólico: está demasiado reconciliado con lo que hay.
La idea de que la creación y las drogas están unidas es uno de los grandes mitos pop-intelectuales de nuestro tiempo más dañinos. La droga no da oficio ni sintaxis. En el mejor de los casos, obtienes un par de intuiciones y toneladas de basura ilegible. En el peor, te quedas sin obra y sin vida.
Flaubert, en famosa sentencia: «Sé regular y ordenado en tu vida, como un burgués, para poder ser violento y original en tu obra». O esta otra máxima esclarecedora de Baudeliare en «Los paraísos artificiales»: «El vino exalta la voluntad; el hashish la destruye… y convierte en holgazanes a quienes lo usan».
Rimbaud, Michaux, los beatniks, Burroughs, Lowry, Coleridge, De Quincey, etc., han alimentado la idea de que hay que desarreglar los sentidos para ver e ir más lejos. Paparruchas. Conviene recordar algunos hechos y evidencias incómodas: Coleridge, De Quincey, Lowry, Burroughs, etc., dejaron tras de sí obras poderosas y vidas devastadas, con largos periodos de esterilidad, destrucción personal y daños a terceros. Y muchas (por no decir todas) de sus páginas más sólidas fueron escritas antes, después o a pesar de las intoxicaciones, nunca gracias a ellas.
La escritura es una actividad intuitiva, pero también insidiosamente racional y epistémica, que requiere una conciencia alerta, una atención sostenida, excelente memoria de trabajo, y un avispado juicio crítico, cualidades que se pierden irremesiblemente con el yo intoxicado. La genialidad del maldito entre resacas y vómitos me parece una idea tan tonta como excéntrica (solo alcanza el nivel de mera caricatura adolescente)
El arte exige una dedicación casi religiosa, medida y orden: no admite distracciones inútiles, no tolera un espíritu disperso o alocado. El escritor debe preservar su energía para la frase justa, para la eufonía perfecta. Toda extravagancia, cualquier insensatez gastada en la vida es sustracción, demérito para la obra, palos en la rueda a la hora de crear una obra digna estéticamente. Mientras más burgués es el vivir, más intenso puede ser el escribir.
La vida desordenada destruye la capacidad de observación, y sin observación no hay literatura. La disipación vuelve estúpido al escritor: borra los matices, banaliza lo profundo, vuelve perezoso el pensamiento. Si quieres escribir bien, debes vivir bien, no en el sentido moral, sino en el sentido higiénico: dormir, trabajar, leer, escuchar. Ahí radica, como vio Chéjov, el nudo del asunto.
¿Acaso no estorba la inestabilidad falsamente revolucionaria de vivir a salto de mata? ¿Vivir al borde del abismo qué tipo de energía da sino la de la disipación menos sagaz? ¿No huye el bohemio de la lucidez y solo le permite balbucear pastosas palabras y resentidas ideas?
Mientras se pierde el tiempo en bares de mala muerte, la mejores páginas se pudren dentro de uno. El mito de la bohemia es una trampa para incautos. La obra exige calma, silencio, método. La bohemia solo deja cansancio.
Alberto Manguel, enfermo hermoso de mi especie bibliómana, llegó a reunir más de 35.000 volúmenes en una casa del Loira donde transformó un granero en biblioteca. Esa biblioteca fue, literalmente, el centro arquitectónico de su vida: compró la casa por el espacio que prometía para los libros. En «La biblioteca de noche» recuerda una inscripción antigua sobre una sala de libros: «Lugar de la curación del alma», y añade que los libros son infinitamente pacientes, que esperarán al lector “hasta el final de sus días”.
Umberto Eco, propietario de una biblioteca privada de entre 30.000 y 50.000 volúmenes, se irritaba con los visitantes que preguntaban: “¿Y cuántos de estos has leído?”. Para él, la grandeza de una biblioteca personal está precisamente en lo no leído, en esa zona oscura que nos recuerda nuestra ignorancia y nuestra apertura al futuro. Hablaba de la biblioteca como “herramienta de investigación”, no como trofeo de lo ya consumido.
Mi biblioteca personal ronda los 20.000 ejemplares. Al deambular por ella, siento el alma de cada libro, tal si fueran corpúsculos vivos, siento su gravitación física, su percepción electromagnética como estar dentro de un vibrante y tornasolado campo de amapolas. Mi glándula pineal se excita, el cosquilleo sexual se agranda. Soy un loco maníaco de los libros. Mi biblioteca es una extensión de mi sistema nervioso, un complemento a mi república celular.
La temperatura del libro, la textura del papel vergé al pasar los dedos por las guardas, el olor a humedad y polvo como un antiguo perfume, el sonido al volver las hojas, al crujir el lomo, al cerrarse el tomo, todo es como chupar el pezón erecto de una mujer, como acariciar la espalda de la enamorada.
El coleccionista de libros no acumula objetos: acumula futuros. Cada volumen que incorpora a su biblioteca es una forma de afirmar que su tiempo todavía se extiende, que aún tiene por delante la posibilidad de una revelación. Por eso sus estantes nunca están llenos: porque la esperanza es inagotable.
«Siempre he imaginado la biblioteca como el único espacio donde el tiempo se suspende. Allí, bajo la lámpara, frente al muro de volúmenes que se extiende como una selva domesticada, ocurre la metamorfosis: el lector deja de ser un individuo aislado y se convierte en alguien que participa de todas las vidas posibles.
Cuando abro un libro, no abro únicamente la puerta a una historia: abro las compuertas de una memoria que no es solo mía. La biblioteca es el lugar donde los muertos respiran; donde, al tocar un lomo, siento el pulso de quienes lo escribieron. El mundo exterior, con sus urgencias y su ruido, se vuelve ajeno. Aquí, las horas no avanzan: se acumulan, se superponen, se reescriben.
A veces recorro los estantes sin intención de leer nada, solo para oír cómo los libros me llaman por mi nombre. Es un murmullo casi inaudible, como un viento que mueve las páginas sin que nadie las toque. Me basta pasar la palma de la mano por los lomos, detenerme en un título, en una tipografía, en un olor antiguo. La biblioteca es un organismo vivo; en ella se guarda la respiración de siglos.
Hay noches en que me siento en mi escritorio, en silencio, y tengo la sensación física -no imaginaria, física- de que la biblioteca me sostiene. Que no soy yo quien la posee, sino ella quien me posee a mí. Y esa posesión, ese abrazo de papel y tinta, ha sido, siempre, una forma de felicidad», Alberto Manguel, «La biblioteca de noche».
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Recordemos con honores a Aurelio García Luján, 1958–2021.
Nacido en Bilbao, muerto en Foz, Lugo, rodeado por 40.000 volúmenes y una decena de gatos. En el pueblo le pusieron de mote «El estanterías».
A los 9 años robó su primer tomo: una edición barata de «La Odisea» en tapa blanda. Estudió Filología Románica a trompicones y consiguió un trabajo estable en una asesoría. A los 32 años, tras una discusión matrimonial por culpa de “otra caja de libros”, se produjo la iluminación: comprendió que, dado que solo se puede ser realmente fiel a una cosa, su matrimonio no era conyugal, sino bibliográfico. En confesión privada me dijo un día: «He mentido a todos. A mis padres les prometí una carrera. A mi mujer, estabilidad. A mis jefes, ambición. La única promesa verdadera que he mantenido es la que hice sin palabras a los libros: “no os abandonaré jamás”».
Vivió en su casa-biblioteca de Foz casi treinta años. No tenía salón: tenía Sala de Ensayo, Sala de Poesía, Cripta de los Incunables, aunque algún “incunable” fuera solo una edición de Valdemar de 1998. Dormía en una especie de pasillo flanqueado por literatura japonesa y tratados de mística renana.
Para pagar las facturas hacía trabajos de corrección y traducciones mal pagadas. Todo lo demás lo invertía en libros. Nunca viajó: para él, el viaje consistía en abrir una caja recién llegada de una librería de viejo de cualquier lugar del mundo.
Otra vez, lo recuerdo bien, hablando en la librería de viejo «Follas vellas» de Santiago, me dijo: «No tengo amantes, pero mis libros me han desnudado más que nadie. Ellos sí saben cómo huelo, cuánto sudo, en qué páginas tiembla mi mano».
Murió como vivió: sepultado entre páginas. Parte de su biblioteca se dispersó en subastas y librerías de viejo. Otra parte, la que nadie quiso, fue donada a la biblioteca de un instituto cercano, donde los estudiantes se quejaron de que “huelen raro”. Aurelito, amigo querido, estés donde estés, que te acune una Biblia de Gutenberg o el «Traité des arbres fruitiers», de Antoine Duhamel. No estás solo.