Ad hominem 73

El tópico es antiguo: ¿de qué se alimenta un escritor? ¿De la vida vivida o de la vida leída? ¿De experiencias o de palabras? ¿De heridas o de bibliotecas? Toda la tradición oscila entre esas dos fuentes, que rara vez están separadas. Un escritor es siempre -por lo menos- hijo de dos madres: la experiencia y la cultura. La primera da intensidad; la segunda da forma. Como decía Borges: “La literatura no es la vida, pero sin la vida no se puede escribir; y sin la lectura, no se puede escribir bien”.

No se necesita vivir mucho, pero sí sentir mucho. El que vive cien aventuras y no siente ninguna, no será jamás escritor; el que vive pocas, pero las vive con una intensidad insoportable, podrá escribir todo. En mí, la vida (en forma de soledad enfermiza, de caminante falso aristócrata) fue un incendio callado que estalló en los libros.

La vida suele ser mezquina; los libros, infinitos. Lo que pasa en la calle es limitado, a menudo mutilado y trivial; lo que pasa en la imaginación de Homero, de Dante, de Shakespeare, es ilimitado.

Mi verdadera biografía son mis lecturas. Me aparto bastante de la estirpe hemingwayana que sostiene que el oficio de escribir se aprende viviendo, eso que decía -jactándose- que cada pelea, cada viaje, cada amanecer, cada noche en que no duermes, todo eso se convierte en palabras. Yo viví la cultura con una intensidad casi febril, con inmensa combustión interior. Nabokov, amante de la lectura con una precisión sensorial extrema, declaró en una entrevista: «Un escritor no nace de la vida, sino de los libros. La vida nos da sensaciones; los libros nos enseñan a nombrarlas. El que no ha leído lo suficiente no tiene ojos, solo párpados».

De esta clásica dualidad o dicotomía, lo más sensato consistirá en el equilibrio de ambos platos de la balanza. Muchos escritores entienden que ambas fuentes (vida y lectura) son inseparables. La vida es un caos de impresiones confusas; el arte y la lectura nos enseñan a organizarlas. Lo vivido sin ser leído sigue siendo oscuro; lo leído sin ser vivido se queda frío. El escritor nace cuando una impresión se une a una forma, a su expresión.

No hay escritor sin biblioteca, pero tampoco sin barrio, sin heridas, sin pobreza, sin manicomios, sin frío e intemperie, sin algún fracaso decisivo. Un escritor es un lector que ha sufrido. Sontag, en «Estilos radicales»: «La lectura no reemplaza la vida, pero la anticipa, la ensaya, la amplía. El escritor se alimenta de libros porque en ellos están las vidas que aún no ha vivido y que acaso nunca vivirá».

Mi escuela de escritura fueron tanto los pabellones de los locos como las bibliotecas nacionales de Europa.

Ad hominem 72

No tengo lectores. O, si los tengo, no son capaces de llegar a mí, ni yo a ellos. Escribo para la noche, para una oscuridad tan densa que ni el papel distingue su propio blanco. Escribir sin lectores es casi como rezar a un dios que siempre guarda silencio. El verdadero escritor no tiene público: tiene un abismo. Uno sigue hablando… sabiendo que nadie escucha.

Me sumo a las ideas del malogrado Bolaño: «Uno escribe a los veinte, a los treinta, a los cuarenta, sin un peso y sin un lector. Y, sin embargo, algo -una llaga, una fe ridícula, una apuesta suicida- te obliga a seguir. La mayoría de los escritores mueren sin lectores, o peor aún, sin haber encontrado al lector que los justifique. Pero la literatura es eso: trabajar a oscuras, como un minero que cava una veta que quizá no existe».

Soy un zar atravesando la noche nevada hacia el exilio.

Ad hominem 71

La historia de la literatura es, en gran medida, la historia de escritores que decepcionaron a sus familias. O que lograron escribir a pesar de ellas. O que las perdieron en el camino.

Mi padre, como buen burgés, quiso arrastrarme a la respetabilidad profesional (ingeniero, médico, abogado…) Con algo de exageración puedo hacer mías las impresiones de Kafka: «Lo que yo era no te gustó nunca, y menos aún lo que quería ser. Mi deseo de escribir te parecía una extravagancia deshonrosa, una prueba de mi debilidad, de mi incapacidad para afrontar la vida “real”. Siempre me recordaste que un hombre debe tener una profesión útil, y que un escritor no es más que un parásito de sí mismo. Y sin embargo, escribir es lo único que me sostiene. Lo que tú llamas “inutilidad”, padre, es mi única forma de respiración».

Sí, ladies and gentlemen, fui la oveja negra de la «troupe» familiar. Mi destino era cualquier profesión digna, cualquiera, que no supusiera el escándalo bohemio de la literatura. Traicioné su idea de honor. Pero también sé que, si hubiese cedido, habría muerto espiritualmente. Para mi familia, escribir no era un trabajo: era como la marca de Caín. Pero yo no pude ni puedo concebir otra meta.

Cosas de maricas y vagos. Hay que ganar dinero, ganarse el pan con el sudor de la frente. Papá: «La literatura es un capricho, un pasatiempo, un lujo impropio de un hombre serio». «No entiendes, papá, que escribir no es un pasatiempo, sino una necesidad; que me siento enfermo cuando no lo hago. No esperes de mí una carrera eficiente. Seré un escritor o no seré nada» (ahora papá entiende estas palabras; en el cielo se vive una gran novela)

Mamá, reacia a los dicterios de papá, se acercaba a mí y cariñosa rompía el silencio: «Christian, escribiendo tu inteligencia no se malogrará, estate tranquilo. Tú no elegiste a la literatura, la literatura te eligió a ti».

***

«Nuestra época ha hecho del intelectual un extraño. La cultura ya no garantiza prestigio; la lectura provoca sospecha; el pensamiento profundo parece inútil. En muchas familias burguesas, nacer con vocación intelectual es una forma de desclasamiento», George Steiner.

«Las familias modernas quieren hijos eficientes, no hijos profundos. La cultura es tolerada mientras no interfiera en el éxito. Pero el escritor interfiere: no produce riqueza inmediata, no genera estatus. Por eso la vocación literaria es vista como un fracaso anticipado», Susan Sontag.

«Los padres que desean que sus hijos sean escritores son tan raros como los hijos que desean ser contables. Una familia razonable desconfía del escritor: teme por su futuro, por su estabilidad, por su vida. Y con frecuencia tiene razón. Pero el escritor escribe igual, porque no puede hacer otra cosa», Javier Marías.

«La vocación literaria es una insolencia hacia el mundo. La familia siempre lo presiente: que su hijo no tendrá un destino normal. Por eso la familia -esa institución conservadora- ve al escritor como un desertor», Cioran.

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En toda familia burguesa hay un profundo recelo hacia la literatura. El escritor es visto como un hijo que ha abandonado el camino recto. Para mi linaje burgués la literatura era una frivolidad peligrosa, una inclinación impropia de un hombre serio, un pasatiempo elegante que debía abandonarse con la edad.

La familia quiere que uno sea sensato, pero la sensatez es la gran enemiga del escritor. Solo con el enfermo bacilo del lenguaje te sientes verdaderamente vivo. Mario Vargas Llosa, «El pez en el agua»: «Cuando dije que quería ser escritor, mi familia reaccionó como si hubiera anunciado que sería mendigo. Para ellos, la literatura era sinónimo de fracaso. Su reacción no fue cruel, sino práctica: “La literatura no te dará de comer”. Y tenían razón. Pero uno no escribe para comer: escribe para seguir viviendo».

La clase media es profundamente hostil a la imaginación. Cualquier padre preferirá un hijo eficiente a un hijo profundo. Cualquier familia prefirirá un hijo deficiente a un hijo escritor.

Ad hominem 70

Sueñas y fantaseas, la imaginación (esa loca de la casa, esa loca recluida en el desván) discurre sin brida; poder estrechar manos ilustres, tener una cohorte de admiradores y discípulos, que te den una columna en el periódico, ser leído y alabado y citado, la fama, o ganar premios, y ser canonizado, e incluso el placer de ningunear con desdén a tus enemigos. La vida literaria con su purpurina y sus brillos, cuando, en realidad, si bien se piensa, a lo que más se asemeja es al suelo pitañoso de un gallinero.

El poder y la gloria, la puerilidad de pensar que en un porvenir tu nombre correrá de boca en boca, o ese sueño (admito que aquí hablo muy en primera persona) ese sueño, decía, que consiste en conjeturar que perdurarás en un puñado de mentes selectas, elitistas y cultivadas.

Notar que eres aclamado (lo que conlleva una vida cómoda), saber que tu trabajo circula, permitirte la amarga vergüenza de suponer que eres el mejor escritor de tu generación. Derrochar ingenio en las entrevistas, escandalizar con «boutades» calculadas, amistar con los fantasmas benévolos del público imaginario de la posteridad. «La verdadera gloria no es que te lean; es que te confundan con un futbolista famoso y luego, avergonzados, te pidan un autógrafo igualmente», Umberto Eco.

¿La gloria? Siempre ronroneando la gorda señora gloria. «Yo quiero la gloria con la misma ferocidad con la que otros quieren la fortuna. No la fama vulgar del éxito inmediato, sino esa corona invisible que el tiempo coloca sobre unos pocos elegidos. La gloria es la única amante que no decepciona jamás, pues siempre queda la esperanza de que un día -quizá tras mi muerte- vendrá a buscarme», Balzac.

Y asimismo la cuenta bancaria, boyante, numerosa: «Los escritores hablan con desprecio del éxito comercial, pero todos, si son sinceros, desean el dinero que les permita seguir escribiendo sin tener que prostituir su tiempo. Es una contradicción: despreciamos el mercado, pero dependemos de él para no morir de hambre. Ningún escritor está libre de esta tensión: la necesidad de pan y la necesidad de palabra», George Orwell.

Y coquetear, en fiestas en bungalows californianos con morenas chicas en bikini, con modelos de tapa y carísimas «cocottes»: «Parte de mí quería la gloria literaria; otra parte quería las fiestas, las mujeres, el ruido, las cámaras. Es ridículo negarlo. El escritor que dice que la fama social no le atrae miente por miedo a parecer superficial. Yo quería estar en todas partes, ser visto, ser reconocido. Y aun así, cuando estaba rodeado de gente, moría de ganas de volver a mi mesa y escribir», Norman Mailer.

Todo escritor quiere ser leído. Todo escritor quiere ser admirado. Negarlo es como negar que uno respira. Pero la escritura tiene un lado taimado: cuanto más éxito se obtiene, más se teme perderlo; cuanto menos éxito se tiene, más se sueña con él. Así que al final, la vanidad literaria es universal y perpetua, como la respiración.

Borges: «La vanidad es un lujo que todo escritor conoce. Yo he fantaseado, como todos, con la idea de que mis libros serán leídos cuando yo ya no esté, de que mi nombre figurará en bibliotecas ajenas, de que mi sombra se deslizará en la memoria de seres que jamás conoceré. Y, sin embargo, nada de eso es escribir: son meras fantasías adyacentes, encantadoras, pero inútiles».

Ad hominem 69

Nabokov no concebía escribir sin sus tarjetas y lápices específicos. En una famosa respuesta cuenta que no trabaja “de la página 1 a la 2, y luego a la 3”, sino que componía por fragmentos, dispersos, sobre fichas numeradas después. Por eso explica:

“Me gusta escribir mis relatos y novelas en tarjetas, reescribiendo cada una muchas veces; las llevo en cajas y uso lápices bien afilados, no demasiado duros, con goma en la punta”.

Concretatemente se explayó así en la entrevista del The Paris Review: “Siempre escribo a lápiz. No un lápiz cualquiera, sino lápices bien afilados, de mina suave, de los que puedo borrar sin dejar cicatrices. Escribo mis novelas en tarjetas, cientos de tarjetas de 3×5 pulgadas, que guardo en cajas especiales. Las reordeno, las mezclo, las vuelvo a ordenar; es un proceso físico, táctil, manual. No puedo imaginar escribir directamente con tinta o en una máquina: necesito esa resistencia del lápiz contra el papel, ese rasguño, ese titilar del grafito que es como oír la frase antes de verla”.

Yo, antes, como envuelto en un aura romántica, creía en lo podríamos convenir como la «mística muscular» de la escritura. Me parecían esencialmente diferentes el resultado de escribir a lápiz, con bolígrafo, con pluma o con ordenador. Un tipo u otro de borrador hacían que la frase naciera más o menos alerta respecto a las deidades tutelares del estilo. Creía que necesitaba sentir la resistencia de la página bajo mi mano, la lentitud de la palabra al formarse, el rasgueo del papel, las tachaduras, flechas, borrones y ralladuras en los cuadernos, y creía que el teclado era demasiado rápido y mecánico, demasiado limpio, demasiado industrial: que robaba la conciencia del tiempo, la morosidad del arte. Había leído todo tipo de mitologías acerca de viejas máquinas de escribir, ruidosas, pesadas, obstinadas, que obligaban a pensar antes de golpear la tecla. Todo esas supercherías se fueron por el agujero negro del tiempo. Me engulló por completo lo inevitablemente cómodo, lo nuevo.

Sobre la intendencia del escritor y su escritura solo poseo una certeza: mi vida entera, e indirectamente, mi vida literaria, podría escribirse a partir de los cigarrillos que fumé. Cada etapa de mi existencia lleva el nombre de una marca. He vivido en función del tabaco, y todo lo demás -incluso la misma literatura, o el amor, o la amistad- ha sido un largo intermedio entre cigarrillo y cigarrillo. Escribir sin fumar me parece imposible: el humo que sube frente a mí no solo acompaña la frase, sino que es su tempo, su respiración. Un cigarrillo encendido marcaba el límite de una página; una cajetilla, el límite de un capítulo. Fumo para que la escritura no se enfríe. Fumar es un acto complementario al de escribir. Fumar es un acto suplementario a no escribir.

***

Higinio Lázaro del Campo (Valladolid, 1947 – Lisboa, 2021) fue un escritor menor y a la vez gigantesco: menor en fama, gigantesco en manías. Publicó cinco libros, vivió pobre y murió pobre, pero dejó 236 cuadernos Moleskine llenos de una letra cuidada y microscópica.

A los 20 años, en París, compró su primer Moleskine. A los 23, recibió su primera Parker 51. Desde entonces: “La Parker es mi órgano vital. Si la pluma se seca, yo me seco. Si falla el plumín, falla mi corazón. He escrito páginas enteras suplicándole que no me abandone”. Y los caramelos: “El caramelo de café con leche es mi metrónomo. Cada caramelo es una página; cada página, una vida. Si un día no puedo comprar caramelos, no escribo. No entiendo cómo hay escritores que producen sin poner nada dulce en la boca”. Su ritual cotidiano: “Mi jornada empieza cuando abro el Moleskine y la tapa hace ese pequeño crujido de cuero falso. Enciendo la lámpara, coloco la Parker sobre la gamuza verde, saco diez caramelos del frasco y los alineo como padres benedictinos. El primer caramelo es el caramelo de la duda: lo dejo reposar un minuto en la lengua, no escribo aún. La tinta debe humedecerse en el plumín, como si respirara. Cuando el caramelo empieza a ceder en la boca, la Parker cede sobre el papel. No sé si escribo yo o escriben mis manías”.

Recomiendo vivamente de Lázaro del Campo su obra de culto «Cuadernos de un zurdo kamikaze», La Gaya Ciencia, 1976. Y, también, otra obra de culto y de bibliófilo: «De Zarauz a Pekín. Historia del caramelo y su poder afrodisíaco», Barcelona: Editorial Lumbre & Co., 1997, 204 p.; 22 cm. Colección: “Ensayos excéntricos”, n.º 12. ISBN 84-921534-5-9.

Escribir, ese oficio híbrido de Quijote y Sancho, ese cruce de Nietzsche con Mary Poppins.

Ad hominem 68

La misión del escritor consiste en levantar, sobre el polvo de los días, una arquitectura destinada a durar más que el mármol. Ninguna fuerza humana puede hacer retroceder la palabra cuando esta ha adquirido la altura de una tempestad. Yo escribo para que, algún día, al abrir mis libros, el lector escuche el rumor del océano y reconozca la voz de un hombre que no ha temido al destino. Cuando el espíritu se alza, el mundo entero se alza con él.

Admitámoslo (enemigos incluidos) El artista genial pertenece a una especie que en el fondo está más allá de la vida práctica. Soy un genio. Viví en un mundo separado, en un clima espiritual propio. Y como mi obra alcanzó la verdadera grandeza, impuse mi ley incluso a aquellos que no lo comprendieron. La genialidad es una forma de superioridad que, por su misma naturaleza, no puede justificarse ni moderarse.

El gran escritor no tiene discípulos, porque escribe desde una región del espíritu inaccesible a los demás. Fui grande, justamente, porque descubrí un mundo que no existía antes de mí. Y cuando mi obra se imponga, el lector reconocerá que nada puede sustituirla, que ninguna imitación podrá jamás reproducir la vibración única que la anima.

Yo, Christian Sanz mi nombre, he sido un enigma para mi época y un soberano para la posteridad. No consulté al público, no escribí para agradar. Me adelanté. Mis libros brillaron con una luz procedente de una precisión casi sobrenatural. Todo gran libro es, antes que nada, una forma de conciencia superior.

NOTA BENE: Inútil remarcar el juego irónico. Pretendí refutar, con propensión megalomaníaca, mi tesis más sentida, la hipótesis verdadera: soy un escritor menor de segunda fila. El espejo de esperpento deformante me devuelve una figura anhelada, sí, pero astronómicamente sofística.

Ad hominem 67

Necesito oír el texto, luego escribirlo. Me posee un magnífico y fatal don de oído coloreado… la sensación cromática nace de formar oralmente la letra mientras imagino su contorno. La «a» es una pluma de ornitorrinco mojada por la lluvia, la «i» un jugo de rodaja de naranja en un vaso en una terraza de hotel veraniego, la «o» cuero cubriendo el cambio de marchas de un Rolls Royce etc…

Permítanme una confesión. Me templo antes de escribir leyendo a unos cuantos de mis popes queridos (Nabokov, Musil, Proust, Tácito, Maquiavelo, Joyce et caetera) Como un pianista que antes de tocar su pieza se entona con escalas de los grandes maestros, yo necesito ver el color rosáceo con algo de crema en mis autores favoritos. El estilo es un asunto muy sencillo: todo ritmo y color. Una vez que se tiene eso, no se pueden usar palabras equivocadas…

¿Palabras? Perfumes, colores y sonidos que se responden allá, en el palacio azul de Kubla Khan (el lenguaje es un cristal que al sonar vibra hasta herir el corazón, hasta besar los labios gordezuelos pintados de carmín) Y, a veces, también, las palabras son un cielo bajo ahogando el amanecer (no hay por dónde escapar) Silencio… La maquinaria se para. Tembladera de frases y remordimiento. Y más silencio…

***

Damián Aurelio Cartapluma fue un narrador y diarista argentino nacido en Rosario en 1908 y muerto en Buenos Aires en 1981. Estudió Filología clásica en La Plata, pero nunca terminó la carrera. Llenaba cuadernos cuadriculados con una prosa barroca, obsesiva, donde cada párrafo seguía el ciclo de una carta astral.

Decía que Mercurio regía los adverbios, Saturno las subordinadas, Júpiter las enumeraciones exuberantes y la Luna todos los pronombres personales. Para su sistema delirante, un buen párrafo debía distribuir “aspectos gramaticales” de forma semejante a una buena carta astral.

Según él los signos de fuego (Aries, Leo, Sagitario) corresponden a verbos activos y transitivos; los signos de agua (Cáncer, Escorpio, Piscis), a adjetivos afectivos y metáforas líquidas; los signos de aire (Géminis, Libra, Acuario), a conectores lógicos, conjunciones, incisos; los signos de tierra (Tauro, Virgo, Capricornio), a sustantivos concretos y nombres propios.

A mi juicio sus mejores libros -léanlos- son: «Gramática de las Constelaciones», Buenos Aires, Editorial Minerva, 1952 y «El Almanaque Alquímico», Buenos Aires, Editorial Horizonte, 1957.

Ad hominem 66

¿Por qué esta compulsión a escribir lo que pienso, lo que siento (tules y tafetanes de organdí), a escribir las miasmas de la voluntad, las volutas incineradas del entendimiento, lo que arrastro -plagiado- en carros de plata y oro? Escribo quizá por miedo a desaparecer, quizá para demostrarme que existo. La psicología del escritor es una mezcla de duda constante y de orgullo luciferino secreto, de autoflagelación a su pasado y de alta vanidad por su futuro.

Hipersensibilidad, autoexigencia torturante, lucidez corrosiva, tensión identitaria, misticismo de encierro, una mezcolanza en alguien (yo: un escritor de domingo y aldea) para quien no escribir sería una enfermedad ¿Escribir? ¿Escribir? Hay mentiras que quiero exponer, hechos que quiero que se conozcan, sensaciones que quiero fijar para siempre. O escribir para descubrir lo que estoy pensando, lo que estoy mirando, lo que veo -y lo que significa aquello que veo. Escribo para honrar la memoria de mamá y papá, una memoria de visones y champaña. ¿Escribir? Una fatalidad resuelta en la mejor forma de existir fuera del caos. Escribo para transformar el mundo, para aceptarlo, para corregirlo, para crear una herejía, para fundar una ortodoxia, para burlarme de él y, finalmente, para soportarlo.

Edmund Hartley, lógico inglés (1909–1972): «Escribo porque pensar no basta. El pensamiento es gaseoso; la escritura es su solidificación. Cuando no escribo, mis ideas se dispersan como polvo en un pasillo. Cuando escribo, se vuelven habitables».

Ad hominem 65

El desorden me irrita, el ruido me destroza, ahí, en mi despacho, donde escribo y leo. Estantes llenos, una mesa despejada y una luz que no tape las palabras. Mi mesa, mi ordenador, son mi patria. Mi gabinete de trabajo, mi estudio, representan un refugio ideal contra el tiempo. No había allí más reloj que el ritmo interior (arborescentes pompas de jabón) de las frases. Mientras afuera el mundo amenaza con derrumbarse -nuestro mundo astrológico de plástico y cliché- ese pequeño cuarto continua erguido como un templo. En él vivía, por unas horas, en la eternidad, en la crasa y brutal felicidad.

Anaïs Delmar, novelista francesa (1901–1959): «Mi despacho era un cuarto casi triangular, prácticamente una buhardilla. Allí aprendí que la escritura no requiere belleza, sino clausura. En una habitación incómoda se escribe mejor que una lujosa: en ella el cuerpo desea escapar, y la mente, acorralada, se abre paso. Los libros nacen del encierro, jamás de la comodidad. La escritura es un acto litúrgico y el despacho, una capilla. Escribo, mejor dicho, me voy desmigajando. No envidio al querido Montaigne en la torre de su château».

Ad hominem 64

(i) Pascal. El divertissement y el vacío

«Nada es tan insoportable para el hombre como estar en reposo total, sin pasiones, sin ocupación, sin diversión, sin aplicación. Siente su nada, su abandono, su insuficiencia, su dependencia, su impotencia, su vacío. Inmediatamente brotará del fondo de su alma la tristeza, la melancolía, el tedio, el despecho, la desesperación».

«Toda la desgracia de los hombres proviene de una sola cosa: de no saber permanecer en reposo en una habitación».

(ii) Kierkegaard. La desesperación como enfermedad del yo

«La desesperación es la enfermedad en el espíritu, en el yo. Así como la fiebre envuelve el cuerpo, la desesperación envuelve la conciencia. No es que el desesperado no tenga un yo: es que no soporta tenerlo o desea ser un yo que no puede ser. Y esta contradicción interior es la forma más oculta y más ardiendo de sufrimiento».

«La mayor desgracia no es sufrir desesperación, sino no saber que se desespera; vivir disperso en infinitas posibilidades, sin llegar jamás a ser uno mismo».

(iii) Hannah Arendt. El desierto espiritual moderno

«La soledad, la verdadera, no la simple separación de los demás, es aquella en la que uno está abandonado por sí mismo. Y esta soledad espiritual, donde el pensamiento ya no puede encontrarse con la experiencia, es el terreno fértil para las ideologías totalitarias. Allí donde los lazos humanos se disuelven, las masas buscan refugio en cualquier ficción que prometa restaurar un sentido perdido».

«Nuestra época ha desarraigado al hombre del mundo. Al romper las tradiciones y las certezas comunes, lo ha devuelto a la desnuda interioridad, donde el yo no encuentra ya nada sólido a lo que aferrarse».

(iv) Max Weber. El desencantamiento del mundo

«El destino de nuestro tiempo se caracteriza por la racionalización, la intelectualización y, sobre todo, por el “desencantamiento del mundo”. Ya no hay misterios sagrados que nos hablen. Todo está disponible, todo es calculable. Pero este mundo sin dioses no satisface el hambre de sentido. La ciencia puede explicar, pero no puede dar un porqué último».

(v) Charles Taylor. La era del yo absoluto

«La cultura contemporánea nos ha encerrado en lo que llamo el “yo encapsulado”: una subjetividad cerrada sobre sí misma, autosuficiente en apariencia, pero en realidad privada del horizonte trascendente que daba profundidad a la existencia. Esta clausura espiritual produce fragilidad, ansiedad y un vacío que las sociedades tratan de llenar con placeres, identidades o causas efímeras».

(vi) Zygmunt Bauman. La modernidad líquida

«Ser moderno significa estar condenado a la búsqueda perpetua: de identidad, de felicidad, de sentido. Pero todos esos objetivos se disuelven antes de ser alcanzados. Nada es sólido, nada dura, y por eso nada satisface. Las relaciones se vuelven frágiles, los vínculos se diluyen, y la vida interior se convierte en una sucesión de tentativas sin reposo».

(vii) René Girard. El deseo mimético y el resentimiento

«El hombre moderno cree desear objetos, pero en realidad desea el ser de otros hombres. Su deseo no es espontáneo ni autónomo: es mimético. Y esta imitación, que en apariencia parece inocente, engendra rivalidad, resentimiento y violencia. La sociedad sin trascendencia es una sociedad librada al contagio universal del deseo».

«Cuando desaparecen las barreras simbólicas que limitan el deseo, este se vuelve infinito y, por tanto, destructivo. La crisis de nuestra época es, ante todo, una crisis del deseo sin mediación».

(viii) Byung-Chul Han. La psicopolítica y el cansancio del yo

«La hiperactividad y el rendimiento constante no son expresión de libertad, sino de un nuevo tipo de coacción. El sujeto neoliberal, que se explota a sí mismo en nombre de la autonomía, es simultáneamente esclavo y señor. Esta autoexplotación conduce al agotamiento, la depresión y la frustración permanente».

«La desaparición de lo secreto, lo oculto y lo sagrado en favor de una transparencia total empobrece el alma. La transparencia es pornográfica: destruye la distancia necesaria para la contemplación y para la profundidad».

(ix) Simone Weil. La desgracia del alma sin raíz

«El alma necesita raíces más que el cuerpo. Allí donde no hay un centro, no hay medida; donde no hay medida, no hay límite; y donde no hay límite, el deseo se vuelve loco y nos arrastra hacia la nada».