Todo lo que escribo es malo, excesivamente malo, redundante, prolijo y malo; mi pasión por la escritura es una dedicación absurda; tras de mí dejo un puñado de libros pedantes, vacíos y caóticos; no merece (de ningún modo) quedar nada mío.
Mi destino es no ser leído nunca, el ser ignorado antes y después de la muerte. La verdad es que me siento como un hombre enterrado en vida: mis libros nacieron ya muertos. Estoy seguro de haber fracasado.
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EPITAFIO
Caminante que lees estas palabras treinta años después de mi muerte; en vida no fui escritor para nadie, ni lo seré para los que nazcan un siglo o dos después. Todo lo que escribí solamente fue un susurro en el vendaval, vanas palabras de agua. Libros tullidos, arcaicos. Soliloquios enfermizos, incultos. Balbuceos que no sobrevivían ni un mes. Todo fue la obra de un don nadie.
Como las hojas que caen navego destinado a un silencio eterno.
La gloria no llega siempre con seguros pasos de fantasma.
Que la lápida diga, pues:
«Aquí yace el olvidado, el sin posteridad. Aquí descansan los huesos de quien no venció al tiempo. Pero, tú lector, no creas ser distinto a mí».
Schiller, antes de ponerse a escribir, olía manzanas en descomposición o, T.S. Elliot, que, mientras escribía, se pintaba la cara de verde para sentirse más poeta. Robert Walser, se dedicaba a recorrer kilómetros y kilómetros mientras hilaba sus pensamientos. Víctor Hugo, para poder cumplir con el plazo de entrega de una obra, ordenó a su servicio que le escondiera toda la ropa. Hemingway escribía de pie (como el ensayista E. Said o Philip Roth, Virginia Woolf y Lewis Carroll) y tenía como amuleto una pata de conejo. La rutina de Alice Munro era casi una coreografía diaria: levantarse, desayunar, cumplir una cuota de páginas escritas y, acto seguido, salir a estirar las piernas por su vecindario canadiense. Jean-Paul Sartre se rodeaba de ruido, tabaco y alcohol (y anfetaminas) A Kafka, escritor nocturno, la oscuridad le iluminaba la mente. Heidegger se retiraba a su cabaña en la Selva Negra. Truman Capote, Mark Twain, Vicente Aleixandre y George Orwell escribían ¡acostados! Karl Marx pasaba el día entero en el Museo Británico, desde que abría hasta que cerraba. Balzac tomaba ingentes cantidades de café…
Supongo que la inseguridad pertenece a la psique de un escritor, por lo que entiendo estas manías o rituales estrafalarios. Y digo estrafalarios y chamánicos porque escribir es, a mi juicio, una actividad eminentemente epistémica y no una obra de druidas. Pero creo que el ritual no contradice lo epistémico: lo prepara. El ritual no busca conocimiento, sino el estado mental propicio para que el conocimiento fluya. En otros términos: la razón necesita un umbral irracional para activarse. Incluso el matemático lo sabe: Hardy jugando al cricket, Grothendieck cultivando huertos, Wittgenstein construyendo una cabaña en Noruega.
Yo, lo admito, tengo mi propia escenografía, sin la que me sería muy difícil escribir: la luz orensana, el café, el paseo entre las estanterías de mi biblioteca, el olor de los libros viejos, el ritmo matinal de lectura y la noche como umbral de introspección.
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Gustave Flaubert. Carta a Louise Colet, 1853:
«Me he pasado el día entero encerrado, buscando una frase que se me escapa como un pez vivo. A veces camino por la habitación, a veces grito, a veces me siento en la silla sin moverme durante horas. Necesito que cada palabra encaje con la necesidad interna de la frase, como una nota en una partitura. No puedo escribir si en la habitación hay el menor desorden, si una silla no está en su sitio, si la lámpara está mal orientada. El mismo acto de sentarme significa ya aceptar la tiranía del estilo. Y en cuanto empiezo, todo se vuelve un combate entre el sueño de la frase y la posibilidad de realizarla».
Franz Kafka. Diarios, 1910–1923:
«De nuevo la noche me salva. La oscuridad me recoge como una vieja madre comprensiva. Durante el día no puedo escribir: mi mente está cercada por la vida vulgar, por el ruido del mundo. Pero al llegar la noche todo adquiere transparencia: mis pensamientos se vuelven dóciles y me siguen. Mi cuerpo casi desaparece, solo queda una claridad febril en la cabeza. Escribo hasta que me duelen los huesos, hasta que la silla me rechaza. Y aun así, en esas horas, siento que cumplo el verdadero destino de mi espíritu».
Ernest Hemingway. The Paris Review, entrevista (1958):
«Cuando estoy escribiendo una novela, siempre comienzo al amanecer. No hay ruido, nadie interfiere. Escribo en una mesa alta, de pie, porque me mantiene despierto y alerta. Me detengo cuando todavía sé lo que va a ocurrir después; es una vieja estratagema para engañar al agotamiento. Durante el resto del día, mientras camino o bebo o miro el mar, las frases siguen ardiendo en mi cabeza. Lo importante es proteger el fuego».
Virginia Woolf. Diarios, 1929:
«Escribo por la mañana, siempre de pie, ante una mesa demasiado alta para mí, lo cual me obliga a una especie de inestabilidad que parece avivar mis ideas. Me rodeo de silencio absoluto: cualquier voz humana me interrumpe como una piedra arrojada a un estanque. Necesito el rumor lejano de la casa, sí, pero no su presencia. El manuscrito ha de respirar solo».
Thomas Mann. Carta a Agnes Meyer, 1941:
«No puedo comenzar la jornada sin un mínimo de ceremonia. Debo ducharme, vestirme con corrección, poner en orden la mesa y afilar los lápices. Luego me siento y espero. A veces no ocurre nada durante media hora: pero esa espera es mi manera de inclinarme ante el trabajo. La literatura exige reverencia».
Como colofón señalar las rarezas del poeta y novelista Arnau Soldevila i Bruch (n. 1988, Vic) Cito de la entrevista en la revista “Fulls de Tramuntana”, nº 14 (2024):
«Jo no puc escriure sense abans practicar el que anomeno la litúrgia del contrast. A les cinc del matí, quan el cel encara no ha decidit si vol ser nit o dia, baixo al pati interior del meu pis de l’Eixample amb una palangana plena d’aigua gelada i una altra d’aigua gairebé bullent. Després hi submergeixo alternativament els peus, en una i en l’altra, mentre recito en veu baixa versos d’Ausiàs March i fragments de manuals d’electrodomèstics dels anys setanta.
Quan noto que la pell comença a tremolar, torno a dins de casa, col·loco tres mandarines a l’ampit de la finestra (sempre tres, mai dues ni quatre: supersticions de la meva àvia), i em poso uns guants de làtex color fúcsia que només faig servir per escriure. Encenc aleshores una llumet molt petita que vaig comprar en un mercat d’Olot i començo a escriure sempre la mateixa frase, que després esborro, però que és necessària per obrir la comporta interior: “Cap paraula no és digna si no ha estat remullada abans en silenci.”
Només després d’aquest petit desvari matinal puc començar a treballar. Sé que és ridícul, però cada paraula que escric sembla més vertadera quan ha passat pel sedàs del meu petit caos ritual. Sense estridències no hi ha estil. Sense un toc de follia, la prosa no respira».
Christian Sanz, aparente escritor de Facebook, no es tal escritor, sino un ex-analista de inteligencia que sigue comunicándose con su equipo mediante códigos insertados en publicaciones aparentemente literarias.
Publico un post supuestamente inocente para que un agente lo decodifique después. Algo como: «La luz es la sonrisa de la materia», en realidad significa: “Caja 12 reactivada. Analizar tráfico. Esperar indicaciones”. Si publico sobre libros raros, tipografías, pergaminos, imprentas antiguas…mi equipo sabe que estoy enviando información sensible. Así, si escribo “Garamond”, ellos leen: “informe preparado”. Cuando escribo “Baskerville”, leen: “riesgo”. Cuando digo “papel ahuesado”, leen: “cierre de operación”. Mis comentarios breves a amigos escritores no son comentarios: son indicaciones operativas camufladas como cortesía o comunicación literaria.
Cuando me retiré, mi equipo necesitaba un canal de comunicación discreto. Nada de satélites. Nada de canales cifrados de tipo militar. Demasiado obvio, demasiado vigilado. La solución fue tan absurda como brillante: utilizar mis posts literarios como mensajes encriptados.
Inventé protocolos secretos:
Sistema L.A.M.P.: la tercera palabra de cada párrafo activaba una orden.
Método Scriptorium: el siglo del autor citado indicaba el tipo de acción.
Operación Me Gustas: las reacciones de los lectores funcionaban como semáforos tácticos.
Código Hórreo: cualquier referencia a Galicia señalaba una ubicación.
Variante Ita: una foto de Ita era, en realidad, una alerta de Nivel 2.
La gente ve literatura donde solo hay logística o heurística de servicio de inteligencia. La tecnología empleada es el Cifrado Esteganográfico L.A.M.P. (Literary Asymmetric Messaging Protocol), parcialmente desencriptada por el C.N.I.
Yo trabajé algo más de 20 años en la DGSE. Leía, analizaba y redactaba informes. Al jubilarme, perdido en la vida, pretendí que el resto de mi existencia se ciñera a leer y estudiar, un modo de vida que me parecía (y parece) especialmente poco envilecedor. Pero se reactivó mi juvenil vocación literaria y Facebook fue el lugar regio de la vida literaria, al igual que una experta y nutrida escuela de escritura.
Por lo que todos ustedes merecen mi agradecimiento más hondo, la cordial bujía iluminada del afecto. G. K. Chesterton: «La gratitud es la más exquisita forma de cortesía. Pero para mí es algo más: es la respiración misma del alma. Cuando dejo de agradecer, dejo de ver; las cosas se vuelven opacas. Solo el agradecimiento vuelve transparente el mundo. No se puede ser infeliz y agradecido a la vez: la gratitud es la salud del espíritu».
La duda me libra de los dogmas; la gratitud de la soberbia. El que agradece sabe que no es dueño de sí mismo del todo, que recibe más de lo que cree dar ¿Agradecer? Como quien enciende una lámpara en un cuarto donde se había perdido la llave.
Como escribió Don Silvestre de Valdearenas (1734–1799), ilustrado español: «Agradecer es un arte del ánimo, no de la lengua. Muchos pronuncian gracias como quien se sacude el polvo del camino; pocos la dicen con la plenitud de quien reconoce que un bien recibido lo mejora y lo obliga moralmente. Agradecer es aceptar que no somos suficientes por nosotros mismos».
Así que, apuntando con mi corazón a cada uno de sus mullidos corazones, GRACIAS A TODOS. GRACIAS DE VERAS.
No fui un erudito, fui un apasionado; no enseño, ensayo; me gustaría ser letrado, pero soy apenas un curioso, un diletante. En su sentido originario italiano, «dilettare», designaba al que ama un arte por puro placer, no por obligación profesional. El diletante verdadero -como Montaigne, Browne, Pessoa, Joubert, Cioran, Pater, Borges- suele ser superior al especialista porque escribe desde un fuego interno, no desde un expediente académico.
Estudié en la universidad algo de matemáticas, un poco de filosofía e idiomas. Nunca literatura, de la que era un gran aficionado y lector, pero que no estudié de forma oficial o reglada. Esto me creó cierta inseguridad. A veces percibo en mi formación humanística lagunas, o huecos en mi saber literario. Puedo afirmar con convicción (también exagerando un poco) que soy solo un dominguillo de las letras.
¿Qué atributos, condiciones o disposiciones interiores exigen el oficio de escritor? Acaso sea preciso vivir (vivirla entera) la necesidad de la escritura. Y probidad para no permitir la frase floja, el sentimentalismo cursi, la imagen fácil, el tono forzado. Y gran afición a pulir, repulir, escamondar, limar, trabajar, podar, lijar los textos. Escribir tiene algo de sacrificado oficio tiránico. No basta con ser un erudito de la gramática ni con una biblioteca espléndidamente surtida. Hace falta una cierta manera de ver el mundo, una mirada idiosincrásica, ese lugar donde solo tú pones la la cámara.
Y la mente necesita algo similar al ocio para pensar. Y una vida interior que exija expresión. Vivir con una atención febril, con un oído siempre despierto, dispuesto a registrar aquello que nadie oye. No buscar el dinero, el aplauso, la fama, la recompensa inmediata. Y una paciencia de copista medieval, y un fervor de místico, y el desapego del jugador que sabe que puede perderlo todo.
Henry James, «The Art of Fiction»: «El único requisito indispensable para ser escritor es poseer una mente vorazmente receptiva. El escritor debe ser capaz de vivir mil vidas, de sentir los matices más sutiles de cada emoción, de observar sin descanso. Todo lo que ve, todo lo que oye, todo lo que experimenta, debe transformarse en parte de su capital imaginativo. La experiencia personal importa menos que la intensidad con que se la percibe. No hay tema indigno si el ojo que lo mira es lo bastante atento: el talento del novelista es, en esencia, un talento para percibir».
Cesare Pavese, «Il mestiere di vivere»: «Para escribir no basta con observar la vida: hay que vivirla dos veces. Una cuando sucede y otra cuando la recordamos. Solo lo que ha penetrado hasta lo más profundo, lo que ha dolido o iluminado en exceso, se convierte en materia literaria. El escritor es aquel que, incluso en el instante del placer o del sufrimiento, siente en el fondo de su alma una segunda voz que dice: «No lo olvides; algún día lo escribirás»».
Stefan Zweig, «El mundo de ayer»: «El escritor es, por naturaleza, un ser de sensibilidad peligrosa. Siente demasiado, ve demasiado, recuerda demasiado. Donde otros encuentran solo hechos, él percibe presagios. Donde otros sienten una emoción, él siente veinte variaciones de esa emoción. Esta capacidad es un don y una condena. Sin esa exageración interna, sin esa vibración continua, no hay verdadero escritor».
En resumidas cuentas, el peor enemigo del escritor es la complacencia. Uno debe desconfiar de todo lo que escribe demasiado fácilmente, de todo lo que halaga al lector, de todo lo que se acomoda al gusto del tiempo. La única obligación del escritor es ser fiel a su propia verdad, aunque esa verdad ofenda a todo el mundo.
La prosa artística -la verdadera, la que aspira a belleza y precisión- es uno de los oficios más difíciles que existen, infinitamente más arduo que la poesía breve y que la narrativa “de aeropuerto”.
La poesía admite cierto fulgor repentino; la novela comercial, cierta inercia; pero la prosa artística es una construcción continua, un esfuerzo sostenido de precisión, ritmo, ideas, imágenes y respiración. Quien dice que “escribir prosa es fácil” escribe prosa funcional, no literaria. Escribir es como mantener girando muchos platos en unas varillas sin que ninguno caiga al suelo (el léxico, el ritmo interno, la respiración sintáctica, las metáforas coherentes, el tono, la precisión, la eufonía, la imagen, la proporción del párrafo, las transiciones lógicas; cada uno de esos platos puede caer)
La frase solo existe cuando puede cantarse en voz alta (Flaubert) Ser buen escritor es como ser un virtuoso del arpa. Y el escritor debe ser capaz de examinar cada frase como un cirujano examina un órgano vivo: con cuidado, con frialdad, con una especie de amor feroz. No hay concesiones. El lenguaje debe ser una herramienta precisa, no un vehículo caprichoso. La verdad no se improvisa: se persigue, se cava con una pala diminuta, se limpia grano a grano. La frase perfecta se esconde, se burla, se desvanece. Y uno avanza a tientas, con miedo, con sospecha, con una especie de terror tranquilo. Cuando, después de horas, encuentas una frase que fluye, que ilumina, que parece inevitable, cuando, tras denodado esfuerzo, derribaste o hiciste un boquete en la pared, sientes algo parecido a la felicidad. Pero es una felicidad paradójica y fugaz, porque sabes que a la mañana siguiente la pared está alzada de nuevo, frente a ti, que la frase vuelve a resistirse.
Me gustaría acabar esta nota con una cita de Goethe. En ella traza el itinerario de un escritor con su sabio -e inevitable- colofón final:
«El arte de escribir no consiste en acumular palabras, sino en depurarlas. El estilo nace cuando uno ya no busca adornarse, sino hacerse claro. Lo más difícil es la simplicidad, pues exige haber pasado por todas las complejidades. Los escritores jóvenes quieren brillar; los maduros quieren decir. Y, sin embargo, solo después de escribir mucho y de equivocarse mucho se llega a una frase que parezca sencilla. Toda obra grande tiene detrás un largo proceso de renuncias: renuncias a lo inútil, a lo inflado, a lo que distrae. El estilo es la victoria sobre uno mismo», Goethe, «Conversaciones con Eckermann».
Debido a mis problemas de salud (con dos infartos a cuestas se puede decir que escribo contra la muerte, con su guadaña cada vez más cerca del cuello) preferí la «quantitas» a la «qualitas». Escribí mucho, durante poco tiempo, y no corregí lo suficiente, ni dejé reposar los manuscritos largo tiempo en sus carpetas. Me arrepiento de los defectos de mi obra, un si es no es precipitada en demasía. Uno de los secretos de la buena literatura son la recurrente corrección, el reescribir y reescribir sin prisas.
La urgencia sustituyó al reposo, el ímpetu reemplazó a la decantación, la necesidad sustituye a la artesanía, el “tengo que decirlo ahora” desplazó al “lo perfeccionaré después”. Prisa de vivir antes de no poder. Ningún escritor que escribe desde la urgencia mortal puede producir obras perfectas, pero sí puede producir obras verdaderas.
Kafka corregía obsesivamente y Pavese trituraba sus diarios y Flaubert tardaba semanas en un párrafo. Pero yo no pude vivir en esa condición fisiológica; mi cuerpo marcó un ritmo y obedecí ese ritmo que el destino me impuso. La mía es una literatura torrencial, urgente, febril, más que pulida y gota a gota pensada. No me voy a juzgar ahora como si hubiera escrito en condiciones ideales. Es injusto.
Gustave Flaubert. Veamos su obsesión absoluta por la corrección:
«No te imaginas el suplicio que es para mí escribir. No avanzo, ¡no avanzo! Ayer pasé seis horas para escribir una página y media, que hoy he vuelto a borrar por completo. He llegado a la conclusión de que la literatura es un trabajo de caracol: uno avanza dejando un rastro viscoso de esfuerzos y frustraciones. La frase solo existe cuando puede cantarse en voz alta; si la musicalidad falla, la idea se derrumba. Y así corrijo, suprimo, deformo, rehago, hasta que todo parezca inevitable. No sé escribir de otro modo. Mi obsesión es que cada palabra esté exactamente donde debe estar, aunque para eso tenga que sacrificar días enteros».
El peso de una frase imperfecta es insoportable. La buena prosa no es una cuestión de espontaneidad, sino de disciplina: es el arte de escudriñar cada cláusula, cada matiz, cada inflexión, hasta que el conjunto respire con naturalidad. Debemos modelar la frase como se talla una joya. La literatura solo llega después del décimo, vigésimo o trigésimo repaso. Quien no corrige no escribe: deja caer palabras.
Recordemos a Marguerite Yourcenar. Entrevista, 1981:
«Reescribir es un acto moral. El escritor no tiene derecho a la negligencia. Cada frase exige una vigilancia extrema, porque cada frase puede traicionar el pensamiento. Un libro nunca se acaba: simplemente llega un momento en el que deja de corregirse. Pero ese límite no es una victoria; es una renuncia. La escritura responsable exige volver una y otra vez al texto, como quien revisa una plegaria para que no pierda su verdad».
Y Paul Valéry:
«Corregir una obra es ingresar en un laberinto donde cada solución abre un nuevo problema. Nada está nunca terminado. Reescribir es el movimiento natural del pensamiento que se examina a sí mismo. Publicar es apenas un accidente; la obra verdadera es la que sigue desplegándose en la mente del autor. El escritor vive en una forma de infinito, en el que cada palabra admite variantes infinitas. La corrección es nuestra vida».
Pido perdón a mis dos o tres lectores, y, si no la diño muy pronto, prometo enmendarme. De veras.
A veces, y es algo que me avergüenza como si enseñase mis genitales en público, deseo pasar a la historia con mis libros. La razón -fina, ecuánime y sensata- pondera y apacigua el juicio, haciéndome ver que, por un mero contraste elemental, hay una diferencia abisal entre los libros de los Inmortales y los míos. Y no es modestia de postín ni complejo de inferioridad, sino una constatación científica como la ley de Gay-Lussac o la de la caída de los graves.
Pero sueño, como un adolescente lleno de granos, feo y gordito, con ser un superhéroe fornido del que se enamoran todas las chicas. Creo que a este mecanismo psicológico se le llama en psicodinámica «fantasía compensatoria». Mi obra fracasó pre-mortem y se olvidará post-mortem. Late mi corazón de frustración ¿Por qué yo no pude ser y otros sí? Permítanme esta purga pueril del corazón.
Kafka soñaba con la inmortalidad. Beckett también. Borges más que todos. Incluso Pessoa, que parecía escribir desde la nada, fantaseaba con un lector futuro que lo rescatara. Lo que llamo “avergonzante fantasía compensatoria” acaso sea, en realidad, el motor secreto del arte. No existe escritor verdadero que no haya soñado, aunque fuese una sola hora una sola noche, con entrar en la historia y en el olimpo. Comprendan mi pudor normal: confieso una indecorosa pulsión narcisista y exhibicionista. Perdonen, insisto. Perdonen a este autor irracional de una obra demasiado irrelevante y sin trascendencia alguna.
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Lord Byron, carta a Thomas Moore, 1813:
«Si la posteridad me concede un lugar, no será por mis actos políticos ni por mis aventuras galantes, sino por mi pluma. No escribo para el aplauso inmediato sino para un lector que aún no ha nacido, un lector que sabrá entender que viví como pocos y que hablé como ninguno. Tengo la sensación extraña -casi física- de que mis versos no morirán conmigo. Otros, quizá más virtuosos que yo, se eclipsarán; pero lo que he escrito permanecerá. No es vanidad, es una certeza tranquila, como quien sabe que el sol saldrá mañana».
Víctor Hugo, prólogo a «Les Contemplations», 1856:
«Lector: cuando los siglos me hayan borrado a mí, mis versos seguirán en pie. No lo digo por orgullo, sino porque sé escuchar la voz que me dicta. La literatura francesa no podrá olvidarme, porque he puesto mi alma entera en estas páginas, y un alma no puede morir. A través de mis libros hablará siempre el exiliado, el enamorado, el legislador, el soñador. Acepto la posteridad como se acepta un deber: no es gloria lo que busco, sino permanencia».
Walt Whitman, “Prefacio” a la primera edición de «Leaves of Grass», 1855:
«El tiempo y los continentes me vindicarán. Sé que mis palabras, aunque ahora parezcan extrañas, serán algún día la lengua natural de millones. El poeta se adelanta a las generaciones futuras y respira el aire que ellas respirarán. Escribo para los que aún no han nacido, para los que vendrán con una mirada más amplia y un corazón más fuerte. Cuando mi cuerpo se haya disuelto, estas páginas seguirán creciendo como la hierba que cubre las tumbas».
James Joyce, carta a Harriet Shaw Weaver, 1921:
«He puesto en Ulysses tantos enigmas y rompecabezas que mantendré ocupados a los profesores durante siglos. Estoy convencido de que, cuando al fin entiendan lo que he hecho, verán que he construido un monumento que no pertenece a una época sino a todas. Quizá ahora me ataquen o me nieguen, pero el futuro es mío. La posteridad siempre distingue al artesano del genio».
Fiedrich Nietzsche, prólogo a «La genealogía de la moral», 1887:
«No soy un hombre, soy dinamita. Escribo para un tiempo que aún no ha llegado. No espero comprensión inmediata, ni siquiera reconocimiento. Pero sé -con esa seguridad que da el destino- que un día mis libros serán leídos como una revelación. El siglo XX me entenderá. El XXI me confirmará. Y los que vengan después verán que hablé para ellos».
Oscar Wilde, «De Profundis», 1897:
«Cuando se hayan apagado las voces de mis enemigos y se hayan cansado mis admiradores, mis obras seguirán vivas. No es presunción: es la conciencia de que he dado forma a la sensibilidad de mi tiempo. La belleza no muere, y yo he sido un humilde servidor suyo. El futuro me juzgará con más justicia que el presente».
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Yo, Christian Sanz, con D.N.I. par, capricornio y lector feliz, no me considero escritor; solo soy un hombre enfermo que intenta ordenar su ansiedad mediante palabras, pero sé que estas palabras seguramente no sobrevivirán. Todo lo mío desaparecerá. Mi voz y mi mundo son demasiado pequeños, demasiado excéntricos, además, para traspasar la puerta de mi casa y entrar en el tiempo.
Sigo escribiendo por una compulsión oscura, por un mandato interior que no sé explicar, pero estoy seguro de que mis libros no tendrán posteridad. No me hago ilusiones respecto al porvenir. Todo lo que he escrito será barrido por la indiferencia. No soy un autor para esta época, ni para ninguna. El destino de mis libros es el polvo y la desintegración. Los grandes me han eclipsado, y yo desapareceré con la misma rapidez con que vine al mundo. Alea jacta est. A 29 de noviembre de 2025, 16: 18.
A veces soñé con la página perfecta. Como un párrafo de Ruskin, como unas líneas de Borges, como un verso sereno y ponderado de Kavafis. Donde la impresión, la intención de aquello que se quiere decir, tuviera una exacta correspondencia o trasunto con la expresión, con lo escrito. Y hubieran unas perfectas transiciones en el fluir rítmico, y la palabra fuera, a la vez, tan evocadora como exacta. Sueños imberbes de perfección, puerilidades de soñador. Todo escritor -creo-, incluso el más veterano, conserva en lo más hondo un adolescente que cree -o quiere creer- que algún día escribirá algo tan justo, tan idéntico al impulso interior, que ya no tendrá que corregir, ni tachar, ni revisar ni dudar. Ese sueño no desaparece jamás: se vuelve más discreto, más cínico, más oculto, pero sigue ahí, como una lámpara iluminando tus estancias despiertas y oníricas.
El sueño secreto de toda literatura: que el sentir y el decir coincidan, que no haya residuo, ni se pierda nada en la traducción del espíritu al lenguaje. Pero esa exactitud no existe. El lenguaje es siempre un mediador, nunca un espejo perfecto. La emoción es infinitamente más compleja que las palabras que la contienen. Y sin embargo…
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Gustave Flaubert, carta a Louise Colet, 16 de enero de 1852:
«Lo que busco es algo que quizá no existe: una frase perfecta, una frase que no pueda ser alterada sin destruir el conjunto. No quiero que se note en mí al escritor, sino al artesano. Paso horas escribiendo una línea, una sola, para lograr que su ritmo caiga justo donde debe caer, para que cada palabra pese exactamente lo que tiene que pesar. Es mi sueño -y mi suplicio- que un día el lector pueda sentir la impresión que yo sentí al concebirla. Pero esa correspondencia rara vez se alcanza. Y sin embargo, sigo buscándola como un loco, empujado por una fe casi religiosa en la música secreta de la prosa».
Jorge Luis Borges. Prólogo a «Historia de la eternidad», 1936:
«Uno escribe una página con la esperanza de que al terminarla parezca inevitable. La ambición secreta es que el lector crea que el párrafo no pudo haber sido de otro modo, que la expresión corresponde exactamente a la intención. Pero sé que esa es una expectativa absurda; el lenguaje es siempre un poco ajeno, siempre una traición. Sin embargo, a veces ocurre el milagro: una frase cae en su sitio con la precisión de una flecha que da en el blanco. Entonces creo -por un instante- que la página perfecta existe. Después vuelvo a escribir, y la ilusión se desvanece».
Paul Valéry, de «Variedades», 1938:
«Una obra nunca se termina, solamente se abandona. Esta frase es interpretada como ironía, pero es una verdad simple: cada línea que escribo podría ser mejorada indefinidamente. El ideal de perfección es una línea que persigo sin llegar jamás a tocarla. Y, sin embargo, escribo con la esperanza absurda de que un día la coincidencia sea perfecta, que la palabra diga exactamente lo que la mente ha concebido. Pero el espíritu es una llama fluctuante, el lenguaje un instrumento torpe. Entre ambos, la perfección es un espejismo: nos guía, pero no nos pertenece».
Vladimir Nabokov, «Strong Opinions», 1973:
«La única página que me interesa es la que se acerca a la perfección, esa página donde la estructura, la música interna y el sentido se combinan con absoluta inevitabilidad. Sé muy bien que esta perfección es un ideal que se escapa, pero es justamente esa fuga lo que me estimula. Escribo y reescribo hasta que el ritmo es exacto, hasta que la palabra no puede ser reemplazada sin destruir el conjunto. No busco la emoción inmediata: busco la forma perfecta, la transparencia cristalina. Es una ambición absurda, pero sin ella la literatura no tendría para mí ningún interés».
John Ruskin, de «Modern Painters», 1843:
«La verdadera excelencia del estilo consiste en que la impresión producida por las palabras coincide con la impresión que el autor ha recibido. Si no existe esa correspondencia, la prosa es un artificio vacío; si existe, es un acto de verdad. He dedicado mi vida a perseguir esa exactitud, a describir la luz, la atmósfera, la emoción con una fidelidad que no traicione lo vivido. Esta búsqueda es interminable, pero cada vez que logro acercarme a esa unión -aunque sea por un instante- siento que el arte ha cumplido su promesa».
Cada mañana me levanto con la esperanza de que algo, lo que sea, me golpee en la cabeza y me permita arrancar con esa pasión-febril, fatal- llamada «escribir». Me siento frente al ordenador sin saber si la inspiración (ese subterfugio para zánganos) va a concederme su visita o me dejará sentado como un pasmarote. Pero descubrí que hay una forma de incitarla: escribir, escribir y escribir. Aunque sea basura, aunque sean frases deslavazadas y párrafos que te avergüencen por su indignidad estética. No importa. Lo único que importa es disponer mecánicamente el cuerpo frente a la pantalla. Una página mala puede corregirse; una página inexistente no tiene salvación. Si esperas a estar inspirado, eres un cadáver. Si escribes, aunque sea mal, ya estás vivo. El truco es ése: insistir hasta que los dioses aparezcan. No hace falta drogarse ni beber. Solo emborronar maníaco con el teclado.
A veces tardas horas en encontrar esa frase verdadera; otras, un día entero. Pero una vez la tienes, el resto viene solo. El peor enemigo del escritor es ese forcejeo tenso con la página en blanco. En esos casos sal del mundo obsesivo que te ahoga: habla con gente, cocina, arregla cosas, recopila citas, escucha conversaciones en la tertulia de El Cercano, mira la tele, pasea con la perrilla. Y entonces, sin aviso, algo empieza a moverse dentro. Las palabras maduran en secreto, igual que semillas bajo tierra. Cuando vuelvas al despacho ya no estarás solo con tus obsesiones estilísticas: traes contigo el rumor de la vida. Uno no puede escribir desde un pozo vacío. Hay que llenarlo, aunque sea con la experiencias más humildes.
El peor pecado del escritor es la corrección prematura y perpetua. Cuando te bloqueas seguramente es porque ya estás intentando juzgar el párrafo antes de haberlo escrito. Entonces dite: “Christian, suéltalo todo. Escríbelo todo. No importa que sea malo. Solo escribe”. Cuando dejo de intentar escribir bien, escribo bien. Cuando renuncio al control, la voz, el tempo, el ángulo, la visión vuelven. Creo que el bloqueo no es falta de talento: es exceso de vigilancia.
Escriban pavadas, textos sin sentido, hagas dedos como el pianista, imaginen diálogos entre objetos, o palabras que se persiguen por el sonido, jueguen con la sinestesia y los calambures y los palíndromos. Verán que, de pronto, aparece una frase verdadera en medio de las chorradas, como un pez brillante en aguas turbias. La literatura no siempre nace del esfuerzo; muchas veces nace del juego.