Christian Sanz no tiene el desparpajo narrador de Márquez, ni la simpatía arrolladora de Divisa, ni la capacidad de ternura y horror en un mosaico «trencadís» de Colell. Sus ratas -confesémoslo- se acumulan en el desván y lo envenenan y corroen provocándole un temblor perpetuo. Su interior, como en Virginia Woolf, es cárcel y paraíso (psicológicamente es un péndulo: pasa del entusiasmo iluminado al hundimiento abismal, pero incluso en la caída mantiene un orden secreto, una lucidez capaz de observar su propio derrumbe) Nunca sospechó de las personas demasiado apasionadas. Me temo que la razón es un instrumento más bien tosco; prefiero la sensibilidad, la ternura a flor de piel, que es un arma más delicada y, quizá (o sin quizá) más misericordiosa. Aquí se diferencia de Borges (su genial y victoriana elegancia: esa forma de moral que consiste en no molestar al lector, en no imponerle su yo) ¿Lo sublime en lo impuro? ¿Amar lo que destruye? ¿Roer la propia sombra? Sí y no. No es estrictamente baudeleriano; a veces prefiere el prudente punto medio aristotélico.
La luz torcida de la tarde, las páginas leídas que entran y salen de mi mente, el descanso tras la visión confusa, la imposibilidad de alcanzar una pequeña perfección, el recuerdo de mamá, las voces y miradas que me ven, las voces e imágenes que sueño…solo deseo estas pequeñas certidumbres.
Christian Sanz es un hombre de salud precaria, pero aquella fragilidad está envuelta en un aura selvática. Tiene la piel fina, casi transparente, como si estuviera iluminada desde dentro. Sus ojos bonitos, guardados en gruesas gafas pasadas de moda, ojos castaños, miopes y brillantes -ojos de insomne perpetuo- dominan un rostro que parece siempre en estado de espera, atento al más mínimo matiz. La voz es grave, propia de un fumador, muy pastosa, con un ir arrastrándose que a veces se confundía con una borrachera. Sus manos, cardenalicias, demasiado largas para su cuerpo, parecen flotar en el aire cuando habla, como si escribieran líneas invisibles o dirigieran una orquesta sinfónica de talla mundial.
En fin, un aire de pájaro frágil y alerta. Cabello oscuro cayendo inexorable en calvicie descuidada sobre una frente amplia y pensativa. Su boca, de dibujo perfecto, tiene un gesto de ironía perpetua. Su rostro parece el de alguien que hubiera visto demasiado: anguloso, magnífico, con una intensidad de animal bondadoso. Hay algo mineral en su expresión, una especie de dureza luminosa. Y sin embargo, cuando sonríe -no pocas veces-, esa luz se vuelve humana, cálida, como si por un instante la distancia entre él y el mundo se cerrara.
«A veces me parece que todo lo que hago se ha vuelto extraño y hostil. Quisiera escribir y no puedo; quisiera hablar y tampoco puedo; todo en mí se vuelve lento y pesado como la sangre en un enfermo. Es como si una puerta que antes se abría libremente se hubiese cerrado de repente y me encontrara ante un muro desnudo. Y entonces llegan los días en los que no puedo arrancar ni una palabra de mi interior, y cada frase que intento se me rompe en las manos como un objeto mal fabricado. Pero quizá estos días sean necesarios, quizá en ellos se gesten fuerzas oscuras que aún no conozco», Rilke, «Cartas a un joven poeta».
«Hoy he pasado horas sentada ante el papel, sin lograr que brotara una línea que valiera la pena. Es como si la mente se hubiera vaciado de un solo golpe. Sé que hay algo que quiere salir, lo siento detrás de una especie de cortina vibrante, pero en cuanto intento asirlo desaparece. Me irrita esta esterilidad como si fuera un defecto moral ¿Cómo he podido escribir otras veces? ¿Quién era esa mujer que escribía sin esfuerzo? No la reconozco. Ahora solo conozco esta mente fatigada, obstinada en su silencio», Virginia Woolf, «Diario», 20 de abril 1921
«No he escrito nada. Ni siquiera una frase mínima. Y sin embargo, cada día me devora la necesidad de hacerlo. Pero en cuanto tomo la pluma, me paralizo. Me siento como un aparato que ha perdido la corriente. No es que no haya pensamientos; al contrario, hay demasiados, y todos pugnan por entrar a la vez, y esa lucha los aplasta. De este modo, lo que podría ser claro se vuelve turbio, y lo que era vivo se marchita antes de nacer. No conozco tormento mayor», Kafka, «Diario», 21 de agosto de 1913
«La verdadera desgracia no es no escribir: la verdadera desgracia es querer escribir y no poder. He pasado la tarde entera en mi habitación, absolutamente incapaz de poner una palabra detrás de otra. Es un cansancio que no proviene del cuerpo, sino del alma. Se diría que la sangre deja de circular por el espíritu. A veces pienso que esta impotencia es el verdadero rostro de mi vida. ¿Para qué sigo intentándolo? Y sin embargo, si no lo intento, es peor todavía», Cesare Pevase, «Il mestiere di vivere», 1938.
«Hoy he trabajado durante cuatro horas y no he producido una sola página que no me avergüence. Es un estado espantoso: la voluntad sigue ahí, pero la mano está muerta. Y cuando esto ocurre, uno se siente como un músico que ha perdido el oído pero no la memoria de la música. Hay días en los que escribir es un sufrimiento físico, como si el pensamiento se negara a entrar en la palabra. En otros momentos, cuando releo lo escrito, me parece que soy un desconocido para mí mismo», Stenvenson, carta a Edmund Gosse, 1885
«No consigo escribir. Siento dentro de mí algo inmenso queriendo definirse y, al mismo tiempo, huyendo de toda definición. Me desespero. Es un estado de falta de forma que me oprime. No sé si es ausencia o exceso, si es silencio o ruido. Cuando estoy así, no soy capaz de comenzar ninguna frase: todo nace muerto, todo se deshace antes de tener nombre», Clarice Lispector, carta a Olga Borelli.
«Los estudios sirven para el deleite, para el adorno y para la capacidad. Su principal uso para el deleite se da en la vida privada y en el retiro; para el adorno, en la conversación; y para la capacidad, en el juicio y en la disposición de los asuntos. Los hombres expertos pueden ejecutar, y quizá juzgar cada detalle por separado; pero los consejos generales y la organización y ordenamiento de los asuntos proceden mejor de los que son instruidos […] No se ha de leer para contradecir y refutar, ni para aceptar ciegamente y dar por sentado, ni para tener conversación y charla, sino para ponderar y considerar […] Algunos libros están hechos para ser sólo probados, otros para ser tragados, y algunos pocos para ser masticados y digeridos: esto es, algunos libros deben leerse sólo en parte; otros deben leerse, pero no con minuciosidad; y algunos pocos deben leerse enteramente, con diligencia y atención […] También hay libros que pueden leerse por delegación, y otros pueden extractarse por un tercero; pero esto solo conviene en argumentos de menor importancia y en libros de menor categoría; de otro modo, los libros destilados son como las aguas destiladas comunes: cosa insípida y desvaída», Francis Bacon, «De los estudios»
«En este libro se aprende a leer, se aprende a leer de manera lenta, profunda, atenta, circunspecta, con segundas intenciones, con puertas abiertas y los dedos finos. Amigos míos, esta obra exige una cosa de vosotros, que quizá no la hayáis aprendido todavía: un arte de leer que está a punto de perderse. Es un arte que exige hoy, más que nunca, casi lo mismo que exigía para los antiguos lectores de poesía: la rumia, la digestión lenta, el detenerse ante cada frase, la descomposición de cada palabra. Leer lento es leer dos veces, tres veces, diez veces. Solo así el texto revela su arquitectura secreta, sus ritmos interiores, su pensamiento más delicado y su veneno más sutil. Y no tengo prisa alguna. Yo, maestro de la lectura lenta, considero una virtud el no pasar de página hasta haber sorbido de ella la última gota de sentido. Toda lectura apresurada es lectura perdida», Nietzsche, «La gaya ciencia», § 381: “Elogio de la lectura lenta”.
«Uno aprende con los años a reconocer, incluso antes de abrir un libro, si merece ser leído. El título, el índice, la bibliografía, la manera en que el autor ha distribuido los capítulos, las notas al pie o la ausencia de ellas, todo ello constituye una suerte de perfil genético del libro. A menudo bastan diez minutos de inspección para saber si un libro es competente, mediocre o indispensable.
Este examen preliminar no sustituye a la lectura, pero la orienta, la prepara, la purifica. La lectura verdadera empieza cuando el lector ha eliminado, con esa primera mirada, toda expectativa vana. Es entonces cuando el libro habla con su voz propia y no con la que nosotros imaginábamos. Y si merece ser releído, entonces ya no es un libro: es una habitación más de nuestra mente, un pasillo de la biblioteca interior que se amplía cada vez que volvemos a cruzarlo», Umberto Eco, «De Bibliotheca. De los espejos y otros ensayos».
«Leer de verdad significa escuchar. Escuchar una voz que viene de lejos, del pasado, del otro, y que exige de nosotros un silencio activo. No hay lectura verdadera sin una disposición de reverencia, de atención. Un libro que merece ser leído exige ser interrogado.
Primero lo abrimos con cautela, después lo seguimos con confianza, finalmente lo enfrentamos con lucidez crítica. La lectura es un proceso en tres tiempos: reconocimiento, acompañamiento, combate. Todo gran lector sabe que el libro sólo se entrega después de la tercera fase, cuando ya no lo contemplamos, sino que discutimos con él, lo contradecimos, lo incorporamos», George Steiner, «Lenguaje y silencio».
«Antes de comenzar la lectura profunda de un libro, el lector debería concederse un plazo razonable para efectuar una lectura de inspección: abrir el volumen, examinar su prólogo, recorrer su índice, detenerse brevemente en los capítulos principales y sondear algunos pasajes. Esta exploración preliminar no pretende sustituir la lectura, sino orientarla: permite comprender la arquitectura general de la obra, descubrir su intención fundamental y advertir si merece una atención más rigurosa. La lectura analítica, en cambio, exige del lector un esfuerzo sostenido. No se trata solo de seguir las frases, sino de identificar cuáles son las preguntas a las que el autor intenta responder, cuáles son sus afirmaciones esenciales y cómo las sostiene. El lector debe reconocer no solo qué dice el autor, sino también cómo lo dice, qué estructura organiza el argumento, y qué supuestos lo sustentan. Esta forma de lectura convierte el libro en un objeto de estudio: se lo desarma, se lo clasifica, se lo compara consigo mismo para reconstruir su lógica interna. Pero la forma más elevada de leer es aquella en la que varios libros se ponen en relación entre sí. La lectura sintópica obliga a consultar diversas obras sobre un mismo problema, no para adoptar la opinión de un autor, sino para confrontarlas, ordenarlas, contradecirlas si es preciso y, finalmente, para llegar a comprender el asunto mejor que cualquiera de los autores considerados aisladamente. Esta lectura comparativa y paralela es la más difícil, pues convierte al lector en juez entre autores y no en discípulo de uno solo. Requiere una mente que no se limite a recibir ideas, sino que sepa relacionarlas, clasificarlas y superar sus aparentes contradicciones. Solo así se alcanza la forma madura de aprender mediante los libros», Mortimer Adler, «Cómo leer un libro».
«Si me dieran a elegir entre leer y escribir, elegiría siempre leer. La lectura es la forma más íntima de la amistad: uno entra en la conciencia de otro, pero sin estorbarle. Cuando leo, soy libre; cuando escribo, en cambio, estoy atado al deber, a la responsabilidad de esa página en blanco que exige un orden. Leer es una felicidad más honda, más secreta, más parecida a la de estar vivo sin tener que justificarse. Escribir, en cambio, me obliga a justificar lo que soy», Borges.
«Si yo pudiera, viviría entregado únicamente a la lectura. En los libros encuentro un reposo que la escritura me niega. Leer es recibir; escribir es desgarrarse. La lectura, cuando es profunda, me vuelve un contemplador; mientras que la escritura me convierte en un obrero que suda, que se golpea contra la frase que no quiere ceder. A veces pienso que nací para leer, y que la escritura es un castigo accesorio», Flaubert.
«¿Qué otra cosa deseo sino leer? Leer sin interrupción, leer sin obligación de producir nada. Cuando leo, todo parece tener un sentido secreto; cuando escribo, en cambio, debo inventarlo. La escritura me disloca, me exige, me vacía, mientras que la lectura me eleva a un territorio donde no soy responsable de nada. Si la vida fuera sólo leer, quizá yo sería un poco más tolerable para mí mismo», Kafka.
«No escribo para tener libros; escribo porque los libros que leo me obligan. Confieso que hay días en que preferiría perder todo lo que he escrito con tal de conservar todo lo que he leído. La lectura me transforma más que ninguna página mía: me sacude, me agranda, me irrita, me pone frente a mis flaquezas. La escritura, en cambio, me estrecha, me vuelve calculador, me convierte en alguien que mide cada palabra. Si fuese un hombre libre, solo leería», Elias Canetti.
Me siento vacío, pero no es un vacío limpio, sino uno lleno de basura, de fragmentos rotos que se niegan a convertirse en palabras. Cada frase que intento trazar se retuerce, pierde su sentido, se burla de mí y se transforma en un monstruo abyecto. Y sin embargo, el no escribir es todavía peor: me siento corroído por dentro, como si me tragara a mí mismo. Nada me pesa más que mi propia incompetencia. Vivo en la tensión perpetua entre la necesidad y la imposibilidad.
Me avergüenza mi propia esterilidad, y, sin embargo, me asfixio si no trabajo. Esta lucha me destruye: siento que el talento existe, pero que se me escapa entre los dedos. Todo lo que escribo me parece falso, indigno. No es que no tenga qué decir: tengo demasiado, y todo se obstina en permanecer informe. ¡Qué tortura esta de querer encontrar la palabra justa y no hallarla! Estoy como un alquimista que busca oro en el barro y solo encuentra barro. No hay mayor miseria para un escritor que sentir la lengua paralizada, ver cómo la idea brilla en la mente y se pudre en la página. A veces temo que la literatura me haya abandonado para siempre.
Quiero escribir, pero todo lo que escribo parece un eco desvaído, un murmullo sin fuerza. Es como si el pensamiento estuviera atrapado en una red invisible. La mente se mueve, pero la mano se queda suspendida, vacilante, inútil. Me frustra esta impotencia, este estar lleno de frases que no encuentro manera de pronunciar. Cuando intento trabajar, las frases se quiebran, se vuelven enemigas. Nada se deja modelar. Entonces me desespero: quiero escribir porque es mi manera de existir. Pero hay días en que la existencia me rechaza como un cuerpo extraño.
Sí, hay días enteros en los que no consigo escribir una sola línea que no quiera después destruir. Es como caminar sobre un pantano: cada paso es un hundimiento. La terrible fatiga de crear me pesa como un hierro al rojo. No puedo explicar este estado más que comparándolo con una enfermedad: uno está consciente, lúcido, pero inválido. A veces paso semanas sin lograr escribir nada que valga la pena. No es falta de deseo: es un bloqueo que nace de la intensidad misma. Cuando siento demasiado, no consigo traducir nada. Me quedo suspendido, como si tuviera una emoción enorme, pero sin palabras.
Cuando escribo, mi cerebro encuentra una especie de válvula de seguridad. Si no escribiera, literalmente tendrías síntomas físicos: inquietud, ansiedad, saturación, dolor muscular, mareo interior. Mi yo sólo adquiere contorno cuando escribe, solo se desarrolla frente a la funesta manía de escribir. Al escribir «creo ser»: a veces me devora la sensación de no tener forma. La escritura es mi único yo real.
Mucho mejor que yo lo explicaron los genios. Kafka, en carta a Max Brod (1922):
«Escribir es para mí una forma de oración. No escribo para el público ni para la gloria: escribo porque, de no hacerlo, me sofocaría. Todo lo que no escribo se convierte en una llaga que me duele dentro del cuerpo. No tengo otro modo de existir más que este: poner en palabras aquello que si permaneciera dentro de mí me haría estallar. La literatura no es una profesión, sino una maldición y, a la vez, una salvación. Escribo porque el espíritu exige una salida, y porque me niego a vivir en silencio».
O Clarice Lispector, en sus «Diarios»: «Escribo como quien en la oscuridad palpa una pared para no caerse. Escribo porque tengo necesidad de comprender lo que mi propia vida me oculta. La escritura es mi única manera de asirme a mí misma. Cuando no escribo, siento que desaparezco, que mi existencia se torna invisible. Escribir es un llamado que no puedo desoír, un mandato tan implacable como el hambre. Escribo para no perderme, para no olvidarme, para no morir antes de tiempo».
Pessoa, en el «Libro del desasosiego»(fragmento 209): «Escribo por liberación, porque si no lo hiciera, mi alma se ahogaría dentro de mí. Escribo para olvidar la vida, para la cual no fui hecho. Escribo porque soy un enfermo del pensamiento, un habitante del intersticio entre el sueño y la vigilia. Escribo porque no sé sentir de otra manera. Todo en mí busca la palabra, como si las palabras fueran mi única patria. Si dejo de escribir, me disgrego, me diluyo, desaparezco».
Si pudiéramos resignarnos a la realidad, conformanos con lo común, adaptarnos a lo habitual, no tendríamos necesidad de literatura. Pero hay en muchos de nosotros una inquietud insaciable, un desajuste, un monstruo con fijeza de ojos verdes, un malestar que solo la escritura calma durante un instante. El que escribe es alguien que intenta sobrevivir a sí mismo. La idea es evidente: o escribo, o me muero.
Apresar lo informe y darle un hilado de tapiz. Atravesar la niebla, salir de la niebla con un yo más completo que antes. No escribo para entretener, ganar dinero ni con propósitos sociales o políticos. Escribo empujado por fuerzas incontrolables, escribo aunque nadie escuche, aunque nadie lea, aunque todo parezca inútil. Escribo porque no escribir sería traicionarme, envilecerme, arrastrarme por el fango. La literatura puede ser muchas cosas, menos un pasatiempo de dominguillos. Si no escribo soy un perro sarnoso abandonado en las esquinas más sucias y pobres de la ciudad.
Como dijo el hoy muy olvidado Domingos de Lencastre (1704–1766): «He intentado muchas veces dejar de escribir, y cada vez que lo he hecho, un malestar intenso se apoderó de mí, como si me faltara el aire. El escritor es un esclavo voluntario: se entrega a su tarea porque sabe que fuera de ella solo encontrará una confusión e insoportable caos. Cuando escribo, todo se ordena, todo adquiere un lugar en el gran universo de las cosas. Mas cuando no escribo, me disperso, me fragmento, me vuelvo un espectro de mí mismo. Así comprendí que la escritura no es una elección, sino un destino. Y quien intenta huir de su destino, se apena y extravía».
Estoy solo, tan solo que a veces tengo miedo de oír mis propios pasos dentro de mí. La soledad es mi compañera inevitable, un animal silencioso y peligroso que vigila cada uno de mis movimientos. Ella me obliga a mirarme con un espejo que no perdona. Cada gesto humano me parece inútil, cada palabra o ternura humana, un error. Cuando me adentro demasiado en mi soledad, encuentro una especie de vasta habitación blanca, fría, sin muebles, sin ventanas, con leves marcas de heces en el mosaico del suelo, donde retumba mi nombre como si viniera de lejos. Y allí me dejo estar, sin saber si soy todavía yo o apenas un eco que insiste en repetir algo que no entiende en absoluto.
Me gustaría que la soledad me proveyera de una rara sabiduría. Un reino que, pese al peligro, fuera amparo. Una profundidad fértil. Una fuente inagotable de lucidez. Pero no es el caso. Inmóvil como una piedra en el fondo del río, me ahogo. El silencio profundo me rodea con su fondo de sangre. Estoy en un territorio donde la lengua se detiene y donde el pensamiento baja a la sima de sí mismo. Allí, en el silencio y la terminante y compacta soledad, uno oye las huellas de sus recuerdos y el rumor muy tenue de lo que aún no existe; así brota y se desarrolla mi locura.
Solo descubro mis límites y mis excesos. Descubro que estoy vivo de un modo extraño, como si todo lo que soy estuviera suspendido en un hilo muy fino, a punto de cortarse a la menor excusa. Pero también descubro algo más: que, pese a mitologías de filosofías, no soy capaz de escuchar el pequeño latido de lo que todavía no sé decir, no sé articular una originalidad expresiva, no sé poner en palabras mi vida. Me asfixio. El aire denso y subterráneo me ahoga.
No, no me gusta, me hace mal mi soledad silenciosa. Pese a que esté condenado a vivir toda la vida en ella.
Soy un tipo hecho de sensaciones súbitas, de ráfagas de luz y sombra, de voces (a veces imaginarias) que vienen de muy lejos. No tengo una sustancia fija: cambio, oscilo, vibro; me fugo de una esencia permanente. Mi mente es un estanque sobre el que apedrea un granizo continuo de impresiones. A veces me observo como desde un acantilado y me digo: éste soy yo, esa serie de movimientos, ese temblor infame. Y otras veces no me reconozco en absoluto. Todo en mí es tránsito y remolino. Nada y nadie.
Estoy hecho de miedo, de locura, de escrúpulo y de un sentimiento de insuficiencia. Habito más el pensamiento que el mundo. Me he sentido desde joven como alguien que vigila y traduce, que toma el pulso a las ideas y escucha la respiración o trama de los siglos, y poco el flujo de la vida. Apenas sensitivo. No sé quién soy. Dicen de mí que soy noble y bonachón, pero percibo que vive dentro de mí algo abyecto, una tara, una rata. Soy solitario, gordo y tristón.
Seguramente, entre los peores poetas de la historia, se encuentra Ulperto de Abenuz (1811–1870) Nacido en la comarca portuguesa de Tras-os-Montes, Ulperto se autoproclamó “el Shelley de Braganza”, aunque no sabía inglés y pensaba que spleen era un tipo de bacalao seco (confidencia de su sobrino Teófilo)
Escribió poemas encendidos a su prima Leocádia, comparando su amor con embutidos, guisos y potajes locales.
Una muestra de su desinhibido verso:
«Tu amor me aprieta la vida como una morcilla ardida».
«Ella era blanca, muy blanca, tan blanca que parecía harina en saco».
«Tus ojos son dos faroles que alumbran mis sinsabores».
«Leocádia, flor de repollo, que guiso, amo y como».
«Como un cocido bien hecho te robo un beso. Amor, a lo hecho, pecho».
Estos versos, que hoy provocan una risa difícil de contener, fueron leídos en su época con una mezcla de estupor, ternura y vergüenza ajena.
El crítico Fructuoso Magalhães, en su célebre panfleto «Observações sobre um Desastre Lírio» (Oporto, 1856), escribió: “Ulperto confunde a mulher com o porco, a paixão com o tempero, o suspiro com a cebola dourada. Não é poeta: é um cozinheiro sentimental sem noção de metáfora”.
Más duro aún fue Tomé da Cunha e Silva, en «A Desolação Estética de Tras-os-Montes» (Lisboa, 1862): “Ler Ulperto é assistir a um cozido mal cozido. Primeiro cheira bem, depois cansa, por fim dá azia”.
A pesar de ello, Ulperto perseveró. Ignoró críticas, burlas y advertencias.
Un poeta cuyo verso terrible es una oscura obra maestra involuntaria del desastre cómico. Fue tan malo que creó un género.