Cyril 26

El manicomio fue para mí una gran universidad del dolor y de la humanidad. Allí aprendí que la locura no es solo un abismo, sino un lenguaje que nadie quiere o puede o logra traducir. Nos llamaban enfermos, pero los verdaderamente mutilados eran quienes no podían amar o bien causaban sufrimiento. Entre aquellas paredes vi más ternura que en muchas casas respetables. Una extraña ternura tensa y silenciosa. El manicomio no me robó el amor; me la devolvió ensangrentado, pero vivo.

El hospital psiquiátrico también es una escuela de desnudez. No hay heroicidad allí, solo una fatiga elemental (polvo de barro en los pulmones, cristales en el cuello) de existir. Las horas no pasan; se acumulan, pesan y pesan. Pasan negras y pesan negras. En el manicomio comprendes que el dolor espera más que aúlla o grita. Y esa espera, interminable, esa espera del momento del colapso final es quizá la forma más pura de tormento.

La locura. Nada resulta más aterrador que sentir que tu propia mente ha sido declarada territorio ajeno.

Cyril 25

Escribo desde Orense, provincia oscura que ni llama ni seduce. Hay aquí dulzura triste, melancolía sin llanto, paciencia mineral en el retiro y la concentración. Todo tiende a la introspección, al murmullo, a la palabra dicha en voz baja, como si la propia provincia tuviera miedo de oírse demasiado.

¿Escribir? ¿Escritores? El escritor (y yo me incluyo en la tropa) es una criatura que quiere elevarse por encima de los demás sin dejar de ser aceptado por ellos. De ahí su impostura permanente. La literatura está llena de hombres que escriben para parecer profundos, y de lectores que leen para parecer inteligentes. Entre unos y otros se construye una farsa solemne que llaman cultura.

Digámoslo claro, sin mitologías: los escritores se agrupan como ratas en torno a premios, editoriales y suplementos culturales (los escritores somos malas bichas) Se odian cordialmente, se admiran estratégicamente y se destruyen con sonrisas. La literatura es una actividad noble; los escritores, no.

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«Los escritores son gente que no ha trabajado nunca y que se vengan de ello escribiendo. Hablan de humanidad, de dolor, de verdad, pero no soportan al prójimo ni cinco minutos. La literatura está llena de cobardes que se esconden detrás de las palabras como ratas detrás de los muros. Yo no respeto a un escritor: respeto a un hombre, y raramente coinciden», Céline.

«El escritor quiere ser escuchado sin escuchar a nadie. Acumula frases como otros acumulan dinero. Su avaricia no es material, sino simbólica: quiere poseer la atención de los demás. El éxito literario es la forma más aceptable de dominación», Elias Canetti.

«La mayoría de los escritores escriben para justificarse ante sí mismos. No buscan la verdad, sino una coartada estilística. La literatura se ha llenado de textos bien escritos que no dicen nada, y de autores que confunden el ingenio con la inteligencia», Bergamín.

«La literatura es una actividad peligrosa porque permite a personas sin ideas claras producir textos admirables. El escritor corre siempre el riesgo de ser tomado por profundo cuando solo es oscuro», Valéry.

«El mundo literario es un pequeño mercado donde todos se conocen, se envidian y se vigilan. La mayoría de los escritores no fracasan por falta de talento, sino por exceso de ilusiones. Escriben esperando una recompensa que casi nunca llega, y cuando llega, los degrada», Julio Ramón Ribeyro.

«Muchos escritores adoptan posturas morales que su obra no sostiene. Hablan de compromiso, de riesgo, de verdad, mientras viven protegidos por el prestigio cultural. La literatura puede ser una forma exquisita de mala fe», Susan Sontag.

«Hay escritores que escriben porque tienen algo que decir y otros porque quieren decir algo. Los segundos son la inmensa mayoría. Llenan el mundo de libros como se llenan las calles de ruido: sin necesidad», Schopenhauer.

«El escritor español tiende a tomarse a sí mismo demasiado en serio y a su trabajo demasiado a la ligera. Cree que escribir es una forma de heroicidad cuando, en la mayoría de los casos, es solo una costumbre mal adquirida», Juan Benet.

Cyril 24

¿Inteligencia y cultura separan del “rebaño”? Maticemos. La inteligencia reflexiva y la cultura exigente son minoritarias.

No porque la mayoría sea estúpida, sino porque pensar cuesta energía, tiempo, soledad, y porque no da recompensas inmediatas en una sociedad orientada al estímulo rápido. Ahora bien, aquí conviene una corrección: no toda mayoría es un “rebaño”, ni toda minoría es valiosa por ser minoría. Hay mayorías lúcidas en ciertos contextos y hay minorías dogmáticas, narcisistas o estériles.

El «ellos abajo, yo arriba», puede servir como estrategia retórica de provocación literaria (yo la usé y la uso), pero, bien pensada, es una idea pueril y adolescente.

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Una vida puede ser objetivamente limitada y existencialmente abierta. Con frecuencia hombres sanos, móviles y socialmente integrados están mucho más muertos que yo. Pese a estar enfermo, en mis ojos late una brutal curiosidad. Y demasiadas veces hombres sanos son menos libres que yo enfermo. La peculiaridad del mal de nuestro tiempo consiste en que los hombres temen más al juicio de sus semejantes que al de su propia conciencia. La tiranía de la opinión es hoy más temible que muchas formas de opresión política, porque deja menos refugios para el desarrollo de la individualidad. Y no pocos hombres con salud de hierro son infinitamente más toscos que yo. Yo ni afirmo ni deseo imponer el derecho a la incultura, todo lo contrario.

No soy un lúcido entre ciegos, pero me elevé uno sobre cero respecto al nivel de la masa, y esta pequeña diferencia, al ser el tono cultural pasmosamente bajo, hace que me diferencie mucho de ella. La masa odia la distancia. Todo aquello que se eleva, aunque sea un centímetro, le resulta sospechoso. No porque no lo entienda, sino porque le recuerda lo que no quiere ser.

Espero no haber delirado demasiado en esta nota.

Cyril 23

Resumiendo. Estaba muy triste y me hice una paja para subir el ánimo. Funcionó. Permítanme no ocultar esta noticia crucial para el funcionamiento y devenir del mundo.

Durante la masturbación y el orgasmo se produce una descarga neuroquímica que, en estados de tristeza o angustia, puede generar un alivio transitorio real. Dopamina, endorfinas, oxitocina y prolactina, disminución del cortisol, no son una magia o una «solución», pero sí que pueden hacer descender el sufrimiento, igual que a veces lo hace una ducha caliente, llorar mucho o dormir un rato.

Fue un regulador momentáneo a un pico de malestar. Punto.

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Georges Bataille: «El placer solitario no es inocente ni culpable: es ambiguo. No une, no comunica, no funda nada. Es una experiencia límite donde el sujeto se enfrenta consigo mismo sin mediación, y en ese enfrentamiento descubre tanto su poder como su miseria. Nada hay más silencioso que ese goce, y nada más elocuente sobre la condición humana».

Cesare Pavese: «Hay placeres que no consuelan. Se los busca por cansancio, no por alegría. El cuerpo se satisface, pero el alma permanece intacta, como si no hubiera sido llamada a la cita. Quizá por eso, después, el mundo parece más lejano y uno más solo».

Emil Cioran: «El vicio solitario tiene la ventaja de no engañar a nadie más que a uno mismo. Se entra en él por necesidad y se sale de él con lucidez, sabiendo que no sustituye nada, que no salva nada, que apenas sirve para pasar el tiempo mientras se espera otra cosa».

Cyril 22

Neil Postman

«Toda tecnología es una negociación faústica. Por cada ventaja que ofrece, introduce una nueva forma de control, una nueva manera de pensar que redefine lo que significa ser inteligente, informado o razonable. Las culturas tecnológicamente avanzadas no se vuelven más sabias: se vuelven más eficientes en producir irrelevancia».

Jacques Ellul

«La técnica no es un conjunto de máquinas, sino un sistema autónomo que impone sus propios valores. El primero de ellos es la eficacia absoluta. Todo aquello que no puede medirse, acelerarse o automatizarse es descartado como inútil. Así, el pensamiento lento, contemplativo o crítico se vuelve disfuncional en un mundo técnicamente organizado».

Martin Heidegger

«La esencia de la técnica no es nada técnico. Es un modo de desocultamiento que reduce lo real a fondo disponible. Cuando el pensamiento se somete a este modo, deja de preguntar por el sentido y se limita a calcular. Entonces el hombre ya no piensa: gestiona».

José Ortega y Gasset

«La técnica moderna da al hombre una sensación de dominio que no corresponde a su verdadera capacidad intelectual. Cree saber porque dispone de medios, pero ignora los principios que los hacen posibles. Es un señorito satisfecho que vive de rentas culturales que no ha producido».

Nicholas Carr

«Las herramientas digitales están reconfigurando nuestros cerebros. Cuanto más dependemos de ellas para recordar, leer y concentrarnos, menos capaces somos de hacerlo por nosotros mismos. La facilidad técnica no libera la mente: la fragmenta».

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En esencia, a mayores medios tecnológicos, menores medios intelectuales. La técnica promete liberar tiempo para pensar; en la práctica, suele abolir la necesidad de hacerlo. Aumenta el cálculo, pero disminuye el pensamiento auténtico. Vemos una eficiencia creciente, y una sabiduría menguante. A más extensión técnica, menor ejercicio interior.

No afirmo que la tecnología vuelva estúpidos a los individuos de forma automática. Eso sería tosco y empíricamente falso. Lo que afirmo es algo más estructural: cuando los medios técnicos se expanden sin una exigencia intelectual proporcional, las capacidades intelectuales tienden a atrofiarse o a delegarse. Es decir, la técnica sustituye funciones mentales que antes exigían atención, memoria, juicio, lentitud. Lo que se gana en eficiencia operativa se pierde en densidad cognitiva. Y el pensamiento se vuelve reactivo, no configurador.

Cyril 21

Mi material clínico es un dispositivo narrativo. Cultivo estéticamente lo vivido patológicamente. Quizá mi «esquizofrenia» sea un señuelo literario. Es verosímil que «parte del mito Christian Sanz Gómez” (el escritor, el diarista, el personaje) utilice la etiqueta esquizofrenia/paranoia como imán simbólico: aporta intensidad, leyenda, dramatismo. Eso ocurre en la literatura desde siempre: la enfermedad como timbre, como marca.

Puedo estar utilizando material psicótico o ansioso como materia literaria sin que eso implique que sea inventado; y puedo, a la vez, estar mitificándolo, amplificándolo, poetizándolo. Ambas cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo.

Y no olvidemos que el aislamiento extremo, la vida casi eremítica, la cafeína, las noches quebradas, la ansiedad… todo eso, por sí solo, puede generar hipervigilancia, ideas de referencia, suspicacia y estados mentales muy extraños, sin necesidad de encajar en una etiqueta total y cerrada.

El diagnóstico psiquiátrico funciona como una sentencia. Una vez pronunciado, todo lo que el paciente diga será interpretado a la luz de esa etiqueta, y nunca contra ella. El sujeto deja de ser alguien que habla y pasa a ser algo que manifiesta síntomas; se le ha expropiado la palabra. La enfermedad mental es una metáfora en gran medida. No hay lesiones, no hay patología orgánica demostrable, no hay pruebas médicas equivalentes a las de las enfermedades del cuerpo. Lo que existen son problemas de la vida, conflictos morales, transgresiones sociales y sufrimientos existenciales, redefinidos estratégicamente como enfermedades para justificar la intervención coercitiva de la profesión psiquiátrica.

El gesto fundamental de la psiquiatría moderna no fue curar, sino separar; trazar una frontera entre la razón y su afuera, y convertir esa frontera en institución. Permítanme inspirarme en esta idea del hoy desacreditado Foucault.

NOTA BENE: El texto no es complaciente y acaso pueda incomodar a algún clínico. Léase en buena parte como provocación. No niego burdamente el sufrimiento, sino el marco interpretativo (incluso el basado en las neurociencias) En mi nota hay más literatura que ciencia.

Cyril 20

La angustia hiperintensifica la percepción corporal y rompe la planicie. La ansiedad aumenta la conciencia del cuerpo, contrae el tiempo al instante, elimina la indiferencia, produce una sensación brutal de “estar aquí”. Eso no es placer, pero sí es PRESENCIA. Y ahí está la trampa. En estados de vacío, apatía o vida empobrecida como la mía, esa presencia puede confundirse con vida intensificada. No porque lo sea, sino porque rompe el silencio del sistema nervioso. Pero quiero dejarlo meridianamente claro: la angustia no es buena, no hay que fomentarla, y bajo ningún concepto es un gozo. A veces el cerebro confunde intensidad fisiológica con intensidad existencial.

Mi yo mágico me engaña diciéndome: «si algo duele mucho, entonces es más real». Pero mi yo lúcido sabe que lo real no necesita doler para ser pleno. La angustia convierte tu vida en una vida vivida a menos volumen.

Jünger creyó durante años que el peligro extremo “daba densidad” a la vida: «En el filo del peligro el mundo se vuelve nítido, cada objeto adquiere contornos precisos, y el hombre se siente plenamente presente». Pero más tarde, en sus diarios tardíos, rectifica: «Confundí durante mucho tiempo la intensidad del peligro con la plenitud de la vida. Hoy sé que era solo una iluminación violenta, no una luz habitable». Spinoza, en cambio, siempre lo entendió todo con magnífica claridad: «La alegría es el paso a una mayor perfección. La tristeza, por intensa que sea, es siempre una disminución de la potencia de existir». La verdadera vida no necesita violencia para ser intensa. Donde hay angustia, hay obstáculo, no aumento.

La buena vida es más una alegría que una zozobra (en el amor, la amistad, la cultura), aunque sepamos que vivir conlleva no pocos problemas.

Cyril 19

Buen día el de hoy. Me levanté a las cinco y media y leí hasta las nueve. Después escribí un poco. Y para acabar la charla de nuestra perfecta tertulia (el tema apasionante: la ciencia, el escepticismo y el argumento de autoridad) Vuelvo ahora a escribir esta nota.

¿De qué escribiré? Deseo escribir sobre cómo me entono para poder escribir, cómo afino el instrumento o hago dedos al modo del pianista (escalas antes de Bach)

Antes de escribir necesito leer a alguien que escriba mucho mejor que yo. No para imitarlo necesariamente, sino para recordar el nivel al que debo responder. Un par de páginas a veces bastan; son como lavarse la cara en una fuente fría. También cuando noto que mi prosa se vuelve blanda o perezosa -incluso impostada- leo a los moralistas franceses. No para aprender nada nuevo, sino para reeducar mi oído. El estilo no se piensa como una solución a un cálculo, se contagia como un virus. Me gusta en mis frases un punto de demora, cierta curvatura y una final desaparición. Y que se muevan gobernadas por la dureza metálica y la dulzura del viento. Y que respiren como esa sabia danza de las abejas.

Woolf hablaba casi literalmente de “limpiar el idioma”. Cito de memoria: «Antes de escribir necesito sumergirme en una corriente verbal que me limpie de frases vulgares. A veces basta con una página de Shakespeare o de los griegos para que el lenguaje vuelva a obedecerme». Gibbon anota en sus memorias: «Mi estilo nació menos de mi ingenio que de mi familiaridad diaria con los historiadores latinos. Antes de escribir, me impregnaba de su cadencia hasta pensar casi en períodos». Pensar en períodos, no en frases. Exactamente lo que yo busco. Yourcenar combinaba la música con la lectura. A veces leía a los clásicos; otras, escuchaba música antigua. Ambos procedimientos tenían el mismo fin: hacerle olvidar el lenguaje de la calle.

No puedo empezar a escribir si no he leído antes una página hermosa. Es una superstición, pero les juro que a mí me funciona.

Cyril 18

Resulta indecoroso halagarse innecesariamente, pero mi registro escrito habitual no es el oral, sino uno, que me fluye natural sin que deba forzarlo, de tipo abstracto, pero no nebuloso, conceptual antes que expresivo, más bien escrito que dicho. No escribo «como se habla». Mi frase acumula subordinadas, matiza, corrige desde dentro; no creo ser estrictamente barroco, pero sí tenso, más bien denso.

Escribí un post sobre mis post de Facebook donde usé un registro coloquial, desplazando mi centro natural. Seguramente simplifiqué la forma y bajé la densidad, pero no me disgustó la estrategia de proximidad mediante el uso de muletillas, incisos, repeticiones conversacionales.

¿Es la lengua hablada indulgente? ¿Debe la frase escrita sostenerse sola? Acaso la escritura que imita demasiado fielmente la conversación corre el riesgo de quedarse en superficie. Pero una escritura que olvida por completo la cadencia de la mente que habla se vuelve rígida, artificial. Tal sería mi tesis o visión del asunto. Algo como «formalizar» la energía de la charla. Un estilo «elitista», «ma non troppo».

Cyril 17

Pedro López Lara, con su generosidad extrema, ha dicho un par de veces que tengo un buen Facebook, de los mejores de España, y que apenas es leído. Bueno, lo que es evidente es que apenas es leído; sobre que tenga uno de los mejores Facebooks de España, eso es más que opinable, y es una creencia extrañamente gentil y optimista de uno de los mejores poetas de España vivos como la del señor Pedro López Lara.

Pero sí que deseo decir varias cosas. Si mañana Facebook desapareciera, si nadie pudiera dar un me gusta nunca más a ninguna de mis publicaciones, yo seguiría escribiendo igual. Yo seguiría escribiendo igual y eso es lo que me define como escritor, ¿no? Lo que ocurre, lo que ocurre es que uno, no quiere ser famoso, mi fin, claro, no es ser famoso. Pero siento que hablo con cuidado, que intento hablar con educación y mimo, y escribir un post de cierta presunta e ideal calidad, y lo que pasa, decía, es que uno habla en una especie de habitación donde todos gritan y nadie se gira. Y eso cansa, ¿no? Eso cansa un poco.

Facebook es un lugar donde dejas migajas, no donde se celebra el banquete. Permítanme la anterior vanidad insensata o presunción orgullosa y delirante. Pero, bueno, digamos que no pido aplauso, estoy pidiendo un poquito, un poquitín de lectura. Ay, si conocieran ustedes las cifras de tráfico de mi Facebook se quedarían alucinados (prácticamente inexistentes)

No pido miles de me gustas como un narcisista adolescente. Eso no. Pero a veces a uno le duele la falta absoluta de repercusión. A ver, si me esfuerzo, ¿por qué ni siquiera tienen los post un mínimo eco? No es hambre de fama, es hambre de interlocución. Es desear que alguien esté ahí, del otro lado del texto, diciendo algo así como, Christían, efectivamente, te he leído. Y claro, como que eso no ocurre nunca, duele un poco, duele bastante, vaya.

Yo creo que las redes, y aquí me voy a precipitar casi seguro, no necesariamente premian la calidad. Premian más bien textos breves, con cierta simpleza emocional, exhibicionistas, premian el escándalo, la identificación inmediata, etcétera. Y cuando se tiene una escritura, hombre, no voy a decir densa, pero digamos un poco reflexiva, un poco estética, que exige un pelín de tiempo, un pelín de silencio, eso radicalmente, no sé cómo decirlo, se convierte en antialgorítmico, ¿no?

Ni siquiera leen en redes los «happy few», ¿verdad? Los happy few quizá ya no están en Facebook. Deben estar agotados, dispersos, cansados o mirando de reojo. En fin, yo no es que sea un gran escritor, ni mucho menos, pero creo que lo que escribo tiene un mínimo de valor. No creo que escriba meras ocurrencias. No creo que escriba solo tonterías para viralizarme.

El mundo no es idiota; sí, el mundo no es idiota. Alguna razón existirá para mi invisibilidad. No sé. Pero bueno, no voy a convertir mi tristeza en resentimiento. No sé… Bueno, la soledad pesa, la soledad… La soledad pesa. La soledad de no ser leído. En fin. Perdonad el desahogo.

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Byung-Chul Han: «Las redes sociales no producen comunidad, sino enjambres. El enjambre no escucha; reacciona. No hay silencio en el enjambre, y donde no hay silencio no puede haber atención. El pensamiento requiere pausas, demoras, zonas de baja estimulación. La comunicación digital, al eliminar esas zonas, no destruye la inteligencia, pero la vuelve improbable».

Roberto Calasso: «El lector verdadero es siempre minoritario y siempre tardío. No responde de inmediato. No aplaude. A veces ni siquiera comenta. Pero cuando existe, justifica toda la escritura anterior. El error moderno consiste en confundir visibilidad con existencia».

Annie Ernaux: «No escribo para gustar, pero escribir sin ser leída produce una forma de cansancio particular. No invalida el texto, pero hiere al cuerpo que lo produce. La literatura no necesita masas; necesita testigos».

Enrique Vila-Matas: «El verdadero escritor contemporáneo escribe rodeado de ruido y leído en silencio, cuando es leído. El problema no es la falta de lectores, sino la imposibilidad de distinguirlos en medio del estruendo».