Eliot 51

Mi padre —un gentilhombre noble y laborioso, un burgués superdotado, calculador, templado, reposado y analítico— era emocionalmente poco cálido; excepto en el fútbol. Se burlaba de mi ignorancia por ese deporte y no entendía que me provocara tan poco eco.

Jean van Heijenoort (1912–1986) parece el producto de dos mentes que jamás se pusieron de acuerdo. Fue uno de los lógicos matemáticos e historiadores de la ciencia más meticulosos del siglo XX, pero tuvo una existencia arrebatada que incluyó desde ser el guardaespaldas de León Trotsky hasta convertirse en amante de Frida Kahlo y protagonista de un trágico final: en 1986, mientras dormía en Ciudad de México, su cuarta exesposa, Elena, le disparó tres tiros en la cabeza antes de suicidarse. La biógrafa Anita Burdman Feferman resumió esta dualidad en el título de su excepcional libro: Politics, Love and Logic.

Mi padre pertenecía a esa rara estirpe de hombres cuya inteligencia matemática convivía con pasiones capaces de suspenderla. Eran emociones intensas, desprovistas de la virtud de su exigido decoro y moderación.

Papá necesitaba un poco de lenguaje como el que usan los amantes, los cantantes, los solitarios. Sílabas balbucidas como las que dicen los niños cuando entran en la habitación y encuentran a mamá cosiendo y recogen un retal de lana brillante, o cuando se encuentran a su novia cocinando y prueban de sus labios palabras-mandarina. Papá necesitaba un aullido: la palabra viva. Aquella que solo le proporcionaba el fútbol.

Lamento no poder compartir con él la victoria de España en el Mundial.

Eliot 50

Con tres años, frente al espejo, pronuncié «Aleix» y nací al lenguaje y a la autoconciencia. Con trece, leyendo a Horacio, nací a la dimensión estética del lenguaje. No fue con un cromo de Arteche, ni con un gol de Maradona o un despeje de Moratalla: fue Horacio. Fue Horacio mi más memorable epifanía: usar las palabras con la elegancia incandescente y el desparpajo algebraico de un pase de Laudrup.

El lenguaje puso sus condiciones: solo bajo la bóveda de la Capilla Sixtina debía renacer. Las costumbres de antecámara y la domesticidad aristocrática serían mi destino; si no de vestidos y porte, sí, en cambio, de espíritu. La vajilla, ni de estaño ni de madera, sino de porcelana fina; los pasteles, como fantasías historiadas vienesas; proscritas las piscinas públicas; ni chándal, ni metro, ni autobús… y rendirse solo ante la grandeza.

La grandeza, desolada… ¿la imita la emoción futbolística? ¿Se acercan estos ideales al Brasil-Italia del Mundial de España? ¿Al gol de Iniesta? ¿Al trallazo de Koeman?

¿Acaso me precipito si lo descarto?

Eliot 49

El apego a mi patria —a esta España de paño de suave gamuza, pero celda sin claraboya; espiritual y platónica vieja España de matanzas—, el apego a mi patria, decía, no se fundamenta en la sangre, la Roja, la raza o los mitos ancestrales, sino en la adhesión a unas leyes democráticas, unos derechos civiles y unas instituciones que garantizan la libertad. Una idea que se nutre de Tocqueville.

En los proyectos ilustrados y humanistas, la verdadera patria del hombre no era el territorio donde nació, sino la comunidad internacional o mundial del conocimiento. Eso se percibe en la Bibliothèque choisie (1703-1713) de Jean Le Clerc. Como gran reseñador y crítico de la Europa ilustrada, encarna la mentalidad de la República de las Letras: su patria es el lugar del debate bibliográfico universal. El verdadero lugar de nacimiento es aquel donde por primera vez nos miramos con una mirada inteligente; mis primeras patrias fueron los libros. Aquí me siento cómodo.

Del mismo modo, en sus cartas, Aretino muestra que la patria es el refugio donde se le permite ser «un hombre libre» y creador de sí mismo, lejos de las garras de la corte romana.

Ahora escucho chapotear al tractor, bajo nubes que alimentan yacijas de retamas. Pequeña patria mía. Para Lorenzo Ghiberti, el orgullo patrio consistía en haber embellecido a Florencia con las puertas del Baptisterio; el mío, en este rincón.

P.S. Aquí me enterrarán. Acaso con este epitafio:

SERMONE LEPIDO, TVM AVTEM INCESSV COMMODO. /

DOMVM SERVAVIT. LANAM FECIT. DIXI. ABI.

Eliot 48

Aquí espero el partido, tallando runas en un trozo de madera de roble usando la sangre de mi propio dedo índice izquierdo y metiéndola debajo de la almohada de de mi cama. Y recolecto la grasa de un hombre recién enterrado en el cementerio, y la mezclo con cera de un cirio pascual robado de una iglesia y así moldeo un talismán con forma de ojo mientras recito los nombres de los reyes del infierno. Mezclo semen humano, sangre y sesos de un carnero, los cocino con miel y se lo doy a comer a Messi.

Victoria segura.

Eliot 47

De Maistre advirtió: «También la razón está dañada por el pecado original». Yo interpreto esa sentencia oracular como una advertencia: debemos desconfiar de nuestra lógica informal, pues es falible y en ella asoma una fauna numerosísima de falacias: a priori, ad baculum, ad hominem, ad ignorantiam, ad judicium, ad personam, ad verecundiam, non causa pro causa, petitio principii, post hoc ergo propter hoc y decenas más. La tertulia futbolística constituye el muestrario perfecto de ese catálogo de la impostura.

Desear una victoria por el mero capricho —o por el azar biográfico de haber nacido dentro de determinadas fronteras y de una comunidad política concreta— me parece un acto estrictamente irracional.

El resultado de un partido pertenece al orden de los imponderables; es una de esas cosas que no dependen de nosotros. El sabio no debe permitir que sus juicios queden determinados por afectos tribales que escapan por completo a su dominio. Epicteto lo dejó escrito en el Enquiridión: unas cosas dependen de nosotros y otras no; la libertad consiste en no confundir unas con otras.

Séneca observó que «vivimos según la imitación y no según la razón; de ahí proviene este amontonamiento de errores donde unos caen sobre otros». No existe fundamento racional para preferir la victoria de España antes que la de Argentina. Como recordaba Marco Aurelio: «Mi ciudad y mi patria, en cuanto Antonino, es Roma; pero en cuanto hombre, es el mundo. Lo que beneficia a esa ciudad universal es lo único que puede llamarse bueno para mí».

Si alguien afirma: «España debe ganar porque amo a España», esa frase no contiene información objetiva alguna; únicamente manifiesta un estado emocional, comparable a exclamar: «¡Viva España!».

Nos queda la España tabernaria y futbolera. La España currutaca, higona, miramelinda, plomífera. La España de los demasiados retrocesos, llena de cabreros hirsutos; la de la indolencia arábiga andaluza, la del inane saltataulells catalán, el feísmo rural gallego, la covacha quebrada cántabra, la tienducha provinciana madrileña y las costeras playas horteras. España, ufana como un gusano al que el arado parte en dos.

P. S. Creo rotundamente falso todo lo que acabo de escribir.

Eliot 46

Abro mi baúl con flejes de hierro y saco una antigua edición de Platón. Encuentro también excoriaciones en mis ediciones de los gnósticos. Afortunadamente quemé Ciento volando de catorce.

Una vez descorchado el champán, leído al Cardenal de Retz y las memorias de Saint-Simon; tomado el sol en el hotel Crillon, usufructuado cuerpos exquisitos y almas delicadas; llevado corbatas impecables, ponderado los indigestos mamotretos marxistas y medido la altura de las mentes, solo quieres que tu doméstica te avise a la hora del crepúsculo para poder ver, solitario, el atardecer, rezar por Monseñor Lefebvre y apartar de ti a ciertos cómicos.

Genus irritabile vatum, cantaba Horacio en la antigüedad: los poetas son gente de malas pulgas. En el Siglo de Oro, los principales ingenios rivalizaban por captar el favor de los nobles; hoy los nuevos trovadores se desloman por alcanzar el favor del público.

Sabina tiene un mucho de «pato de la aguachirle castellana». «Doce canciones estampó la Sabina ciencia / cantor llano sí, mas aunque llano, / a cuanto ventosea en castellano / se tapa las narices la elocuencia».

Sabina tiene un estilo gris, fácil y refractario a la abstracción. Uno de los cantantes (sic) más tediosos del siglo. Explicador del pueblo, nunca nada más. Un hombre que confunde la cantidad con la calidad. Poesía de vieja. Basurita sentimentaloide.

Evelyn (véase su Diario) considera que la escalera de las Tullerías es «as bold and noble a piece of architecture as any in Europe of any kind». En España se menciona a vieux maîtres; se vocea a Sabina como a uno de ellos. Ulrico de Estrasburgo, en De Pulchro:

«Imperfectio vel absoluta est, scilicet cum deficit rei aliquid sibi naturalium, ut corrupta et immunda sunt turpia, vel est comparata scilicet cum deerit rei pulchritudo alicuius nobilioris cui ipsum comparatur, precipue si nititur illud imitari».

Sabina, aburres.

Eliot 45

En boca de Maffeo Vegio, escribe Lorenzo Valla en De voluptate:

«Digo que las cortesanas son mucho más útiles para el género humano que las monjas o las vírgenes santas […] ¿Qué hay más absurdo, más molesto, más inicuo que el que las mujeres estén cerradas solo para un hombre? Las mujeres deberían ser comunes a todos los hombres, como las playas, los teatros o las plazas públicas. La naturaleza las creó para el placer de todos, no para la propiedad privada de uno solo».

Y el Panormita en el Hermaphroditus:

«No hay fe en la mujer, ni fidelidad en su lecho. Su naturaleza es puramente teatral: lloran para engañar, ríen para tentar, y bajo su piel suave solo se esconde un apetito insaciable y una mente voluble que ningún hombre, por sabio que sea, puede gobernar».

Y en el Ricordo 168 («Sobre la volubilidad y la falta de razón»), de las Ricordi de Francesco Guicciardini, leemos:

«Gobernar a las mujeres con la razón es una empresa perdida. Sus decisiones no se guían por el intelecto o el provecho a largo plazo, sino por el apetito del momento, los celos y la vanidad. Por lo tanto, al tratar con ellas, vale más el mandato firme que el argumento sabio».

Gentes de gran categoría escribieron perlas como estas: «Para la mayor parte de las mujeres, amar a un hombre es engañar a otro», «Cuando se han visto un montón de mujeres alemanas, qué placer causa ver una vaca», «Se agazapa siempre un mono penoso en la más hermosa y angelical de las mujeres», «Hace dos años que no hablo con mi mujer; fue para no interrumpirla», «¿Sirven para la política? Bueno, como secretarias de Estado del ganchillo», «Estoy muy contenta de no ser un hombre, porque así no se me obliga a casarme con una mujer», «No te creas nunca a una mujer; incluso si dice la verdad», «Instrumentos intercambiables para un placer idéntico», etc.

Bukowski pegaba a su pareja Linda. Modigliani y Picasso las torturaron.

Léase Homero, canto XXII, versos 700-705.

Gonzalo Rojas: «Menos que meretrices, más que vacas, / merecen un establo / donde haya cien corridas de mujeres / en cuatro patas, con las ubres sueltas».

Heinrich Heine, criticando y explicando su animadversión por el libro De l’Allemagne de Madame de Staël, se expresa así de las escritoras:

«¡Oh, las mujeres! […] Cuando escriben, siempre tienen un ojo puesto en el papel y el otro en algún hombre, y esto se aplica a todas las escritoras, con excepción de la condesa Hahn-Hahn, que sólo tiene un ojo. […] Las mujeres, como todas las naturalezas pasivas, rara vez saben inventar, pero tienen el talento de desfigurar los hechos existentes de una manera tan pérfida, que estas falsificaciones refinadas son más dañinas que las vulgares invenciones de los hombres. Creo que verdaderamente mi difunto amigo Balzac tenía razón cuando una vez me dijo con un tono muy afligido: la mujer es un ser peligroso».

Los ejemplos podrían ocupar varias enciclopedias. Es muy sencillo hacer reproches al pasado. El pasado tiene el defecto de ser anacrónico, y nosotros la virtud de no serlo y de estar equipados con una predeterminada sensibilidad moral. No lo olviden, ladies and gentlemen, no hay peor prejuicio que creer que podemos razonar o ver el mundo sin prejuicios.

Eliot 44

Leo en: Armand Riant, «Le surmenage intellectuel et les exercices physiques» (1889):

«El carácter distintivo del verdadero surmenage intelectual no reside en una fatiga pasajera que un sueño reparador puede borrar; reside en la alteración íntima de las funciones de la vida orgánica. En el letrado sometido a un trabajo excesivo, el corazón abdica de su ritmo natural. Bajo el imperio de la tensión mental prolongada, las palpitaciones se vuelven frecuentes a la menor emoción, los latidos se vuelven débiles o irregulares y, en ocasiones, aparece una bradicardia sintomática que revela el agotamiento del influjo nervioso. La sangre, acumulada en exceso en los centros cerebrales, abandona la periferia del cuerpo: de ahí las extremidades crónicamente frías de los hombres de estudio […] Con igual gravedad sufre el aparato biliar. El hígado del intelectual, privado del masaje natural que ejercen los movimientos respiratorios del ejercicio físico, se congestiona de manera pasiva. La secreción de la bilis se altera y se ralentiza; los materiales que deberían ser oxidados y quemados mediante la actividad muscular quedan retenidos en la economía del cuerpo. Esta torpeza hepática se traduce clínicamente en un tinte subictérico de la piel, digestiones penosas y una pesadez dolorosa en el costado».

Da que pensar. Uf. ¿Debo tomar pollo, gallina, ternera tierna y pescados blancos (cocidos o asados), que me proporcionen las proteínas necesarias para reparar el desgaste de fósforo y tejido cerebral sin saturar el aparato digestivo de mi vida lectora? Y, ¿cómo combatir el estreñimiento crónico? ¿y la congestión cerebral?

Compón hexámetros griegos, me digo, con letra pausada igual que la respiración. Que tu pensamiento sea un luminoso regalo de la vida y tu sentimiento una nube o alado carro por el pecho. No seas mezquino, vulgar, o miserable; eso ofende a los dioses. En los vientos hallarás rubíes, no los desprecies. En el bronce hallarás ramas verdes. Hunde tu cabeza en la biblioteca, me digo, y olvídate del mundo, de los malos humores y de la salud.

Eliot 43

Conservo mis modales bostonianos (ahí estuve estudiando en los años noventa del pasado siglo); hablo sin levantar la voz y con un asomo de sonrisa. Ni mi conversación ni mis libros son luminosos. Ni dandi ni delgado (calvo y grueso).

El mundo moderno —el iniciado con la revolución romántica filosófica del siglo XVIII, con la revolución científica del XVII y con la revolución industrial incipiente, pero clara, ya en el XVI— se ha terminado. Ha aparecido otro nuevo: un mundo del que, pese a atrevidas especulaciones, todavía no sabemos nada. Lo que es evidente es que el mundo que dejamos atrás se va a quedar atrás por siempre, mientras que el nuevo… no sabemos en qué va a consistir.

Me gusta la filosofía, la ciencia y la política llenas de humor. Es maravilloso cómo preparan los discursos y conferencias los ingleses: siempre empiezan por una broma. Al contrario, los sureños somos tenebrosos y aburridos (yo el primero).

Amable y cortés, preocupado por la precisión de mis palabras, desearía que la exactitud y la belleza formaran parte de mis argumentos e ideas. No tengo casa en París y me aburre Nueva York. Critico la financiación y el sostén de formas de creación que podían desarrollarse y defenderse por sí mismas: la música rock, el tag, los videojuegos, el cine, el cómic… Critico que se use el palacio de Versalles como escaparate para los artilugios de «artistas» como Jeff Koons, el amado de los multimillonarios. Critico a Urtasun, que es a la cultura lo que el general Manuel Fernández Silvestre a la historia militar.

Nunca llevé un sombrero panamá blanco a juego con el blazer. Nunca mi calzado combinó con el fular. Vivo en una aldea de diez habitantes donde no para de llover. No soy para nada machista ni misógino. Me gusta el humor de Rajoy, las columnas de Ana Iris y el borgoña.

Eliot 42

Nuestra postura encorvada al leer comprime las vísceras (causa de la proverbial hipocondría y mala digestión de los escritores). También gastamos «fluido nervioso» en detrimento de la energía muscular. Y nuestra bibliomanía es un claro ejemplo de desarreglo en el control de los impulsos.

El libro de Tissot, «De la santé des gens de lettres», tuvo una difusión extraordinaria, con traducciones al inglés, español, italiano, alemán y polaco, y generó una tradición que llega, al menos, hasta Balzac y la medicina finisecular.

Encontramos antecedentes a la obra de Tissot en Bernardino Ramazzini, George Cheyne, Johann Gottlob Krüger o Johann August Unzer. ¿Grandes descendientes de Tissot? Limitándonos a los herederos franceses: Jacques-Pierre Brissot, «Théorie des lois criminelles» (1781), Pierre-Jean-Georges Cabanis, «Rapports du physique et du moral de l’homme» (1802), Joseph Daquin, «La Philosophie de la folie» (1791), Alexandre Brierre de Boismont, «Du suicide et de la folie suicide» (1856), Alexandre Jacques François Brierre de Boismont, «Des hallucinations» (1845) (magnífico para entender la psicopatología de los intelectuales), o, un auténtico tesoro, Paul Moreau (de Tours), «La psychologie morbide» (1859). Hay muchísimos otros. Mi lista es extraordinariamente limitada.

En España hay verdaderas joyas. Desde Letamendi a Comenge, pasando por Monlau. O el «Tratado de freno-patología» de Giné y Partagás. Una mina. O el tristemente olvidado «Estudios psicológicos» de Simarro. Desearía mencionar uno prácticamente desaparecido de las historias de la medicina: «La higiene del trabajo intelectual» de José Ulecia Cardona.

El estudio de Anne C. Vila, «Malade de son génie…: raconter les pathologies des gens de lettres, de Tissot à Balzac», reconstruye precisamente la recepción de Tissot y muestra cómo su tratado dio lugar, entre finales del siglo XVIII y las primeras décadas del XIX, a una abundante literatura médica sobre los «hombres de letras», hoy en gran parte olvidada. Ese trabajo es una excelente guía para descubrir títulos obliterados y recónditos.

Permítanme como colofón, citar a una joya bibliográfica: Robert Brudenell Carter: «The Influence of Education and Training in Preventing Diseases of the Nervous System».

«El sistema emocional de la joven también se ve sometido hoy en día a un proceso de adiestramiento tanto prematuro como excesivo, que se lleva a cabo principalmente por medio de la lectura regular y sistemática de novelas. […] Una historia cuyo interés dependa de las complicaciones de la pasión sexual nunca podrá ser otra cosa que perjudicial para una muchacha soltera, porque se dirige a una facultad todavía no desarrollada y la excita a un estado de actividad mórbida, que no por ser puramente mental es menos real, y que es el análogo preciso de lo que se produciría en un niño pequeño mediante la administración prematura de alimentos estimulantes o bebidas embriagantes. El sistema nervioso se acostumbra a una excitación artificial que pronto se convierte en una necesidad, y cuyo ansia solo se sacia con dosis cada vez mayores del mismo veneno, hasta que la mente queda totalmente enervada y el cuerpo cae presa fácil de cualquier shock emocional o enfermedad física», Robert Brudenell. On the Influence of Education and Training in Preventing Diseases of the Nervous System.John Churchill. Londres, 1855. Capítulo V («On the Education of Girls»), pp. 294-295 (según la paginación de la edición original de Churchill).

Para la medicina victoriana, leer sobre «pasiones» provocaba un aflujo de sangre e impulsos nerviosos hacia los órganos reproductores de las adolescentes antes de tiempo, atrofiando el cerebro por sobreestimulación y dejándolas listas para el diagnóstico rey de la época: la histeria. Qué cosas.