Cornaro 30

Buena pregunta la de qué tipo de huella quieres dejar en el mundo, la de por qué o cómo quieres ser recordado. Empecemos con un párrafo sintético: fui un hombre solitario, pero no mezquino; extremadamente culto, pero todavía sensible; irónico, pero vulnerable; refinado, pero sin esnobismo agresivo en el fondo de mi corazón; alguien que convirtió la lectura y el estilo en una costumbre o una forma de resistencia frente a la vulgaridad contemporánea. He trabajado pacientemente sobre mí mismo para convertirme poco a poco en alguien cuya mera presencia dejara en los demás una impresión de profundidad, de urbanidad, de silencio y de verdad. Acaso sea ésta una meta demasiado alta.

Como cualquiera, caí en detalles poco nobles, indecorosas imperfecciones, pero batallé por disciplinar y refinar mi percepción, elucidar lógicamente mis ideas, exponer racionalmente mis argumentos. Siempre creí que los libros no servían únicamente para saber más, sino para aprender a mirar, a juzgar y a respirar de otra manera. Me hubiera gustado lograr vivir según aquella sabia divisa que expresó Thomas Browne: “Be substantially great in thyself, and more than thou appearest unto others”, “Sé sustancialmente grande en ti mismo, y más de lo que aparentas ante los demás”.

No quiero dejar la impresión de “genio explosivo”, sino la de una conciencia elaborada, y, en su fondo, apaciguada y tranquila. Me gustaron omnívoramente los libros, el silencio y la musica, la biblioteca al amanecer, el rocío del jardín, los volúmenes fatigados, la conversación inteligente, las caminatas lentas, la luz sobre los limoneros, los hoteles y los puertos, la habitación cerrada al ruido moderno; desearía dejar esa atmósfera, esa fragancia que llevé casi siempre conmigo.

Soy un hombre que detestó la brutalidad, la pedantería, el histrionismo, la vulgaridad. Alguien que de alguna manera encarnaba aquella antigua figura europea del lector civilizado, el estilista erudito, el amante de la forma verbal, de la biblioteca y con no excesivos juicios indignos. Un solitario humanista y estudioso, de vida atenta y casi monástica. No un «triunfador», sino uno que se molestó en elaborar su yo.

Disculpen si peco de una ineducada automitificación. Quizá alguien de mí diga, y me sentiría complacido en el retrato: “Christian no aspiró realmente al poder ni al éxito social. Aspiró a otra cosa más antigua y más inútil: a convertir la existencia en una forma de elegancia mental. Eso suele conducir a la soledad, pero también a ciertas horas perfectas. Perteneció todavía a la antigua especie del lector voraz europeo: aquel que leía por placer intelectual, antes que por utilidad profesional. Eso hoy es rarísimo y admirable. Aunque a veces se desvió hacia el mero capricho libresco y la erudición de carnaval, su formación tuvo fuste y solidez. Fue un hombre, en fin, que respetó la claridad civilizada».

Cornaro 29

Tengo muchas lagunas literarias. De joven estudié mucha lógica, historia y filosofía de la ciencia, y también filosofía analítica. De poetas, y eso bien se nota, no debo haber leído más allá de cien en mi vida. Y tuve una inclinación morbosa a las rarezas y los descatalogados. Disfruto (o disfruté) singularmente de los libros mediocres, de las obras olvidadas, de las compilaciones ingenuas, de los viejos tratados polvorientos donde el escritura humana aparece sin geniales afeites. Las obras maestras imponen admiración; pero ciertos libros oscuros ofrecen algo acaso mejor: la intimidad de una época, o bien el «pathos» de un hombre menor, pero apasionado.

Recuerdo la impresión que me causaron las «Confesiones inconfesables» de Dalí, una prosa de dandísticas hormigas, de incendio cobrizo en las ideas (por ejemplo el método paranoico crítico) Asimismo también leí al Dr. Manuel Cabaleiro Goás, sus estudios patográficos (Werther, Mischkin, Joaquín Monegro etc…) Y las obras completas del profesor Manuel Mantero, tratados de teología sin valor doctrinal, extravagancias filosóficas, numerología, o los miles de páginas de la «Historia de la literatura universal» de Riquer y Valverde. Devoré obritas de ocasión y época como los ensayos de McLuhan o Alvin Toffler. Y extraños volúmenes sobre estilográficas, historia bizantina, numismática, e incluyo la literatura -muy aburrida- falsamente consoladora y de autoayuda. Cuando fui algo rico pude iniciarme en la bibliofilia, y, en mi biblioteca, tengo todavía algunas estanterías que rinden honores a esos lujos. Me encantan las enciclopedias (antiguas, modernas, de cualquier tema), los libros de citas, los Libros Jubilares, los libros de locos. En fin, que habité las casas excéntricas y los callejones oscuros de la literatura.

Sí, pequé de la comezón absurda por los tratados de ciencias muertas y los libros inverosímiles (los que glosaban el movimiento perpetuo, las tesis creacionistas, el tarot o la cábala más popular)

Mi maestro Álvarez, dada mi dispersión ineficaz, siempre me instaba a no desperdigarme como un erudito a la violeta y algo bobo. Gracias a él se modidificaron mis hábitos de lectura y me centré en la «desolada grandeza». Lo agradezco. Fue su señal mayor de maestría y tutelaje. Pero a veces, ay, la cabra tira al monte.

Quizá nadie expresó mejor esa voluptuosidad del lector errante que Logan Pearsall Smith: “Some books are visited rather than read. We wander through them as through curious old houses: pausing before odd objects, climbing staircases that lead nowhere, opening forgotten drawers. Their very uselessness becomes part of their charm”.

Cornaro 28

Descreo del estilo tosco y simplón, superficial, que no levanta un palmo del suelo, esa prosa monocolor y liofilizada, huera y epidérmica, pero me disgusta asimismo una escritura en permanentes vacaciones por la ininteligibilidad galáctica, de hermetismo gnóstico. Mi modelo de escritura sería un «métissage» entre George Eliot o Jane Austen con Dickens o Stevenson. Mi estilo anhelado gravita entre dos polos: Hume o Quine y, en el otro extremo, David Lewis. Busco una lengua, refiriéndome ahora a la prosa carolina y republicana del siglo XVII inglés, sin el estilo latinizante (a menudo difícil) de Milton, sino más bien con el estilo agradable y suelto de un Walton, pasando por el término medio de Thomas Browne y Jeremy Taylor. Juan Goytisolo taraceado por Eduardo Mendoza, Quevedo refrenado por Cernuda, Gracián iluminado por Galdós, Góngora alisado por Gil de Biedma, Benet laminado por Delibes. Perdonen la vanidad o presunción patológica y desmesura, la irracional soberbia, de declararles que aspiro a mimetizarme con Josep Pla o Álvaro Cunqueiro (como prosistas) y Kavafis (como poeta) Ese fuera el punto de equilibrio o cocción perfecto para mis guisos literarios; de antemano les pido disculpas por la comida rústica, cruda o requemada.

Muchos autores me han influido. Citaré los más recónditos. La traducción del «Decamerón» publicada en Medina del Campo, 1543, por Pedro de Castro, conforme a la edición incunable de Estanislao Polono y Meinardo Ungut realizada en Sevilla, 1496, con el título: «Las C nouelas de Juan Bocacio».

El estilo de George Saintsbury, hombre muy universal y de gran amplitud de conocimientos, estudioso de pluma fácil, a pesar de su complicado estilo. Recomiendo su biografía de Dryden.

El detalle pintoresco y la fluidez narrativa de Macauly en «The History of England» han supuesto una verdadera delicia lectora y creo que influyeron en mi prosa de esponja. También hay influjos en mi escritura, pero indirecta u oblicuamente, de la visita que hice a la casita de Grasmere, hoy museo, no lejos de Ambleside, donde Wordsworth vivió hasta su muerte. Aquello fue una epifanía.

Dentro de este régimen de inspiraciones, enfatizaré sobre todo la del matrimonio Kneale con su libro soberbio «The Development of Logic». Un lenguaje que posee la silenciosa autoridad de las inteligencias más interesadas en la verdad que en la exhibición (los autores rechazan tanto la oscuridad como la simplificación porque respetan por igual al lector y a la materia tratada)

La prosa avanza con una confianza deliberada. En todas partes se percibe el trabajo paciente de autores profundamente preocupados por la precisión verbal. «The Development of Logic» pertenece a esa distinguida línea de la prosa intelectual inglesa en la que la propia exposición se convierte en una forma de conducta civilizada. Los capítulos se despliegan con la inevitabilidad de estructuras cuidadosamente diseñadas. El estilo posee una transparencia clásica. Nunca se siente la prosa interpuesta entre uno mismo y el argumento; funciona, más bien, como un medio de pensamiento perfectamente pulido.

Los autores jamás intentan impresionar al lector mediante efectos de profundidad artificial. Su autoridad procede del dominio del tema y de la perfecta sobriedad de la expresión. El lector atraviesa materiales altamente técnicos gracias a una prosa de equilibrio y compostura poco comunes. Las frases están cuidadosamente moduladas, nunca precipitadas, y sostenidas por una calma intelectual subyacente.

En pintura, el libro recuerda ante todo a «La escuela de Atenas» de Rafael. El fresco posee una cualidad profundamente “knealeana”: claridad monumental. Nada es caótico; cada figura ocupa un lugar racional dentro del conjunto. La inteligencia aparece como orden. También podría compararse con ciertas obras tardías de Nicolas Poussin, especialmente «Et in Arcadia ego».

En música, la similitud obvia es con Bach (aunque también hay algo mozartiano) En Bach, especialmente en «El arte de la fuga», múltiples líneas independientes se desarrollan simultáneamente bajo leyes rigurosas de simetría y transformación. El oyente percibe una libertad inmensa sostenida por una estructura matemática invisible. Los Kneale producen una impresión análoga: doctrinas separadas por siglos empiezan a responderse unas a otras como voces contrapuntísticas. Aristóteles prepara a los escolásticos; los escolásticos anuncian a Leibniz; Leibniz prefigura la lógica simbólica moderna. Todo aparece conectado por una arquitectura intelectual subyacente.

He leído nueve o diez veces «El desarrollo de la lógica», con pasmo y admiración cada vez crecientes. En mis asociaciones privadas poéticas, el libro es una redonda y balsámica esfera, un sueño alegre de fulgor y paz, una civilizadísima terraza donde tomar té y mermelada.

Cornaro 27

Supongo que está meridianamente claro que buscar constantemente la aprobación exterior es propio del rebaño. La excentricidad ha abundado siempre allí donde reinaban la fuerza moral y la riqueza cognitiva; y el hecho de que hoy haya tan poca excentricidad en el mundo es uno de los principales peligros de nuestro tiempo. Yo soy estrafalario ¿Es una necesidad ardiente construirse una personalidad original dentro de los límites exteriores de las conveniencias, sin caer -por supuesto- en el histrionismo narcisista, exhibicionista o adolescente? A mi juicio, eso es un imperativo ineludible.

El tipo bizarro puede soportar mejor largos períodos de lectura, de trabajo solitario o de contemplación, es decir, tolera mejor la soledad. Muchas personas “raras” poseen intereses intensísimos y aparentemente inútiles: lenguas muertas, insectos, miniaturas persas, lógica modal, relojes del XVIII, criptografía renacentista; ello puede conducir a una fructífera concentración obsesiva. Muchos excéntricos, o algunos, reniegan a vivir de un modo utilitario, y aspiran a convertir su vida en una obra de arte. También fácilmente resisten las consignas y modas pasajeras. Asimismo muchos grandes eruditos, científicos o artistas parecieron “raros” precisamente por su independencia intelectual, por su punto de vista original sobre la vida y la realidad. Por último, algunos son muy creativos y nos sorprenden con sus asociaciones inesperadas y su pensamiento divergente.

“La mayoría de las personas son otras personas. Sus pensamientos son opiniones ajenas, sus vidas una imitación, sus pasiones una cita. Ser natural es simplemente una pose, y la más irritante de todas las poses”, Wilde.

“El hombre de genio quiere ser uno; el hombre vulgar quiere ser muchos. El genio experimenta horror ante la uniformidad. La multitud le parece un inmenso depósito de lugares comunes”, Baudelaire.

“Hay personas cuya rareza exterior no es más que el reflejo visible de una vida interior extraordinariamente activa. El mundo práctico las juzga absurdas porque no obedecen al ritmo ordinario de las conversaciones, las ambiciones o las costumbres”, Virginia Woolf.

“Las personas superficiales creen que la originalidad consiste en una diferencia visible y teatral. Pero la verdadera originalidad procede de una diferencia profunda en la manera de sentir”, Proust.

Cornaro 26

Entro en mi gabinete y tomo entre mis manos el «Steganographia» de Johannes Trithemius. Erudición monástica, ocultismo renacentista y proto-criptografía: un libro de una fascinación legendaria. La luz, guijarros de zafiro, se mueve al desgaire. Volumen estampado en oro apagado sobre cuero fatigado, produce esa impresión tan querida por el verdadero bibliófilo: la de un libro que parece guardar todavía un secreto. Rareza, rareza: el filólogo, el monje, el matemático y el nigromante todavía no se han separado del todo.

Las nubes propalan su perfidia soporosa. Cautivo de mi soledad crepitante veo brillar las hojas del jardín. Champán y violetas.

Mi vida es extravagante.

Cornaro 25

En el sentido estadístico del término, probablemente sí soy bastante raro. Pero “raro” aquí no significa automáticamente mejor ni peor: significa poco frecuente. Desarrollé mi legítima rareza. Pero no sacando a pasear con correas a tortugas por la avenida principal, ni vistiéndome como un dandy con foulards amarillos y flores en el ojal de la chaqueta, sino por mi intensidad intelectual, por mi vida tan abrumadoramente solitaria, o por el gusto por la relectura, el silencio y la vida interior. También me aparta de la media el interés simultáneo por materias como la literatura, la lógica, la filología, la filosofía, la historia intelectual y el estilo. Mi enfermedad mental añade rareza a mi vida, así como una sensibilidad muy fuerte, casi enfermiza, hacia la forma lingüística; como buen heterodoxo siento cierta desconfianza hacia la vulgaridad social, el ruido colectivo ensordecedor y la banalización contemporánea. Creo que me diferencio de la gente, y esto es nuclear, por la tendencia a vivir más “hacia dentro” que hacia fuera.

La mayoría de la gente no pasa horas pensando en Tácito, en la sintaxis de una frase, en el olor de una edición antigua o en la relación entre lenguaje y conciencia. Hay personas que simplemente viven; otras, como yo, además interpretamos o analizamos continuamente la vida, a veces obsesivamente. Vida con ricos despojos de sueños.

La verdadera individualidad no consiste únicamente en distinguirse de la masa, sino en conservar lucidez sobre uno mismo. Y eso incluye reconocer las propias y no pocas exageraciones, narcisismos, máscaras o tendencias a dramatizar tu diferencia. Asimismo, muchas personas profundamente cultas o singulares no parecen raras puertas afuera. Algunos de los individuos más originales de la historia eran socialmente discretos. La excentricidad más profunda a veces adopta formas silenciosas.

La verdadera vida intelectual implica inevitablemente cierto desacuerdo con la época y con los hombres que hay en ella. El hombre verdaderamente culto acaba convirtiéndose casi siempre en una figura excéntrica, no porque quiera singularizarse, sino porque la civilización que lo había hecho posible desaparece a su alrededor. Hay individuos que desde muy jóvenes sienten que no pertenecen del todo al mundo que los rodea. Esa sensación puede producir sufrimiento, pero también constituye a menudo el origen de una vida verdaderamente personal.

Toda verdadera educación estética produce cierta distancia respecto al entusiasmo gregario. El individuo cultivado aprende demasiado pronto que la mayoría de las opiniones sociales son efímeras, mecánicas o simplemente imitativas. Me gusta estar en mi despacho hojeando la Enciclopedia británica mientras la luz se ovilla tímida. Me gusta, a veces, y como un adolescente estepario, que orbite mi vida con invisibles ondas de clavicémbalo.

Recordemos a Nabokov: “Siempre he desconfiado del pensamiento colectivo, de las emociones organizadas y de las grandes unanimidades humanas. El individuo sensible vive necesariamente algo apartado. No porque sea superior moralmente, sino porque percibe demasiados matices para entregarse cómodamente a las simplificaciones de la tribu”.

Mientras el mundo entero se precipita hacia el griterío y el exhibicionismo, todavía quedamos individuos que practicamos cautamente formas antiguas de felicidad: leer junto a una lámpara, caminar solos al atardecer, escuchar música clásica, demorarse en una conversación inteligente. Ésos somos hoy los verdaderos raros.

Cornaro 24

El «Filobiblión» de Bury ha tenido relativamente pocas traducciones contemporáneas al español. La de José María de Cossío en Ediciones Ibéricas circuló sobre todo en ambientes bibliófilos.

La edición de Olañeta es una preciosidad. El volumen suele presentarse en formato manejable, pero digno, lejos tanto del libro de bolsillo efímero como del «coffee table book». La encuadernación —normalmente rústica con solapas en las tiradas corrientes de Olañeta— posee esa flexibilidad agradable del libro pensado para ser realmente leído y anotado. El papel, de tono ahuesado o marfileño suave, evita deliberadamente el blanco agresivo y clínico de la edición industrial moderna; absorbe la luz con discreción y favorece una lectura reposada, casi conventual. Hay en ello algo profundamente filológico: la conciencia de que el ojo lector necesita penumbra tipográfica y no estridencia óptica.

La tipografía responde igualmente a la vieja escuela humanística de Olañeta. Se advierte una preferencia por caracteres clásicos, sobrios, de buena respiración interlineal y márgenes razonablemente generosos. No hay aquí obsesión experimental ni diseño invasivo: el texto conserva prioridad absoluta. El lector tiene la impresión —cada vez más rara— de hallarse ante un libro compuesto para durar intelectualmente y no sólo comercialmente.

Especialmente agradable resulta la relación entre caja tipográfica y margen. La página “respira”. Esa respiración material es fundamental en libros de meditación y excerpta como el Philobiblon: el margen invita casi espontáneamente a la glosa, al lápiz, al subrayado tenue, a la conversación silenciosa con el texto. Un ejemplar muy leído termina adquiriendo la dignidad de los antiguos volúmenes personales humanistas.

Pero yo recomiendo la traducción Federico Carlos Sainz de Robles (hijo) Federico Carlos Sainz de Robles (trad.) Filobiblión. Madrid: Espasa-Calpe, Colección Austral, varias ediciones desde mediados del siglo XX. Elegante y muy legible. Una gozada.

Cornaro 23

Allí donde las palabras desaparecen, no sólo se empobrece la comunicación: se empobrece la conciencia misma. Humanizar no es otra cosa que enseñar a hablar plenamente. Todo lo humano pasa por el lenguaje: la memoria, la ley, el afecto, la moral y hasta la conciencia de la muerte.

Para Jordi Llovet, la degradación -acelerada e inevitable en nuestra época- del lenguaje implica siempre una degradación simultánea de la conciencia y de la vida civil. En sus ensayos sobre educación, humanidades y literatura —muy especialmente en el argumentado y vitalista «Adiós a la universidad»— reaparece constantemente la idea de que la palabra articulada constituye la infraestructura invisible de la inteligencia humana (un tema con muchas variaciones a lo largo del ensayo) Allí sostiene que una civilización que abandona la lectura lenta, reflexiva, la sintaxis compleja y la tradición filológica termina perdiendo también capacidad de juicio, memoria histórica y sensibilidad o afinación moral. La humanidad superior del hombre europeo —dirá en varios lugares— no nació de la técnica, sino de la lenta sedimentación lingüística producida por Homero, Virgilio, Dante, Cervantes, Shakespeare, Proust o sus pares. Cuando desaparece la convivencia íntima con esas grandes, monumentales galaxias verbales, el individuo pierde densidad interior. La lengua cultivada no sirve únicamente para comunicar datos o información: sirve para matizar, distinguir, jerarquizar, recordar, ironizar, pensar contra uno mismo. Y por eso mismo la decadencia lingüística le parece uno de los síntomas más graves de barbarie contemporánea.

Mi añorado maestro José María Álvarez defendió de manera obsesiva la dimensión civilizadora del lenguaje. Toda su obra —desde «Museo de cera» hasta sus diarios y sus prosas— descansa sobre la convicción de que la cultura es una gran conversación sostenida a través de siglos. Para Álvarez, hablar bien, citar, recordar versos, conservar matices léxicos o mantener viva la gran tradición literaria europea no son frivolidades aristocráticas: son formas de resistencia contra la gentuza contemporánea. En numerosas entrevistas contrapone la vieja civilización literaria europea al empobrecimiento contemporáneo: «La vulgaridad moderna consiste en haber reducido el lenguaje a información, propaganda o consigna, olvidando que durante siglos fue también música, ceremonia, inteligencia y voluptuosidad». Sobre la función humanizadora de la lectura escribió también: “Leer gran literatura modifica físicamente el alma. Después de ciertos libros uno ya no percibe igual el tiempo, la belleza, la decadencia, el amor o la muerte. La prosa de un gran escritor reorganiza secretamente nuestra sensibilidad”.

Cornaro 22

Φαλάκρας ἐγκώμιον («Elogio de la calvicie»), de Sinesio de Cirene, es una de las sátiras más deliciosas y extravagantes de la Antigüedad tardía. Escrita probablemente como réplica irónica al perdido «Elogio de la cabellera» de Dión Crisóstomo, convierte la calvicie en signo de inteligencia, virilidad filosófica y superioridad espiritual, mientras ridiculiza la obsesión estética por la apariencia.

Allí se lee: «Οἱ λίαν κοσμοῦντες τὸ σῶμα τὸν νοῦν ἀμελοῦσιν, ὥσπερ ἐν τοῖς τῆς πόλεως μειρακίοις ὁρῶμεν, οὐ σφόδρα μὲν πρὸς μαθημάτων πόνον ἐσπουδακόσιν, ἀλλὰ πρὸς ἐσθῆτας περιέργους καὶ καινουργίας ἐκκεχυμένοις. Σωκράτης δὲ καλὸς μὲν οὐκ ἦν, σοφὸς δὲ μέγιστος.»

Traducción:

“Quienes adornan excesivamente el cuerpo descuidan la mente, como vemos en los jovencitos de nuestra ciudad, nada inclinados al esfuerzo de los estudios, sino entregados a vestidos extravagantes y novedades afectadas. Sócrates no era hermoso, pero sí sapientísimo”.

Fuente: Synésios de Cyrène, Éloge de la calvitie, texte grec établi et traduit par Christian Lacombrade, Paris, Les Belles Lettres (Collection Budé), dentro de Œuvres, vol. IV.

Cornaro 21

En una carta famosa, Petrarca incentiva a un amigo para que busque en las bibliotecas monásticas a su alcance textos antiguos olvidados. En un párrafo de singular belleza el poeta explica lo que los libros significan para él:

«Pero para que no creas que me he librado de toda culpa humana, te diré que me domina una pasión insaciable, que hasta ahora no he podido ni querido refrenar, intentando convencerme a mí mismo de que el deseo por una cosa honorable no puede ser deshonesto ¿Quieres saber de qué enfermedad se trata? De una sed insaciable de libros, y eso a pesar de que ya poseo quizás más de los que serían necesarios. Es que con los libros sucede como con muchas otras cosas: el éxito en su acumulación es un estímulo para una mayor avaricia. Además, con los libros sucede algo especial: el oro, la plata, las joyas, los vestidos de púrpura, las casas de mármol, los campos bien cultivados, las pinturas, los caballos bien adornados, y otras cosas de este tipo proporcionan sólo un placer mudo y superficial; los libros, en cambio, nos deleitan hasta la médula, hablan con nosotros, nos aconsejan y se conectan con nosotros en una especie de amistad profunda y vital; y cada uno de ellos no penetra sólo en el alma del lector, sino que inserta allí el nombre de otro libro y despierta el deseo de poseerlo también a éste».

(Texto original latino: Ne tamen ab omnibus hominum piaculis immunem putes, una inexplebilis cupiditas me tenet, quam frenare hactenus nec potui certe nec volui; michi enim interblandior honestarum rerum non inhonestam esse cupidinem. Expectas audire morbi genus? libris satiari nequeo. Et habeo plures forte quam oportet; sed sicut in ceteris rebus, sic et in libris accidit: querendi successus avaritie calcar est. quinimo, singulare quiddam in libris est: aurum, argentum, gemme, purpurea vestis, marmorea domus, cultus ager, picte tabule, phaleratus sonipes, ceteraque id genus, mutam habent et superficiariam voluptatem; libri medullitus delectant, colloquuntur, consulunt et viva quadam nobis atque arguta familiaritate iunguntur, neque solum se se lectoribus quisque suis insinuat, sed et aliorum nomen ingerit et alter alterius desiderium facit)