Tractatus 19

Escribo y leo por la misma razón: para recuperar mi infancia, una infancia de utillería altoburguesa (sala de juegos, estudios heráldicos, piano Steinway, cuadros de Vidal-Quadras, alfombras mágicas, cortinas aterciopeladas, biblioteca, gabinetes de estudio…)

Y la casa de la playa en Sitges, donde el agua del mar es silenciosa, acaso sutilmente cortés ¡Sitges! El bermellón mezclado con mitos del modernismo. Sus pigmentos suavizados con miel, jugo de higos, aceite de amapolas y babas de caracoles rojos. Acuden a mi memoria acuarelas y óleos (desconfío del frágil pastel y la ruda témpera) Mundo paradisíaco de esmaltes ámbar. El deleite de esfumar témpera. Por eso escribo y leo.

Escribo y leo para poder volver a estar con mi familia «high class». Recuperar los veranos de divinos rincones, los viajes por Europa, la vida intrauterina alejada de inclemencias. Los fines de semana recorriendo el interior de Cataluña para ir a comer a remotos restaurantes de cocina fascinadoramente inmediata, y el sabor posterior de la tertulia, la sensación ininterrumpida de hablar y oír hablar, el sabor versallesco de las palabras en la boca.

Escribir y leer me resultan una actividad elegíaca. Escribir o leer es habitar la casa de la Du Deffand, la Lespinasse o madame Tencin. Rodeado de una cofradía de gaviotas venidas de no sé dónde, en un universo de alas irisadas, con zumbar de teatro. La belleza del mundo. Pasos contados por el malecón. Y el rostro de mamá coloreado de reflejos matinales, apetencia de una felicidad tan compasiva como la vida.

Quiero acostarme y dormir por siempre en esos pasajes. En esa avalancha hacia el Sol y la Luna. Y mi piel entrando en júbilo por esas corrientes calientes. Por eso escribo y leo.

Tractatus 18

–

-Con vocación llamémosle «absoluta» y dedicación escasa. Escasa en tiempo. De un resultado que siento muy insatisfactorio. Tropiezo instintivamente con Rilke, Leopardi, Mann, Boswell, Lobo Antunes.. y me hundo. La cadena montaña de las fulgurantes cumbres literarias me aplasta. Soy un escritor inseguro, y con complejo de inferioridad.

–

-Escribí en catalán y castellano, y dos rarezas, una en inglés y la otra en latín. Un latinista me corrigió y me dijo que el texto estaba plagado de errores. El texto, sin corregir, con su latín macarrónico, decía:

Sub hac tribunam iacet corpus Christian
Christian filius vixit per annos–
de experientia vitae breviter scripsit.
Multa cogitavit. Dilecta uxore fillius
quinque nepotisque ripa maris obit.
Kalendas iunit anno domini.

–

-Mi gran defecto como poeta, entre muchos otros, es la falta de variación. En cuanto a la forma, cualquier poema tomado al azar ya es representativo. No fue mi vida un vagabundear de pensiones, nunca me faltó el dinero, por lo que no encontrarán en mi obra, cómo decirlo, algo similar a un baudeleriano matriz de morbosidad. Ni prostitutas, borrachos ni cadáveres. Acaso algún loco, dados mis recurrentes ingresos en los manicomios. Tengo una buena educación innata, pero ausencia de vitalidad. Cuán cerca me quedo a veces de la estupidez..o la simple golosina. ¿Antiguo o moderno? Ni restaurador de una antigua tradición ni novísimo a la última moda en el gay trinar. Mi poesía es barata y se entiende.

–

-Empecé a interesarme por el lenguaje muy pronto. De niño leí cómics, a Salgari, a Verne, simultaneándolo con un talento e interés matemático precoz. Pero enseguida vinieron las sorpresas (tras la lectura de «Joven poesía española», de Pereda y Moral) La sorpresa y el asombro por lo que se podía hacer con las palabras. La importancia de lo escrito, de cómo escribirlo más que de qué escribir, la preocupación por las palabras me vino dada por la lectura de esos poetas antologados. Y el desasosiego al percibir la diferencia entre buena y mala escritura, que brotó en mí pronto, y resultó intenso, acuciante. Una angustia completa, vaya. Afanosamente buscaba la pirueta por la pirueta. Conocida es la frase que dice que el escritor debe sufrir para que el lector no sufra. Me arrepiento de mi etapa de formalista en pos del mero efecto orfebre, del alarde verbal, del «más difícil todavía».

–

-Mi madre. Mi madre acostumbraba a leeerme poemas, después, yo solía leerle mis poemas.

–

-No me apena. Si mi obra quedara me convertiría, dada la idiosincrasia de mi vida, en un personaje de culebrón. Tampoco escribiré mi autobiografía; el mundo rebosa de escritores que no se reprimen un ápice a la hora de contarnos su vida.

***

Nacido en 1971 en Barcelona, España, Christian Sanz fue el mediano de una familia burguesa con tres hijos. Tras licenciarse en la U.B., trabajó casi treinta años para el gobierno francés, trabajo discreto que debió dejar debido a una enfermedad mental. En la actualidad vive solo en un pazo de una minúscula aldea orensana, sin esposa ni hijos, en la más completa soledad. Pasa días y días solo, y le parece absurdo pensar que en un campo tan grande solo germine un grano. Una sensación de vacío inerte que le resulta insoportablemente opresiva.

Tractatus 17

¿Alguna vez ha paseado por un rincón tranquilo de una biblioteca o una librería de viejo, y se ha topado con un libro que parecía un tesoro inaccesible, recóndito y escondido? Tal vez se fijó en su cubierta desgastada o leyó sus primeras líneas por curiosidad, hasta que le atrajo irremesiblemete.

Libros raros, buscados intencionadamente o hallados al azar. Libros raros, uf, muy raros: «La bibliopegia antropodérmica ha sido un espectro en las estanterías de bibliotecas, museos y colecciones privadas durante más de un siglo. Los libros de piel humana, fabricados en su mayoría por médicos bibliófilos del siglo XIX, son los únicos libros controvertidos, no por las ideas que contienen, sino por la constitución física del objeto. Repelen y fascinan, y su apariencia ordinaria oculta el horror inherente a su creación», apunta Megan Rosenbloom.

Uno de mis antepasados -militar y matemático- coleccionó libros eróticos y pornográficos. Se siguen vendiendo libros ¿Todavía quedan libreros como aquellos últimos mohicanos de antaño? Aquel tipo de librero que durante seiscientos años ha rastreado sótanos, depósitos y librerías en busca, a veces, de libros raros o, más a menudo, de libros de segunda mano. Eran los cazadores-recolectores del negocio del libro, los viajeros y recolectores que se pasaban la vida salvando libros que, de otro modo, se habrían perdido.

La frase japonesa 期会 (ichi-go ichi-e), significa «una vez en la vida». Un recordatorio de que cada momento es único e irrepetible. Como la lectura de ese libro raro y curioso vorazmente soñado.

Todo lo que leemos ahora parece como comisariado, mediatizado, optimizado y filtrado por algoritmos. Aunque esta comodidad tiene algunas ventajas, carece de la magia de la serendipia o de la intención prolongada hacia un volumen determinado: la emoción de lo profundamente personal. Porque los libros raros son especiales.

***

Bartolomé José Gallardo fue un apasionado coleccionista y especialista de libros raros y curiosos de los siglos XV, XVI y XVII. Liberal, historiador, bibliógrafo y maestro de bibliógrafos, la obra que dio sentido a su largo trabajo fue la póstuma: «Ensayo de una biblioteca de libros raros y curiosos». Catedrático de Lengua francesa en Madrid, bibliotecario de las Cortes de Cádiz y diputado por Badajoz. Polémico, irónico y satírico, de orígenes humildes. Nadie mejor que Juan Manuel Rozas para definir el perfil del personaje:

«Es uno de nuestros primeros medievalistas, consumado cervantista, sumo conocedor del Siglo de Oro, sobre todo de nuestra poesía y nuestro teatro. Al mismo tiempo, terrible polemista, escritor satírico, discreto poeta, agudo corresponsal, antólogo sensible y un fino ensayista con lenguaje propio. Y, en la base de todo esto, su bibliofilia. Si hubiese sido un bibliógrafo común y corriente, sin más pretensiones que amontonar papeletas, hubiese acabado obras y obras, pero su curiosidad, su genial interés por todas las ramas que sustentan y auxilian a la literatura, le han hecho un bibliógrafo innovador, porque aporta a la cultura española de su tiempo, nada menos que una nueva metodología, una nueva forma de entender el oficio. Desde él, para ser un excelente bibliógrafo hay que ser un filólogo».

Tractatus 16

Jueves Santo. Más bien fui indiferente a procesiones, nazarenos, saetas, trompetería, lúgubres tambores, plañideras, golpes de pecho, y Cristos y Vírgenes barrocamente ataviados.

Todo esto es un misterio tremendo. Yo, antes, más descreído, más intelectual, aprovechaba estos días para estudiar y leer, por ejemplo los «Pensées philosophiques», de Diderot. Diderot abandona el catolicismo oficial; los acontecimientos religiosos de su época aceleran dicha ruptura. Los fanáticos y beatos le ocasionan más perjuicios por su fanatismo que los incrédulos por su falta de fe, ya que del fanatismo a la barbarie hay poca distancia. Hay que impregnar, aducía, la religión del espíritu de tolerancia. O estudiar las diez cartas y cuatro tratados del Pseudo-Dionisio, dependiente de Plotino y Proclo, y cuyo papel en Oriente es análogo al de Agustín en Occidente: uno y otro crearon un neoplatonismo cristiano, pero en formas diversas. La Semana Santa es tiempo propicio para leer las entrevistas de «The Paris Review», la «Naturalis Historia» de Plinio el Viejo, y novelas de Eduardo Blanco-Amor, Mendoza, Rodoreda y Carmen Martín Gaite. Tiempo de estudio de las técnicas de la lógica formal en la construcción y el desarrollo de las matemáticas y el razonamiento matemático, y conversamente, la aplicación de técnicas matemáticas a la representación y el análisis de la lógica formal.

Pero ahora leo, claro, eso siempre, estudio también, pero, ay, paso momentos in albis, contemplando, ensimismado. Observo las visiones grandiosas del cielo estrellado, de nuestro universo compartido, ese al que aplicamos palabras, anhelos, miedos, actos y deseos, como si de verdad fuéramos amados o tenidos en cuenta por él, y tiemblo. Observo la caminos reales, en sazón, de la noche, los éxtasis que se avienen a un principio de felicidad, felicidad, ese proyecto febril, esa cosa irrealizable, esa mentira perfecta, y tan humana. Y al ritmo del tambor en la procesión me abro a algo nuevo que no sé, a algo desconocido, que puede despertar en mis sentidos dormidos acaso una posesión inconfesada. Será que me hago viejo.

Tractatus 15

Consternación y dolor inmensos: muere Christian Sanz.

En lo tocante a las letras y ciencias lo curiseó todo, con una voracidad intelectual desusada, investigando al igual lo antiguo y lo moderno, enamorado ante lo clásico y exaltado ante lo nuevo.

Recuerdo su despacho de trabajo: una mesa casi funcional, uno creería que perfectamente ordenada, casi pulcra, pero de extraño aspecto más bohemio que oficinesco, con tabaco y un amplio cenicero, los ordenadores, la impresora, fotos de familiares y de escritores y de matemáticos, y, alrededor, una pila gigantesca de libros: Petrarca , Nebrija, «Assembling the lyric Self», de Olivia Holmes, un ejemplar facsímil de «Virgilianus Codex», la obra completa de Cunqueiro y Valéry, Musil, Walser, números atrasados de la «Nouevelle Revue Française», de «The Journal of Symbolic Logic», clásicos ingleses en la edición naranja de Penguin, una «History of Set Theory», volúmenes de Wiener, Emmy Noether, Gil de Biedma, Wittgenstein, Hilbert, Russsell, Poincaré, Juan Ramón Jiménez, Eugeni d´Ors, Vicente R. Gracia, Santiago Lamas, Artl, Rulfo, Marc Colell, Arcipreste de Talavera, Henry Ey, Cabaleiro…Escribió enterrado entre libros; «los libros son mi vida», decía, no sé si maníaco o feliz.

¿Sus admiraciones verdaderas? Sus propios informes no eran muy de fiar. Acaso Eurípides, Aristóteles, Tácito, Kavafis, Bernal Díaz del Castillo, Martha y William Kneale, Borges, Flaubert, Baudelaire, Manrique, José María Álvarez, Kathy Acker, Quine, Céline, Proust, Jünger, y otros de su misma altura. Ex-convicto de la poesía, conforme envejecía, tenía en menos y le cansaban en más los poetas, le parecían venales, presumidos y veleidosos, maleducados, sin fuerza intelectual consistente o real, poco leales, fantasmales, de egos narcisos y exhibicionistas.

No soportó jamás a: Embobados, Comunistas, Histéricos, Cucañistas, Aduladores, Superficiales, Rockeros, Hipócritas, Impostores, Ñoños y Cursis, Cobardes, Oportunistas y Mudachaquetas, Psicólogos, Aficionados, Mamones, Dominguillos.

Como nubes de moscas borriqueras, se propagó la especie de una locura huraña y arriscada, acaso agresiva, y de un corazón frío. Pero nunca hubo un hombre más solitario y desvalido y apacible, ni más consciente de su necesidad tanto de amor como de ternura.

Su escritura fue comparada, en el mejor de los casos, a un morado solideo de seda, o al llegar la nieve a Sierra Bermeja. No deja mujer ni hijos. Recuerden a ese pueblerino escritor antes que lo devore por completo la Nada.

***

Top de Artistas más escuchados en España según Spotify:

1. Bad Bunny

2. Quevedo

3. JC Reyes

4. Myke Towers

5. Eladio Carrión

6. Dei V

7. Rauw Alejandro

8. Beele

9. Anuel AA

10. Omar Courtz

Cierta mentalidad hamburguesa, de la forma rápida, repetitiva y anodina, hace que el mercado te acepte ¡Viva la basura! Suplicio insuperable es esta música, suplicio de Titio, Tántalo y Sísifo. Tortura si oyes a esos «artistas», como grandes piedras de fuego desgarrando tus oídos. En el infierno profundo, Lucifer, con ellos y con el propio Judas, brama sordamente.

Tractatus 14

Alimentarse del fruto del loto.

Sobre los lotófagos ver: Homero, «Odisea», IX 82-102, trad. José Manuel Pavón, Gredos, Barcelona, 2019, págs. 240-241.

También: Heródoto, «Historia», IV 177, trad. de Carlos Schrader, Gredos, Barcelona, 2020, págs. 243-244

Otras menciones las hallamos en: Plinio el Viejo, «Historia natural», Libro V 28, trad. de Encarnación del Barrio Sanz, Gredos, Madrid, 1998, pág. 193 y mapa en pág. 192.

Recuerdo, para finalizar, una cita de Polibio, XII, 2, 8.

¿Hablan tal vez del azufaifo o del almez?

Loto y barco vikingo, loto y mantel de luna, loto y trazos de luz zodiacal. Fruto del loto del tamaño del fruto del lentisco, pero que, por su dulzura, se asemaja a los dátiles. La literatura es fruta de loto, los lectores somos lotófagos.

Tractatus 13

«La biblioteca Brautigan, en Estados Unidos, en Burlington, en el estado de Vermont, la integran libros rechazados por los editores, obras abortadas, en suma, que han quedado petrificadas en ese estadio del manuscrito al cual se suma algo peor que el oprobio: el veredicto a menudo tan injusto como definitivo del fracaso. Libros, pues, que no existen […] ¿Cuántos manuscritos existen que, a pesar de fantasear con ser libros, son algo totalmente diferente, huellas impublicables por demasiado personales, demasiado nutridas de pasiones inasimilables, patinazos que no respetan las estrictas convenciones de la edición? ¿Cuántos textos hay que son verdaderas experiencias vitales, desprovistos de todo crédito artístico, y que no han sabido plegarse a los esquemas comunes de las pequeñas fruslerías narrativas que exige la industria del papel impreso? Una infinidad de la que son testigos todos los comités de lectura de las editoriales. De ahí el interés, poético, conceptual y, digamos, humano, de la biblioteca Brautigan, un fondo de manuscritos rechazados», Jouannais.

Los dandis, los malditos, los locos, los fracasados, la comunidad shandy de Vila-Matas, los que sólo escribieron cartas, o esbozos y borradores de novelas, los discretos, los ausentes… Un gran catálogo de raros, de artistas sin bibliografía detrás, que «prefirieron no hacerlo». Su obra, en la mayoría de los casos, fue el silencio: lo que pudo haber sido. Son los míos.

Christian, autor casi sin obra, o con obra de resonancia infinitesimal, cuyo límite tiende a cero. Hermano de Gilles Barbier, quien hizo “de la copia y del plagio (…) una pereza que es una forma de ironía”, y también del borgiano Gérard Collin-Thiébaut, que copió al pie de la letra «La educación sentimental». Sobran escritores, faltan lectores, cierran editoriales y librerías, y, en general, todo en el mundo se ha vuelto tecnológico y si, encima, estás obligado a alcanzar una perfección imposible dadas tus limitadas capacidades, entonces ¿para qué crear? ¿por qué escribir?

Christian nunca tuvo suerte con las mujeres, soportó con resignación una penosa esquizofrenia, sus padres murieron; un pobre solitario sin oficio ni beficio. Llena los estados de Facebook con estupideces que nadie lee. De facto, es un Bartleby. Acaba de cenar una tortilla de ajos tiernos y níscalos. En nada se diferencia de un insecto tapado en reposo por unos hemiélitros pardos, que, al saltar y planear, se despliegan con un color rojo intenso, mientras se acompaña el vuelo de un sonido «crotalino». De facto, es un Gregor Samsa. Le gusta Josep Pla y la prosa ensayística de Piers Vitebsky. Hoy soñó que volvía a Barcelona…

Tractatus 12

Soy escrictamente racional, por lo que creo que existen uniformidades, imposibilidades, improbabilidades, y por lo que creo que unas cosas se siguen de otras y otras no.

Pero creo a pies juntillas en la teoría de la inspiración poética que Platón expresa en el «Ion», donde Sócrates le dice a Ion que ensalza a Homero por un don divino, no por una técnica (“tú no estás capacitado para hablar de Homero gracias a una técnica y ciencia; porque si fueras capaz de hablar por una cierta técnica, también serías capaz de hacerlo sobre otros poetas, pues en cierta manera, la poética es un todo ¿O no?” (532 c) y complementa: “no es una técnica lo que hay en ti al hablar bien sobre Homero […] una fuerza divina es la que mueve, parecida a la que hay en la piedra que Eurípides llamó magnética […] Así también la Musa misma crea inspirados, y por medio de ellos empiezan a encadenarse otros en este entusiasmo” (533 d) Sócrates cita el caso de Tinico de Calcis, que solo escribió un poema en su vida, un peán o canto coral en honor de Apolo, y resultó un alado, y de los más hermosos, poemas líricos. Muchos siglos después, en sus «Cuadernos», Ciorán dice que los antiguos mejicanos pensaban que la poesía era «el viento de los dioses». A Tinico de Calcis le alcanzó una ráfaga de ese viento mágico y grácil. Mucha poesía rutinaria, lúdica, hermética o académica que leo, no goza ni de la sombra de la sombra de ese viento. Viento de los dioses. Caramba, no está mal la idea.

Tractatus 11

El número de lectores de buenos libros es el mismo en cualquier país del mundo sin importar el tamaño de la población: 2354 (la primera constante de Sanz -S-) Esta misteriosa propiedad hace que el número de lectores de buenos libros sea el mismo en Islandia (con 300.000 habitates) que en los Estados Unidos (con más de 300 millones)

En una encuesta de lectura realizada por El País a miles de personas, a la de hora de manifestarse sobre el escritor o escritora más relevante del siglo XXI, los más citados fueron: Arturo Pérez-Reverte, que se llevó el 20% de las menciones. A bastante distancia, le siguieron Carlos Ruiz Zafón (6%), Almudena Grandes (6%), María Dueñas (3%), Javier Castillo (2%) y Julia Navarro (2%). Santiago Posteguillo y Gómez-Jurado también aparecieron en este ranking popular de autores cumbre. Datos a los que solo podemos responder: ideas verdes incoloras duermen furiosamente, azules beben tiernamente la lontananza, pues, qué galimatías horrendo y arbitrario representan estos resultados, qué empanada mental indocta. Una filiflama alabe cundre en la lífera lilis salimba salífera. Parece indudable que la gente no tiene ni la más mínima idea comprensible acerca de lo que es la literatura. Les poseen ideas fantásticas e imaginarias. La segunda constante de Sanz, Z, es la siguiente: para cualquier país, el número de sus habitantes, P, menos la primera constante de Sanz, S, es igual a Z (P-S=Z). Z confunde a la literatura con las zanahorias.

Tractatus 10

Vibra, movido por el aire, como campanillas de esos trineos que se alejan, esa mítica Eriácea, llamada «Andromeda polifolia», nombre que procede del griego «polios», grisáceo, y del latín «folium», hoja, refiriéndose al color del envés de sus hojas. Su nombre genérico procede de la mitología griega. Andrómeda era la hija del rey de Etiopía Cefeo y de la reina Casiopea [para más datos sobre el mito consúltese: Falcón. C, et al. «Diccionario de la mitología griega», 3ª edición, Alianza, Madrid, 2013. Pag. 77] Por el espejo retrovisor de mi biblioteca, hechizado y tranquilo, encuentro que Linneo ya nominó a la «Andromeda polifolia» en su viaje a Laponia. Consultando el volumen, «Flora ornamental española», Vol III, Mundiprensa, Sevilla, 2000, pag. 134, coordinado por el botánico Lorenzo Sánchez de Cáceres, me informo que la «Andrómeda» es propia del centro y norte de Europa, además del Sur de los Alpes, este de los Cárpatos y SC. de Rusia, contando también Asia. Un pequeño arbusto de hasta 40 cm de altura, con muchos tallos ramosos tendidos; hojas lineares, con sus bordes revueltos, de color verde oscuro por el haz y glaucas por el envés. Flores en umbelas, cáliz teñido de rojo y la corola, de color blanco a rosa pálido. Florece de mayo a julio y necesita suelos turbosos, ácidos, húmedos y medio sombríos.

Centellea en mi mente el camino helado y bello de los eruditos, esos senderos de diamantes produciendo un estilo que parece deslizarse a través de la hierba y de las flores hacia la cálida piedra plana sobre la que se enroscan las palabras, los libros, el saber.

Escribo, y pienso: «Mucha literatura hay en todo esto».