Diario de Aquitania 78

Éste que veis aquí, de rostro macilento, de cabello castaño y habla pastosa, frente lisa y desembarazada, de miopes ojos y de nariz corva y mucosa, aunque acaso bien proporcionada; las barbas de plata, que no ha mucho que fueron de oro, la boca «petonera», los dientes -los que quedan- ni menudos ni crecidos, el cuerpo grande; éste algo cargado de espaldas y no muy ligero de pies; éste digo que es el rostro del autor de libros mal forjados. Éste llámase comúnmente Christian Sanz Gómez. Fue solitario muchos años, cautivo en manicomios, donde aprendió a tener paciencia en las adversidades.

Éste os quiere decir, antes que cruce a la laguna de la nada, que le importó más la rosa que el porcino, y que escupió con profunda intensidad de hecho y derecho, en la canallocracia política, en la chungacracia de políticos de diestra y siniestra, que defecó en su giliparla gilidiota gilipollas. Y algo, aunque menos, en la mansedumbre de un pueblo aborregado, que se dejó zaherir asnalmente satisfecho. Época maldita, tiempo de Leviatán, de insoportable literatura mamona y piadosa, de políticos subnormales. Éste que veis aquí, Christian su nombre, desea dejar constancia, negro sobre blanco, de sus repudios y desprecios. Vale.

Diario de Aquitania 77

(Deseos para el nuevo año)

Así es como termina el mundo, no con un estallido, sino con un gemido. La oscuridad creció rápidamente; un viento frío comenzó a soplar a ráfagas llameantes desde el horizonte, y los copos blancos que caían aumentaron en número. Desde el borde del mar llegó una onda y un claro gemido. Más allá de estos sonidos sin vida, el mundo estaba en silencio ¿Silencioso? Sería difícil transmitir su quietud. Todos los sonidos del hombre, el balido de las ovejas, los cantos de los pájaros, el zumbido de los insectos, el revuelo que constituye el trasfondo de nuestras vidas: todo eso había terminado. Llegó el día. La ira descendió. El gemido ¿Pecado, culpa? ¿Las psicosis maníacas de esas entidades a las que nos referimos como estados, países, instituciones, familia, sistemas -los poderes, los tronos, las dominaciones-, las cosas que perpetuamente se fusionan con los hombres y emergen de ellos? ¿Nuestra oscuridad, patente y visible? Se mire como se mire estos asuntos, se llegó al punto crítico. La ira descendió. El gemido. El resquebrajamiento. Todo había acabado. Al fin, Christian, te reunirás con mamá.

Diario de Aquitania 76

«El 30% de los estadounidenses leen a un nivel que cabría esperar de un niño de 10 años», Andreas Schleicher, director de educación y competencias de la OCDE.

Es una utopía imbécil creer que existe una frescura e inconsciencia indescriptibles en una persona analfabeta, una frescura intuitiva que humilla y se burla del poder del genio expresivo más noble. Como resulta que tantos votantes son analfabetos, imaginemos qué consecuencias tiene esto para el buen regimiento de la cosa pública. Debido a que tenemos una sociedad que en general es analfabeta en muchísimas áreas (ciencias, matemáticas, ingeniería, humanidades), lo que hacen científicos y escritores serios es un misterio aterrador para esa población. Ello crea oportunidades fáciles para que los opositores al desarrollo, las organizaciones activistas irracionales, fabriquen bulos y miedo, y oportunidades para que medre el arte más vulgar. Pertenece a todos, a pobres y ricos, analfabetos y educados, a todas las razas, culturas y naciones, el fútbol y Taylor Swift; no así la inteligencia. En fin.

***

Hola, queridos:

Tras una vida de rechazos y repudios, me reconfortan sobremanera las felicitaciones de todos vosotros por mi cumpleaños. GRACIAS. DE CORAZÓN.

En la Ilustración, por decirlo con una imagen, pretendían que nos bajáramos de los árboles (la ignorancia) y entráramos en la biblioteca (el conocimiento) En esta Era Antiilustrada se pretende justo lo contrario, que salgamos de la biblioteca y nos subamos a los árboles. Nos rodea una mediocridad embarazosa y cruel; la medida del mundo es la más atroz medianía.

Mi propósito es que la Cultura no muera en mí. Os deseo que la Cultura también viva en vosotros. Es por lo mejor que merece la pena vivir.

No quiero ser plasta este día feliz. Permitidme acabar con unas palabras de Groucho Marx: “Recuerdo perfectamente la primera vez que disfruté el sexo. Todavía conservo el recibo”.

Un beso cariñoso a todos.

Diario de Aquitania 75

ESCRITO EL DÍA DE MI CUMPLEAÑOS

Rotos bronces, aleteos leves de ocas.
Mi mundo agoniza. Pasé temporadas en
colegios de Irlanda y París, y ahora estoy
enclaustrado en una invivible aldeúcha.
La escena se vuelve oscura, ennegrece
el cielo ininterrumpidamente lluvioso.
Veo mi antigua casa a través de boquetes;
drogadictos y mendigos frente a una cuba,
arrastran pesados libros y hacen un fuego
con ellos. Niebla y miedo en los labios.
Eterna soledad con amplia luz de invierno.
Una sociedad egocéntrica centrada en
el rendimiento y no en el saber, desarraigo,
depresión y ansiedad crónicas. Las bibliotecas
tapiadas con tableros de madera, hierbajos
y cañas en las salas de lectura, estanterías
y sillas antes elegantes, inservibles. Imaginé
un futuro muy distinto a esta desmemoria.
Para esto, para esta ignorancia y bajeza,
no me prepararon ni mis padres ni mi vida.

Diario de Aquitania 74

(Catalogue of scientific books in the Library of the Royal Society)

«El bibliotecario, con botines blancos, calvo y orejudo en su biblioteca. ¿Bibliotecas? Ideas en alaúdes alrededor mío, en cajas de momias, embalsamadas en especia de palabras. Tot, dios de las bibliotecas, un dios pájaro, coronado por la luna. Y yo escuché la voz de ese sumo sacerdote egipcio. En cámaras pintadas cargadas de tejas largas y carbón”, Joyce.

«Toda la nave estaba emparedada con estanterías y sus correspondientes anaqueles; en todas partes aparecían escaleras para subir hasta los libros más altos, y catálogos y bibliografías cubrían los pupitres y mesas; en suma: la quintaesencia del saber y, sin embargo, ningún libro decente para leer; nada más que libros sobre libros; olía también a fósforo cerebral y no me equivoco si afirmo que me parecía haber conseguido algo. Pero naturalmente, cuando el hombre quiso dejarme solo, sentí una cosa especial, yo diría que angustia, recogimiento, intranquilidad […] se me paralizaron las piernas, y el mundo me pareció una farsa. Te vuelvo a decir cómo llegué a tranquilizarme: pensando que allí fallaba algo esencial. Tú objetarás quizá que no hay por qué leer todos los libros. Y yo te contesto: también en la guerra no hay por qué matar a todos los soldados uno a uno; sin embargo, todos y cada uno son necesarios. Dirás: también todos los libros son necesarios. Pero ves, aquí es donde falla algo, porque esto no es verdad; ¡se lo he preguntado al bibliotecario!», Musil.

«Todo ser humano necesita una patria, aunque no como la conciben esos patrioteros primitivos o cualquier religión, insulso anticipo de una patria ultra terrena. No, una patria en la que el suelo, el trabajo, los amigos, las diversiones y el espacio espiritual confluyan en un todo natural y organizado, en una especie de cosmos propio. La mejor definición de patria es una biblioteca […] mi supremo anhelo es poseer una biblioteca bien surtida, ordenada y herméticamente protegida, en la que ningún mueble ni persona superfluos pudieran distraerlo de sus serias elucubraciones […] libros, si queréis que os arrojen de vuestra patria y os dispersen por el mundo, si queréis ser evaluados, manoseados y comprados como esclavos con los que nadie habla y a los que se escucha a medias cuando realizan sus tareas, esclavos en cuya alma nadie lee, que la gente tiene pero no ama, que deja estropear o revende para obtener beneficios, que utiliza pero no comprende, ¡cruzad entonces los brazos y entregaros al enemigo! Pero si aún os queda un corazón altivo, un alma valerosa y un espíritu noble: ¡alzaos conmigo e iniciemos una Guerra Santa!», Canetti.

«La bibliotecaria, a quien nunca había visto antes, custodiaba la biblioteca como podía hacerlo un perro de pajar, uno de esos pobres perruchos, deliberadamente maleados a golpes de cadena y de hambre; o mejor aún, la defendía como en “El libro de la selva” custodia el tesoro del rey la vieja cobra desdentada y pálida por tantos siglos de tiniebla. La bibliotecaria era pequeña, sin pecho ni caderas, cerúlea, desmembrada y monstruosamente miope; llevaba unas gafas tan gordas y cóncavas que, vista de frente, sus ojos de un celeste casi blanco, parecían lejanísimos, pegados al fondo del cráneo. Daba la impresión de no haber sido nunca joven, aunque seguramente tendría más de treinta años, y de haber nacido allí, en la sombra, entre aquel vago olor a moho», Alicia Esther Borinsky.

“Al día siguiente, a las siete en punto, el señor Sariette se incorporaba a su puesto en la biblioteca y catalogaba. Cuando estaba sentado en su escritorio lanzaba a todo visitante una mirada envenenada de Medusa, con el temor de que alguno le pidiera libros prestados. Habría deseado que esa mirada fuera capaz de petrificar no sólo a los magistrados, políticos y prelados que se aprovechaban de su familiaridad con el señor de la casa para pedir cualquier obra, sino también al señor Cayetano, que, como benefactor de la biblioteca, cogía de vez en cuando alguna antigualla licenciosa o impía para los días lluviosos en el campo, o a la señora de Renato Esparvieu cuando venía a buscar algún libro para leer a los enfermos del hospital, e incluso el propio Renato Esparvieu, que por lo común se contentaba con el Código Civil de Dalloz. Cada vez que alguien se llevaba el menor legajo se le desgarraba el alma. Con el fin de poder negar los préstamos a aquellos que tenían los mayores derechos para solicitarlos, el señor Sariette inventaba mil excusas ingeniosas o burdas, y no le importaba dejar en mal lugar su propia administración, ni suscitar dudas sobre su vigilancia, alegando que se había extraviado o perdido algún volumen que un segundo antes examinaban sus propios ojos, y que ahora apretaba contra su pecho. Y cuando, finalmente, no le quedaba más remedio que entregar un libro, antes de abandonarlo definitivamente se lo quitaba veinte veces de las manos al solicitante. Temblaba sin cesar cada vez que un objeto confiado a su custodia no aparecía. Conservador de trescientos sesenta mil volúmenes, tenía constantemente trescientos sesenta mil motivos de alarma. A veces se despertaba repentinamente en plena noche bañado en sudor frío y lanzaba un grito de angustia porque había visto en sueños un hueco en uno de los estantes de sus armarios. Le parecía monstruoso, inicuo y desolador, que un libro abandonara en algún momento su estante” A. France

«La Biblioteca era como la nave de una iglesia y, además, muy fría. Las negras estufas de petróleo, en los extremos, daban un olor a parafina. En medio del local había una cabina, como la de los testigos en un tribunal, y dentro estaba sentada la señorita Crail, la bibliotecaria», V. Woolf.

«Hace treinta y cinco años que prenso libros y papel viejo, treinta y cinco años que me embadurno con letras, hasta el punto de parecer un enciclopedia, una más entre las muchas de las cuales, durante todo este tiempo, habré comprimido alrededor de treinta toneladas, soy una jarra llena de agua viva y agua muerta, basta que me incline un poco para que me rebosen los más bellos pensamientos, soy culto a pesar de sí mismo y ya no sé qué ideas son mías, surgidas propiamente de mí, y cuáles he adquirido leyendo, y es que durante estos treinta y cinco años me he amalgamado con el mundo que me rodea porque yo, cuando leo, de hecho no leo, sino que tomo una frase bella en el pico y la chupo como un caramelo, la sorbo como una copita de licor, se disuelve en mí, la saboreo durante tanto tiempo que acaba no sólo penetrando mi cerebro y mi corazón, sino que circula por mis venas hasta las raíces de los vasos sanguíneos», Luis Sanz Leví.

“Estoy sentado leyendo a un poeta. Hay muchas personas en la sala, pero no se las oye. Están en sus libros. A veces se mueven entre las hojas, como hombres que duermen y se dan vuelta entre dos sueños. iAh! qué bien se está entre hombres que leen ¿Por qué no son siempre así? Podéis acercaros a uno y rozarle; no sentirá nada. Podéis empujar a vuestro vecino al levantaros, y si os excusáis, hará un movimiento de cabeza hacia el lado de donde viene vuestra voz, su rostro se vuelve hacia vosotros y no os ve, y sus cabellos son semejantes a los de un hombre dormido ¡Qué bueno es esto! Estoy sentado y tengo un poeta iQué suerte! Quizás sean trescientos los que están en esta sala leyendo; pero es imposible que cada uno tenga un poeta (¡Sabe Dios qué será lo que leen!) Además, no existen trescientos poetas. En cambio, qué suerte la mía: yo, quizá el más miserable de estos lectores, yo, un extranjero, tengo un poeta. Aunque sea pobre. Aunque mi chaqueta, que llevo a diario, comience a estropearse por algunos sitios, aunque a mis zapatos se les pueda hacer este o aquel reproche. Sin duda, mi cuello está limpio, mi camisa también, y podría, tal como soy, entrar en cualquier confitería, en los grandes bulevares, y adelantar sin temor la mano hacia un plato de pasteles», Miłosz.

Diario de Aquitania 73

La condición canónica de Marcel Proust se debe al reconocimiento de sus pares, los otros escritores, y al latido fúlgido que hay en su escritura. También se debe a que, a críticos, profesores y gentes cultas en general, su obra les parece indiscutiblemente cimera.

Proust, en realidad, empezó desde abajo: auto-editando el primer volumen de «A la busca del tiempo perdido» y recibiendo rechazos editoriales (es conocido el que le asestó André Gide) Y murió sin ver publicado el ciclo completo de su novela, así como numerosas obras más o menos menores o accidentales, que aparecieron póstumamente.

Me sé de memoria esta cita de “Por la parte de Swann”:

«Para estas, chic es una emanación de unas cuantas personas que lo proyectan en un radio bastante amplio -y con mayor o menor fuerza, según lo que se diste de su intimidad- sobre el grupo de sus amigos o de los amigos de sus amigos, cuyos nombres forman una especie de repertorio. Este repertorio lo guardan en la memoria las gentes del gran mundo, y tienen respecto a estas materias una erudición de la que sacan un modo de gusto o de tacto especiales; así que Swann, sin necesidad de apelar a su ciencia del mundo, al leer en un periódico los nombres de los invitados a una comida, podía decir inmediatamente hasta qué punto había sido chic, lo mismo que un hombre culto aprecia por la simple lectura de una frase la calidad literaria de su autor».

Prosa de adamascado frívolo, prosa chic la de Proust, aromáticos candelabros, cositas de salones y vidrieras, olores en el jardín veraniego, pieles de liebre en museos de oro, linterna mágica azabache y couché filosófico. Miren esto:

«-Hay en las nubes de esta tarde violetas y azules muy hermosos, ¿verdad, compañero? -dijo a mi padre-; un azul, sobre todo, más floreal que aéreo, el azul de la cineraria, que choca mucho, visto en el cielo».

Y así durante un millón doscientas mil palabras, amigos. Delicioso, queridos. Soberbio, ladies and gentlemen.

Leer no es solo DESCODIFICAR, sobre todo es COMPRENDER. La mayor parte del tiempo el lector interpreta lo que lee en función de lo que ya ha leído (o escuchado) Si no ha leído (o escuchado) lo suficiente, su comprensión se estrellará sin remedio contra el arrecife de sus lagunas. A la hora de comprender hay dos elementos particularmente importantes: el lenguaje y los conocimientos. Se aprende a leer, leyendo. La amplitud, variedad y las experiencias ricas de lectura, te convierten en un lector asimismo rico. Proust es un experto en orfebrería de alta precisión. A una competencia vital e intelectual deficiente, corresponde, como sombra que sigue al sol, una competencia o rendimiento lector deficiente.

Se necesita una cantidad enorme de palabras para describir un prado que, en cambio, físicamente se percibe con demasiada facilidad, como ilustra el siguiente texto de Víctor Hugo, publicado en 1886. Texto que transcribo y dedico a mi maestro el botanista, médico y humanista, que dedico a mi amigo el Dr. Gracia:

“La hierba en Guernesey es la hierba que se ve en todas partes, pero un poco más rica; un prado en Guernesey es casi el mismo césped de Cluges o Géménos. En él encontrarás festuca y poa, que son las primeras hierbas que brotan, pero también grama común y esteba, y barbas de macho, con sus espigas en forma de huso, y alpiste de Canarias, el agróstide que proporciona un pigmento verde, y ballica inglesa, lupino amarillo, holco, que tiene lana en su tallo, margarita de la lluvia, ajo de oso, cuya flor es tan suave y su olor, tan áspero, fleo de los prados, aciano, cuya espiga parece un pequeño garrote, estípites para elaborar canastas y barrón, tan útil para fijar las arenas movedizas ¿Eso es todo? No, también hay dáctilo, cuyas flores se apelotonan, panizo, camarroja, cerraja, y según ciertos agrónomos locales, hasta andropogón. Es la hierba característica del archipiélago (se necesita granito en el subsuelo y el océano para regarla) Y corren dentro de este prado y vuelan por encima de él, escarabajos longuicornios, longuinasos, calandrias, hormigas que ordeñan pulgones, saltamontes babosos, mariquitas; en el aire, la libélula, el icneumón, la avispa, los abejorros de terciopelo, los hemeróbidos de encaje, los crisídidos de panza roja, las ruidosas moscas de las flores, en fin, a junio y en mediodía, un paraíso de entomólogo un tanto soñador y de poeta un tanto naturalista”, Víctor Hugo.

Nunca debiera olvidarse aquel apotegma de Wittgenstein: “Los límites de mi lenguaje, son los límites de mi mundo”.

El lenguaje es algo fresco y rosáceo, azul cobalto, casi azul de Prusia, un urente “presto agitato”, un cencio compás de duración inagotable. El lenguaje no es solo un esqueleto polvoso, sino sendero “enclotat” de musgo. No es solo espinas de sardina, no es solo una biblioteca mustia que contiene unos pocos libros de hojas amarillentas, sino rojo palacio con gotas de sangre de duquesas, sangre de luz lagunar. A leer se aprende leyendo y viviendo. A escribir se aprende escribiendo y viviendo. Un lector que no conoce en absoluto el terreno al que hace referencia el escrito, se quedará con un palmo de narices. Es indispensable contar con un bagaje lingüístico sólido y opulento para leer y aprender a leer.

Puede que, más pronto que tarde, un algoritmo de IA se apodere tan bien de la mente de Proust (dada la amplia base de datos de él) que escriba como Proust, pero la IA nunca logrará que tú leas a Proust y lo entiendas sin una gran inversión de esfuerzo (y placer) Las estructuras de conocimientos preexistentes que se inyectan en un texto y permiten así su comprensión y captación de significado, nunca se las puedes ceder a un ordenador, a no ser que desees un mundo todavía más chancho e imbécil que el que se está diseñando. La riqueza lingüística, el lenguaje natural, el idioma es patrimonio del hombre, no de la hosca inteligencia artificial.

Proust es necesario e insustituible, la IA, prescindible.

Diario de Aquitania 72

25 DE DICIEMBRE, 2024

Hoy nace su Dios. San Jerónimo, escribiendo
a Leta de cómo debía criar a Paula, dice:
“Ninguna cosa se aveze oír, ninguna sino
perteneciente a la alabanza de Dios”. Harta
yesca para todos los males es el mundo de la
religión. Hoy nació su Dios. Yo rehúyo entrar
en casa de cristianos, en especial cuando están
de fiesta. Prefiero las Letras a estos juglares
chocarreros, baladrones comilones y católicos.
Hoy nació su Dios. Anochece. Un perfume frío
encubre el viento y la Luna deshoja en los vidrios
de las ventanas. Durante todo el día me poseyó
un voluptuoso y lascivo deseo de leer, incitado
por las habitaciones de la casa llenas de libros,
por su resplandor y claridad de rama soterrada en
el agua. Leí más de seis horas. Aunque nazca su
Dios, ¿qué me importan a mí sus alegrías y pesares?
¿las supersticiosas circunstancias, tantas cosas?
A mí me ha creado la Soledad y la Monotonía
de falso aristócrata encerrado en su Biblioteca.
¡Alta mendacidad de un Dios pobretón! Solo deseo
este sentimiento que me embarga: el Libro, esa pura
sensación que todo lo transforma, y la Tranquilidad,
y este murmullo de Libertad que me evita el Horror.

Diario de Aquitania 71

Se creó un pequeño escándalo mediático al filtrarse el correo electrónico de un profesor de la Universidad de Bretaña Occidental, donde calificaba a los estudiantes de «casi retrasados, en el caso de no pocos de ellos, incapaces de entender el sentido de un texto sencillo o de leer sin balbucear».

Asistimos a una verdadera disociación entre el título y las competencias intelectuales. El creciente número de graduados universitarios solo indica que el nivel de cretinos titulados no deja de aumentar. Titulados incapaces de acceder a los contenidos científicos y humanísticos más ricos y elaborados. Para ellos, la lectura y el estudio, no son un viaje, sino un castigo. Son los gammas de «Un mundo feliz».

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Ante el desplome en cantidad y calidad de la inteligencia, ante el ínfimo nivel mental de políticos y gobiernos, no me queda más que pensar que tal vez Joseph de Maistre tenía razón cuando, en 1810, escribió al conde Razumovski, ministro ruso de Educación, que «la experiencia demuestra, del modo más patente, que cada nación tiene el gobierno que se merece».

Diario de Aquitania 70

Recuerdo que, hace más de treinta años, mi profesor de la U.B., el lógico y matemático Josep Pla, nos decía (reproduzco sus palabras de memoria). “La matemática, casi como el lenguaje, es un constructo de la mente humana con una vitalidad propia que nos hace pensar que existe con independencia de su conocimiento y de su creación. Esto, permitidme, ser rotundo, es erróneo”. Yo discrepo de esta filosofía; las matemáticas se descubren, no se crean. Permítanme, también, ser rotundo. Quieran o no las matemáticas, los dioses están aquí para quedarse. Más profundo, mejor y más verdadero: quieran o no los dioses, las matemáticas están aquí para quedarse.

Cuando muera mis cenizas irán a parar al mirador de un valle junto a las de mi madre. Deseo que la Academia Prusiana de Ciencias compre la propiedad, la dignifique, e instale una valla. Y que honren mi memoria matemáticos y poetas depositando coronas de flores anualmente y encargando una corona de plata como recuerdo permanente.

Pronto seré ceniza. Santo Domingo de Guzmán presidirá la hoguera donde se quemarán mis libros heréticos. Libros que a veces sueño que tendrán el mismo valor que la famosa “Biblia de 42 líneas” que Gutenberg publicó en Maguncia en 1456, libro en dos volúmenes de tamaño folio, que alcanza más de 1200 páginas.

Pronto seré ceniza. Y viví en una tierra de libros. Una tierra más preciosa que cualquier otra, por su belleza y por las maravillosas, graciosas y placenteras cosas que albergaba; rosas y lirios y flores y violetas, hierbas y plantas olorosas de todas clases. Una tierra donde corría el Karatschú, donde se oía el relincho de caballos junto a mi tienda, donde desayunaba un poco de leche, miel, fresas y un puñado de piñones, y dormía “entre lusco e fusco”. Una tierra, melancólicamente apacible, como la “matinée” concurrida en la ciudad más bella del mundo. Pronto seré feliz ceniza.

Diario de Aquitania 69

(Sobre «El burrito sabanero», de Bisbal)

Policarpo, obispo de Esmirna y Padre de la Iglesia, dijo en el siglo II, según se lee en la Patrología de Migne: “¡Dios mío! ¡En qué tiempo me habéis hecho nacer!”

Solo puedo, en fin, lamentarme como Taine «¡Ay! Dios mío, ¡qué tontería habéis hecho al ponerme en el mundo!».

Schopenhauer: “La tontería es la madre y nodriza del género humano”. O bien Palingenio: “Tanta est penuria mentis vbique / in nugas tam prona via est!” («Tal es la penuria de la inteligencia en todas partes / que las tonterías tienen allanado el camino».

Solo puedo decir de mi siglo lo que Leopardi declaró del suyo: «feo y estúpido». O sumarme a Catulo cuando se quejaba amargamente de un siglo lleno de generaciones de hombres ausentes de gusto y gracia, «O saeculum insipiens et infacetum!».

«Me abstuve de las vergüenzas de la época», Platón, carta VII.

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«¿Qué es poesía?» dice la ministra
mientras clava en mi pupila
su mollera de grisú:
el supermercado eres tú.

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Tengo un recuerdo brumoso de la prosa de Zoé Baldes, Rosa Regás y Lucía Etxebarría. Una impresión de mujeres turbadas por el apelotanamiento de dudas o amnesias sobre no sé qué. Acaso del abecedario.

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Pregunta de un perodista joven a Borges:

«Desde su ceguera. ¿Ha cambiado su forma de ver las cosas?».